Y lo primero que había hecho Liam al asentarse económicamente había sido abandonarla. Todo ese tiempo que había estado ayudándolo, tratando de mostrarse alegre y de no rendirse ante las dificultades... y él la olvidaba de la noche a la mañana. Es más, la culpaba de lo que había sucedido.
—¿Todo bien? —era la voz de Nick desde la puerta.
—Sí, bien —trató de sonreír, pero fue un intento fallido.
Él entró en la habitación y se sentó a su lado. —Si quieres hablar de ello, adelante. —No hay nada que hablar, aparte de que tengo muy mal gusto para los hombres. Nick esbozó una sonrisa.
—No lo digo en broma, no. Lo único que le importa a Liam es que va a perder el depósito que dimos para la casa que íbamos a comprar a medias. Así que ha intentado convencerme de que no va en serio con la chica con la que sale, pero a mí me parece que sí... Puede que quiera irse a vivir allí con ella.
—Piensa que estás mejor sin él, Miley. Tú te mereces algo mucho mejor.
Ella estuvo unos segundos sin poder hablar y luego esbozó una sonrisa temblorosa al encontrarse con los ojos de Nick.
—Sí, mi príncipe azul vendrá en cualquier momento a rescatarme.
Ambos echaron a reír.
—Y prefiero que llegue antes de la boda de mi hermana.
—No Miley asintió.
—Se llama Sinead. Tiene veintidós años y es en realidad mi hermanastra. Se va a casar en mayo, por eso te pedí unos días. Iré a la casa donde me crié, en Dublín.
—Eso parece divertido.
Miley no contestó nada.
—¿Por qué no vienes abajo y desayunas algo? —preguntó Nick con amabilidad.
Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Creo que no podría comer nada en este momento. Me siento un poco mal.
—No te sientas mal. Eres lo suficientemente fuerte para no dejarte afectar por alguien así.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
Nick sonrió,
—Te he visto trabajar en la empresa y sé que eres una persona muy fuerte.
—Liam opina lo mismo, pero...
Estuvo a punto de decirle que no era cierto, que era todo una farsa y, entonces, sonrió y cambió de opinión. Miley Cyrus nunca admitiría algo así y no iba a dejar que los gustos de Liam Flynn la deprimieran.
—Sí —admitió al final—, quizá tengas razón.
Levantó la barbilla, decidida.
—Por supuesto que tengo razón. Hace semanas que Liam te ha dejado y nunca te has derrumbado. Ni siquiera has faltado al trabajo diciendo que estabas enferma.
—Claro, olvidaba que eres mi jefe. ¡Lo más importante para ti es que no he faltado nunca al trabajo!
Hizo un gesto con la cabeza y sus ojos brillaron un momento.
—Bueno, por lo menos he conseguido que recuperes tu sentido del humor —dijo él, acariciándole con suavidad la mejilla y mirándola fijamente a los ojos.
En ese momento, Miley se dio cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro... y del roce de sus manos en su piel. Lo miró a los ojos y sintió que algo se despertaba en su interior.
—¿Papá?
La voz de Beth desde el piso de abajo rompió la intimidad del momento. Nick se apartó de ella.
—Voy a ver qué quiere. Ven cuando estés lista.
Miley se quedó un momento más en la cama. ¿Qué había pasado? Estaba pensando en Liam y, al segundo siguiente, se le había olvidado. ¿Por qué Nick tendría aquel efecto en ella? El beso de la noche anterior había cambiado las cosas entre ellos, pensó. Y eso había sido un error. Necesitaba olvidarse de ello, se dijo enfadada. Igual que él se habría olvidado ya.
Siguió allí sentada y miró a su alrededor. La habitación estaba decorada de un modo bastante masculino. No había adornos ni volantes, solo las paredes lisas y la cama. Había una fotografía sobre la cómoda y se acercó para verla.
Era una mujer muy guapa, con el pelo rubio y largo, y los ojos verdes. Llevaba un bebé en los brazos al que sonreía con expresión tierna. Evidentemente, era la mujer de Nick con Beth, y quizá la fotografía hubiera sido tomada horas después de que naciera, a juzgar por lo pequeña que era. De repente, sintió una inmensa tristeza. ¡Qué egoísta era por deprimirse a causa de Liam! El dolor de Nick debía haber sido muchísimo mayor, ya que había perdido a su esposa, la madre de su hija.
