jueves, 16 de febrero de 2012

Cap 9.-

SE APARTÓ de él completamente desorientada. Nadie la había besado así jamás. Nadie la había excitado tan rápida y salvajemente. Era increíble cómo había perdido el control de sí misma.
—Me imagino que no debería haber hecho eso —murmuró Nick con voz ronca.
—No ha sido muy sensato —admitió ella, que apenas podía respirar—. Tenemos que seguir trabajando jun­tos...
Los ojos de él miraron con fijeza la boca de ella, que, de repente, olvidó lo que estaba diciendo, incluso dónde estaba.
Con un esfuerzo supremo, trató de apartarse.
—Lo olvidaremos y le echaremos la culpa al vino y... —no podía pensar con claridad
Su corazón seguía palpitándole a toda velocidad y sentía un deseo tan fuerte, que casi la asustaba.
—Un momento de locura al final del día —dijo él, que, al contrario que ella, parecía tranquilo.
Miley intentó calmarse.
—Sí, desde luego ha sido una locura, pero haremos como que no ha pasado nada.
Era un alivio el haber conseguido que su voz sonara tan fría. No podía permitir que él supiera lo mucho que aquel beso la había afectado... sobre todo porque para él había sido una cosa sin importancia.
Se dio la vuelta y trató de remeterse la blusa en la falda. Se encogió al recordar que había abrazado a Nick, animándolo con ello a que siguiera acariciándola. ¿Cómo había sido capaz de comportarse con aquella desvergüenza? Y con su jefe, además.
Tomó las gafas de la mesilla de café, se las puso y fue como si se volviera a esconder detrás de su máscara.
—¿Quieres que lleve estos platos a la cocina antes de irme a dormir?
—No, ya lo haré yo después. Voy a quedarme aquí para terminarme el vino.
—De acuerdo, buenas noches entonces.
Hizo ademán de volverse hacia él, pero entonces recordó que todo había empezado cuando ella le había dicho buenas noches. Ojalá se hubiera ido sin decir nada.
Se daba cuenta de que él la estaba observando con atención, pero no podía soportar mirarlo a la cara. ¿Qué estaría pensando Nick? ¿Se habría simple­mente divertido por lo que había pasado?
—Buenas noches, Miley. Que duermas bien.
—Sí, estoy segura de que dormiré bien... estoy ago­tada. Seguro que me quedo dormida nada más poner la cabeza sobre la almohada.
Fue un alivio escaparse a su habitación. Se sentó en la cama un momento, tratando de calmar su respira­ción y ordenar las ideas.
¿Por qué Nick la había besado así?
«Un momento de locura», había dicho... Quizá te­nía razón. Una cosa era segura: si quería mantener la buena relación que tenían en el trabajo, debería olvi­darse de ello.
Se levantó y entró en el cuarto de baño para darse una ducha. Luego, como no tenía ningún camisón que ponerse, se deslizó desnuda entre las sábanas de Ja cama de matrimonio. Estaban frías y le sentaron bien a su piel excitada. Apagó la lamparilla de noche y luego se quedó tumbada, mirando a la oscuridad.
Recordó la pasión del beso de Nick. No había duda de que era un hombre muy sensual. No recordaba que Liam la hubiera excitado así en ningún momento, y menos aún con un simple beso. ¿Qué sentiría si le hi­ciera el amor? El recuerdo de aquellas manos movién­dose sobre su piel hizo que su cuerpo se pusiera tan ca­liente, que se alarmó.
Se dio la vuelta y hundió la cabeza en la almohada, ordenándose a sí misma dejar de pensar en ello. Solo es­taba superando lo de Liam; su corazón estaba roto en mil pedazos y quizá por eso había sentido aquello cuando Nick la había besado.¿Se estaría vengando de Liam?
