Pero le había dejado marchar.
–Maldita sea, Miley –murmuraba cada noche en su cama–. ¿Me quieres? ¿Podrás llegar a quererme?
Pero no podía llamarla para hacerle esa pregunta. Tenía que verla. Tenía que mirarla a los ojos. Si podía ver sus ojos al hacerle la pregunta, no importaría lo que dijera.
Si podía mirarla a los ojos, lo sabría.
Kansas en Navidad era muy distinto a Nueva York.
Nada de gentío, ni escaparates cargados de regalos, ni árbol gigante en el Rockefeller Center.
Seguramente el árbol estaría allí, suponía Miley, pero ella no. Había vuelto a casa para pasar la Navidad. Sierra y ella habían vuelto, junto con Elizabeth y Stephen. Sierra iba a quedarse una semana.
Miley y los niños habían ido para quedarse.
–Para un mes, para dos, para tres... el tiempo que quieras, hija –le habían dicho sus padres, y le habían dado la bienvenida, a ella y a sus dos preciosos nietos, con los brazos abiertos.
–Me pondré mejor. Bueno, ya estoy mejor – le dijo a su madre.
–Lo estás haciendo bien –le dijo su madre–. Hacen falta muchas manos para criar a un niño, y tú estás sola y tienes dos.
No pretendía censurar, pero sí se la veía triste. No había hecho preguntas, excepto si lo quería.
Y ella lo quería. Seguía queriéndolo. Soñaba con él despierta y dormida. Les hablaba de él a sus hijos.
–Vuestro papá es un buen hombre –les decía–. Un hombre fuerte y valiente. Puede que algún día...
Su hermano Kevin había ido a verla a su apartamento antes de que se marchara. Había ido con montones de regalos: animales de peluche y un certificado que valía por todo un año de pañales. Le había puesto a Stephen en los brazos y el niño había llorado y se le había hecho pis encima.
Kevin lo había asumido como un hombre... largándoselo a Sierra. Luego se marchó,
Miley se quedó muy melancólica, Kevin se parecía mucho a
Nick.
–Y también actúa como él –masculló su hermana–. Son unos perdedores los dos.
–No –contestó
Miley. Nick era, simplemente, un hombre que conocía sus limitaciones.
Sabía que estaba en el extranjero, pero no tenía ni idea de dónde. De haberlo visto, se lo habría preguntado, por si acaso...
Ni siquiera se había enterado de que había estado en el hospital hasta aquella misma tarde, cuando una de las enfermeras entró con una caja en la mano.
–Es para usted –le dijo–. La dejó su marido.
–¿Mi...? –
Miley se tragó la última palabra y aceptó la caja sin más.
Cuando la abrió, se encontró con los dos ositos que habían visto en la tienda el día de la vela. Parpadeó. Tragó saliva. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Los dos ositos de peluche estaban en la habitación de los gemelos. Detrás de ellos, vigilándolos, estaba su barriguda madre. En aquel momento fue a tomar en brazos a Elizabeth, que lloraba. Si podía sacarla de allí antes de que Stephen se despertara, no tendría que pedirle a su madre que le diera el biberón. Estaba intentando amamantarlos a los dos, pero era casi imposible hacerlo si ambos se despertaban al mismo tiempo.
–Calla, preciosa –la acunó–. Es solo un segundo–le dijo mientras se desabrochaba la copa del sujetador de lactancia. Le costaba mucho menos que antes–. Estoy mejorando – se dijo.
Se acomodó en la mecedora y acercó al pecho a Elizabeth. La niña la miró y comenzó a mam.ar.
Miley acarició su pelo oscuro, más oscuro que el de ella. Un pelo como el de
Nick.
Oyó sonar el timbre pero no le hizo caso. Su padre había salido con Sierra para traer el árbol de Navidad, pero su madre estaba en la cocina. Ella abriría.
La puerta de la habitación se entreabrió ligeramente y su madre se asomó.
–¿Quién es?
La puerta se abrió más.
–Soy yo.
Era
Nick.
Miley sintió que el corazón le latía unas cien veces más rápido que de costumbre.
Lo miró incrédula. Atónita. ¿
Nick... allí?
–Pero...
Detrás de Nick vio sonreír a su madre y cerrar la puerta.
–¡Nick! –sonrió, pero no fue hacia él porque no podía. Estaba dando de comer a la niña. De todos modos, seguramente habría sido incapaz de hacerlo. No para tener que verlo marchar después–. Qué sorpresa–intentó parecer alegre, pero solo consiguió transmitir nerviosismo–. ¿Por qué has...? –no. No podía preguntarle eso–. Cómo me alegro de que hayas venido a vernos en Navidad.
Estaba mejor. Muy educada. Distante.
–No he venido porque sea Navidad –contestó, tan nervioso como ella.
Miley lo miró con los ojos de par en par. Lo vio tragar saliva y apretar en las manos el regalo que llevaba.
–Entonces, ¿por qué...?
–He venido porque te quiero –contestó.
Miley se quedó completamente inmóvil y lo miró a los ojos... unos ojos tristes, por cierto. Angustiados. Desesperados.
¿Por ella? No podía ser. Sin embargo...
–Sé que no me necesitas,
Miley –continuó, mirándola a los ojos–. Sé que yo no quería que me necesitaras y que no puedo esperar que me quieras, pero...
–Te quiero –le interrumpió
Miley.
Lo vio cruzar la habitación en tres zancadas y arrollidarse a su lado. La abrazó, a Elizabeth y a ella, y hundiendo la cara en su cuello, lloró.
