sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 14.-

Miley se lo quedó mirando mientras salía de su des­pacho, preguntándose qué estaba sucediendo. Nick nunca la había invitado a tomar una copa en los dos años que llevaba trabajando allí.
Se preguntó si habría hecho bien al decirle que iba a salir aquella noche. No era cierto, pero había sido la primera excusa que se le había ocurrido.
Luego trató de concentrarse de nuevo en su trabajo.
Miley estaba acostumbrada a marcharse la última en la empresa. Acompañaba a Nick por las oficinas va­cías y este iba apagando las luces y cerrando con llave las puertas. Aquel día, sin embargo, parecía diferente.
En el ascensor, bajaron sin decir nada. Ella observó el reflejo de su jefe en las paredes de espejo y se de­tuvo en sus ojos y en el pelo negro. Muchas veces se había preguntado si tendría sangre latina.
Nick levantó la vista y, al ver que ella lo estaba observando, esbozó una sonrisa. Miley le sonrió a su vez de modo educado y apartó la vista.
Nick estaba acostumbrado a que las mujeres lo miraran con admiración. Pero no había sido el caso de Miley, que había querido tener los pies firmes en la tierra para no perder su trabajo.
Hasta el fin de semana anterior, aquello no había sido un problema. Nick la había tratado de manera tan profesional, que ella nunca había pensado en él como un hombre.
Pero, en ese momento, los límites parecían haberse debilitado. No sabía si era porque había pasado con él parte del fin de semana y había descubierto que era una persona agradable y cariñosa... o si había sido aquel beso... aquella indiscreción que los dos habían desechado como una locura momentánea.
Fuera o no un error, una locura, Miley no podía ol­vidarse de aquel beso y lo recordaba en los momentos más inoportunos. Como, por ejemplo, en ese.
Por fortuna, las puertas se abrieron y ella tomó aire, contenta de poder salir de allí.
El garaje, al igual que el edificio superior, estaba tam­bién vacío y sus pasos resonaron en medio del silencio.
Nick dejó el maletín en el asiento de atrás y ella esperó en la puerta por la que tenía que entrar.
—¿Tienes hambre, Miley? Podemos comer algo.
—¿Perdona? —dijo ella, hablándole por encima del techo del coche.
—Te pregunto si tienes hambre.
Ella lo había oído la primera vez, pero no entendía bien por qué se lo preguntaba.
—Pensé que sería agradable ir a casa, pasando por el restaurante Waterside. ¿qué te parece?
—¿Has quedado allí con alguien? —preguntó ella, que sabía que era el restaurante más lujoso de la ca­dena Jonas.
—No, esto no tiene nada que ver con el trabajo. Es solo porque sé que vamos a encontrar mesa sin tener que avisar con antelación. Pero podemos ir a otro lado si lo prefieres.
—No... —de repente, ella se acordó de que había di­cho que había quedado aquella noche—. Será mejor que tomemos algo en un pub, porque acuérdate de que solo tengo una hora.
—De acuerdo, como quieras —respondió con una sonrisa.
Entraron en el coche y Nick condujo a través de las calles de la ciudad. Era la hora punta y Miley se puso a mirar por la ventanilla. Era un día agradable. El sol primaveral y la lluvia habían derretido la nieve.
—¿Solucionaste el problema con Helen esta ma­ñana? —trató de hacer la pregunta como si no le impor­tara.
—En realidad, no —Nick la miró—. Hemos decidido terminar nuestra relación.
—¡Oh! Lo siento.
—No lo sientas. Creo que ya llevaba un tiempo intu­yéndolo. Quizá si hubiera sido un soltero sin obliga­ciones, la cosa habría funcionado. Pero un viudo con una niña pequeña nunca ha sido la pareja ideal para Helen. Esta mañana, los dos hablamos con franqueza y decidimos que era lo mejor. Ha sido todo muy edu­cado. Incluso ha admitido que nunca habría sido una buena madrastra y yo, si me caso de nuevo, daré prio­ridad a encontrar una madre para mi hija.
