jueves, 4 de octubre de 2012

Capitulo 19.- Fin.


Pero le había dejado marchar.
–Maldita sea, Miley –murmuraba cada noche en su cama–. ¿Me quieres? ¿Podrás llegar a quererme?
Pero no podía llamarla para hacerle esa pregunta. Tenía que verla. Tenía que mirarla a los ojos. Si podía ver sus ojos al hacerle la pregunta, no importaría lo que dijera.
Si podía mirarla a los ojos, lo sabría.
Kansas en Navidad era muy distinto a Nueva York.
Nada de gentío, ni escaparates cargados de regalos, ni árbol gigante en el Rockefeller Center.
Seguramente el árbol estaría allí, suponía Miley, pero ella no. Había vuelto a casa para pasar la Navidad. Sierra y ella habían vuelto, junto con Elizabeth y Stephen. Sierra iba a quedarse una semana.
Miley y los niños habían ido para quedarse.
–Para un mes, para dos, para tres... el tiempo que quieras, hija –le habían dicho sus padres, y le habían dado la bienvenida, a ella y a sus dos preciosos nietos, con los brazos abiertos.
–Me pondré mejor. Bueno, ya estoy mejor – le dijo a su madre.
–Lo estás haciendo bien –le dijo su madre–. Hacen falta muchas manos para criar a un niño, y tú estás sola y tienes dos.
No pretendía censurar, pero sí se la veía triste. No había hecho preguntas, excepto si lo quería.
Y ella lo quería. Seguía queriéndolo. Soñaba con él despierta y dormida. Les hablaba de él a sus hijos.
–Vuestro papá es un buen hombre –les decía–. Un hombre fuerte y valiente. Puede que algún día...
Su hermano Kevin había ido a verla a su apartamento antes de que se marchara. Había ido con montones de regalos: animales de peluche y un certificado que valía por todo un año de pañales. Le había puesto a Stephen en los brazos y el niño había llorado y se le había hecho pis encima.
Kevin lo había asumido como un hombre... largándoselo a Sierra. Luego se marchó, Miley se quedó muy melancólica, Kevin se parecía mucho a  Nick.
–Y también actúa como él –masculló su hermana–. Son unos perdedores los dos.
–No –contestó Miley. Nick era, simplemente, un hombre que conocía sus limitaciones.
Sabía que estaba en el extranjero, pero no tenía ni idea de dónde. De haberlo visto, se lo habría preguntado, por si acaso...
Ni siquiera se había enterado de que había estado en el hospital hasta aquella misma tarde, cuando una de las enfermeras entró con una caja en la mano.
–Es para usted –le dijo–. La dejó su marido.
–¿Mi...? – Miley se tragó la última palabra y aceptó la caja sin más.
Cuando la abrió, se encontró con los dos ositos que habían visto en la tienda el día de la vela. Parpadeó. Tragó saliva. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Los dos ositos de peluche estaban en la habitación de los gemelos. Detrás de ellos, vigilándolos, estaba su barriguda madre. En aquel momento fue a tomar en brazos a Elizabeth, que lloraba. Si podía sacarla de allí antes de que Stephen se despertara, no tendría que pedirle a su madre que le diera el biberón. Estaba intentando amamantarlos a los dos, pero era casi imposible hacerlo si ambos se despertaban al mismo tiempo.
–Calla, preciosa –la acunó–. Es solo un segundo–le dijo mientras se desabrochaba la copa del sujetador de lactancia. Le costaba mucho menos que antes–. Estoy mejorando – se dijo.
Se acomodó en la mecedora y acercó al pecho a Elizabeth. La niña la miró y comenzó a mam.ar.
Miley acarició su pelo oscuro, más oscuro que el de ella. Un pelo como el de Nick.
Oyó sonar el timbre pero no le hizo caso. Su padre había salido con Sierra para traer el árbol de Navidad, pero su madre estaba en la cocina. Ella abriría.
La puerta de la habitación se entreabrió ligeramente y su madre se asomó.
–¿Quién es?
La puerta se abrió más.
–Soy yo.
Era Nick.
Miley sintió que el corazón le latía unas cien veces más rápido que de costumbre.
Lo miró incrédula. Atónita. ¿ Nick... allí?
–Pero...
Detrás de Nick vio sonreír a su madre y cerrar la puerta.
–¡Nick! –sonrió, pero no fue hacia él porque no podía. Estaba dando de comer a la niña. De todos modos, seguramente habría sido incapaz de hacerlo. No para tener que verlo marchar después–. Qué sorpresa–intentó parecer alegre, pero solo consiguió transmitir nerviosismo–. ¿Por qué has...? –no. No podía preguntarle eso–. Cómo me alegro de que hayas venido a vernos en Navidad.
Estaba mejor. Muy educada. Distante.
–No he venido porque sea Navidad –contestó, tan nervioso como ella.
Miley lo miró con los ojos de par en par. Lo vio tragar saliva y apretar en las manos el regalo que llevaba.
–Entonces, ¿por qué...?
–He venido porque te quiero –contestó. Miley se quedó completamente inmóvil y lo miró a los ojos... unos ojos tristes, por cierto. Angustiados. Desesperados.
¿Por ella? No podía ser. Sin embargo...
–Sé que no me necesitas, Miley –continuó, mirándola a los ojos–. Sé que yo no quería que me necesitaras y que no puedo esperar que me quieras, pero...
–Te quiero –le interrumpió Miley.
Lo vio cruzar la habitación en tres zancadas y arrollidarse a su lado. La abrazó, a Elizabeth y a ella, y hundiendo la cara en su cuello, lloró.
Miley lloró también, y sus lágrimas cayeron sobre la mejilla de Elizabeth y el pelo de Nick.
–Te quiero –le dijo–. Te quiero. Te quiero.
Y él le dijo lo mismo.
Cuando por fin se apartó, los dos se miraron y sonrieron. Incluso rieron un poco. Luego se secaron las lágrimas mutuamente y Nick miró a Elizabeth, que había seguido mamand.o durante todo aquel episodio con absoluta indiferencia y que ahora miraba a su padre con curiosidad.
-Está enorme –dijo, admirado.
-Casi tres kilos –contestó Miley.
Al otro lado de la habitación, Stephen comenzó a llorar.
–¿Puedes traerme a Stephen?

Nick tardó un momento en reaccionar, pero luego fue a la cuna y con cuidado, casi con temor, sacó a su hijo y con suma ternura, y lo llevó junto a su madre.
–¿Cómo vas a poder...?
Señaló a Elizabeth con la cabeza.
–Te la cambio –dijo ella.
Por un segundo Nick pareció indeciso, pero al final la sujetó firmemente contra su pecho.
–Acaríciale la espalda –le dijo Miley–. Tiene que eructar. Toma, ponte este pañal en el hombro.
