miércoles, 29 de febrero de 2012

La Amante del Griego- Sinopsis

Aquel embarazo iba a cambiar mucho la idea que él tenía del matrimonio...
 
El multimillonario griego Nick nunca había estado con la misma mujer más de tres meses... Hasta que Miley Cyrus apareció en su vida... y en su cama. Sin embargo, incluso después de dos años de relación, Nick no tenía la menor intención de pedirle a Miley que se casara con él.
Miles deseaba más, por eso cuando Nick la acusó injustamente de haberlo traicionado, supo que debía abandonar al hombre que amaba y empezar de nuevo. Lo que no sospechaba entonces era que se había quedado embarazada...


Capitulo 10.- ¡FIN!

Miley seguía en la cama cuando sonó el teléfono. Al principio lo ignoró, pero la insistencia del que llamaba ganó finalmente y asió el auricular en un arranque de irritación. Miley reconoció al instante la voz femenina que habló en italiano en tono de reprobación.
— ¿Bianca?—la interrumpió Miley directamente—. Soy Miley, no alguien del personal. Nick ha salido. ¿Quieres que le diga que te llame?
—En realidad es contigo con quien quería hablar —la informó Bianca reemplazando su irritación con una falsa dulzura—. Sé perfectamente que Nick no está en casa. ¿Te digo por qué lo sé? Porque está con Delta...
— ¿No te rindes, Bianca? —le espetó Miley poniéndose rígida—. Ya han pasado trece años y sigues jugando al mismo juego viejo y estúpido.
—Compruébalo por ti misma si no me crees. Delta se aloja en un complejo veraniego que sólo está a unos minutos en coche de la casa —dijo Bianca leyéndole la dirección con abierta satisfacción—. El Ferrari de Nick está aparcado en la puerta...
—Pierdes el tiempo —replicó Miley con furia—. Ya no soy una crédula adolescente y confío en Nick... ¿me oyes? ¡Confío en tu hermano!
—Pero lo has puesto en una situación imposible. Nick quería a su hija. ¡Ha tenido que casarse contigo! La intrusa eres tú, no Delta. Es Delta con la que quiere estar y con la que está en estos momentos.
Sin vacilación, Miley colgó con fuerza el teléfono. Estaba temblando. Con un brusco movimiento, saltó de la cama, se puso de rodillas, siguió el hilo del teléfono hasta el enganche con la pared y lo desconectó a toda prisa. Pero no pudo desconectar sus pensamientos inquietantes de la misma manera.
¿Por qué Nick se había comportado como si no tuviera la conciencia tranquila? ¿Por qué había dicho dos veces lo culpable que se sentía? Miley dio vueltas por la habitación. Nick... horrorizado por el reducido riesgo de haber dejado embarazada a su esposa. ¿Por qué? ¿Por qué era eso un desastre? Estaban casados y ya eran adultos. Adoraba a su hija y había reconocido lo mucho que le hubiera gustado compartir los primeros años de la vida de su hija... Y era ridículo pensar que pudiera estar con la modelo. No habían dado ninguna prueba de su intimidad. ¿Pero por qué iban a hacerlo si pensaban continuar su relación en secreto?
Miley se puso una falda negra de algodón y una camiseta rosa de seda. Pero estaba decidida a no salir. Se quedaría abajo, esperando a Nick. ¡Por todos los santos! Sólo llevaban casados dos días. Aunque, por otro lado, si encontraba a Nick en aquella dirección, tendría la prueba de que su hermana la había llamado para decirle dónde estaba... Dándose cuenta de que tenía la excusa perfecta para comprobar si Bianca decía la verdad, Miley no vaciló. Había un Mercedes en el garaje. Llovía a cántaros, pero no se molestó en volver a entrar para ponerse una gabardina.
El Ferrari estaba aparcado en una zona del aparcamiento bien iluminada. Miley se detuvo al otro lado de la carretera. Tan pronto como viese aparecer a Nick, saldría del coche.
No tuvo que esperar mucho. Se abrió la puerta de uno de los apartamentos y un rectángulo de luz perfiló la silueta del cuerpo delgado y atlético de Nick. Llevaba abierta la chaqueta de su traje gris perla y le faltaba la corbata. Miley salió del Mercedes.
