Miley miró el reloj de la cómoda. Faltaban quince minutos para que llegaran Liam y Nick. Dejó caer la falda en el suelo del armario y sacó un pantalón corto con gesto de desafío. Había llegado a casa con tiempo de sobra para ducharse y depilarse las piernas y ahora debatía consigo misma sobre lo que se iba a poner. Como si importara algo.
Su prometido y el mejor amigo de éste, un hombre al que no le gustaba nada, iban a ir a cenar comida tailandesa a su casa. Después de un año viviendo allí, una de las cosas que todavía le encantaban de Nueva York, era la variedad de comida fabulosa que había por todas partes.
Miró la ropa del armario. No iba a salir y no tenía que impresionar a nadie. Eligió una camiseta desgastada, pero no tardó en descartarla. No, a Liam le gustaba vestirse aunque no fueran a salir. Y la educación sureña de ella le impedía recibir a alguien en casa vestida con eso.
Se rió de sí misma. Y no, tampoco podía vestir de blanco antes de Semana Santa ni después del Día del Trabajo. Aunque ahora viviera en el Upper West Side de Manhattan, seguía siendo Miley Cyrus de Savannah, Georgia. Era curioso que hubiera tenido que ir a Nueva York para descubrir quién era. Sonrió. A su madre seguramente la sorprendería saber que la rebelde de los Cyrus respetaba así las normas del blanco.
Optó por un top de espalda desnuda y atado al cuello. Informal pero sexy. Y lo más importante... fresco, algo a tener en cuenta con el calor que hacía fuera. Terminó de vestirse y cerró la puerta del armario con la ropa descartada tirada en el suelo. Se recogió el pelo en alto y lo sujetó con un pasador gigante. A pesar del aire acondicionado, el calor parecía colarse en la casa.
Se puso perfume detrás de las orejas y, en un impulso, también entre los pechos. Si no le gustaba a Nick, al menos quería que le gustara su olor.
Acompañó a voz en grito una canción de Roberta Flack que sonaba en la radio y tiró del pantalón corto hacia abajo. Esa mañana no había salido a correr y lo notaba en el modo en que le apretaban los pantalones. Algunas mujeres se veían bendecidas con cuerpos esbeltos y delgados que parecían de sílfide, pero ella no pertenecía a ese grupo. Había aprendido hacía tiempo que comer la mitad de lo que había en su plato y hacer ejercicio todos los días era el único modo de conservarse. Las mujeres bajitas y con curvas podían caer fácilmente en la gordura.
Cometió el error de mirarse el trasero en el espejo mientras cantaba. ¡Agh! Liam tenía razón. La última vez que se habían acostado le había dicho que su trasero se había hecho más grande. No era lo que ella quería oír, pero suponía que la verdad a veces podía doler.
Había pensado seriamente en hacerse una liposucción en el trasero, ¿pero y si esas células de grasa se trasladaban a sus muslos o a otros destinos igualmente odiosos? No se atrevía a correr ese riesgo.
Un aullido en la otra habitación apartó su atención de su trasero. Fue a la cocina y sirvió comida de gato en el bol vacío situado al lado del frigorífico.
-Ajá. Estás engordando tanto como yo -se echó a reír y levantó un momento a Peaches en el aire-. Pero te comprendo. Yo también tengo hambre.
El sonido del telefonillo resonó en todo el apartamento y a Miley se le aceleró el corazón. Nick y Liam. La idea de encontrarse frente a frente con el primero la había atormentado toda la tarde. No lo había visto desde que él empezara a invadir sus sueños de un modo satisfactorio pero inquietante.
Tragó saliva y bajó la radio de camino a la puerta. Se asomó por la mirilla y el corazón le dio un vuelco al ver la cara de Nick.
Etta James cantaba con voz ronca en la radio sobre el amor que llegaba por fin a matar su soledad, cosa que no hizo nada por apagar el nerviosismo de Miley.
Se riñó a sí misma. Que hiciera el amor con Nick en sueños no implicaba, ni mucho menos, que él fuera su gran amor.
Enderezó los hombros, sonrió y abrió la puerta.
-Hola, Nick.
-Hola, Miley.
-¿Dónde está Liam? -preguntó ella.