Y de todos modos, fueran cuales fueran sus senti­mientos. Nick no sentía ningún interés por ella. Era imposible teniendo una novia tan guapa como Helen. Lo de esa noche había sido un simple escarceo. Estaba can­sado, no había comido lo suficiente... incluso quizá se había olvidado momentáneamente de con quién estaba. Cuando faltaba poco para el amanecer, se quedó al fin dormida. Pero tuvo sueños agitados en los que mezclaba a Liam con Nick. Cuando abrió los ojos, no podía recordar dónde estaba. Acostumbrada al ruido del tráfico que se oía desde su apartamento, notó un extraño silencio.
Entonces, oyó unos pasos corriendo y las carcaja­das de una niña. Recordó todo de golpe. Miró a ver qué hora era. ¡Casi las nueve y media!
Estaba a punto de apartar la colcha y levantarse de la cama, cuando la puerta se abrió de forma brusca y apareció Beth.
—Hola, Miley.
La niña mostró una sonrisa traviesa, pero se quedó en la puerta como si dudara de si iba a ser bien reci­bida.
—Buenos días, Beth. ¿Cómo estás hoy? —preguntó Miley, incorporándose y cubriéndose a la vez con la colcha.
Beth entró en la habitación y Miley vio que estaba vestida y bien peinada.
—Ha parado de nevar y papá dice que podemos ha­cer un muñeco de nieve.
—¡Qué bien! Como en navidad, ¿verdad?
Beth, encantada con la comparación, asintió y luego se subió a la cama con ella.
—¿Vas a venir a ayudarnos?
Antes de que Miley tuviera tiempo de contestar, Nick apareció en la puerta. Iba con unos vaqueros y un jersey.
—Beth, te dije que no despertaras a Miley.
La pequeña frunció el ceño y su labio inferior tem­bló un poco.
—No pasa nada, Nick, ya estaba despierta —inter­cedió enseguida Miley.
Trató de no sentirse incómoda cuando Nick apartó la vista de la niña y la miró a ella. De repente, fue consciente de que tenía el pelo revuelto sobre la al­mohada y de que estaba desnuda bajo las sábanas.
Él esbozó una sonrisa que produjo extrañas sensa­ciones en el corazón de Miley.
—Buenos días, Miley. ¿Qué tal has dormido?
—Me dormí nada más caer en la cama —mintió.
—Bien. Voy a preparar el desayuno. Baja cuando es­tés lista.
—Gracias. ¿A qué hora te vas a Manchester?
—Tengo que cancelar el billete. Es imposible que el avión pueda salir —agarró a su hija de la mano—. Va­mos, Beth, dejemos que Miley se vista.
Pero ella ignoró a su padre y miró a Miley.
—¿Después del desayuno construirás un muñeco de nieve conmigo? —preguntó de nuevo con los ojos muy abiertos.
—No puedo, Beth. No tengo la ropa adecuada para salir a la nieve —explicó con dulzura—. Solo he traído la ropa con la que voy a trabajar.
—Beth, no te lo voy a decir otra vez —dijo impa­ciente Nick, que había salido y volvió a entrar en la habitación.
—Oh, por favor, Miley —suplicó la niña. Entonces, se subió corriendo a la cama al ver que su padre avanzaba hacia ella. Este la levantó con sus fuer­tes brazos y la pequeña echó a reír a carcajadas.
—Por favor, Miley —repitió mientras su padre se la ponía en el hombro y la sacaba de la habitación.
—Le da igual lo que le diga, siempre hace lo que quiere —se quejó Nick, aunque miró a Miley con un brillo de humor en los ojos—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar para jugar con nosotros?
El modo en que él lo dijo hizo que el corazón se le detuviera un segundo. En especial, cuando fue cons­ciente de cómo sus ojos estaban mirando su pecho, que al bajársele la colcha, había quedado en parte al descu­bierto.
—De todos modos, no creo que puedas irte de mo­mento —añadió Nick—. Las máquinas quitanieve no han empezado a limpiar las carreteras —llegó a la puerta y se volvió—. Si quieres ropa de más abrigo, puedes echar un vistazo en los armarios del fondo. Mi hermana suele dejar allí ropa que le sobra y estoy seguro de que no le importará que te pongas algo. Debéis de tener la misma talla.
