jueves, 2 de febrero de 2012

Cap 50.-



—¿Cuántas veces tengo que pasar por este infierno? —preguntó él—. Es imposible que estés embarazada. Soy estéril.

Miley se sentó sobre la cama abrazándose las piernas bajo la barbilla.

—El doctor me dijo lo mismo —murmuró ella. Nick continuó maldiciendo en griego.

—Además, dijo que aún se sabe muy poco acerca de la esterilidad masculina. Solo me contó que acaban de descubrir que el número de espermatozoides en un hombre puede variar a lo largo de un mes.

—No quiero oír hablar de eso... —insistió Nick, tambaleándose como si estuviera bebido.

—Dijo que solo te hicieron un análisis, y que debía de haber sido un día de mala suerte.

—¿Un día de mala suerte? —repitió Nick, mirándola con una expresión tan hostil que la hizo encogerse—. Viví cinco años de mala suerte continua durante mi matrimonio,
Miley. Trata de imaginártelo.

—Según parece, el médico también era el doctor de la familia de Sofía.

—No, nuestro médico de cabecera es otro.

—Pero este era el médico de la familia de Sofía cuando ella estaba soltera —añadió
Miley—. Quiere hablar contigo en privado. Dice que tiene que contarte algo confidencial acerca de Sofía...

En Nick se operó una reacción particular que le hizo dirigirse a su dormitorio sin decir una palabra.
Miley languideció como un cisne moribundo. Su corazón comenzó a latir desordenadamente y tuvo dificultades para respirar. Su mente se bloqueó repentinamente. No podía dejar de pensar en la expresión del rostro de Nick.

De pronto, 
Miley notó una presencia a su lado en la cama.

—Llámalo —le ordenó Nick.

—¿Qué llame a quién?

—Al doctor —respondió él, tendiéndole un teléfono móvil.

— ¡Pero, si es medianoche! —exclamó Miley.

—Pues, despiértalo...

Y tomando el teléfono, él preguntó:

—¿Cuál es su maldito número?

—No sé... —contestó
Miley—. Lo único que hice fue pedirle a Nikos que me llevara a verlo...

—Pues su nombre, entonces. Seguro que sabes cómo se llama.

—La tarjeta de la consulta —recordó súbitamente,
Miley—. Está en el tocador.

Cuando finalmente la encontró, Nick marcó el teléfono nerviosamente.

Dulce no podía soportar la tensión. Se levantó de la cama y se metió en el cuarto de baño, sentándose en el retrete. Oyó la conversación en griego y luego volvió el silencio. Ella siguió sentada en el mismo lugar hasta que tuvo frío y se levantó para ponerse el albornoz. Dio un par de suspiros, y se dirigió al dormitorio.

Nick estaba sentado en un borde de la cama, con el rostro cubierto por las manos.
Miley no había visto nunca a un ser más desvalido.

Sin pensarlo dos veces, se acercó a él y lo rodeó con sus brazos tiernamente.

—Ella me mintió —murmuró Nick con voz ronca.

—Lo sé —asintió dulcemente 
Miley.

—Sabía antes de casarnos que era estéril, y sin embargo, me hizo pasar todo ese tormento... Mes tras mes. Hizo que me sintiera inútil e impotente.

—Ella debió de correr un gran riesgo permitiéndote hacer el análisis.

—No creas, el tormento habría continuado de cualquier manera. Si el resultado hubiera sido fértil, tendría que haber hecho los mismos esfuerzos para quedarse encinta. Y si el resultado era estéril, habría tenido que seguir rogando a Dios por un día de suerte, como siempre hacía.

Nick se estremeció.

—Al final no me atrevía ni a tocarla —prosiguió el hombre—. Me sentía culpable y fracasado. Creo que mi retirada brusca después de hacer el amor la última vez fue lo que la incitó a quitarse la vida.

Y que le había dejado una sensación de fracaso con la que tendría que aprender a vivir, pensó 
Miley tristemente.

—Lo siento mucho —murmuró ella. Él se encogió de hombros.

—¿Por qué tendrías que sentirlo? —preguntó Nick—. Más bien sería yo el que tendría que pedirte disculpas a ti.

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