sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 18.-

—Nunca he pensado lo contrario.
—Y entonces, ¿por qué me miras como si me echa­ras la culpa?
—No te estoy echando la culpa de nada —aseguró ella.
Miley se había pasado la noche recordando lo suce­dido y sabía perfectamente que había sido ella quien le había pedido que le hiciera el amor. Y eso era algo que le costaba mucho admitir, ya que había perdido por completo el control y se había entregado a él sin más.
—Es que... estoy enfadada conmigo misma, eso es todo —admitió—. Me gustaba nuestra relación laboral tal y como era antes.
—También a mí, pero también me gustó lo que pasó anoche. De hecho, disfruté mucho y, a menos que seas una excelente actriz, me parece que tú también disfru­taste.
—Sí, pero no creo que debamos mezclar lo laboral con lo personal —replicó ella de manera tajante.
—Pues me parece que ya es algo tarde para eso.
Nick se quedó mirando el cuerpo de Miley. Como siempre, llevaba un traje discreto. Recordó cómo la había desnudado la noche anterior y la sorpresa de ver que llevaba una ropa interior delicada y femenina. También recordaba la forma dulce y suave de su cuerpo, que se amoldaba perfectamente al de él. De re­pente, sintió un deseo tremendo de empezar a desabro­charle los botones de la camisa para acariciar y besar la piel que escondía debajo.
—Creo que nuestra relación tiene que continuar ha­cia delante en vez de retroceder —afirmó Nick—. Mi propuesta de acompañarte a la boda de tu hermana si­gue en pie —añadió con firmeza y mirándola a los la­bios.
—He cambiado de opinión —replicó ella, enfadada por la facilidad con que él conseguía excitarla. Con solo mirarla—. No creo que sea buena idea.
—Pues yo creo que sería el trato perfecto —protestó él en un tono frío—. Yo tengo esa cena el veintiséis y me vendría muy bien que vinieras... y luego está la fiesta en mi casa a finales de mayo, la de los directi­vos. Tu ayuda sería muy valiosa.
El repentino cambio de tono en Nick la confun­dió.
—Escucha, Miley, me doy cuenta de que Nile te ha hecho daño y quizá no estés preparada todavía para co­menzar otra relación. Eso me viene bien porque yo tampoco quiero mantener una relación demasiado comprometida con nadie.
—No, estoy segura de que no la quieres. Es otra de las razones por las que lo de anoche fue un error. Hace muy poco que has terminado con Helen.
—Estoy totalmente de acuerdo. La noche anterior fue estupenda, pero no creo que debamos estropear nuestra relación laboral ni complicarnos la vida en este momento.
—Yo pienso lo mismo.
—Bien, entonces estamos de acuerdo. Vendrás el próximo martes a esa cena y yo iré a la boda de tu her­mana. Seremos la pareja perfecta.
Ella lo miró con expresión de duda.
—Es un trato muy razonable, Miley.
—Bueno... siempre que sea solo cenar, Nick —trató de mirarlo a los ojos—. No voy a acostarme contigo.
—No te preocupes, nunca he forzado a una mujer a hacer nada, Miley. Jamás —aseguró él—. Y ahora, ¿em­pezamos con el trabajo? Necesito enviar una carta a la sucursal de la isla de Man —continuó en un tono com­pletamente profesional.
Miley agarró una pluma de su escritorio, asom­brada todavía por el repentino cambio de rumbo que había tomado la conversación.
—Al señor James McCord, contable de publicidad... Veamos —dijo entornando los ojos, pensativo.
Miley lo observó mientras se hacía miles de pre­guntas. Y la principal era si había hecho bien acep­tando que la acompañara a Irlanda.
Aunque, ¿por qué no? Lo que había ocurrido la no­che anterior no podían borrarlo, pero tampoco quería decir nada. Sinceramente, pensaba que Nick seguía enamorado de Helen. Había estado saliendo con ella mucho tiempo. Incluso se habrían casado si ella se hu­biera comportado de un modo más maternal con su hija.
Querer a una mujer y tenerla que dejar porque no era la mujer adecuada para cuidar de su hija debía ha­ber sido muy duro para él.
Se quedó mirando su atractivo rostro.
Nick era una buena persona. Respetaba mucho el hecho de que antepusiera el bienestar de su hija al suyo propio.
¿Por qué no llevarlo a Irlanda? Todos se quedarían impresionados y su padre la dejaría tranquila durante un tiempo.
¿Por qué no arriesgarse? Se había pasado dos años tratando de amoldarse a una forma de vida convencio­nal con Liam y no le había servido para nada.
Nick continuó con su dictado y ella se esforzó por concentrarse.