La puerta se cerró detrás de él y ella oyó cómo se reía Beth mientras bajaban las escaleras.
Era muy halagador que Nick pensara que tenía la misma talla que su hermana, pero lo cierto era que de­bía de tener una menos. Así que le costó encontrar algo que le quedara bien. Al final, tomó unos pantalones ce­ñidos. Tan estrechos, que tuvo que tumbarse en la cama para abrocharse la cremallera.
Pero le quedaban bien, pensó, mirándose en el es­pejo del dormitorio. También le sentaba bien el jersey azul de cachemira con cuello de pico y que se le ceñía delicadamente al cuerpo, remarcando su talle. Pero ella no solía vestir así. Como no era delgada, trataba de llevar ropa holgada. No porque le diera vergüenza te­ner caderas y pecho, sino porque iba más cómoda así. Estaba pensando si quitarse ambas prendas y buscar otra cosa cuando se oyó un golpe en la puerta.
Era Nick y, al verla, pareció sorprendido. La miró de arriba abajo con un descaro que la hizo sonrojar.
—Muy bonito —comentó con voz ronca—. Liam está al teléfono —añadió antes de que a ella le diera tiempo a contestar nada.
¿Liam? —de inmediato se olvidó de todo. Su cora­zón se detuvo y sus mejillas palidecieron—. ¿Qué quiere?
—No lo sé —contestó Nick con ironía—. No creo que sea yo quien tenga que preguntarle nada.
—No, claro —sacudió la cabeza—. Lo siento. Es solo que me ha sorprendido que me llamara. Y, además, aquí.
—Bueno, te llamaba muchas veces aquí cuando ve­nías a trabajar.
—Sí, pero no hemos hablado desde que se fue.
—Entiendo. Puedes hablar desde mi dormitorio si prefieres estar a solas —Nick señaló una puerta que había al otro lado del descansillo.
—Sí... gracias.
Miley se sentó en el borde de la cama de Nick y tomó aire varias veces antes de descolgar. Era una es­tupidez ponerse nerviosa por hablar con Liam. Ha­bía sido su compañero, el hombre con el que se había acostado durante todo el año anterior... el hombre con el que había pensado pasar el resto de sus días.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—¿Cómo crees que puedo estar? Un poco sorpren­dida por tu repentina partida, sin mencionar otras sor­presas que me esperaban.
—Lo siento, Miley —replicó él con voz segura—. Me pasé ayer por tu casa para verte y, como no contesta­bas, me senté y esperé. Estuve toda la noche y luego me empecé a preocupar por si te había pasado algo.
Ella sintió una inmensa rabia.
—Desapareces hace cuatro semanas sin decir nada y ahora te preocupas porque no fui a casa ayer —contestó con frialdad—. No sigas hablándome como si fuera es­túpida, Liam.
—Estaba muy preocupado, Miley. Pensé que quizá habías tenido un accidente con la nieve. Llamé a todos tus amigos y estaba empezando a desesperarme cuando llamé a tu jefe. A propósito, ¿qué haces ahí? No te quedarás a trabajar todo el fin de semana, ¿ver­dad?
Había un tono en su voz que no le gustó a Miley.
—Eso ya no es asunto tuyo.
—No te enfades, Miley... Siento cómo ha sucedido todo, de verdad. Sé que debería haberme sentado tranquilamente a discutir las cosas contigo, en vez de salir corriendo.
—Dime, Liam, ¿te marchaste por la pelea que tuvi­mos o por la chica de la que me han hablado?
—No te dejé por ninguna otra —contestó él con rapi­dez.
—Oh, vamos, Liam. Mis amigas te vieron con ella la semana pasada. Una morena guapa de unos veintitan­tos años. ¿No te suena?
Él se quedó un momento en silencio y luego dio un suspiro.
