jueves, 2 de febrero de 2012

Cap 40.-



—No estés triste —le sugirió Nick—. Ya verás como esto fortalecerá tu parte en la custodia de Melanie. Confía en mí.

Era mucho pedir, ahora que tenía el presentimiento de que algo extraño estaba ocurriendo.

Pero claro, nadie podía conocer las verdaderas intenciones de Nick. Miley pensó que tal vez estaba siendo demasiado suspicaz.

Prefería creer lo último ahora que tenía que enfrentarse a los invitados interpretando el papel de novia radiante. Al menos, ella tenía la intención de hacerse pasar por una mujer feliz, aunque solo fuera por orgullo. Quería borrar la impresión que les había causado a los invitados el día del compromiso.

Puede que Nick pensara lo mismo porque no la dejó sola ni un instante, haciendo de novio atento y complaciente. Poco a poco, 
Miley comenzó a sentirse bien otra vez a su lado. Incluso se rio un par de veces con sus ocurrencias susurradas al oído.

Estuvo muy bien.
Miley llegó a disfrutar de la recepción.

Pasó el día, y comenzó a anochecer. En las mesas con manteles de lino blancos se bebía champán conversando alegremente.

Las estrellas comenzaron a brillar en el cielo. En el jardín fueron colocadas unas antorchas de hierro forjado, que al ser encendidas dieron un encanto muy especial al ambiente. Además, llegaron unos músicos y se instalaron en un rincón del patio. Comenzaron a tocar música tradicional griega que se sumó al murmullo de la suave brisa.

Sin decir una palabra, Nick se acercó a
Miley para alejarse con ella hacia una esquina. Entonces la estrechó entre sus brazos. Miley, se sintió azorada ante la mirada cómplice de los invitados. Aunque tenía la pesada escayola aún, se las ingenió para posarla sobre la nuca de Nick y empezaron a bailar al son de la música. Nick unió su cuerpo al de su esposa de forma que no había espacio entre los dos. Ella se puso tensa.

—No estés tensa —le dijo Nick—. No lo estropees...
Miley le hizo caso y trató de relajarse, notando el cálido roce de su cuerpo mientras bailaban. Trató de ignorar la agradable sensación que le invadió el vientre. Y se negó a mirarle la boca que estaba a tan solo unos centímetros de la suya.

—Estás preciosa,
Miley —afirmó Nick—. Eres una novia realmente maravillosa. El hombre que te ame será muy feliz contigo.

«Pero claro, esa persona no eres tú...»
Miley comprendió que su marido estaba dejando las cosas claras por si a ella se le ocurría que el baile pudiera tener un desenlace más romántico aún.

—Estoy deseando conocerlo —le aseguró
Miley, con la intención de ser molesta.

Pero de pronto, apareció Lefka y le dijo algo a Nick al oído con aspecto sombrío. Y como
Miley ya lo conocía bastante bien, supo que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Nick cuando Lefka se alejó.

—Un momento —dijo el hombre con voz neutra, dirigiéndose a los invitados.

El tío Grigoris se acercó enseguida a él, alarmado. Nick le susurró algo al oído y el anciano se quedó desconsolado.

—Por favor, ocúpense de mi esposa hasta que vuelva —les rogó Nick.

Y sin mirar a
Miley, se introdujo en la casa. Ella se dirigió a Grigoris.

—¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo a Melanie? Grigoris sacudió la cabeza, apesadumbrado. Normalmente, era un hombre muy sonriente.

—Se trata de Yaya —dijo él con voz ronca. Entonces, 
Miley  comprendió lo que había sucedido. Grigoris la tomó por la cintura y anunció a todos los congregados:

—Por favor, escuchadme todos. He de deciros que Yaya Elenis ha muerto. La fiesta ha terminado.
Miley había estado dando una cabezada en la cama. Llevaba un camisón de seda de color aguamarina. De pronto, un ruido la despertó. Era Nick que había descorrido las cortinas y estaba mirando por la ventana que daba a la terraza. La luz de la luna iluminaba su rostro. Iba vestido con unos pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas subidas. Viéndolo de ese modo,  Miley sintió simpatía hacia él. Al hombre se le escapó un murmullo de desaliento.

—¿Qué hora es? —preguntó
Miley, bostezando delicadamente. Él la miró.

—Tarde. Muy tarde. Duérmete otra vez. No quería molestarte. Es que no quería...

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