sábado, 18 de febrero de 2012

cap 23.-

—Te gustaría tomar un poco de limonada, ¿a que sí, cariño? —Miley la levantó en brazos—. Vamos dentro y veamos qué otra cosa podemos encontrar... a lo mejor un poco de chocolate.
—Se relajará cuando vea a Sarah y a Jane —dijo Sinead—. Son las hijas de mi prima —informó a Nick—. Están en el jardín de atrás, jugando. No creo que hayan oído el coche.
Él se fijó en cómo se abrazaba su hija a Miley mientras miraba a todos con sus grandes ojos azules. Notaba la ternura natural con la que Miley la trataba.
El modo en que le apartaba el pelo de los ojos y le son­reía. Y se sintió conmovido.
—¡Caramba, cómo pesas! —exclamó Miley, mirando a Nick—. Estoy segura de que has crecido algunos centímetros durante el viaje. Si sigue así, no voy a po­der sostenerla en brazos.
—¿Quieres que la tenga yo?
—No, ya me las arreglo. Prefiero que te encargues del equipaje.
—No habrás traído kilos de más, ¿no, hermanita? —dijo Sinead, riéndose—. Miley siempre viaja con ex­ceso de equipaje y, cuando llega, tiene que pagar una tarifa extra. Me temo que vas a tener que trabajar un poco, Nick.
—No me importa. Merece la pena romperse los liga­mentos si es por ella.
Todos echaron a reír.
—Te echaré una mano —le ofreció Graham mientras las mujeres entraban en la casa.
Fueron directamente a la enorme cocina, que había sido siempre el centro del hogar y en la que habían he­cho grandes cambios.
—¡Santo Dios, Margaret! Parece que esperas a un re­gimiento —exclamó Miley, tomando una galleta de chocolate de un plato y dándosela a Beth.
—Graham piensa que si vamos esta noche a tomar una copa al pub, luego pueden venirse algunos amigos a casa —le explicó Margaret mientras ponía la tetera al fuego—. Ya sabes lo que pasa en estos casos.
—Sí, cualquier excusa es buena para hacer una fiesta, ¿verdad? —contestó, soltando una carcajada.
Margaret siguió preparando el té y Miley sentó a Beth en un sillón al lado de la chimenea. El teléfono no dejaba de sonar y se puso a ayudar a su madre.
—Me alegro mucho de que estés aquí, Miley —co­mentó Sinead, apoyándose en el brazo del sillón donde estaba Beth—. Llevamos así un montón de días. Apenas tenemos tiempo para nada.
—Preparar una boda es casi como preparar una gue­rra —contestó ella, abriendo la nevera para sacar la le­che.
—¡Ni que lo digas! —exclamó Sinead, haciendo un expresivo gesto con los ojos—. Y cada día es peor. Mark y yo estamos empezando a pensar que debería­mos habernos casado en una playa del Caribe.
—Miley, ¿quién está en el jardín? —pregunto Beth, arrodillándose en el sillón para mirar por la ventana.
—Son las hijas de mi prima Ellie. ¿Dónde está Ellie? —añadió, dirigiéndose a Sinead.
—Se fue de compras a primera hora de la mañana y todavía no ha vuelto.
Miley dejó el té reposando y se llevó a la niña al jardín para que conociera a Sarah y Jane.
—A los niños no les cuesta mucho superar la timi­dez entre ellos ¿verdad? —comentó Sinead sonriendo al mirar hacia el jardín minutos después y ver que las niñas desaparecían en la casa de Wendy, riendo ale­gremente.
Miley sonrió, contagiada por la felicidad de los ni­ños.
—Nick es realmente atractivo —aseguró Sinead, mirándolo a través de la ventana—. No me extraña que te guste desde hace dos años.
—No... me gusta desde hace dos años —la corrigió Nick—. Ha sido una cosa reciente.
—Creo que no. Cada vez que mencionabas a Nick, tu voz se volvía misteriosa. Siempre te ha gustado. Da igual. Ahora te dejo sola. Mamá quiere que arregle tu habitación. Hemos puesto allí a Nick, claro. ¿Y crees que a Beth le gustará dormir con Sarah y Jane? Es que Mark va a venir a dormir aquí porque ha tenido que dejar su habitación a uno de sus primos.
Miley abrió la boca para decir algo, pero luego cambió de idea. Quería dormir con Nick y quizá se le había presentado la disculpa perfecta.
—¿Todo bien, Miley? —preguntó Sinead frunciendo el ceño—. Parece que se llevan bien —añadió refirién­dose a las niñas.
Dulce sabía que debería decir que el arreglo para Beth estaba bien, pero que ella y Nick necesitaban habitaciones separadas.
—Está bien —fue su respuesta, sin embargo.
—Gracias a Dios —murmuró Sinead soltando un sus­piro de alivio.
—Gracias a Dios, ¿por qué? —preguntó Nick, que entraba en ese momento.
El nerviosismo de Miley aumentó. ¿Qué demonios iba a decir Nick cuando supiera que ella había acep­tado dormir con él?
—Que no te importa que Beth duerma en la misma habitación que mis sobrinas.
—Por supuesto que no.
—No suele haber problema de espacio, pero con la boda están todas las habitaciones ocupadas.
—Quizá deberíamos ir a un hotel —murmuró Miley—. Así las cosas serían más fáciles.
—¿Estás de broma? Queremos que te quedes aquí, Miley —dijo Sinead con cara de horror—. No se lo digas ni a mamá ni a papá... Echarían a cualquiera a la calle antes de que vosotros tuvierais que iros.
—Sinead, te llama Mark —gritó Margaret desde la entrada.
Ella se disculpó y salió corriendo.
—¿Va todo bien, Miley? —preguntó Nick una vez se quedaron a solas.
—Bueno... —levantó la vista y lo miró a los ojos—... hay un pequeño problema de espacio —admitió con voz ronca.
—Sí, eso he creído entender.
—Nosotros tendremos que compartir habitación —concluyó.
Los minutos pasaban y él no decía nada. Miley se estaba poniendo cada vez más nerviosa.
—Supongo que podría hablar con Margaret para que lo cambiaran —dijo finalmente, casi desesperada. No quería forzar la situación—. Las niñas pueden dormir en la cama grande de mi habitación y nosotros tendría­mos un dormitorio de dos camas.
—¿Es eso lo que quieres tú? —Nick se encogió de hombros—. Francamente, me parece que sería armar un lío para conseguir una pequeña diferencia. Será mejor que nos quedemos así.
—Entonces, ¿te parece bien? —preguntó dubitativa—. ¿O sería mejor si nos vamos a un hotel?
—Miley, soy una persona que sé controlarme, lo sa­bes. El hecho de que vayamos a compartir una cama, no significa que espere automáticamente que hagamos el amor —sonrió y observó cómo ella se sonrojaba—. Oye, —la tomó por la barbilla y la obligó a que lo mirara a los ojos—, nunca te haría daño, Miley. Lo sabes, ¿verdad?
De acuerdo... entonces no diremos nada y dejare­mos las cosas como están.
Nick asintió.
—Buena idea. Creo que Margaret tiene ya suficiente trabajo con la boda como para preocuparse por cómo vamos a dormir.
En ese momento, llegó Sinead.
—Miley, tenemos que ir a la boutique para que te pruebes el vestido. Podríamos ir ahora. Les dije que nos pasaríamos lo antes posible.
—Claro —Miley miró a Nick—. No tardaré mucho, ¿por qué no llamas al despacho y averiguas si ha fir­mado Renaldo?

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