Nick obedeció y mientras Stephen comenzaba a mam.ar, él palmeó muy suavemente la espalda de su hija, lo que le valió la recompensa de un pequeño eructo.
–¡Lo he conseguido!
Miley se rió.
–Sí.
Nick se paseó despacio por la habitación sin dejar de acariciar la espalda de su hija mientras Miley daba de mam.ar a Stephen. Eran un equipo.
Un momento después, su madre volvió a asomarse y sonrió.
–Así es como debe ser –dijo, y salió para comunicarle a su marido y a Sierra la buena noticia.
Miley le enseñó a poner un pañal. Qué grandes eran, y qué torpes sus manos.
–No te preocupes, que ya verás cómo enseguida aprendes el truco –le prometió.
–Eso espero.
Una vez estuvieron acostados los bebés, se quedaron contemplándolos con las manos entrelazadas.
–¿Qué hay en el paquete? –le preguntó. Nick lo recogió del suelo y se lo entregó.
–Abrelo.
–¿No tengo que esperar a Navidad?
–Espero que no.
Lo abrió con nerviosismo. Era el oso bombero con su casco, las botas y el impermeable amarillo. Llevaba un pequeño sobre en el bolsillo y Miley lo sacó.
¿Dentro había un anillo. ¿Quieres casarte conmigo?, preguntaba una nota.
Miró a Nick y le entregó el anillo. Él lo miró desconcertado, pero ella le tendió una mano con todo el amor que sentía brillándole en los ojos.
–¿Quieres ponérmelo?
Nick se lo puso.
La primera vez que hicieron el amor, había sido un amor nacido del dolor. Había sido hermoso y fecundo, en más de un sentido. Le había redimido aunque no lo supiera entonces.
La segunda, se prometió a sí mismo, sería para ella.
La segunda le haría el amor con toda la pasión, con ternura y consideración. Le enseñaría con su cuerpo cuánto la quería.
Cuando el médico les dijo que todo estaba bien, y los bebés tenían ya ocho semanas, les pidió a sus suegros que cuidasen de ellos durante una noche y se llevó a Miley.
–¿Adónde vamos? –preguntó ella.
Pero él se limitó a sonreír. Había hecho planes. Había investigado. Había encontrado un escondite.
Estaba en mitad de ninguna parte. Una cabaña rústica y alejada de todo, pero perfecta para una pareja que no necesitaba más que a sí misma.
–Confía en mí –le dijo, apretando su mano. Y Miley confió.
Parecía más rústica que cuando estuvo allí a verla.
–Me encanta –dijo Miley, abrazándose a él. Lo besó en la mejilla y luego lo envolvió con sus brazos. Él le devolvió el beso.
–Tú enciende el fuego –dijo ella–, que yo voy a la cama.
–La cama está hecha –contestó.
Había estado allí aquella mañana para llevar el champán y la cena que quería prepararle.
–¿Tienes hambre? –le preguntó a ella.
Miley apoyó las manos en su pecho.
–De ti –dijo.
Casi no consiguen llegar a la cama.
Y él que iba a ser tierno y delicado. Pero la pasión lo devoró todo.
Su ropa fue quedando en el camino. Ya encendería después el fuego.
Se metieron bajo las sábanas y el edredón y descubrieron de nuevo sus cuerpos. El de él, áspero, suave el de ella. El de él, duro, delicado el de ella. Besó sus labios, su cuello, sus pechos. Con las manos descubrió las curvas, las laderas y los valles de su cuerpo. Lo recordó delgado y grácil, o redondo y bullendo con sus hijos. Lo encontró lleno, suave, elástico. Húmedo. Preparado.
Para él.
Miley lo invitó a entrar, lo envolvió con su calor, con su dulzura, con su amor.
Lo besó, lo amó, lo hizo temblar.
Y él volvió a sentirse pleno.
Encendieron el fuego más tarde. Mucho más tarde.
Prepararon la cena y bebieron champán. Luego volvieron a envolverse con el edredón y Miley se acurrucó en el pecho del hombre al que amaba.
–Eres maravilloso –susurró–. Sabes cómo apagar mi fuego.
Nick se incorporó lo suficiente como para mirarla a los ojos.–Espero que no sea así –dijo antes de besarla en la boca–. No quiero que este fuego se apague. Nunca.
FIN.

Capitulo 18.-


No iban a dejarle entrar con ella.
No había asistido a las clases de preparación al parto, decían. No sabía nada de las respiraciones, ni de cómo animar a una mujer a dar a luz.
–¡Soy bombero, maldita sea! Sé cómo se hace.
–Pero es que ella tiene a otra persona designada para entrar con ella –dijo la recepcionista.
–¿Quién? –preguntó, y no supo qué iba a hacer si decían que Daniel.
–Sierra –dijo Miley desde la silla de ruedas en que estaba sentada. Estaba muy pálida y tenía la respiración agitada, pero se aferraba a su mano con todas tuerzas. Llevaba haciéndolo la larga hora que les había costado llegar a la ciudad. Apretó él su mano con misma fuerza y le preguntó:
–¿Quieres que sea Sierra?
Ella lo miró a los ojos y negó con la cabeza.
–Te quiero a ti. Te quiero a ti.
Aquella frase debería haberle hecho salir corriendo.
Pero lo que ocurrió fue que sus palabras sacaron lo mejor de sí mismo... la parte de su ser que se enfrentaba a las crisis. Y en eso, era bueno.
Sabría cómo enfrentarse a aquella situación.
Era intensa. Era exigente. Era la experiencia más turbadora de su vida. Y es que Miley era la persona más turbadora de su vida.
Siempre había admirado su humanidad, su capacidad de comunicación, su entusiasmo. Desde el momento mismo en que la conoció, le había parecido Miley, alegre y feliz. Habían pasado buenos ratos juntos.
En aquel momento, era como una roca. Sólida. Fuerte. Profunda. Decidida.
El médico le había dicho que los bebés se habían adelantado, que eran pequeños, que tenían que darle todas las opciones posibles.
–Cuanta menos anestesia, mejor –le dijo–. No debemos adormecer sus respuestas, o ralentizar sus corazones.
Miley escuchaba y asintió. Se aferró a la mano de Nick.
–Puedo darte algo si verdaderamente lo necesitas–le dijo el médico–, pero preferiría no hacerlo.
–Podré aguantar –le aseguró, y luego miró a Nick–. Háblame.
Habló. Hablaron los dos de casi todo. De la niñez de  Miley en una granja en Kansas, de la juventud de él en Nueva York, de las bromas que gastaban sus hermano y él, de los líos en los que se metían Sierra y ella. Cada vez que llegaba una contracción, Nick le frotaba la espalda, le ponía pequeños trozos de hielo en la boca. Le daba masajes en los pies.