—De acuerdo, hay otra. Pero no es una relación se­ria — admitió con cautela—. Simplemente, siento que ahora necesito lo que ella me ofrece. No es tan fuerte como tú... me necesita. Y me gusta lo que me hace sentir.
—Bien, pues me alegro por ti —contestó ella sin po­der evitar sentirse herida.
—Mira, Miley, las cosas han cambiado entre noso­tros. Tú fuiste muy fuerte al enfrentarte a las dificulta­des económicas por las que yo atravesaba y nunca lo olvidaré. Pero ahora que estoy mejor, me he dado cuenta de que hay algo en nuestra relación en lo que no me había fijado antes, y es que tú en realidad no me necesitas.
—¿Y esa mujer sí?
—Sonia es totalmente diferente a ti. Es una mujer muy hogareña.
—Entiendo —Miley no sabía qué contestar a aquello. Notaba que el corazón le palpitaba contra el pecho—, ¿Quieres decir que sabe cocinar y coser? Bueno, creo que la costura no es uno de mis puntos fuertes.
—¿Lo ves? Siempre sabes ver las cosas con sentido del humor —replicó enfadado.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Es evidente que no estamos hechos el uno para el otro. Pero si quieres que hablemos de algo más serio, ¿me puedes explicar por qué sacaste todo el dinero de la cuenta donde estaba lo que habíamos ahorrado para la boda?
—Solo lo tomé prestado. Te lo devolveré en cuanto me recupere.
—Sacaste también el dinero destinado a pagar factu­ras —Miley se pasó la mano distraídamente por el cabe­llo—. En este momento, tengo un montón de reclama­ciones por no haberlas pagado.
—Escucha, saldrás de ello, ¿verdad, Miley? Tienes un buen trabajo y eres muy fuerte. Además, te repito que te lo devolveré en cuanto pueda. Mientras tanto, tenemos que vernos para resolver otras cuentas con­juntas. El depósito que pagamos para la nueva casa...
—Como no vamos a comprarla ya, lo perderemos —replicó en tono seco.
—Por eso... Estaba pensando en comprarla yo y ne­cesito tu firma.
—¿Por eso estabas tan preocupado anoche? ¿Y por eso me llamas a casa de mi jefe?
—Bueno, es una cosa importante. No tenemos por qué perder el depósito —Liam comenzó a hablar como un niño que se siente incomprendido.
Miley iba a contestarle que, de todas maneras, ha­bía sido ella quien había pagado el depósito de la casa, pero se detuvo. No le gustaba hablar de aquel tipo de cosas. Además, no serviría de nada.
—He estado en el banco y me van a conceder una hi­poteca, por eso es normal que la compre yo solo.
—¿Y cuándo piensas hacerlo?
—Ya te he dicho que, en cuanto pueda, te pagaré todo lo que te debo. Pero ahora tenemos que solucionar lo de la casa... y deprisa porque, si no pago el pró­ximo plazo, lo perderé todo. Necesito que tú firmes al­gunos papeles...
—Me lo pensaré.
—¿Qué quieres decir con eso de que te lo pensarás? —contestó, enfadado.
—Y mientras tanto, quiero que me devuelvas las lla­ves de casa —añadió ella con calma.
—Oye, Miley...
Miley colgó. Luego se quedó un rato sentada en la cama, mirando a su alrededor. Se sentía perdida.
Liam Flynn era un canalla. Se había marchado con todo el dinero y la había dejado cargada de deudas.
Había pensado que era diferente de los otros hom­bres, había creído que podía confiar en él. Por eso había bajado la guardia y hasta había aceptado casarse con él.
—Un gran error por tu parte —dijo en voz alta—. Con­céntrate en tu trabajo y olvídate de los hombres.
Pero, ¿y qué pasaba con los hijos? Tenía tantas ga­nas de formar una familia, que la necesidad la que­maba por dentro. Recordó que una vez se lo había mencionado a Liam y él se había sorprendido mucho. Le había contestado que era imposible pensar en for­mar una familia hasta que no tuvieran una casa nueva y él estuviera más asentado económicamente.

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