sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 17.-

Nick levantó el brazo para encender la lámpara que había a su lado.
—¡No! ¡No enciendas! —exclamó ella en un tono que contradecía lo que acababa de decir.
Él bajó el brazo, dándose cuenta de que a ella no le había afectado aquello tan poco como estaba tratando de fingir.
—¿Te marchas ya? —le preguntó ella, poniéndose la falda.
—¿Quieres que me vaya?
—Sí.
Él se levantó y se acercó a ella, pero Miley retrocedió.
—No, Nick.
—¿Por qué no?
—Porque... —ella iba a decir que temía que se repi­tiera lo que acababa de ocurrir—. Porque me aseguraste que no te quedarías mucho y quiero que te vayas.
—Vas a llegar tarde a tu cita, ¿no es eso? —preguntó él en un tono seco.
—Sí, voy a llegar muy tarde.
—Pues entonces seguiremos mañana —dijo él, son­riendo.
Ella no se esperaba que Nick la agarrara de un brazo mientras se dirigía a la puerta. En un momento, la atrajo hacia sí y la besó. Ella trató de apartarlo, pero sin mucha convicción y enseguida se encontró respon­diendo a su beso.
Fue el agudo timbre del teléfono lo que hizo que se separaran.
—Hasta mañana —se despidió Nick.
El teléfono siguió sonando después de que él sa­liera, pero ella no contestó.
Mientras se dirigía a la ventana, saltó el contesta­dor.
—Miley, creía que habíamos llegado a un acuerdo.
Apoyó la frente en el frío cristal y se quedó mi­rando a Nick, que acababa de salir a la calle.
—Dijiste que te pensarías lo de cederme el depósito de la casa —siguió diciendo Liam, que evidentemente estaba enfadado—. ¿Sabes cuánto dinero perderé si no firmas esos documentos?
Ella vio cómo se alejaba Nick. Luego cerró los ojos y trató de no hacer caso a las palabras de Liam. Así era como terminaba el amor, pensó con amargura.
Así que, si empezaba una relación con Nick, sucede­ría lo mismo. ¿O no?
—Podemos vernos y hablar esto como personas adultas. Te llamaré mañana al trabajo —añadió Liam an­tes de colgar.
CUANDO la tercera candidata cerró la puerta del despacho, Miley tachó su nombre de la lista. Las entrevistas no estaban yendo bien. No había encontrado a nadie que pudiera hacerse cargo de Beth. Y esa era la última de las candidatas que vería ese día.
Echó un vistazo a las notas que había tomado, tra­tando de pasar por alto que Nick la había pedido que fuera a verlo en cuanto acabara las entrevistas. No es­taba preparada todavía para encontrarse con él. Por suerte, cuando había llegado al trabajo, él estaba ha­blando por teléfono. Pero aun así, solo de verlo, se había puesto nerviosa.
En ese momento llamaron a la puerta. Era David, del departamento de contabilidad.
—Ah, bien, estás aquí todavía —dijo, sonriendo.
—Por supuesto que estoy aquí. Es solo las la una y media —respondió ella, sonriendo a su vez—. ¿Desde cuándo salgo a almorzar fuera?
—Si estás buscando que me compadezca de ti, olví­date —aseguró David, echándose a reír—. Como te digo siempre, no deberías tomarte el trabajo tan en serio —añadió, sentándose en el borde del escritorio—. Bueno, ¿y cómo te va?
—Bien —respondió reclinándose en su asiento.
David acostumbraba a charlar un rato con ella cada vez que tenía que ir al despacho de Nick. Era un buen tipo, de unos treinta y cuatro años, rubio y con cierto atractivo.
Miley se había enterado de que estaba saliendo con Cathy, una de las recepcionistas.
—Y tú, ¿qué tal estás?
—He estado mejor —David hizo una mueca, seña­lando el despacho—. ¿Y el jefe? ¿Está de buen o de mal humor?
—No lo sé. Hoy no he hablado todavía con él.
—Estás muy atareada, ¿no es así? Esperemos que se llegue a un acuerdo con Renaldo antes de que nos vol­vamos todos locos.
—A ver si es verdad.
—Este viernes por la noche vamos a ir a tomar una copa al pub después del trabajo. ¿Por qué no te vienes?
—Me encantaría acom... —no terminó la frase—. Ah, no puedo. Le prometí a Nick que el viernes lo acom­pañaría a Manchester e imagino que volveremos tarde.
—Nick Jonas te hace trabajar demasiado —David se inclinó hacia ella sobre el despacho—. Dile que tus amigos también te necesitan.
—Quizá vuelva a tiempo —Miley frunció el ceño—. Le preguntaré a Nick a qué hora cree que volvere­mos. Quizá pueda reunirme con vosotros más tarde.
—No estarás aquí antes de las diez —los interrumpió la voz de Nick, al que no habían oído entrar.
Se los quedó mirando muy serio y Miley no enten­dió el motivo.
David se puso en pie y cruzó una mirada cómplice con ella.
—Te he traído las cuentas que me pediste —dijo, recogiendo los papeles que había dejado encima del escritorio.
Una vez se los entregó David, Nick se quedó exa­minándolos.
—Veo que no están las cuentas del restaurante Galley.
—Es que todavía no nos han llegado.
Nick frunció el ceño.
—¿Y para cuándo las tendremos?
—Para mañana.
—A primera hora.
—De acuerdo —David se fue hacia la puerta y salió después de sonreír a Miley.
Nick siguió frente al escritorio de ella, estudiando las cuentas. Ella trató de concentrarse en el ordenador, pero la ponía nerviosa la presencia de él.
Se preguntó si él estaría arrepentido de lo de la no­che anterior.
—¿Qué tal las entrevistas? —le preguntó Nick de repente.
—Me temo que no muy bien.
—Te pedí que fueras a verme cuando acabaras.
—Sí, pero es que no me ha dado tiempo.
Él asintió.
—¿Y puedes venir ahora, por favor?
—Por supuesto.
Nick le dejó pasar primero y luego cerró la puerta detrás de él.
—¿Qué quería David? —le preguntó en tono brusco.
—Solo venía a traerte las cuentas —respondió ella, poniéndose muy seria—. Bueno, y también me ha con­tado que algunos compañeros de la empresa van a salir el viernes a tomar una copa.
—¿Fue con él con quien saliste a cenar anoche?
—¿Con quién? ¿Con David? —Miley abrió los ojos de par en par—. Por supuesto que no. ¿Estás bromeando?
—No... era simple curiosidad —Nick se sentó tras su escritorio.
Se quedaron un rato en silencio y ella notó que el corazón le empezaba a latir a toda velocidad.
—Tenemos que hablar de lo que pasó anoche —co­mentó él por fin.
—No hay nada que comentar —replicó ella con frial­dad—. Fue solo sexo y no debemos permitir que eso arruine nuestra relación laboral.
—¿Estás tomando la píldora?
Miley se sonrojó un poco.
—Ya es un poco tarde para que me lo preguntes, ¿no te parece?
—¿Qué me respondes? ¿Sí o no?
Ella se sentó frente a él.
—Sí.
—Muy bien. Así tendremos que preocuparnos de una cosa menos.
—¿Es que estabas preocupado? —preguntó ella con ironía.
—Soy un hombre responsable y te aseguro que no fui a tu apartamento pensando en nacerte el amor.

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