Sólo entonces se dio cuenta de que no estaba solo. La puerta del apartamento se cerró de golpe y Delta corrió por el sendero detrás de él llamándolo a voz en grito. Los dos caminaron conversando agitadamente hasta donde estaba el Ferrari. Miley permaneció de pie viendo cómo subían al coche y se alejaban. Se quedó inmóvil. La lluvia empapó sus cabellos, se deslizó por su cara y caló su camiseta hasta que se quedó pegada a su cuerpo como una segunda piel. No era de extrañar que no tuviera la conciencia tranquila...
A la incredulidad siguió una oleada de dolor que persistió durante el trayecto de regreso a la casa de campo. Debía de estar enamorado de Delta. No podía creer que Nick pudiera traicionarla por nada menos que por amor. Estaba todo tan claro. Tenía intención de romper con ella una vez que Desty se hubiera asentado en Italia y se desharía de ella en cuanto su presencia fuese superflua.
El día que fue a su oficina, Nick había jurado que la castigaría aunque fuera lo último que hiciera en la vida. ¿Cómo podía haber olvidado una cosa así? Entró tambaleándose en la casa inundada en lágrimas, aunque tratando de recuperar el control de sus emociones.
— ¿Miley? —murmuró una voz odiosamente familiar.
Aquello fue como una sacudida y Miley giró sobre sus talones. Bianca, comportándose con el aplomo de ser la señora de la casa, salió del salón y la contempló con una sonrisa de abierta satisfacción.
—Pareces un pato mojado —comentó con soma—. Supongo que, después de enterarte de la noticia, no querrás estar aquí cuando Nick regrese.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Miley se cuadró de hombros y pasó al lado de la despreciativa morena en dirección al salón. Pero le costó más no ponerle las manos encima a Bianca y echarla físicamente de la casa.
—Quiero que te vayas —dijo Miley sin ni siquiera mirarla.
—No seas niña —la urgió Bianca con impaciencia siguiéndola al interior de la estancia.
—Y antes de irte quiero que devuelvas las llaves de esta casa. Ahora que tu hermano está casado no creo que sea adecuado que entres sin avisar siempre que te plazca.
Bianca se quedó mirando fijamente a Miley frunciendo el ceño con leve desconcierto.
—Me ofrezco a llevarte al aeropuerto —anunció ignorando su invitación de salir de allí—. No estás en estado de ir tú sola.
Sería tan fácil aprovechar aquella invitación para salir corriendo. Una rápida retirada de aquella dolorosa crisis obedeciendo a la fuerza de la costumbre. Sin embargo, por extraño que pareciese, necesitaba enfrentarse a Nick en aquella ocasión.
—No necesito que me lleves al aeropuerto, Bianca.
—Sólo hay otro vuelo a Londres esta noche —le advirtió la morena ásperamente—. No dispones de mucho tiempo.
—Tengo todo el tiempo del mundo —replicó Miley con voz tensa—, porque no me voy a ir a ninguna parte.
— ¡No hablas en serio! —exclamó Bianca mirándola con desdeñosa incredulidad—. No puedes querer estar aquí cuando Nick regrese. Si yo sorprendiese a mi marido en una cita amorosa con otra mujer, no me quedaría humillantemente sentada esperando a que volviese...
—Tu lengua viperina me pone enferma —la interrumpió Miley con fiereza.
—Lo que te pasa es que no tienes valor para enfrentarte a la verdad. Nick no te quiere, nunca te ha querido —declaró Bianca con irritada frustración—. Sólo ha querido tener a su hija. ¿Cómo puedes seguir aferrándote a él después de haberte probado que sigue manteniendo una relación con Delta?
Sin previo aviso, la puerta se cerró ruidosamente a sus espaldas. Tanto Bianca como Miley se sobre saltaron y volvieron las cabezas al unísono. Nick estaba de pie a la entrada del salón con una mirada tan dura como el diamante.
—Delta está esperándote en su apartamento, Bianca —susurró Nick con furia—. Se siente muy desgraciada por el papel dramático que le has asignado. No le gusta sentirse utilizada como un arma...
— ¡No sé de qué estás hablando! —lo interrumpió Bianca ruborizándose.
—Está avergonzada de las mentiras que le has hecho decir y piensa que tus maliciosos juegos están empezando a ser muy peligrosos... y créeme, no es la única que lo piensa.
Bianca se quedó pálida como un cadáver. Se quedó mirando a su hermano entre atónita y avergonzada.
—Nick, no lo entiendes. Sólo estaba pensando en tu felicidad.
Nick cruzó la estancia, asió a su hermana con fuerza del codo y prácticamente la arrastró fuera de la habitación con él.