Miley lloró también, y sus lágrimas cayeron sobre la mejilla de Elizabeth y el pelo de
Nick.
–Te quiero –le dijo–. Te quiero. Te quiero.
Y él le dijo lo mismo.
Cuando por fin se apartó, los dos se miraron y sonrieron. Incluso rieron un poco. Luego se secaron las lágrimas mutuamente y
Nick miró a Elizabeth, que había seguido mamand.o durante todo aquel episodio con absoluta indiferencia y que ahora miraba a su padre con curiosidad.
-Está enorme –dijo, admirado.
-Casi tres kilos –contestó Miley.
Al otro lado de la habitación, Stephen comenzó a llorar.
–¿Puedes traerme a Stephen?
Nick tardó un momento en reaccionar, pero luego fue a la cuna y con cuidado, casi con temor, sacó a su hijo y con suma ternura, y lo llevó junto a su madre.
–¿Cómo vas a poder...?
Señaló a Elizabeth con la cabeza.
–Te la cambio –dijo ella.
Por un segundo
Nick pareció indeciso, pero al final la sujetó firmemente contra su pecho.
–Acaríciale la espalda –le dijo
Miley–. Tiene que eructar. Toma, ponte este pañal en el hombro.
Nick obedeció y mientras Stephen comenzaba a mam.ar, él palmeó muy suavemente la espalda de su hija, lo que le valió la recompensa de un pequeño eructo.
–¡Lo he conseguido!
Miley se rió.
–Sí.
Nick se paseó despacio por la habitación sin dejar de acariciar la espalda de su hija mientras
Miley daba de mam.ar a Stephen. Eran un equipo.
Un momento después, su madre volvió a asomarse y sonrió.
–Así es como debe ser –dijo, y salió para comunicarle a su marido y a Sierra la buena noticia.
Miley le enseñó a poner un pañal. Qué grandes eran, y qué torpes sus manos.
–No te preocupes, que ya verás cómo enseguida aprendes el truco –le prometió.
–Eso espero.
Una vez estuvieron acostados los bebés, se quedaron contemplándolos con las manos entrelazadas.
–¿Qué hay en el paquete? –le preguntó.
Nick lo recogió del suelo y se lo entregó.
–Abrelo.
–¿No tengo que esperar a Navidad?
–Espero que no.
Lo abrió con nerviosismo. Era el oso bombero con su casco, las botas y el impermeable amarillo. Llevaba un pequeño sobre en el bolsillo y
Miley lo sacó.
¿Dentro había un anillo. ¿Quieres casarte conmigo?, preguntaba una nota.
Miró a Nick y le entregó el anillo. Él lo miró desconcertado, pero ella le tendió una mano con todo el amor que sentía brillándole en los ojos.
–¿Quieres ponérmelo?
Nick se lo puso.
La primera vez que hicieron el amor, había sido un amor nacido del dolor. Había sido hermoso y fecundo, en más de un sentido. Le había redimido aunque no lo supiera entonces.
La segunda, se prometió a sí mismo, sería para ella.
La segunda le haría el amor con toda la pasión, con ternura y consideración. Le enseñaría con su cuerpo cuánto la quería.
Cuando el médico les dijo que todo estaba bien, y los bebés tenían ya ocho semanas, les pidió a sus suegros que cuidasen de ellos durante una noche y se llevó a
Miley.
–¿Adónde vamos? –preguntó ella.
Pero él se limitó a sonreír. Había hecho planes. Había investigado. Había encontrado un escondite.
Estaba en mitad de ninguna parte. Una cabaña rústica y alejada de todo, pero perfecta para una pareja que no necesitaba más que a sí misma.
–Confía en mí –le dijo, apretando su mano. Y
Miley confió.
Parecía más rústica que cuando estuvo allí a verla.
–Me encanta –dijo
Miley, abrazándose a él. Lo besó en la mejilla y luego lo envolvió con sus brazos. Él le devolvió el beso.
–Tú enciende el fuego –dijo ella–, que yo voy a la cama.
–La cama está hecha –contestó.
Había estado allí aquella mañana para llevar el champán y la cena que quería prepararle.
–¿Tienes hambre? –le preguntó a ella.
Miley apoyó las manos en su pecho.
–De ti –dijo.
Casi no consiguen llegar a la cama.
Y él que iba a ser tierno y delicado. Pero la pasión lo devoró todo.
Su ropa fue quedando en el camino. Ya encendería después el fuego.
Se metieron bajo las sábanas y el edredón y descubrieron de nuevo sus cuerpos. El de él, áspero, suave el de ella. El de él, duro, delicado el de ella. Besó sus labios, su cuello, sus pechos. Con las manos descubrió las curvas, las laderas y los valles de su cuerpo. Lo recordó delgado y grácil, o redondo y bullendo con sus hijos. Lo encontró lleno, suave, elástico. Húmedo. Preparado.
Para él.
Miley lo invitó a entrar, lo envolvió con su calor, con su dulzura, con su amor.
Lo besó, lo amó, lo hizo temblar.
Y él volvió a sentirse pleno.
Encendieron el fuego más tarde. Mucho más tarde.
Prepararon la cena y bebieron champán. Luego volvieron a envolverse con el edredón y
Miley se acurrucó en el pecho del hombre al que amaba.
–Eres maravilloso –susurró–. Sabes cómo apagar mi fuego.
Nick se incorporó lo suficiente como para mirarla a los ojos.–Espero que no sea así –dijo antes de besarla en la boca–. No quiero que este fuego se apague. Nunca.
FIN.