Las contracciones se hicieron más fuertes y frecuentes. Su cuerpo temblaba y se estremecía. Respiraba hondo y apretaba su mano. Sé miraban a los ojos, respirando al unísono.
No la vio venirse abajo ni una sola vez. Buscaba fuerzas en su interior y afrontaba cada nueva contracción con la suficiente energía para soportar el dolor.
A lo largo de todo aquel tiempo, minutos que parecían horas, horas que parecían días, Miley estuvo concentrada, decidida, fuerte.
Nick, estaba sentado junto a la cabecera de la mesa de partos, aferrado a su mano tanto como ella a la de él. Respiraban juntos, contaban juntos.
–Lo estás haciendo muy bien –le dijo–. Animo.
Se sentía como un charlatán, perdiendo el tiempo y dejándole a ella todo el trabajo. Pero cuando guardaba silencio, ella le pedía que siguiera hablando.
–¡Háblame, maldita sea! ¡Dios! –exclamó al sentir otra contracción–. Lo... siento. Te voy a... romper la mano –jadeó en un segundo de espera de la siguiente contracción.
–Vamos, sigue –le dijo Nick.
–Tengo que empujar –le dijo, frenética.
–Respira –le indicó. No sabía qué tenía que hacer, por lo que dio voces a la enfermera–. ¡Haga algo!
–Respira –le dijo ella con un brillo de risa en los ojos.
Se apretaron las manos y la enfermera volvió a reconocerla.
–Ahora sí. Ya estamos. Y llamó al médico.
–Por fin –suspiró Nick–. Ya estamos.
Por un momento había pensado que todo lo que ya habían pasado era duro, pero aún quedaba lo peor. Fue auténtica agonía para él ver los esfuerzos de  Miley, su lucha, y saber que no podía hacer nada para ayudar.
–Empuja –la animó el médico mientras Nick le secaba a Miley el sudor de la frente–. Sí, sí. Bien. Ahora…Espera... Cuando sientas que vuelve a empezar…
–Tienes que ayudar, Miley. Bien. Una vez más. Empuja fuerte. Más fuerte. Eso es –el médico cada vez gritaba más–. ¡Sí! ¡Vamos, Miley! ¡Aguanta!
Y aguantó. Tenía la cara roja y temblaba de pies a cabeza. Estrujó la mano de Nick con todas sus fuerzas.
–Lo siento –murmuro.
–Calla –contestó él–. Yo sí que siento haberte metido en esto.
–No –contestó Miley apretando los dientes–. No... vuelvas... a... decir... eso... nunca.
–¡Sí! –exclamó el médico, sacando un bebé que se revolvía como un pez–. ¡Es una niña!
Miley rio y lloró al mismo tiempo.
–¿Está... está bien? –preguntó al ver que las enfermeras se rodeaban al bebé que ya lloraba.
–Tiene dos manos y dos pies, sí –contestó el médico–. Respira bien. El doctor Oates le hará la revisión. Es preciosa. ¿La ves? – se la quitó a la enfermera de los brazos para acercársela a Miley–. ¿La ves, papá?
Y allí estaba, delante de sus ojos. Una personita que no dejaba de moverse, con los ojos abiertos como si buscase a alguien.
Nick asintió, incapaz de hablar.
El médico se la entregó al pediatra que acababa de entrar.
–Pero aún estamos a la mitad del espectáculo, ¿verdad? Aún nos queda algo más. Lo estás haciendo muy bien, Miley. ¿Estás lista?
Nick sintió que le apretaba de nuevo la mano y la vio sonreír entre lágrimas.
–Estoy lista.
No tenía ni idea de dónde podía sacar las fuerzas para volver a pasar por todo aquello, pero lo hizo... y minutos después, un segundo bebé de pelo oscuro y mucha energía llegó al mundo.
–Enhorabuena –dijo, mientras ponía al bebé sobre el vientre de Miley–. Una niña y un niño.
Nick lo miró, pero apenas pudo verlo. Tenía los ojos clavados en Miley.
Le temblaban las manos. Toda ella temblaba como resultado del esfuerzo y el agotamiento.
–¿Estás bien? –le preguntó.
Ella le sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
–Estoy bien – susurró y apretó levemente sus manos, como si no le quedaran fuerzas.
–¿Qué tal si te vas a echar un vistazo a tus hijos, mientras nosotros terminamos con Miley? –dijo el médico.
Ella soltó su mano y Nick salió, pero como un sonámbulo, casi sin darse cuenta de lo que hacía.
–¿Señor Cyrus?
Era el pediatra que se dirigía a él después de reconocer a los niños.
–Jonas –le dijo–. Mi apellido es Jonas.
–Ah, lo siento. Es que solo teníamos el de su esposa. Vamos a poner a los niños en incubadoras durante veinticuatro horas como medida de precaución – dijo con una sonrisa–. La verdad es que los dos parecen muy saludables. Algo pequeños, pero fuertes. El niño pesa dos kilos exactos y la niña un kilo seiscientos gramos. Venga con nosotros y le acompañaremos al centro de información familiar.
Contesté a todas las preguntas que le hicieron, e hizo todo lo que le pidieron. No pensaba. Estaba allí sentado en el despacho, contestando preguntas, vagamente consciente de que las enfermeras iban y venían con niños en brazos. En su cabeza, la escena se repetía y otra vez: veía a Miley empujando, jadeando. ¿Dónde estaría?
Le habían echado de allí antes de que el médico hubiera terminado con ella. ¿Estaría bien? ¡Necesitaba saber que lo estaba!
–¿Dónde está Miley. Dónde está mi mujer? Necesito ver... a mi mujer.
Todo el mundo se refería a ella así. ¿Por qué no iba a hacerlo él?
–Solo cuatro preguntas más – le contestó la empleada.
–Habitación 411 –le dijo la enfermera un minuto después al verlo salir–. Ha preguntado por usted.
La encontró en la cama, con los ojos cerrados y mortalmente pálida. Se acercó a ella, desesperado por saber si respiraba.
Miley abrió los ojos. Estaban un poco enrojecidos, pero brillantes.
–Hola.
Parecía agotada.
–Hola.
Se acercó a ella, le apartó un mechón de pelo de la cara y se quedó mirándola. Había en ella una belleza y una fuerza que no había visto antes.
–Has estado increíble – le dijo.
Miley sonrió y levantó una mano para tocarle, e instintivamente, él entrelazó los dedos con los suyos. Ya no temblaba. Tenía la mano un poco fría y la apretó con suavidad.
–Ellos sí que son increíbles –dijo–. Me refiero a los bebés. Gracias, Nick.