Miley ya no podía sostenerse de pie. Se dejó caer como una muñeca rota en el asiento más próximo. Desde el vestíbulo llegaba la voz furiosa de Nick hablando en italiano a su hermana que se defendía con voz suplicante y finalmente llorosa. Miley no podía pensar con claridad, pero oyó perfectamente el portazo con el que Nick despidió a su hermana.
—Estás empapada, piccola mia... —musitó poniéndose de cuclillas junto a ella y mirándola con curiosa ternura pese a que en su rostro todavía había huellas de su enfado—. Tienes que quitarte la ropa antes de agarrar una neumonía.
La levantó en sus brazos y Miley se puso rígida como un soldado de juguete.
—Delta quiere disculparse pero le dije que no era el momento apropiado.
— ¿Disculparse? —dijo Miley agitándose sin poderlo creer—. ¡Nick, bájame!
En vez de hacerlo, la sujetó con más fuerza mientras subía las escaleras en dirección a su habitación.
—Miley, mi relación con Delta sólo ha sido algo casual. Un hombre prudente se lo piensa dos veces antes de intimar con la hija de unos amigos de la familia.
—No sé qué historia te has inventado, pero no he nacido ayer. Te he visto con ella esta noche —replicó Miley apartándose de él en cuanto la dejó caer de pie en el cuarto de baño.
— ¿Me seguiste? Por eso estás empapada —dijo entendiéndolo todo—. Miley, fui al apartamento de Delta a ver a Bianca. Llamé antes de salir pero, cuando llegué, Bianca se había ido —explicó Nick observando la expresión de furia acalorada de su esposa—. Cuando encontré a Delta, estaba muy disgustada.
— ¿Por eso te la llevaste contigo en el Ferrari? —interrumpió Miley en un tono de fiera acusación. Nick maldijo en voz baja.
—Estaba decidido a encontrar a Bianca y Delta pensó que sabía dónde estaba. Pero fue en balde y luego la llevé de regreso a su apartamento. Si nos viste juntos, ¿no te fijaste que estaba llorando?
—Lo siento, no llevaba los prismáticos —replicó Miley.
—Porca miseria... ¡cuánto daño ha causado Bianca! Nunca pensé que pudiera ser así.
—Contigo no se comporta así —suspiró Miley.
—Ella llamó a Jared Murillo... —dijo Nick contrayendo los músculos de la cara—. Siento que hayas tenido que soportar sus ataques maliciosos y siento aún más no haberte escuchado cuando trataste de explicarme lo que pasaba —añadió Nick, todavía horrorizado y mortificado por el comportamiento de su hermana.
—No es culpa tuya. Y además, ya está todo aclarado. Olvídalo —lo urgió Miley.
—Eres muy comprensiva —murmuró Nick con voz tensa.
Se hizo un palpitante silencio.
—Ahora vete. Quiero darme un baño —declaró Miley.

Tiritando de frío, se desnudó e introdujo el pie en un baño de agua templada. De modo que por fin Nick era consciente de lo mucho que su hermana la odiaba. Miley se sintió aliviada, aunque por poco tiempo. Nada había cambiado realmente entre Nick y ella. Tal vez Nick no estuviera enamorado de Delta, pero tampoco lo estaba de ella. Y había reaccionado a la posibilidad de otro bebé igual que a una amenaza de muerte.
La puerta del baño se abrió. Miley se puso tensa, sintiéndose acorralada.
— ¿Qué?
—Tienes tres segundos para salir de la bañera —murmuró Nick con peligrosa suavidad—. Uno...
— ¡No voy a moverme!
—Dos...
—Te estás volviendo un tirano —chilló Miley, y estuvo a punto de caerse con las prisas por taparse con una toalla.
Cuando salió del cuarto de baño Nick estaba sentado en el borde de la cama. Posó sus ojos brillantes como diamantes en el rostro acalorado de Miley.
—He estado comportándome como un celoso irracional desde que vi aquellas fotos en tus álbumes
—reconoció Nick—. Cuando descubrí hoy que... bueno, que nunca había habido nadie más, me avergoncé mucho de mi comportamiento. No tenía ningún derecho a cuestionar tu pasado.
Miley frotó la alfombra distraídamente con los dedos de los pies.
—Yo también he sido muy posesiva contigo —murmuró.
—Nunca habría actuado así si no hubiera tenido tanto miedo a perderte otra vez —repuso Nick echando hacia atrás su hermosa cabeza.
—Pensé que de lo que tenías miedo era de perder a Dest —susurró Miley con suavidad.