Dejó la foto en su sitio, tratando de calmarse, y luego se fue a su habitación.
Iba con la intención de pintarse un poco los labios, pero al ver lo provocativo que era el jersey, se lo quitó y buscó en el armario algo con el cuello más alto.
Encontró un polo gris que le quedaba más largo y un poco más ancho. Le quedaba mejor, se dijo, y era más práctico para un día de frío. Luego se peinó y se recogió el pelo antes de bajar.
—Siéntate —le pidió Nick, señalándole un lugar al lado de Beth—. ¿Te apetece té o café?
—Lo que tú estés tomando.
—He hecho las dos cosas —puso las dos tazas sobre la mesa y la miró—. ¿Estás mejor?
—Sí, estoy bien —contestó, sonriendo.
Él abrió el homo, sacó una bandeja y se la puso delante.
—Aquí tienes. Come, que te sentará bien.
—¿Crees que estás alimentando a un regimiento? —preguntó Miley, mirando su plato con ojos desorbitados—. Si me comiera todo esto tendría el tamaño de esta casa. Suelo desayunar solo cereales.
—Nosotros también. Pero como es el fin de semana, hay que relajarse un poco —Nick se sentó a su lado—. Además, necesitamos recobrar fuerzas para construir el muñeco de nieve.
El se dio cuenta de que se había quitado el jersey ceñido y se había puesto otro como el que su hermana podría utilizar para lavar el coche. Y una vez más, se había recogido el pelo hacia atrás en una coleta. También se había puesto las gafas.
Ella lo miró y, al ver que la estaba observando, sonrió.
—¿Vas a ayudarme a construir el muñeco de nieve? —preguntó Beth, entusiasmada.
Miley dejó de mirar a Nick.
—Claro, Beth.
—Mi amiga Rachael hizo uno en Navidad y le puso el abrigo y el sombrero de su padre.
Mientras se servía una taza de té y escuchaba la cháchara de Beth, Miley pensó en lo que animaba tener un niño al lado. Aunque además de esa sensación, notaba otra muy diferente, y que la hacía sentirse consciente de sí misma cada vez que miraba a Nick.
—¿Va Rachael a tu colegio?
—Sí, se sienta a mi lado. Tiene dos hermanos y un perro... y dos mamas. Una madrastra y una madre de verdad —Beth dio un suspiro—. Tiene mucha suerte. Y su madre tiene un novio que se llama Pete. Es rubio y sabe hacer helados.
Miley vio por el rabillo del ojo que Nick estaba sonriendo.
—Si has terminado de desayunar, Beth, puedes ir a por tus botas para salir al jardín.
La niña se levantó de la silla y salió de la cocina corriendo.
—Si se queda más tiempo, te cuenta toda la historia de Rachael —dijo Nick.
—¿Le quedaba mucho?
—Claro, un culebrón resultaría aburrido a su lado.
Ella soltó una carcajada.
—Antes de que lo olvide, Miley, he cambiado mi viaje a Manchester para el viernes que viene. Quizá necesite que vengas conmigo.
—De acuerdo. Lo escribiré en la agenda el lunes.
Él miró el plato de ella.
—¿Has terminado?
—Está todo muy rico, Nick, gracias. Pero no me entra nada más.
—No estarás haciendo dieta, ¿verdad? —preguntó de repente.
Ella lo miró y arqueó una ceja.
—No, pero gracias por preguntar.
Nick esbozó una sonrisa.
—Bien. No me gustan las mujeres que no comen.
Miley recordó de inmediato a Helen. Era tan pequeñita, que no le cabría mucho más que una crema de apio.
El se levantó y comenzó a quitar los platos de la mesa. Ella se levantó para ayudarlo.
Nick se preguntó si ella habría perdido el apetito por la llamada de Liam. A pesar de la sonrisa valiente con que lo había mirado, parecía triste. Y la había visto muy perdida después de colgar. Le apetecía insistirle en lo mucho que la había perjudicado Liam y en que tenía suerte de haberse librado de él. Pero se iba a esforzar por no hacerlo. Quizá no era lo que ella necesitaba en aquel momento.
—¿Por qué no me cuentas más cosas sobre la boda de tu hermana?