Él la miró sin comprender, y Miley se llevó su mano a los labios para besarla por última vez antes de hacer la cosa más dura que había hecho en toda su vida.
–Gracias –dijo de nuevo–. Por los niños. Por todo. Ya no tienes que quedarte, Nick. Puedes irte.
Y se fue.
Inmediatamente. Al fin y al cabo, era lo que quería. Estar solo. Libre. Despreocupado. Firmar cheques, pero no tener que preocuparse por nada. No sentir nada.
Se marchó. Volvió a Long Island y recogió sus cosas. Volvió al centro y llamó a su jefe.
–Estoy listo para salir –le dijo–. A donde sea.
–Indonesia –contestó su jefe, encantado–. ¿Puedes tomar el próximo avión?
Podía, y lo hizo.
Se pasó un instante por el hospital para mirar por última vez a los niños. Ya tenían nombre: Elizabeth y Stephen.
Le gustaron, y así se lo habría dicho a Miley cuando le diera el regalo que le había comprado, pero cuando se asomó a la habitación, tenía compañía: Kev y Dani estaban allí. Y su jefa, Stella. Y Sierra. Y Daniel.
Dejó el regalo en el control de enfermeras.
–Ocúpense de que lo reciba, por favor –les dijo–. Tengo que irme.
Ella tenía todo el apoyo que necesitaba. A él, no lo necesitaba.
Pero él sí que la necesitaba a ella.
A ellos. A todos.

Miley. Elizabeth. Stephen.
No pasaba un solo día en que no pensara en ellos. ¿Un día? Diablos, una hora. Menos de una hora. No podía quitárselos de la cabeza.
Intentó aferrarse a Sarah y al otro bebé; utilizarlos como escudo, pero no funcionó. No había escudo posible para el corazón.
Luchó contra el fuego en Indonesia. Luchó contra los sentimientos de su corazón. Mientras el fuego se extinguió, los sentimientos seguían vivos.
Los quería. A todos.
Quería volver a casa, a su lado.
Quería llamar a Miley, saber cómo estaba, si se las arreglaba bien, si necesitaba algo. Si lo necesitaba.
Pero tenía miedo de que no fuera así.
Era tan fuerte, tan capaz, tan competente. Se había aferrado a su mano durante el parto, pero todo el trabajo lo había hecho ella. Le había dado las gracias por estar allí, por los niños, por todo.

Capitulo 17.-


No estuvieron fuera mucho tiempo y en ningún momento abandonaron las aguas protegidas de la bahía, Pero no importo. Se sentía renovada cuando volvieron a la lancha que los recogió.
Estando ya en el coche de vuelta a casa, bostezó intensamente.
–Te he cansado, ¿verdad? Lo siento. Pero Miley negó con la cabeza y sonrió:
–No. Ha sido una tarde perfecta. «Vive el momento», le decía siempre su madre. En tardes como aquella, no era difícil hacerlo.
Dani y Selena decidieron organizar una fiesta para los bebés.
–Dani y Sel han organizado una fiesta para los bebés –le anunció Miley a Nick aquella misma noche.
Dani la había llamado después de cenar para hablar de los detalles.
–¿Una fiesta? – preguntó Nick, no precisamente entusiasmado.
–Es una tradición. Una celebración. Estamos de enhorabuena, Nick – aclaró con firmeza.
Él se limitó a asentir.
Miley se temía que no fuese a estar el sábado por la tarde, que era cuando Dani y Selena habían decidido organizar la fiesta, ya que se pasó el resto de la semana irritable e inquieto. Habló por teléfono en un par de ocasiones con un hombre que debía ser su jefe y casi esperaba que se buscase un fuego que apagar a miles de kilómetros de allí.
Pero cuando le preguntó el viernes por la noche:
–No irás a marcharte, ¿verdad? –, él la miró como si estuviera loca.
–Por supuesto que no. Ya te he dicho que, hasta que nazcan los niños, estaré aquí.
Había un plazo máximo. Una fecha límite. Hasta que nazcan los niños...
¿Y después?
«Vive el momento», se recordó.
Fue estupendo volver a ver a todos sus amigos.
Dani y Sel habían invitado a todo el mundo: Louis y Eli Fletcher, Stella, su editora, Lindy y Gert, sus ayudantes en la oficina, Damon y Kate Alexakis, la señora Alvarez, los Gillespy, unos cuantos compañeros y vecinos más, Kevin y, por supuesto, Sierra y Daniel.
Se alegró especialmente de ver a Daniel.
–Estás estupenda –le dijo con una sonrisa–. Grande como un autobús, pero estupenda –tocó su mejilla–. En serio: tu aspecto es mucho mejor. ¿Todo va bien?
–Sí –contestó, sonriendo. Y no era mentira. Todo iba lo mejor que iba a ir–. ¿Y tú?
Daniel sonrió con tristeza.
–Vuelvo a estar solo.
Su sonrisa se desvaneció y apoyó una mano en su brazo.
–Encontrarás a alguien, Dan.
–Miley –dijo Nick, apareciendo a su espalda y tomándola por un brazo para apartarla de él–. Dani desea preguntarte algo.
Estaba ya a mitad de la habitación cuando se dio cuenta y con un gesto de la mano le indicó a Daniel que ya hablarían más tarde.
Pero no hubo tiempo más tarde. Siempre ocurría había que abrir regalos, jugar a juegos inocentes, comer pastel y los helados...
Fue, tal y como ella había dicho, una celebración. No paró de abrir regalos en toda la tarde, y de hacer exclamaciones por su contenido. Los abrió todos ella,  Nick se negó a hacerlo cuando Dani intentó convencerle de que lo intentara.
–Que los abra Miley –dijo, y se mantuvo en un discreto segundo plano, apoyado contra la pared y con manos en los bolsillos.
Le sorprendió encontrarse con un paquete de él, y miró con curiosidad antes de abrirlo. Era la mamá osa preñada que habían visto en la tienda de Montauk. Para que te haga compañía, decía la tarjeta que lo acompañaba, y al mirarlo no fue capaz de descifrar la mirada de sus ojos oscuros.
– Nick... –exclamó–. Gracias.
–¿Qué vais a tener? ¿Niños, niñas, o uno de cada?–preguntó Kate Alexakis, y rompió el hechizo.
–No lo sé –Miley movió la cabeza.
El médico se había ofrecido a decírselo, pero ella no había querido saberlo.
–¿Ya habéis elegido los nombres? –quiso saber Selena.
Miley miró a Nick. Parecía tan interesado como todos los demás, pero volvió a negar con la cabeza.
–Pues más vale que empecéis a pensar –dijo Kev.
–No te preocupes, que los tendremos a tiempo –contestó Miley, mirando a Nick una vez más. No era una decisión que quisiera tomar sola.