—Pese a lo mucho que amo a mi hija, piccola mia, tengo que confesar que la utilicé como una excusa para volverme a casar contigo. La semana pasada, yo era un hombre con una misión —masculló Nick con voz irregular—. Y mi misión era ganar, con cualquier medio que tuviera en mi poder, una segunda oportunidad con la joven que amé y perdí en la adolescencia. Si sólo hubiese querido a Dest, no te habría obligado a casarte conmigo.
Los ojos violetas de Miley se abrieron de par en par y se quedó sin saber qué decir. Nick salvó la distancia entre ellos con decisión y la asió mirándola con ardientes ojos dorados.
—Este matrimonio puede funcionar. Te amo lo bastante por los dos.
Miley le rodeó los hombros con manos trémulas y lo estrechó.
—Nick —dijo con voz ronca—. Yo también te amo. Nunca he dejado de amarte, pero pensé que sólo querías a la niña y tenía miedo de que me volvieses a herir.
Nick se quedó mirándola fijamente y la apretó contra su cuerpo. Luego la levantó del suelo para besarla con desesperada avidez al tiempo que la depositaba sobre la cama. Una intensa excitación y felicidad invadieron a Miley dejándola sin aliento. Nick se inclinó sobre ella y acarició suavemente sus cabellos mientras la contemplaba con adoración. Luego, de repente, su rostro se ensombreció.
—Dio... me volví loco por la necesidad de hacerte el amor, pero no tengo excusa por mi falta de precaución. Si te he vuelto a dejar embarazada, me vas a odiar.
— ¿Odiarte? —inquirió Miley mirándolo perpleja.
—Eras tan desgraciada cuando estabas esperando a Dest... Sé que es imposible que tengamos otro hijo y nunca te pediría que volvieras a pasar por eso sólo por mí, pero...
—Por aquel entonces, nuestra relación estaba naufragando —lo interrumpió Miley con una sonrisa lenta pero radiante—. Ahora que todo está arreglado... la verdad es que... me gustaría tener otro bebé.
Nick pareció atónito. Permaneció diez segundos sin hacer otra cosa que mirarla. Miley sonrió, regocijándose en la idea de que por una vez, se había adelantado a él.
—Quiero decir que esta vez podría disfrutar de verdad con la experiencia —señaló animadamente...

Envuelta en un diáfano salto de cama, Miley dejó el balcón y entró en el dormitorio, donde observó cómo Nick se ponía unos vaqueros. Era uno de sus pasatiempos favoritos, aparte del de verlo cómo se los quitaba. Cada uno de los movimientos de aquellos miembros largos, bronceados y surcados de vello la extasiaban. ¿Realmente había pasado un año desde que se habían casado?
Contempló el elegante dormitorio de su casa de Roma. Después del almuerzo irían en coche a la casa de campo para pasar el fin de semana. La noche anterior habían asistido a una fiesta sorpresa organizada por los padres de Nick para celebrar su primer aniversario de boda. Los Jonas habían invitado a Ashhley a ir en avión desde Londres e iba a pasar con ellos unos días. Incluso Bianca había hecho una pequeña aparición y Miley había acabado compadeciéndose de su cuñada.
—Estás preciosa, piccola mia...
Sacada de su ensueño por aquella voz sexy por naturaleza, Miley se encontró con la mirada de profunda apreciación de Nick y se ruborizó como una adolescente. Habían hecho el amor hasta el amanecer pero todavía tenía las sensaciones a flor de piel.
—Es una mañana tan hermosa.
Había salido al balcón a revivir los momentos mágicos de la noche anterior cuando Nick se había presentado con una alianza de diamantes afirmando que aquél había sido el año más feliz de toda su vida.
Nick la rodeó con brazos posesivos y besó suavemente la piel de su nuca.
—Todavía es pronto. ¿Te apetecería desayunar en la cama? —murmuró con voz traviesa.
Sintiendo una deliciosa tensión, Miley se recostó sobre su férreo cuerpo y luego se oyeron tres golpes en la puerta capaces de resucitar a un muerto. Destiny asomó la cabeza con un cuidado exagerado.
—De verdad, lo vuestro es demasiado... ¡Son sólo las diez de la mañana! —exclamó adentrándose en la habitación y llevando de la mano a una niña extrañamente vestida—. La niñera está haciendo las maletas, así que yo he vestido a Jen.
Dejándose caer sobre la cama con una sonrisa, Miley abrió los brazos para acoger a su hija de dos meses, Jenny. Unos expresivos ojos de color castaño oscuro miraron a su madre por debajo de una gorra de béisbol de color verde lima virulento.