-Tenía una sesión y hemos acordado que nos veríamos aquí -explicó él, sin el menor asomo de sonrisa en la profundidad de sus ojos oscuros.
Miley se hizo a un lado.
-Entra.
Su pelo oscuro, cortado muy corto y peinado hacia atrás, daba un aire delgado y ascético a su rostro. Miley sintió su calor corporal cuando entró en la estancia con la bolsa de la cámara al hombro. Aquello era mucho peor de lo que había anticipado, mucho más potente que ningún sueño. Su aroma sutil y limpio la envolvía. En sus sueños, el aroma de él no la excitaba tanto como en ese momento. Contuvo el aliento y buscó un tono de voz ligero.
-¿Qué tal la sesión de fotos?
-Bien. Ha sido rápida. Ya he fotografiado a Chloe más veces -dijo él.
El nombre evocaba la imagen de una modelo alta, delgada y hermosa. Miley la odió en el acto sin sentir ningún remordimiento. Era el precio que tenían que pagar las mujeres hermosas que no poseían un trasero del tamaño de un principado.
Unas semanas atrás, después de formalizar el compromiso, Nick había fotografiado a Miley a petición de Liam. Éste entendía de arte, pero no era artista. Nick, en cambio, era un genio con la cámara. Ella no era modelo profesional y Nick había necesitado un día entero de trabajo con ella, pero sus fotos habían sido fantásticas. Se había visto a sí misma de un modo distinto. Había visto fuerza, pero también una vulnerabilidad sensual.
Nick se había mostrado paciente y casi encantador, como si cuando se ponía detrás de la cámara se olvidara de sí mismo, o quizá como si para entonces cuando era él mismo.
Durante la sesión, Miley había llegado a creer que al fin se lo había ganado. Había sido un día Mágico. Pero después de eso, él se había retraído más que nunca con ella. Por suerte, sus caminos no habían vuelto a cruzarse.
Excepto de noche. En la cama. En sus sueños. La noche siguiente a la sesión de fotos, ella había tenido su primer sueño erótico con él. Y desde entonces se habían repetido todas las noches. Y ahora el objeto de su lujuria estaba en su casa, después de haber pasado el día fotografiando a una modelo escuálida. Miley reprimió un comentario mordiente.
-Todavía no te he dicho que las fotos que me hiciste son magníficas. Eres un genio - Miley cerró la puerta.
-Tú eres muy fotogénica, tienes una sonrisa fabulosa y una estructura ósea fantástica -repuso él.
-Gracias -comentó ella-. Deja ahí el equipo -señaló un punto entre la puerta y el aparador antiguo-. ¿Quieres beber algo mientras esperamos a Liam? ¿Vino tinto?
Nick dejó su cámara y el equipo con mucho cuidado en el suelo y la miró por encima del hombro.
-Estupendo.
Miley pensó que tenía que dejar de admirar el modo en que la camiseta de él le ceñía los hombros y el modo en que los vaqueros le apretaban el trasero.
Él se incorporó y la miró con aire interrogante.
-¿Necesitas ayuda?
La joven carraspeó.
-No. Ya voy -señaló el sofá con un movimiento de muñeca-. Ponte cómodo, enseguida vuelvo.
Salió de la estancia rezando en silencio para que Liam llegara pronto. Aquellos sueños empezaban a alterarla mucho.
Se apoyó en la encimera y respiró hondo varias veces. Sacó una botella de vino del botellero de encima del frigorífico, una botella de Cabernet. Peaches, que pasaba la mayor parte de su tiempo encima del frigorífico, le lanzó una mirada atravesada.
Miley descorchó la botella.
-Mira, los gatos normales se acurrucan en la cama o en el sofá o se colocan encima del respaldo de los sillones. ¿Por qué te gusta a ti tanto el frigorífico?
Por supuesto, el gato no se dignó contestar. Miley sacó tres vasos de vino del armario.
-No te molestes por mí -dijo-.Ya me marcho.
Volvió a la sala.
Nick estaba sentado en el sofá color púrpura y miraba a su alrededor. Miley se sintió cohibida al pensar que estaba viendo su espacio personal con ojos de artista. Su gusto era variopinto. Le gustaban las reproducciones artísticas, alguna antigüedad que otra y muebles más cómodos que elegantes.
