LAS NUBES estaban extrañamente bajas y parecía que un velo de color sepia envolvía Londres. Una neblina misteriosa flotaba sobre el Parlamento y el Támesis. En medio de aquel ambiente, se desenvolvía el usual caos de un viernes por la noche en el que las personas luchaban por volver a sus hogares.
Por lo general, miley estaría entre la riada de gente que se dirigía al metro. Su apartamento estaba relativamente céntrico y no se molestaba en llevarse el coche al trabajo. Aquel día, sin embargo, había preferido la soledad de su vehículo, pensó, encendiendo la radio para escuchar las noticias.
Después de lo que le pareció una eternidad, se dirigió hacia el sur. Se preguntó si Nick se cansaría alguna vez de aquel viaje que tenía que hacer todos los días dos veces.
Cuando llegó al pintoresco pueblo de Hemsworth y vio las casitas de tejados de paja y los jardines, recordó por qué él pensaba que merecería la pena el trayecto diario. Divisó la casa de su jefe justo cuando estaba empezando a nevar. La mansión de estilo georgiano estaba cubierta de hiedra. Era una imagen preciosa, con sus ventanas divididas por parteluces. Como ya estaba anocheciendo, una agradable luz se filtraba por dichas ventanas.
Detuvo el coche y corrió a la puerta, luchando contra el repentino viento que le metía la nieve en la boca y los ojos. Levantó la mano para llamar con la pesada aldaba que había en la puerta, de color rojo, pero esta se abrió antes de que terminara de hacerlo.
—Gracias a Dios que has llegado —exclamó Gina, ya con el abrigo puesto.
—He venido lo más rápidamente que he podido —dijo Miley, entrando en la casa.
—Lo sé. Nick me telefoneó y me dijo lo que tardarías en llegar —dijo la muchacha con los ojos llorosos—. Gracias por venir, Miley. Estoy muy preocupada por papá.
—Espero que esté bien.
Gina asintió y salió a la calle.
—Intenta llamar mañana a Nick para contarnos lo que ha pasado —le pidió Miley cuando la chica ya corría hacia su coche.
Gina le hizo una señal con la mano, pero si dijo algo, se lo llevó el viento.
Miley se dio la vuelta y vio a Beth en mitad del vestíbulo. Tenía el cabello revuelto como si hubiera estado haciendo el pino. Llevaba un mono y un jersey rosa, y solo tenía puesto un zapato. El otro lo llevaba en la mano, como si hubiera estado intentando ponérselo. Miley tuvo la sensación de que había querido irse con Gina.
—Hola, Beth —dijo ella, con un tono deliberadamente alegre—. Dios, ¡qué frío hace fuera! Me alegro de estar aquí contigo en esta casa tan calentita.
—¿Va a venir pronto papá? —preguntó la niña, mirándola con sus enormes ojos azules.
—Sí, papá va a venir muy pronto —aseguró, quitándose el abrigo—. Tiene una reunión y, mientras viene, te voy a cuidar yo.
Beth se quedó en silencio y Miley se agachó para ponerse al nivel de la pequeña.
—¿Has cenado ya?
La niña negó con la cabeza.
—Gina iba a hacer salchichas y patatas fritas.
—Eso suena muy bien. ¿Lo preparo y cenamos las dos?
—Si quieres...
—Ven entonces. Llévame a la cocina.
Beth era una niña tranquila, pensó Miley mientras iban por el pasillo. También podía ser que fuera tímida, se dijo. Ya que, aunque se habían visto en varias ocasiones en las que ella había tenido que ir a la casa por cuestiones de trabajo, la pequeña no la conocía bien.
Miley no había estado nunca en la cocina de aquella casa. Era enorme. Con una gran mesa en uno de los extremos y tantos armarios, que se tardaban horas en encontrar una simple taza. Nick le había contado una vez que la casa había sido en el pasado una parroquia. Un sendero que atravesaba los jardines conducía a la pintoresca iglesia de St Mary. No era difícil imaginarse a la mujer del párroco allí, naciendo pastelillos para la fiesta del pueblo. La casa entera tenía un ambiente muy acogedor.