El día estaba cubierto, así que a pesar de que habían montado las barbacoas en la terraza, todo el mundo se quedó dentro. Pero resultó ser una tarde y una noche muy distraídas. Miley hizo una mueca o dos después de la cena, y Nick dejó a medias la conversación que estaba manteniendo con Kev para acercarse a ella.
–¿Estás bien?
–Claro que estoy bien. No es nada.
Pero Nick no se dejó convencer.
–Tienes que echarte.
–¡No puedo echarme! Estamos en mitad de una fiesta.
–Eso se soluciona rápidamente – se levantó–. ¡Oídme, chicos! Es hora de irse a casa.
–¡Nick!
–Miley necesita descansar Despídete, Miley.
Tomó su mano y la obligó a levantarse.
–¡Nick! No tienes por qué...
Pero Dani, Kev, Sel y Justin estaban ya recogiendo cosas. Todo el mundo se marchó en cinco minutos.
Sierra fue la última. Ya en la puerta, abrazó a su hermana.
–¿Estás bien?
–Estoy bien, de verdad.
–Nick está haciendo un buen trabajo.
–Nick es un mandón.
El protagonista de la conversación estaba ayudando a llevar los regalos al coche de Kev para que pudieran dejarlos en el apartamento de Miley.
–Solo está haciendo lo que debe hacer – Sierra lo miró casi con cariño–. Yo creo que está empezando a ver la luz.
–¿Tú crees?
Cómo deseaba creerlo.
–Si no, no actuaría como un perro guardián. En cuanto vea a los bebés...
cerró el maletero del coche de Kev y volvió al lado de Miley.
–Buenas noches, Sierra.
Fue una orden, no un comentario.
Sierra sonrió y le dedicó un saludo militar.
–¿Qué te decía yo? –le dijo a Miley.
La obligó a irse inmediatamente a la cama, que él se ocuparía de limpiar y de recoger, y que enseguida pasaría a verla.
Odiaba tener que admitirlo, pero estaba agotada, y entró en el dormitorio sin una protesta. Los karatecas seguían practicando, impenitentes.
–Vais a nacer llenos de moretones. –les dijo, intentando estirar la espalda y darles unos cuantos centímetros más.
Estaba ya en la cama cuando Nick asomó la cabeza.
–¿Estás bien?
–Sí, gracias. Nick –lo llamó cuando ya desaparecía–, ¿puedes hacerme un favor? ¿Quieres traerme mi osa?
Él pareció sorprendido, pero luego asintió y fue a buscarla. Miley la abrazó y lo miró.
–Gracias otra vez.
Él no contestó. Simplemente se quedó ahí, de pie. Luego asintió.
–Ha sido una fiesta muy bonita, ¿verdad? Volvió a asentir.
Apoyó la mejilla en la barriga de la osa.
–¿Podrías... sería mucho pedir... que me dieras un masaje en la espalda?
–Si quieres.
–Por favor.
–Voy a cerrar. Enseguida vuelvo.
Estaba ya preparada cuando volvió. Apagó la luz y se acomodó en la cama junto a ella. Sintió sus dedos en la espalda, sus pulgares en cada vértebra y se relajó al ritmo de sus manos.
–¿Nick?
Su voz fue apenas un susurro, pero lo despertó de golpe. Estaba desorientado. Luego se dio cuenta de que debía haberse quedado dormido a su lado, abrazado a ella.
Se levantó apresuradamente.
–Lo... lo siento – se pasó una mano por el pelo–. ¿Necesitas algo? ¿Estás bien?
–Sí, pero... creo que ha llegado el momento –sonrió con nerviosismo–. Tengo contracciones desde hace más de una hora, estables y regulares. Creo que los niños van a nacer.

Capitulo 16.-


Pura tortura.
¿En qué demonios estaba pensando? Obviamente, en nada. Si se le hubiera ocurrido pensar que iba a excitarse con tan solo tocarla, no habría dicho ni una palabra del dichoso masaje. ¿Quién iba a imaginarse que tocar tan solo la espalda de una mujer tan embarazada como Miley iba evocar aquel efecto?, se preguntaba Nick, después de salir de la casa y mientras avanzaba sobre la arena el agua.
¡No tenía sentido!
Y tampoco ayudaba a dormir mejor, razón por la se encontraba caminando a grandes zancadas sobre la arena. Había dejado a Miley durmiendo como un bebé.
Seguramente debería alegrarse. Al fin y al cabo, era lo que pretendía.
Pero no sentirse frustrado más allá de lo soportable. Hacía ocho meses que no había estado con una mujer... de la noche que había dormido con ella. Pero entonces había sido diferente. No quería que ocurriera.
Pero ahora sí. ¡La deseaba! El cuerpo entero le dolía de deseo.
Un deseo que no tenía posibilidad de apaciguar. Se lanzó al agua y esperó a que una ola le zarandease con la esperanza de que su frialdad le sirviera de cura.
Se levantó casi inmediatamente, temblando, dolorido y sorprendido. Hubo otra cosa que le sorprendió aún mas... oír su nombre entre el ruido del oleaje.
–¿Nick?
Se dio la vuelta.
–¿Pero qué...? ¿Miley?
No podía creerlo, pero sí, era ella, inconfundible la silueta de su cuerpo dibujada contra la luz de la casa, intentando acercarse a él a paso rápido sobre la arena.
Corrió hacia ella.
–¿Qué demonios haces aquí? –le preguntó, deteniéndose casi encima de ella.
Miley lo miré con el ceño fruncido.
–No se debe salir a nadar de noche y encima, solo. Él se pasó una mano por el pelo.
–¡No estaba nadando!
Ella lo miró de arriba abajo.
–¿Ah, no? Pues cualquiera lo diría.
Se quedaron allí plantados, tan cerca el uno del otro que él podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Miley no retrocedió, no cedió ni un ápice. Y con su pelo oscuro agitado por la brisa le pareció la mujer más hermosa que había visto nunca. Un estremecimiento le sacudió.
–¿Tienes frío?
Le ofreció una toalla.
Nick la aceptó, se secó la cara primero y después todo el cuerpo, enérgicamente. Luego vio que tenía otra cosa en la mano.
–¿Qué es eso?
Ella se lo enseñó. Era un chaleco salvavidas, uno de dos que colgaban de la puerta.
–¿Ibas a rescatarme? –preguntó, atónito.
Ella se irguió, orgullosa.
–Si hubiera sido necesario, por supuesto que sí –replicó con frialdad.
–Dios... –murmuro él, se colgó la toalla del cuello y la tomó por un brazo–. Venga. No tienes que mojarte. Además, se suponía que estabas dormida – él temblaba, imaginando lo que podía haberle ocurrido a ella–. Estás loca, ¿sabes?