Dejó el vino y los vasos en el arca de bambú que hacía también las veces de mesita de café. Nick la miró a ella y la habitación pareció desaparecer hasta que sólo quedó la distancia corta que los separaba. Si ése hubiera sido uno de sus sueños, se habría reunido con él en el sofá, donde los dos se habrían desnudado y...
-¿Necesitas ayuda? -preguntó él.
-Gracias, no -repuso ella-. Marchando un vaso de vino.
Consiguió servir los dos vasos. Le tendió uno, procurando no tocarlo.
-¿Hablabas con alguien en la cocina? -preguntó Nick.
Miley se sentó en un sillón enfrente de él.
-Con mi gato.
-¿Y te contesta?
-No. Es el típico macho, oye lo que quiere. Sólo habla si tiene la tripa vacía o quiere el mando de la tele.
-Un gato de mi estilo -sonrió Nick. Levantó su vaso en un brindis silencioso y tomó un sorbo de vino.
Sus dedos, largos y finos, le recordaron a Miley el sueño que tuviera en la siesta.
Tomó un sorbo de vino a su vez.
-Está muy bueno -dijo Nick.
-Gracias -Miley tomó otro sorbo y se atragantó. Tosió. Y volvió a toser. No conseguía respirar bien.
Nick saltó el arcón y le quitó el vaso de vino de la mano. Se arrodilló y, Miley, condicionada sin duda por su sueño, abrió automáticamente las piernas para hacerle un hueco. Él la agarró por los hombros.
-¿Puedes respirar? Di que sí con la cabeza.
La joven asintió. Pero él no apartó las manos de los hombros desnudos. Al fin ella dejó de toser y él seguía arrodillado entre sus muslos, con los dedos en sus hombros.
-Estoy... bien -consiguió decir ella con voz temblorosa por la proximidad de él. La realidad de su contacto era mil veces más potente que un simple sueño. ¿Temblaba la mano de él en su hombro o era un reflejo de su propia reacción?
Nick la soltó y se levantó con brusquedad.
La miró desde arriba, todavía entre sus piernas.
-Deberías beber con más cuidado -dijo.
Miley lo odió en ese momento. ¿Cómo podía mostrarse tan preocupado y considerado un momento y tan desagradable al momento siguiente? Ignoró su comentario y pensó en Liam. Miró su reloj. Eran casi las nueve y cuarto.
-Espero que Liam llegue pronto -dijo-. Estoy muerta de hambre.
Enseguida se arrepintió de sus palabras. Nick acababa de pasar la tarde fotografiando a una modelo escuálida y ella, que tenía un trasero descomunal, sólo podía hablar de comida.
-Bueno, muerta de hambre no, pero sí algo hambrienta -intentó enmendar.
No conseguía decir ni hacer nada bien con él delante.
Y de pronto eso ya no importó, porque ya no estaba delante de Nick, sino rodeada de oscuridad.
-¿Qué narices...? -preguntó él. Miley pensaba lo mismo.
-¿Nick? -preguntó ella con pánico en la voz.
-Estoy aquí -se levantó, ciego en la oscuridad, y se golpeó las espinillas con el arcón. Dejó el vaso de vino allí con mucho cuidado.
Y menos mal que lo hizo, pues Miley se agarró a su brazo con dedos temblorosos.
-Perdona. La oscuridad y yo no nos llevamos bien.
Nick avanzó despacio, tocando los muebles, hasta que llegó a su lado. Nunca había conocido una oscuridad tan absoluta. No la veía, pero sentía el calor de su cuerpo, olía su perfume y sentía su energía en la mano que le agarraba el brazo.
-¿Alguna mala experiencia? -le preguntó.
La joven soltó una risita temblona.
-Cuando tenía cuatro años me quedé encerrada dos horas en un armario por curiosa. Me sentí aterrorizada. Desde entonces me da pánico la oscuridad.
Volvió a reírse, como si quisiera enmascarar el nerviosismo que resultaba patente en su voz. Nick le tomó la mano.
-No pasa nada, yo estoy aquí. ¿En este edificio se va la luz a menudo?
-Ha pasado dos veces antes, pero era de día - la voz de ella sonaba más segura, menos asustada, y su mano era más firme. Intentó apartarla-.Ya estoy bien.
