jueves, 2 de febrero de 2012
Cap 23.-
Fue entonces cuando los empleados se arremolinaron alrededor del bebé para contemplarlo.
—No lo he hecho por ti sino por ellos —adujo Nick—. Es necesario que conozcan a la que va a ser la señora de la casa.
¿La señora de la casa? A Miley casi le dio un síncope. Incluso Nick le puso la manó sobre el hombro para calmarla y ella ni se dio cuenta.
— ¡Pero, Nick, no puedo tener a toda esa gente a mis órdenes! —exclamó Miley dándose cuenta de que nombraba al magnate por su nombre por primera vez—. Simplemente, no sabré cómo hacerlo.
—Ya te acostumbrarás —murmuró él con indiferencia.
—Pero no quiero acostumbrarme —respondió Miley, soltándose del hombre que trataba de aplacar su furia.
—Estupendo —contestó Nick—. Entonces será Lefka la que lo haga cuando llegue.
Ya había llegado al piso superior y mientras caminaban, Miley se calmó.
Había olvidado a Lefka, que según le habían informado en Londres dirigía al resto de los empleados. Pensando en ello se sintió aliviada: se llevaba bien con Lefka...
Llegaron a una puerta pintada de blanco que daba a sus habitaciones privadas. Estaban decoradas en tonos gris y marfil.
Miley corrió a la ventana para averiguar si era bonita la vista. Mientras tanto, Nick cruzó el dormitorio enmoquetado y abrió otra puerta.
—Estas son mis habitaciones —dijo él incitándola a pasar—. Pero no hay llave. Por lo tanto tendrás que confiar en mi comportamiento.
¿Cómo podía ser tan insensible para bromear de aquel modo después del maldito beso? Miley le dio la espalda y luego se dirigió hacia otra puerta de las que había en el dormitorio común. Quería saber cuál sería el cuarto del bebé. Pero finalmente descubrió que se trataba de un cuarto de baño.
—¿Dónde va a dormir Melanie? —preguntó ella.
—El cuarto de los niños está en la otra punta de la casa —respondió Nick—. Bueno, te veré más tarde...
Y salió a grandes pasos por la última puerta del dormitorio que aún no habían abierto. Miley se preguntó qué habría allí. Luego recordó el vestidor de la casa de Londres. ¡Qué ridicula resultaba su ropa entre aquellos armarios!
La puerta se abrió de par en par y Nick la invitó a pasar.
—Entra.
Era un cuarto lleno de estanterías, baldas y rieles repletos de los últimos modelos más exclusivos que cualquier joven de veintiún años ansiaría tener.
Eran prendas muy caras, ropa de diseño y había muchos trajes de noche, pero también ropa informal.
—¿Es para mí? —preguntó Miley asombrada.
—Sí —respondió Nick, observando como ella se llevaba los dedos a la boca.
—No sé qué decir.
—La imagen vale por mil palabras —argüyó él con calma.
—No voy a ser capaz de ponerme una ropa así — adujo Miley, con lágrimas en los ojos.
Sus manos temblorosas se pasearon por el satén y la seda de la ropa de fiesta.
—Inténtalo —la animó Nick. Pero entonces, Miley fue consciente de lo que estaba ocurriendo.
—Debes de creer que soy una mercenaria —gruñó ella dando media vuelta.
Nick estaba apoyado contra la pared y la estaba mirando fijamente.
—Creo que eres sencillamente exquisita —contestó él, pasando sus finos dedos por la mejilla sonrosada de Miley. Su mirada era tan insondable que ella se quedó sin aliento.
Luego, Nick se dio media vuelta como ya venía siendo costumbre, deseándole que disfrutara de todo y se marchó haciendo un gesto con la mano.
De ese modo desapareció, saliendo por la puerta que daba a sus habitaciones. Mientras tanto, Miley se había quedado con la mano puesta en la mejilla acariciada por el hombre, atónita.
Se había quedado pensando en la terrible expresión de los ojos de Nick, antes de separarse de ella.
Le dolió tanto verlo tan triste que Miley tuvo ganas de salir en su búsqueda y abrazarlo, diciéndole que lo quería...
¿Eso era lo que estaba ocurriendo?
«¿Me estoy enamorando de él?», se preguntó Miley desoladamente.
«Me recoge del camino, me lleva a su casa y me da de comer. Cuando me ha librado de un montón de problemas serios, llega y me inunda con otro gran montón. ¿Y yo voy y me enamoro de él?»
Miley se dijo a sí misma que Nick la había comprado. Así había sido y por el precio de una gran mansión y un arsenal de ropa de lujo. Aquel ser frío y calculador no merecía que ella se enamorase de él.
Con la barbilla alzada y los ojos brillantes, Miley decidió que habría guerra... pero al fin y al cabo, solo la hubo en su interior.
Dando marcha atrás, llamó a la puerta de Nick y entró de golpe.
—Quiero hablar con mi tía Laura —le anunció secamente Miley.
Y entonces supo lo que debió de sentir él cuando la encontró en su casa de Londres con el albornoz a medio cerrar.
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