—Tienes que llamar al restaurante Waterside esta tarde —le recordó una vez terminada la carta—. Ah, y el director de Galley quiere que vayas a ver su nueva pro­moción.
—Bien —contestó Nick, mirando la hora—. Lo haré después. ¿Qué ha pasado con las chicas que has entre­vistado esta mañana?
Miley buscó las notas que había tomado.
—La sueca era una persona dura y seca. Creo que es­taría todo el tiempo diciéndole a Beth que no hiciera tal o cual cosa —miró a Nick—. Aunque era muy guapa.
—Entonces quítala de la lista —contestó él sin poder evitar un brillo de humor en los ojos.
—La segunda mujer, la señorita McArthur, está ob­sesionada con la educación y la limpieza... que está muy bien, pero creo que le da demasiada importancia. Me imagino que si Beth pisara la alfombra con los pies llenos de barro, ¡sería capaz de cualquier cosa!
—¿Y la tercera?
—La señorita Readon era una mujer simpática, pero por desgracia tiene seis hijos. Aunque son todos ya adolescentes, no se podría quedar nunca después de las siete —Miley alzó la vista—. Es buena cocinera, sin em­bargo, y parece muy cariñosa.
Hubo un gran silencio mientras Nick digería todo aquello.
—Mañana tengo otras dos entrevistas. Quizá haya más suerte.
—Ojalá.
Ella recogió la hoja que Nick le acababa de dictar.
—¿Quieres que envíe la carta hoy mismo?
—Sí, lo antes posible.
En ese momento, sonó el teléfono y él lo descolgó. Miley se levantó y fue a su despacho. Se sentó detrás del ordenador y trató de ignorar la voz de su conciencia, que le preguntaba por qué había mentido a Nick la no­che anterior al decirle que estaba tomando la píldora.
Miley, sentada en un banco en el parque, desen­volvió los sándwiches. El olor del atún era nau­seabundo. ¿Por qué no se había dado cuenta de que estaba pasado al abrir la lata aquella mañana? En­fadada, lo envolvió de nuevo y lo tiró a una papelera.
No tenía tiempo de ir a comprarse ninguna otra cosa. Liam llegaría en cualquier momento y ella tenía que estar de vuelta en el despacho en media hora. Dio un suspiro y se recostó en el banco.
Levantó el rostro hacia el sol, pensando en lo bo­nito que estaba el parque. Era increíble pensar que dos semanas antes todo estaba cubierto de nieve.
Miró la hora y vio que Liam se retrasaba ya cinco minutos. Se preguntó si debería esperarlo o irse al des­pacho antes de la hora. Todo era un desastre allí, lo ha­bía sido durante las dos últimas semanas porque Renaldo había estado a punto de no seguir adelante con el trato.
Nick había estado muy nervioso. Nunca lo había visto así. Lo único bueno de ello era que su... encuen­tro en el apartamento había sido olvidado, debido a las circunstancias.
Por otra parte, el fin de semana anterior, ella había hecho de anfitriona en una fiesta que había dado Nick. Había sido una noche estupenda, un oasis en me­dio de la tensión de la semana.
Uno de los restaurantes de Nick había llevado la comida y habían cenado en su casa. Fueron unas seis personas, todos socios. Al finalizar la cena, él se com­portó como un caballero y la llevó a casa.
El único momento incómodo fue al despedirse. De repente, ella había sentido deseos de que la besara. Y por un instante, había creído que iba a hacerlo. Pero al final la acompañó a la puerta, esbozó una sonrisa y le dio las buenas noches. Luego se dio la vuelta y se marchó.
Notó una sombra y miró hacia arriba. Era Liam.
—Hola, Miley. Siento haber llegado tarde. Me entre­tuve en el trabajo.
—No te preocupes.
—¿Cómo estás? —preguntó él, sentándose a su lado.
—Bien, ¿y tú? —lo miró a los ojos, que siempre le ha­bían gustado.
Eran amables y cariñosos.
—Oh, a mí también me van las cosas bien —se enco­gió de hombros y metió la mano dentro del bolsillo de la chaqueta.
Miley se preguntó de repente si se habría acordado de que aquel era el día de su cumpleaños y le habría llevado algo. Pero cuando Liam sacó los documentos que quería que firmara, estuvo a punto de soltar una carcajada por ser tan estúpida.
—Estás siendo muy amable al aceptar la firma de es­tos documentos, Miley De verdad, te lo agradezco.
Ella tomó los documentos y comenzó a leerlos.
—No hace falta que los leas —dijo él, sorprendido.
Ella lo miró.
—Gracias por el consejo, pero nunca firmo nada sin leerlo.
—Bueno, es que tengo que volver al trabajo dentro de diez minutos.
Ella lo ignoró y continuó leyendo.
Luego, después de un largo silencio, miró a Liam.

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