–Mira quién habla –contestó, pero se apoyó en él, y le rodeó la cintura. Su cuerpo resultaba cálido contra la piel fría, y el calor volvió a encenderse en él. Tenía que intentar no pensar en ello.
–No vuelvas a hacer algo así –le dijo seriamente.
–Tú tampoco.
Se miraron el uno al otro.
–Si tú... –inició Miley, pero no terminó la frase. No fue necesario. Él había leído su miedo. No iba a ocurrir nada, pero ella no lo sabía, y lo necesitaba.
–Vuelve a la cama, Miley.
Y así lo hizo.
Había hecho el ridículo. Había tenido el valor de ir él con un chaleco salvavidas... ¡como si de verdad hubiera podido salvarle, de haberse estado ahogando! No podría decir por qué le había parecido una posibilidad muy real, pero al oír las puertas de cristal abrir y cerrarse, la curiosidad la había empujado a levantarse y mirar por la ventana... y entonces lo había visto mirando en dirección al mar. Mil posibilidades igual aterradoras se le habían planteado. ¿Y si...? Sin pensárselo dos veces, había agarrado el estúpido chaleco y había salido tras él. Como una idiot.a.
Dios... Se puso la mano en la mejilla. Aún le ardía de vergüenza.
Oyó llegar a Nick por el pasillo y pidió que se fuera directamente a su habitación, pero no fue así.
–¿Estás despierta? –le preguntó desde la puerta.
Pensó en no contestarle y fingir estar dormida, pero se dio la vuelta.
–Sí.
–Te traigo un vaso de leche caliente –dijo, entró y lo dejó sobre la mesilla.
–Gracias.
Se quedó de pie allí. Miley sentía su mirada clavada en ella.
–No iba a... no habría pasado nada, Miley.
Ella tragó saliva y se acercó el vaso a los labios. Tenía la garganta seca.
–Lo sé.
–Podrías haber... – se interrumpió–. Tienes que tener mucho cuidado, Miley. Sobre todo de ti misma.
Se limitó a asentir y tomó un sorbo de leche.
–Sí.
Seguía allí de pie.
–¿Estás bien ahora? –preguntó.
–Sí. Estoy bien –asintió.
–De acuerdo. Buenas noches, Miley.
Dio la vuelta y salió, dejándola aferrada a su vaso de leche como si fuese un salvavidas en la tormenta, parpadeando deprisa y anhelando... siempre anhelando.
«No lo hagas», se advirtió.
Pero no sirvió de nada. Siguió anhelando hasta que se durmió.
Al día siguiente, Nick llegó a la conclusión de que Miley necesitaba salir.
–Ya no tienes contracciones, ¿verdad? Bueno, creo que ha llegado el momento de que ampliemos tus horizontes.
Lo que pensaba era que la casa, a pesar de ser bien grande, no lo era lo suficiente para ambos. Tras lo ocurrido la noche anterior, había demasiado palabras en el aire. Demasiadas palabras por pronunciar, demasiados pensamientos a medio formular. Por parte de él, al menos, demasiada necesidad y demasiado deseo.
Y el único modo que sabía de enfrentarse a todo era ganar espacio... salir de la casa. De manera que decidió llevarla a dar un paseo en coche por la costa. Durante los meses de verano, un paseo así habría sido una locura. Las carreteras estaban colapsadas con veraneantes de la ciudad y gentes que huían durante un día en busca de unas horas de arena y sol. Pero a ellas alturas del año, la carretera estaba prácticamente desierta. Había resultado ser uno de esos maravillosos días de otoño en los que no hay nubes en el cielo y la brisa constante peinaba la arena de la playa.
La llevo hasta Montauk porque Miley dijo que se encontraba bien, que los bebés se estaban comportando y no tenía contracción alguna.
Comieron en un pequeño restaurante cerca de la playa. Luego dieron un tranquilo paseo y echaron un vistazo a los escaparates de las tiendas. Una de ellas, una tienda de muñecos, tenía todo el escaparate lleno de osos de peluche. Miley se rió al ver a uno que tenía tripa tan oronda como la suya.
–Mamá osa –dijo–. Me encanta. Además, sé exactamente cómo se siente. Y mira... – señaló a uno ositos que llevaban idénticos gorros marineros gemelos.
En un rincón del escaparate, Nick vio un oso bombero subido a una escalera. Llevaba unas botas de agua amarillas, casco y una chaqueta amarilla.
–¿A que es genial? –preguntó Miley, y tan deliciosa era su sonrisa que a Nick el corazón le dio un salto antes de volver a latir con normalidad.
–Sí –contestó casi sin voz, y tomó su mano–. Vámonos. Nos queda un largo camino de vuelta a casa. Y necesitas descansar.
En cuanto llegaron y siguiendo sus indicaciones, se echó una siesta y no protestó cuando le llevó la cena.
–Estoy intentando ser buena –dijo ella cuando él elogió su comportamiento– para que podamos repetir lo que hemos hecho hoy –explicó con una traviesa sonrisa.
Al día siguiente, la llevó a un puerto cercano. Pasearon viendo los barcos, y Nick le contó que Kevin y él alquilaban a veces un barco allí para ir a pescar.
–¿Has navegado alguna vez a vela? –le preguntó ella.
–Cuando era pequeño, y es fantástico.
–Nosotros no navegamos mucho en Kansas –le dijo.
Él la miró.
–No mucho, ¿eh? Ella sonrió.
–Nada en absoluto.
Era otro día de sol, pero no soplaba nada de viento. La temperatura era suave.
–¿Quieres que alquilemos un velero para dar un paseo?
–¿Podríamos?
Todo su rostro se iluminó. ¿Cómo poder negarse?
Resulté ser la mejor experiencia de su vida. Una lancha los sacó hasta la boca del puerto remolcando el velero. Hubo que hacer unas cuantas maniobras para pasarla de la lancha al velero, pero al final quedó acomodada en la cubierta del barco, sujeta a la borda mientras el barco cabeceaba suavemente y contemplando con deleite cómo Nick largaba velas.
–¿Puedo ayudar? –le preguntó.
–Sí. No te muevas y no te pongas en medio.
Y fue lo que hizo mientras él se ocupaba de todo. Y cuando las velas estuvieron en posición e infladas por el viento, el barco echó a andar sobre el agua.
–¡Oh! ¡Madre mía! –exclamó–. ¡Esto es genial! Navegaron en zigzag y Miley levantó la cara al sol con los ojos cerrados, disfrutando de su calor y del viento en el pelo. Nick parecía feliz también. Incluso más joven y desenfadado.
Como era antes.
–Qué paz –dijo. Lo único que hacía ruido eran las velas, y las olas que golpeaban el casco del barco. Volvió a sonreír–. Gracias.
Él asintió casi son sobriedad.