—No hay mucho que contar. Creo que va a ser un gran acontecimiento y yo seré la madrina principal —hizo una mueca—. Espero que no hayan elegido un vestido demasiado feo. Me imagino con un traje rosa, lleno de volantes y me da pánico.
—Estarías muy atractiva con algo rosa con volantes. Estoy seguro —afirmó Nick sonriente.
—No, hazme caso. No estaría bien —dijo Miley con firmeza—, pero es el día más importante de Sinead y ya le he dicho que me pondré lo que ella quiera. Además, hace mucho tiempo que no voy a casa, así que me dejaré llevar.
—No sabía que eras irlandesa. Pero, ahora que me lo has dicho, te noto cierto acento.
—En realidad, no nací en Irlanda. Cuando era pequeña, vivimos en Londres. Luego, mis padres se divorciaron y mi padre se fue a vivir a Irlanda —Miley cerró el lavavajillas y se apoyó en él, de cara a Nick—. Después, cuando mi madre murió, me fui a vivir con mi padre y su esposa Margaret, que es de Dublín.
—¿Cómo murió tu madre?
—En un accidente de tráfico.
—Lo siento, Miley, debió ser muy duro para ti. ¿Cuántos años tenías cuando sucedió?
—Veamos... tenía seis cuando mi padre se fue. O sea, que tenía once cuando me fui a Irlanda.
—¿Y te llevas bien con tu madrastra?
Miley asintió.
—Sí, es encantadora. Me ha ayudado a superar muchas cosas.
—Lo dices como si hubieras pasado épocas muy malas.
Ella vaciló unos segundos.
—Sí, pero los niños se recuperan pronto —fue su respuesta.
Pero no le contó nada de aquellas malas épocas. Sobre todo de los años posteriores a la partida de su padre. Algunas veces, cuando pensaba en ello, se daba cuenta de que habían sido muy importantes en la formación de su carácter. Había visto a su madre sufrir mucho, así que conocía el dolor de primera mano.
—Supongo que tienes razón, los niños son muy resistentes. Aunque a mí me preocupa Beth. Me inquieta el hecho de que no tenga madre.
—Parece una niña feliz. ¿Crees que se acuerda mucho de su madre?
Nick sacudió la cabeza.
—No. Lo que sabe de ella es lo que yo le he contado. Cosas sin importancia, como que su madre la quería mucho.
—Eso no es una cosa sin importancia —replicó Miley.
Le gustaba mucho cómo era Nick. Cada vez más. La conmovía la ternura con la que trataba a su hija.
—Tiene suerte por tener un padre tan bueno como tú. Además, te adora. Ayer, por ejemplo... sabía que Gina estaba preocupada por su padre y ella empezó a preocuparse por ti.
—¿Sí?
Miley asintió.
—Sí, estuvo un rato muy seria, pensando en que eras tú quien estaba en el hospital. A mí me pasaban ese tipo de cosas con mi madre.
—Pero tú también tenías a tu padre, aunque estuvieran divorciados.
—Eso fue hace mucho tiempo... Fue una época en la que yo no sabía si él quería volver a verme.
Nick se quedó mirándola. Aunque sus palabras las decía en un tono firme, él notó mucha tristeza, la indefensión de un niño que es incapaz de llegar hasta su padre.
Iba a seguir haciéndole preguntas, pero Beth llegó corriendo con una bufanda de lana al cuello y sus botas de cuero.
—Necesitas también el abrigo, Beth —dijo, riéndose, Miley—, pero estás guapísima. Vamos arriba y te termino de preparar, ¿de acuerdo?
La niña la agarró de la mano con suma alegría.
—Tengo un abrigo rosa y otro azul. ¿Me vas a hacer una coleta como la tuya?
—Claro que sí —contestó Miley—. No tardaremos nada, Nick.
—Gracias, no hay prisa —respondió él.
Las vio salir de la cocina. Miley se llevaba muy bien con su hija... la trataba con naturalidad y cariño. Era evidente que por eso Beth se sentía bien con ella.
Todo en Miley era una revelación, pensó, aturdido. Y en cuanto al beso de la noche anterior, lo había descontrolado por completo. Su intención había sido, en principio, solo rozar sus labios; pero, una vez que la hubo besado, fue incapaz de apartarse. Esa mañana la habría besado también. Era como si se sintiera atrapado por un hechizo y, en cualquier caso, en aquel fin de semana la relación entre ellos había cambiado para siempre.
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