— ¿Qué lleva puesto? —inquirió Nick, aparentemente transfigurado al ver el color lima chillón y el diminuto mono de color púrpura y naranja.
—Papá, créeme, así es como visten los niños que están a la última esta temporada... no con esos horribles vestidos de encaje y esos extraños calcetines de volantes que le encantan a mamá. Sentí pena de Jen cuando salí de compras ayer con mis amigos.
—Es muy considerado por tu parte —dijo Miley tratando de no reír. Nick se había sentado a su lado sobre la cama y le había robado hábilmente a la niña para levantarle suavemente la gorra de béisbol con la esperanza de encontrar el rostro diminuto de su hija.
—Está bien —dijo Dest con firmeza inclinándose para levantar en brazos a su hermanita—. Jen necesita dormir un poco. No queremos que se ponga irritable durante el viaje, ¿verdad? No hace falta que os deis prisa para bajar...
— ¿No? —inquirió Miley con sorpresa.
—Claro que no. Falta mucho para el almuerzo, e incluso Ashley está acostada todavía —dijo Dest despreocupadamente mientras se dirigía hacia la puerta—. Sabéis, tres es un número perfecto...
— ¿Cómo dices?
Dest volvió a asomar la cabeza por la puerta con una sonrisa de diablilla.
—Quiero decir que podéis retomar lo que estabais haciendo cuando entré. Solicito un hermano pequeño. Jen es un encanto, pero necesita compañía de su misma edad.
— ¡Jenny sólo tiene diez semanas! —jadeó Miley cuando la puerta se cerró.
Con una sonrisa vibrante en sus labios sensuales, Nick inclinó la cabeza sobre la suya con expresión divertida. Rodeó a Miley por los hombros para que volviera a tenderse sobre la colcha.
—Como excusa para pasar mucho tiempo en la cama, parece una idea muy seductora —confesó con ronca satisfacción.
—Lo pensaré... dentro de unos seis meses —murmuró sin aliento, ahogándose en su mirada de un color dorado oscuro.
—Dio, piccola mia, te amo tanto. ¿Cómo pude sobrevivir trece años sin ti?
Miley deslizó una mano insinuante a lo largo de su muslo enfundado en tela vaquera.
—Yo también te amo —suspiró—. Te pusiste los vaqueros sólo para que pudiera volvértelos a quitar, ¿verdad?
                             Fin


Capitulo 9.-

En el sueño de Miley, el bebé más perfecto del mundo yacía ante su vista sin que nadie lo reclamara. En el momento en que tendió los brazos ansiosamente para tomar posesión de él, un par de manos crueles llegaron primero.
—Dije que no —intervino la voz de Nick en tono de gélida desaprobación, y la seductora imagen de aquel encantador bebé de dulce aroma se desvaneció.
Miley se despertó con sollozos ahogados. Una doncella estaba corriendo las cortinas. Estaba en la cama pero estaba sola. Tenía un confuso recuerdo de gozo al sentir unos brazos masculinos que la levantaban y otro de aflicción cuando aquellos brazos la depositaron enseguida en el frío abrazo de la sábana. Sus mejillas enrojecieron. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que Nick se diera cuenta de que huía en dirección contraria porque no podía controlarse si se acercaba demasiado? ¿O ya se daba cuenta?
Cuando los pasos de Miley resonaron en las escaleras veinte minutos más tarde, Nick salió del salón. Un haz de luz brilló en su exuberante cabello negro, hizo centellear sus ojos y marcó sus rasgos de escultura clásica. Miley se quedó helada al sentir una intensa excitación sensual al verlo. No podía apartar los ojos de él y las cuchillas de su deseo insaciable la atravesaron cruelmente. Nick echó la cabeza hacia atrás y la contempló con ojos entornados y pícaros.
—Sabía que dormirías hasta tarde. Has pasado la noche muy inquieta —le dijo Nick, y Miley se sonrojó—. Vamos a almorzar fuera de casa.
Había un Ferrari aparcado a la entrada de la casa. Le resultaba algo familiar, pero Miley no fue capaz de ver la conexión. Subió al interior con las piernas temblorosas, apenas consciente de lo que hacía. Una voracidad ilimitada se había apoderado de ella. Levantó una mano para echarse atrás el cabello y fue plenamente consciente de sus senos henchidos y de la dolorosa rigidez de sus pezones.