–Es un placer.

Capitulo 15.-


Los niños. Sus niños. Lo único que le quedaría de él después de un tiempo.
Respiró hondo.
–Está bien.
Llamó a Kevin para decirle que necesitaba la casa. Era el lugar en el que todos ellos habían crecido y Kevin se la había comprado a su padre dos años atrás, cuando este se retiró a Florida, y aunque ahora parecía estar en la ciudad más que cuando era la cabeza oficial de Jonas Enterprises, prefería vivir en Sutton Place.
–Claro – accedió inmediatamente su hermano–. ¿Ella está... bien?
–Sí. Solo necesita descansar. Son gemelos.
–El viejo se va a volver loco cuando...
–Ni se te ocurra decirle una palabra.
–Pero...
–No.
–Así que piensas darles la espalda, ¿no?
–¿Es lo que te parece que estoy haciendo?
–Si no quieres decírselo al viejo...
–Se lo diré cuando llegue el momento.
«Cuando sepa que no va a intentar obligarme a que  me case». Porque eso era precisamente lo que iba a decir si se enteraba, y él no quería saber nada de compromisos.
–Como quieras –contestó Kevin, pero con una nota de desaprobación en su tono de voz.
Tenía otras cosas en las que pensar. Convenció a Miley de que bajase a su casa a descansar.
–Yo te haré la maleta.
Miley fue a protestar, pero al final renunció a hacerlo, lo que él le agradeció.
–Mira un rato la tele, o échate una siestecita –le dijo.
–Podemos marcharnos cuando haya pasado ya la hora alta.
–Puedo preparar algo de cena.
–Pide algo por teléfono y siéntate con los pies en alto. Órdenes del médico, ¿queda claro?
Se aseguró de que se sentase, le encendió la tele y dejo un libro antes de subir a su casa.
Parecía extraño estar en su casa sin ella. Entró en su dormitorio y abrió el armario para recoger su ropa. Vió las camisetas más grandes y los pantalones con la cintura extensible, además de su bata de baño y sus útiles de aseo. Después, buscó ropa de abrigo. Estaban en noviembre y haría frío junto al mar.
Encontró una chaqueta larga de lana y una cazadora junto a un vestido que recordaba bien: era rojo, un vestido de escote generoso que había llevaba en la fiesta de Navidad de Kev y Dani.
Pasó la mano por él y recordó que ya lo había tocado al bailar. Aquella noche no había podido evitar mirar su escote, buscar a hurtadillas sus pechos, consciente de que Miley era una mujer muy atractiva. Sacó el vestido del armario. Era tan estrecho que la Miley que había estado en la consulta del médico aquella mañana no podría metense en él ni por casualidad.
¿Volvería a tener su misma figura alguna vez? Los bebés se la habían hecho perder, la semilla que había depositado él en su interior. Volvió a acariciar el tejido y movió la cabeza. Quizás llegase a odiarlo por ello.
Desde luego, en aquel momento no parecía gustarle demasiado. Se había mostrado malhumorada desde su vuelta; claro que, teniendo en cuenta su estado, no era posible esperar otra cosa.
Tendría que compensarla por ello. Cuidarla, tal y como había dicho el médico. Ocuparse de que descansara lo que debía y de que los bebés no nacieran antes de tiempo.
¿Y después?
No quería pensar en ello.
Miley no estaba acostumbrada a que la mimasen de ese modo.
No estaba acostumbrada a tener a alguien pendiente de todas sus necesidades, que hiciese las cosas por ella, le trajese cualquier cosa que necesitara: vasos de leche caliente a la cama por la noche y, por la mañana, el desayuno.
Pero así estaba siendo.
La casa del hermano de Nick estaba en la orilla sur de Long Island, sobre una colina cubierta de hierba desde la que se dominaba la playa y el océano Atlántico. Era una construcción en madera de una sola planta con hermosos ventanales y puertas de cristal que daban paso a una terraza elevada de madera a unos metros de la playa. Era una casa familiar antigua y cómoda, no lo que ella se habría imaginado para un hombre de negocios como Kevin.
Y al comentarlo con Nick fue cuando supo que era la casa en la que había crecido. Saberlo le hizo mirar a su alrededor con avidez, a pesar de que sabía no debía hacerlo. Él no quería tener nada serio con ella, y la estaba cuidando solo porque se sentía responsable. Pero era difícil sustraerse a aquella posibilidad, a más motivos que avivaran lo que ya sentía, sobre todo teniéndole a su disposición constantemente, que era como lo tenía. La había acomodado en el cuarto más grande; ahora pertenecía a Kevin, pero había sido el dormitorio de sus padres. La fotografía de su boda seguía colgando de la pared y Miley no pudo evitar mirarla, ni evitar desear...
Tras acomodar sus cosas, Nick le acercó una caja rosada que había seleccionado de su casa y los cojines de la cama.
–No estaba seguro de qué estabas leyendo o de que habías leído ya, así que los he traído todos –explicó Nick, Miley le dio las gracias con una sonrisa.
Luego, le entregó el mando a distancia de la tele y equipo de música.
–Si necesitas algo, no tienes más que pulsar este y hablar, que yo te oiré desde cualquier parte de la casa.
Ella lo miró asombrada.
–Es que no tienes que moverte –le recordó.
–Pero voy a volverme loca. –Nick se guardó las manos en los bolsillos de los vaqueros y pareció considerar algo seriamente.
–Puedes salir a la terraza por la tarde si hace buen tiempo–decidió.
–Gracias –murmuró Miley.
–¿Quieres que te traiga algo de comer?
Habían tomado comida china antes de salir, pero eran ya más de las diez.
Miley lo miró muy seria. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar?
–¿Pizza? –preguntó–. Con anchoas, beicon canadiense y chucrut.
Lo vio tragar saliva y asentir.
–Te la traeré.
No tenía ni idea de dónde había podido sacarla, pero media hora más tarde oyó sonar el timbre y unos minutos después él entraba en su habitación con una pizza, dos platos y dos vasos de leche.

La sorpresa fue mayúscula al descubrir que la pizza era tal y como la había pedido, y aun mayor al ver a Nick comerse tres pedazos.
–Tómate la leche –le dijo.
–Es que me gusta tomarla caliente y antes de acostarme –respondió por pura perversidad.
Y en cuestión de minutos, volvió con la leche caliente en una taza.
Ni siquiera le gustaba la leche caliente, pero no iba a admitirlo, así que se estiró en la cama y fue bebiéndola a pequeños sorbos. Una extraña mezcla de letargo y bienestar fue apoderándose de ella. Fue saltando de canal en canal con el control remoto, sin detenerse apenas unos segundos en los eventos deportivos, solo por fastidiarlo a él.
Nick siguió sentado sin inmutarse, observándola.