—Gina se puso a llorar antes de que llegaras —dijo Beth mientras ella buscaba en los armarios.
—Porque está preocupada por su papá.
Beth se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa.
—¿Va a morirse el papá de Gina? —preguntó de repente la niña. Miley la miró, sorprendida por el tono de voz.
Y entonces comprendió por qué la pequeña estaba tan silenciosa. No era por timidez, sino porque estaba preocupada.
—Está muy enfermo, pero cuando la gente se pone enferma, se le da una medicina y se pone otra vez bien.
—O se van al cielo, como mamá —contestó la pequeña, dando una patada a una de las patas de la mesa—. No quiero que mi papá se ponga malo y lo lleven al hospital.
Dulce se acercó a ella y se arrodilló.
—Tu papá está bien, Beth. Está en su despacho, trabajando mucho.
—¿No está en el hospital?
—No, tesoro, está bien. Alguna vez es un poco cascarrabias, pero tiene una salud de hierro.
Beth se echó a reír al oír la palabra cascarrabias.
Miley se levantó y siguió preparando la cena.
—¿Sabes? Me recuerdas a una canción de cuna en la que sale una niña con un zapato puesto y otro quitado. ¿No se llama Humpty Dumpty?
Beth pensó en ello unos segundos y luego hizo un gesto negativo.
—¿No era la de los tres ratones ciegos?
La pequeña volvió a reír alegremente.
—Los ratones no llevan zapatos, tonta.
Era increíble que la risa de una niña fuera tan contagiosa, pensó Miley, sonriendo.
Y solo después, cuando hubieron terminado de comer y estaba fregando los platos, se dio cuenta de que por primera vez en varias semanas, había estado varias horas sin pensar en Liam.
Nick cerró la puerta de la calle con una agradable sensación de alivio. « ¡Qué noche!», pensó mientras se sacudía la nieve del abrigo, antes de dejarlo en el perchero del vestíbulo.
—¿Hola?
Entró en el salón, esperando encontrarse allí a Miley. Estaba impaciente por hablar del asunto de su partida. Pero todas las luces estaban apagadas y la chimenea se había convertido en un reflejo rojo.
Así que fue a la planta de arriba.
La lámpara de la mesilla de noche de la habitación de Beth estaba encendida y arrojaba una luz rosada sobre la colcha y la niña, plácidamente dormida. Nick se acercó para taparla y darle un beso. En ese momento vio a Miley, que estaba acurrucada en una silla a su lado. También dormía profundamente.
Se preguntó si sería porque la había hecho trabajar mucho últimamente. ¿Se estaba sintiendo culpable? Si la convencía para que se quedara, la trataría mejor, pensó.
Sus ojos se clavaron en ella. Así, dormida, tenía un aspecto frágil. Se había puesto las gafas sobre la cabeza y parecía una persona diferente por completo sin ellas. Observó la delicada forma de su cara. Sus pestañas oscuras eran de una espesura increíble largas y resaltaban contra la palidez de la piel. Su boca sonreía un poco. Estaba excepcionalmente guapa... ¿Por qué no se había dado cuenta antes de lo atractiva que era?
Sonrió al ver que tenía el libro de cuentos de Beth en la mano, a punto de caerse al suelo. Se acercó y tomó el libro. Entonces reparó en que no llevaba puesto su anillo de compromiso. ¿Desde cuándo no lo llevaría?
En ese momento se dio cuenta de que en las últimas semanas la había visto comportarse de manera distinta. Su habitual alegría y optimismo, que a él lo hacía muchas veces sonreír, habían desaparecido por completo.
—¿Miley? —la llamó en voz baja, tocándole el brazo—. Miley, despierta —añadió en un tono protector al verla tan joven y vulnerable.
La mujer abrió los ojos: dos enormes zafiros azules que lo miraron muy abiertos. Por un momento, él se sintió tan desorientado como ella. Tenía unos ojos preciosos... ¿Por qué no se habría dado cuenta antes?
—¿Liam? —susurró ella, adormilada.
—No, Nick. Estás en mi casa, ¿recuerdas?
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