Su respiración jadeante la traicionaba. No estaba bien, pero hacía lo imposible por dar esa impresión. Nick resistió el impulso de estrecharla en sus brazos y prometerle que todo iba bien. En lugar de eso, se contentó con apretarle la mano con más fuerza.
-Pues yo no -respondió-. Veo menos que un murciélago. ¿Dónde está tu linterna?
Ella se volvió hacia él y le rozó el hombro con la mejilla, gesto que aceleró el corazón de Nick. Era una agonía estar tan cerca, tocarla y olerla.
-No tengo. Se rompió en la mudanza y he olvidado comprar otra -su aliento rozaba el cuello de él y su cabello le acariciaba la mandíbula.
-Está bien. No hay linterna. Cambiemos de planes. ¿Dónde hay una ventana?
Los dedos de ella se entrelazaron con los de él.
-En mi dormitorio. Hay una en el cuarto de baño, pero es pequeña.
-De acuerdo. Llévame a tu dormitorio -a pesar de la oscuridad, cerró los ojos al decir eso. En otras circunstancias...
-Por aquí -ella tiró de su mano y él chocó casi enseguida con algo duro.
-¡Ay! -era la pared.
-Perdona -se disculpó ella.
-Supongo que tú no has chocado contra la pared.
-No. Estoy en el umbral de la puerta.
-Andar a tu lado no funciona -declaró él-. Ahora iré detrás -le puso las manos en los hombros desnudos. En la oscuridad no le costaba nada imaginar que estaba completamente desnuda. Sus hombros eran suaves, su piel cálida y elástica. Su aroma lo envolvía, lo seducía. Ansiaba estrecharla contra sí, bajar la cabeza y besar la piel delicada de su garganta y seguir luego por el hombro. Quería absorber su calor, su sabor... a ella.
El anhelo invadía su alma. Tenerla en sus brazos pero todavía fuera de su alcance era una crueldad. Él quería saborearla... se inclinó hacia delante y ella se movió levemente y se acercó más a él. Mechones de su pelo le rozaban la cara. ¿Qué narices hacía? Echó la cabeza hacia atrás.
-¿Nick? -preguntó ella con voz ronca.
-Dame un segundo para situarme -ropa, necesitaba tocar ropa-. ¿Mejor así? -sujetó las caderas de ella justo debajo de la curva de la cintura como habría hecho si estuvieran bailando la conga... o haciendo el amor desde atrás.
-Así está bien -la voz de ella sonaba tensa. O quizá era su imaginación, ya que aquella proximidad lo tenía atontado.
-De acuerdo. Tú guías -sabía que hablaba con brusquedad, pero prefería que lo considerara grosero a salido.
Caminó detrás de ella, agarrándole con firmeza las caderas, intentando ignorar el modo en que oscilaban bajo sus dedos. ¿Qué pensaría Miley si sabía que, mientras ella combatía un ataque de pánico, él se excitaba sólo con tocarle la mano e inhalar su aroma cada vez que tomaba aire?
En la habitación detrás de ellos sonó el móvil de Miley. Ella vaciló y se volvió un poco en dirección al sonido. Nick se agarró a ella con más fuerza.
-Sigue andando. Es imposible que llegues a él antes de que salte el contestador. Y seguramente nos daríamos algún golpe por el camino.
Prosiguieron su recorrido a oscuras. Casi inmediatamente, el móvil de Nick vibró en su costado.
-Espera. Me llaman -sacó el móvil y lo abrió con una mano, pero dejó la otra en la cadera de ella-. ¿Sí?
-¿Estás con Miley? -preguntó la voz de Liam.
-Sí. Está aquí.
-Acabo de llamarla y no contesta.
-Su apartamento se ha quedado a oscuras y no ha podido contestar a tiempo. ¿Dónde estás tú?
-En la galería de arte. Aquí tampoco hay luz.
-¿Y por qué estás allí? ¿Qué pasa?
-No creo que nos hayan sitiado, si te refieres a eso. Creo que es un apagón como el que tuvimos hace un par de años. Yo me he retrasado un poco porque tenía que aclarar algunas cosas con Richard y de pronto ha pasado esto.