Al final se volvió a mirarlo, y lo encontró sonriendo un poco, casi como si hubiese adivinado lo que estaba haciendo y la razón que le había empujado. Le hizo sentirse pequeña y mezquina... y con ganas de sonreír.
Y lo hizo.
Porque no pudo evitarlo. Porque él estaba allí y ella también y, por el momento, en aquel instante, las cosas estaban bien.
Era casi como haber recuperado su vida de antes...la que tenía con Miley... eso sí, antes del embarazo. Durante los días siguientes, hicieron cosas juntos. Cosas sencillas y tranquilas, como hacer a medias el crucigrama del Times, leer pasajes interesantes de los ver antiguos álbumes de fotos. No entendía por qué parecían fascinarle tanto las fotos de cuando sus hermanos y él eran pequeños, pero no le importó enseñárselas- Tampoco le importó hablar de ellas, si así conseguía tenerla callada y entretenida. Vieron todos los álbumes menos uno: el de su boda. Ese no lo sacó. Ella con su mente de periodista, disfrutaba enormemente con las historias, y él le contó tantas como en toda su vida había hablado tanto, pero ella parecía fácil. Incluso divertido.
Cada día que pasaba sin que se pusiera de parto, significaba más para los bebés, según el médico.
Miley se había acomodado en el dormitorio principal por su propio baño, vistas al mar y un intercomunicador para que pudiese localizarlo en toda la casa. Nick pretendía alojarse en la que fuera su habitación, quedaba al otro lado de la casa, pero prefirió hacerlo en la que estaba frente a la de ella. Ahora era el estudio de Kevin, pero tenía un sofá en el que no se dormía mal del todo. En cualquier caso, tampoco conseguía dormir demasiado.
Se levantaba cuatro o cinco veces cada noche para ir a su habitación, para ver si ella estaba durmiendo o si necesitaba algo.
–¿Quieres un poco de leche?– le preguntó.
Después de aquella primera noche, no había vuelto a quererla.
–Te ayudaría a dormir –le decía, pero ella la rechazaba todas las noches.
–Lo único que me ayudaría a dormir es que los bebés se durmieran también –protestó la tercera noche que la oyó moverse por la habitación y se levantó a ver qué ocurría. La encontró de pie en la oscuridad, frotándose la tripa. Vio su silueta recortarse a la luz de la luna y recordó cómo era su silueta un año antes con aquel vestido rojo. Curiosamente había algo también muy atractivo en su imagen presente. Entonces estaba muy sexy, y ahora muy femenina. En ese momento deseó besarla y la dirección de sus pensamientos le sorprendió.
No eran muy diferentes de los de aquel momento.
–¿Te están dando patadas?
–No paran. A veces consigo calmarlos.
–¿Cómo?
Se encogió de hombros.
–A veces frotarme la tripa funciona – se sonrió–. Es una idiotez, pero creo que les gusta.
Mientras hablaba, enderezó la espalda y emitió un tímido gemido.
Nick sintió que la sangre se le disparaba. ¿Cómo podía desear a una mujer embarazada, una mujer que no podría estar interesada en algo así?
–Eh... ¿quieres... quieres que te de un masaje?
Ella dejó de frotarse la tripa.
–¿Qué?
–Es que... bueno, me ha dado la impresión de que no te vendría mal un masaje en la espalda.
–Pues... la verdad es que me vendría muy bien.
«Ten cuidado con lo que deseas», solía decir la madre de Miley, «porque puede que lo consigas».
Pero un masaje en la espalda le había parecido algo muy poco probable media hora antes, dando vueltas y más vueltas en la cama.
Si alguien le hubiera dicho que Nick iba a ofrecerse, se habría echado a reír. Aunque aquellos últimos tres días se había portado maravillosamente bien
Con ella. Había sido tan solícito y atento, tan parecido al Nick que ella conocía y del que había llegado a enamorarse. Pero aquel Nick siempre había evitado tocarla, excepto una noche.
–Túmbate en la cama y ponte de lado –le oyó decir, Miley obedeció. Se tumbó en la cama y se colocó de lado con una almohada bajo la tripa para sujetarla. Sus pies descalzos en el suelo. Sintió el colchón hundirse bajo su peso.
–¿Tienes sitio suficiente?
–Sí.
Una ola rompió en la orilla fuera de la casa, pero de su cuerpo la sangre le palpitaba por las venas, le golpeaba el pecho como un martillo. Un niño le dio una buena patada.
–¡Ay! – se quejó–. Tranquilos –añadió después, acariciándose de nuevo la tripa.
–¿Más patadas?
–Sí.
Sin volverse tiró de su mano y se la colocó en la tripa. Como era de esperar, los bebés le propinaron una buena patada.
Nick se quedó totalmente inmóvil.
¿Habría cometido un error? ¿Se volvería a todo correr a su habitación?
Pero dejó la mano allí hasta que los bebés volvieron moverse y movió suavemente la mano sobre su tripa. Fue entonces Miley quien se quedó inmóvil. Nick apartó la mano.
–Lo siento.
¿Iba a marcharse? No. Apoyó las manos en sus hombros y apretó su espina dorsal con los pulgares. Poco a poco fue avanzando, vértebra a vértebra.
Miley gimió suavemente.
–¿Qué pasa? –preguntó él, deteniéndose.
–Nada. Mm…
–¿Qué significa eso?
–Pues que me sienta bien.
Más que bien. Maravillosamente bien. Deliciosamente bien. Apoyó la cabeza en la almohada y se dejó flotar. La tensión que sentía fue diluyéndose lentamente, respiró hondo y exhaló un suspiro satisfecho.
Al parecer Nick no necesitó traducción porque siguió con lo que estaba haciendo. Al llegar a la cintura el masaje se abrió lateralmente, justo donde más le dolía.
–Ah... –suspiró.
–¿Va... todo bien?
–Sí. Qué maravilla. Es ahí. Justo ahí.
Nick insistió en aquel punto. Le sintió moverse, acercarse más. Siguió trabajando su espalda, aligerando la tensión, aliviando el estrés de los músculos.
Cerró los ojos. Podría quedarse así para siempre.
Todo estaba tan en silencio que ya ni oía el latido de su propio corazón, pero sí la respiración de Nick.
Incluso los bebés se habían quedado quietos.
Se acurrucó aún más sobre la almohada y se entregó a la magia de sus dedos. Se movían despacio, lánguidamente, arriba y abajo. Al llegar a sus hombros se detuvieron.
Ella no se movió.
Luego sintió que las apartaba y que le acariciaba el pelo. Por un instante le acariciaron también la mejilla, antes de que algo más rozase su piel.
Luego se levantó y se marchó, sin más.
Miley se tocó la mejilla. Estaba húmeda.