—Por supuesto —respondió Miley, impresionada por sus palabras.
—Pero es bueno que sigamos siendo amigos porque pienso que es una persona muy valiosa.
Nick aparcó frente al Rose and Crown, un pub que había al lado de su casa.
Estaba lleno de gente que acababa de salir de sus trabajos. La música de fondo se veía ahogada por el rumor de las conversaciones y el sonido ocasional de un teléfono móvil.
Él eligió una mesa que había en un rincón y le pidió a Miley que se sentara mientras iba a pedir las bebidas.
Ella lo hizo así y, mientras estaba allí, se le acercó una amiga.
—Hola, Miley, es curioso verte aquí un lunes.
Se dio la vuelta y vio que su amiga Gillian se sentaba a su lado. Tenía más o menos la misma edad de Miley, una melena pelirroja muy bonita y un cuerpo precioso.
—¿Cómo estás? No acostumbras venir aquí entre se­mana.
—La verdad es que no —dijo Miley sonriendo—. ¿Dónde está Brian? ¿No ha venido contigo?
—Está jugando al fútbol. Yo he venido con Samantha... la conoces, ¿verdad? Trabaja conmigo en el banco. Y tú tampoco has venido con Liam, ¿verdad?
—No, no hay vuelta atrás, Gilí —aseguró ella—. Eso se acabó.
—Todavía no me lo puedo creer —contestó Gillian, mirando a su amiga con cariño.
Miley se encogió de hombros.
—Entonces ¿con quién has venido?
—Con mi jefe. Ha ido a la barra a por las bebidas —respondió ella, señalando a Nick.
—¿Quién es?
—El moreno.
—¿Ese Adonis?
—Sí —contestó Miley sonriendo—. Sí, es muy guapo, ¿verdad?
—Es una manera de decirlo. Yo no lo echaría de mi cama —Gillian miró hacia la barra con los ojos muy abiertos—. ¡Vaya!
—Pero hemos venido a hablar de trabajo —añadió Miley.
—¿De verdad? Bien... solo puedo decir que lo apro­veches. ¿Es soltero?
—Sí, pero...
—Nada de «peros». Es muy guapo.
—Es mi jefe, Gilí. Y de todos modos, no es mi tipo...
Cortó la frase al ver que le ponían delante una copa de vino. Ella miró para arriba y se encontró con que los ojos de Nick estaban mirándola fijamente. Sintió que se le paraba el corazón.
—¿Quién no es tu tipo? —preguntó, arqueando una ceja.
—Oh... nadie. Nick, esta es Gillian Dentón, una amiga. Gillian, este es mi jefe, Nick Jonas.
—Encantado de conocerte.
—Para mí sí que es un placer —contestó ella, con una amplia sonrisa.
Nick se sentó y Gillian no hizo ademán de mo­verse.
—Así que eres el jefe de Miley —preguntó la peli­rroja, acercándose a él.
—Así es —respondió él, no muy interesado en la amiga de Miley.
—Es una chica estupenda. No hay muchas como ella —añadió de manera efusiva Gillian.
Nick miró a Miley y sonrió al ver que se ponía colorada.
—Sí, lo sé.
—Pero a veces no le conviene ser tan buena... Claro, que Liam se dará cuenta de su error y volverá —continuó Gillian, sin detenerse a pesar de la incomodidad de Miley.
De repente, Gillian vio a su otra amiga entre la gente.
—Allí está. Os dejo que sigáis con vuestra reunión de negocios. Hasta pronto, Miley... me alegro de ha­berte conocido, Nick.
Gillian esbozó una sonrisa, hizo un gesto a Miley y desapareció entre la multitud.
—Lo siento... Pero lo hace con buena voluntad —dijo ella, al ver la expresión de Nick.
—¿Quién me dijiste que era?
—Una vecina. Vive en el apartamento que está frente al mío —respondió Miley, dando un sorbo a su vino. Luego lo miró—. ¿Qué tenías que decirme sobre las en­trevistas de mañana?
—¿A cuántas has reunido?

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