Nick agradeció la oscuridad porque así Miley no podía ver su expresión. Le importaban un bledo los detalles de Richard y Liam, pero si éste hubiera llegado con la cena como había prometido, él no estaría ahora sujetando la cadera de Miley en la oscuridad. A solas con ella. Con muchas tentaciones.
-Excelente. ¿Cuánto tiempo crees que tardarás en llegar? -preguntó, esforzándose por mantener la voz neutral.
-Nos hemos quedado encerrados. Al irse la luz se ha bloqueado el sistema de seguridad.
Aquello iba cada vez mejor.
-¿Estáis encerrados en la galería de arte?
-Sí -Nick oyó el murmullo de otra voz de hombre al fondo, seguida de la risa de Liam-. Oye, no hace falta que te quedes con Miley. Seguro que no le pasará nada.
Nick sintió una oleada de furia contra su amigo. ¿No sabía, o no le importaba, que la mujer con la que se había prometido estaba aterrorizada de la oscuridad mientras él coqueteaba con su nuevo amante? ¿Por qué estaba con Richard en lugar de haber ido al apartamento de Miley como había prometido? ¿Y por qué tenía que usar un tono de propietario para decirle que no hacía falta que se quedara con ella? Y, desde luego, él no le iba a decir nada de todo eso con ella escuchando.
-Claro que me quedaré con ella hasta que vuelva la luz. No se me ocurriría dejarla sola.
La joven se acercó más y él le apretó más la cadera sin pensar. Aquello no iba por buen camino. ¿Cuánto tiempo podría estar encerrado en aquel apartamento con aquella mujer que lo volvía loco?
-No. He dicho que no necesitas quedarte - dijo Liam con brusquedad.
Pero Nick no quería que Miley supiera que su prometido era tan poco considerado que prefería que Nick la dejara sola en un apagón. Era mejor para ella que el egoísta de su amigo pareciera un novio considerado.
-No lo pienses más. No me iré hasta que vuelva la electricidad.
-Como quieras. Si te apetece hacer de caballero andante... -comentó Liam.
Nick colgó el teléfono y lo devolvió al bolsillo.
-Era Liam. Está bien. Cree que esto es un apagón. Está atrapado en la galería con el pintor de acrílicos. Al parecer, el sistema de seguridad los ha dejado encerrados.
-Sé que te ha pedido que te quedes, pero no hace falta que hagas de canguro. No me pasará nada.
Aquello era toda una ironía. Nick nunca había deseado tanto salir de un sitio, pero sabía que a ella no le gustaría quedarse sola y que él no iba a dejarla.
-Ya sé que no tengo que quedarme por obligación, pero prefiero no tener que ir a mi casa si no funciona el metro. ¿Te importa que me quede hasta que vuelva la luz?
-En absoluto. Si tú quieres quedarte, a mí me gustaría que lo hicieras.
-Entonces está decidido. No te librarás de mí hasta entonces.
La risa de ella sonó más relajada y Nick supo que había hecho lo correcto.
-Está bien. Parece que estamos atrapados el uno con el otro.
Nick no supo cómo ocurría, pero en ese momento ella se movió, él se movió... y su mano se posó en el pecho de ella. Por un momento, se quedó tan atónito que sólo pudo permanecer allí de pie, con la mano en el pecho femenino y el pezón duro contra su palma.
La atmósfera se hizo más densa. Una descarga sexual palpitaba entre ellos. Por un momento, él habría jurado que ella apretaba el pezón endurecido contra su mano. Lo invadió el deseo y su universo quedó reducido a la sensación del pecho en su mano y a la excitación que lo mantenía rígido. Miley emitió un sonido inarticulado que él no supo si era un gemido o una protesta, pero que le produjo el efecto de un jarro de agua fría.
Apartó la mano.
-Perdona. Ha sido un accidente
-Claro que sí. Estoy segura de ello. Tú nunca...
-¿Estamos muy lejos del dormitorio? -preguntó él, con una voz tan tensa como su cuerpo.
-Nick...
¿Pensaba que sólo tenía que tocarle el pecho y estaba más que dispuesto a tumbarla en la cama y aprovecharse de ella? ¿A acariciarla y besarla hasta que estuviera tan inmersa en su pasión que se olvidara de la oscuridad? Pues si pensaba eso, tenía razón. Y si hubiera sido su chica, habría hecho justamente eso. Pero no lo era.
-La ventana. ¿No está la ventana allí?
-Sí.
Recorrieron el corto pasillo hasta el dormitorio, pasaron a lo largo de la cama y llegaron a la ventana. Miley descorrió las cortinas y levantó la persiana.
La ciudad estaba inmersa en la oscuridad... un cielo oscuro con las sombras de los edificios más oscuros contra él. En la distancia se veían edificios iluminados por generadores propios, a modo de centinelas relucientes que guardaran la ciudad. A lo largo de la calle, la gente se alumbraba con velas, linternas o con los faros de los coches.
A pesar del ruido apagado de la gente y el sonido inevitable del claxon de los coches, la oscuridad los aislaba, encerrándolos en la isla del apartamento de ella, apartados del resto de la civilización.
Nubes oscuras cruzaban el cielo, tapando la poca luz que podía haber salido de allí.
-Va a haber tormenta -dijo ella.
-Eso parece. ¿Tienes velas?
-No tengo linterna, pero sí muchas velas.
Le soltó la mano y se volvió. La mesilla estaba a poca distancia de la ventana. Abrió el cajón y palpó dentro. Sacó un encendedor.
Encendió una vela que había al lado de la cama. Cruzó la estancia y encendió dos más colocadas en candelabros de pared y que flanqueaban un cuadro de una mujer semidesnuda reclinada en un diván. Era muy sensual. Como ella. Como la habitación.
Una cama enorme dominaba la pared de la ventana. Encima había un edredón de tonos rojo, canela y dorado. Contra el cabecero se amontonaban cojines a juego. Una cómoda con espejo ocupaba el espacio de la pared entre la puerta del dormitorio y el armario. Miley se acercó a un candelabro de tres brazos que había sobre la cómoda y se volvió a mirarlo sonriente.
-Ya te he dicho que tenía muchas velas.
A la luz de las velas resultaba aún más hermosa, pues las llamas temblaban en sus hombros desnudos y lanzaban sobre el valle entre sus pechos sombras misteriosas que él ansiaba explorar. El perfume de las velas los envolvía en aromas exóticos que conjuraban imágenes de sexo ardiente, imágenes que combatían sus reservas y lo dejaban convertido en un hombre que sufría por la mujer a la que deseaba y no podía tener. Ella tenía los labios entreabiertos y Nick habría jurado que sus ojos mostraban un ardor recíproco.
-No deberías encenderlas todas. No sabemos el tiempo que puede durar el apagón -nada como un poco de crítica para disipar una atmósfera cargada.
-Tengo muchas. Me gustan las velas.
-¿Tienes también una radio con pilas para que podamos enteramos de lo que pasa ahí fuera? - preguntó él. Definitivamente, había llegado el momento de volver al mundo real. Necesitaba estímulos externos para no embarcarse en otra fantasía sobre ellos dos.
-Mi radio portátil lleva pilas -contestó ella.
Levantó la radio de la mesilla y la encendió. No sucedió nada.
-Las pilas deben de estar agotadas -dijo él.
Miley arrugó el ceño un momento.
-Ya sé -dijo.
Buscó en el cajón de la mesilla y sacó... el vibrador más grande que Nick había visto nunca. Aunque, en realidad, él nunca había visto un vibrador antes. Y era bastante... grande.
-Nick, te presento a Tiny.
Tiny resultaba bastante amenazador desde el punto de vista de un hombre. Ella desenroscó la parte inferior, sacó dos pilas y volvió a colocar la tapa. Guardó el vibrador en el cajón y sacó otro más pequeño, con un tubo más estrecho en la punta.
-Éstos son Enrico y Bob -agitó el juguete en dirección a él.
-Hum.
Nick tuvo que recordarse que debía respirar... pero no con mucho ruido. Aquello no iba nada bien. Debería haberla abandonado y haber salido de allí cuando tenía ocasión. Si antes pensaba que estaba caliente, ahora ardía de arriba abajo.
-Supongo que ya tenemos pilas suficientes -musitó.
Ella sacó dos pilas más y las echó sobre la cama con las otras.
-Ya está. Cuatro pilas. Y te prometo que funcionan todas. ¿Por qué no se las pones a la radio?