Poco después, en el tenso silencio, Nick detuvo lentamente el coche en un área de descanso que quedaba oculta de la carretera por una tupida línea de árboles. Había algo increíblemente familiar en aquella vista, pero Miley no se percató de qué era, sólo se quedó más confundida. Con un ademán aparentemente natural, Nick soltó el cinturón de seguridad de Miley.
—Mereces estar agonizando —murmuró con suavidad—. Eres una pequeña bruja testaruda. Podrías probar a confiar en mí...
— ¿Confiar en ti? —repitió Miley sin poder razonar.
—Si yo puedo perdonarte por lo de Dest, tú puedes perdonarme por ser tan orgulloso como para no ir a Londres en tu busca.
Miley se quedó sin respiración. Con unas pocas palabras, Nick había derribado los muros que había entre ellos como si hubiera adivinado que su desconfianza nacía del tremendo dolor que había sufrido tras su separación. Nick se inclinó sobre ella con ojos ardientes que la cautivaron.
—Y aquí, ahora... es donde volvemos a empezar. Tú, yo, nada más.
Como una muñeca programada, Miley levantó una mano torpemente y deslizó un dedo por la curva sensual de sus labios.
—Te amé tanto —susurró con voz quebrada recordando su aflicción.
—Eso lo cambia todo, piccola mia —le dijo con una vibrante sonrisa. Nick separó los labios para atrapar aquel dedo intruso y lo lamió con la lengua.
Miley emitió un ronco gemido y sintió un intenso dolor en la entrepierna. Sus párpados cubrieron sus ojos empañados por la pasión y arqueó la espalda escurriéndose lánguidamente en el asiento. Aquella respuesta sumisa despertó un ahogado gemido en Nick, que deslizó una mano por debajo del vestido y exploró la piel suave de la parte interna de su muslo. Las piernas de Miley se abrieron suavemente. El mero roce de un dedo en el calor ardiente y la humedad que sentía por debajo de sus braguitas de seda la redujeron a un trémulo sometimiento.
—Se suponía que éste era mi castigo, no el tuyo —confesó Nick con voz ronca. Luego hundió una mano ávida en su melena y abrió sus labios con un rudo beso de frustración sexual. Se apartó de ella, volvió a ajustar su cinturón y, maldiciendo en voz baja, volvió a poner en marcha el motor.
—Vamos a almorzar con mis padres —anunció Nick como concisa explicación.
—Ah... —dijo Miley, demasiado absorta en otras sensaciones como para reaccionar. Por fin comprendió por qué todo le resultaba tan extrañamente familiar—. Este es el mismo coche que usabas para salir conmigo y aquí es donde parábamos antes de que me dejaras en casa de los Morgan.
—Dio, Miley... ¿y ahora te has dado cuenta?
El mismo coche. Había conservado el Ferrari durante todos aquellos años. Nick no era sentimental y, sin embargo, la había llevado a la misma casa que entonces... Su hija misma lo había llamado romántico e impetuoso. ¿Cómo podía estar tan ciega una mujer? ¿Sería posible que Nick estuviese tan obsesionado como ella en recuperar lo que había perdido?
Miley se adentró en la imponente mansión de Roma que había sido el telón de fondo de las semanas más tristes y tensas de su vida y se encontró, no con los Borgia del siglo XX, sino con dos ancianos claramente angustiados pero tan ansiosos de enmendar el pasado como ella.
—No te acogimos en la familia como hubiera sido nuestro deber la primera vez que te casaste —reconoció Vittorio encontrando la mirada de Miley—. Buscábamos a alguien a quien echarle la culpa. Y desgraciadamente, veros a los dos juntos era como ver un coche sin frenos a punto de despeñarse por un precipicio. Nick pareció sufrir un cambio de personalidad de la mañana a la noche. Y tú tampoco eras feliz. Dispuse el divorcio con el sincero convencimiento de que hacía lo que debía.
Percibiendo su sinceridad, Miley tragó saliva y asintió.
—Pero no me dijiste la verdad sobre el acuerdo —le recordó Nick a su padre con voz grave.
—En aquellos momentos parecía mejor mantenerlo en secreto —suspiró Vittorio Jonas haciendo una mueca.
—Supongo que querréis tener más hijos lo antes posible... —dijo la madre de Nick con evidente ansiedad.
Miley se puso rígida y dirigió la mirada a Nick.
—No lo creo —dijo frenando a su madre con la mirada.
Miley inclinó la cabeza. Era estúpido sentirse rechazada. Incluso más estúpido sospechar de sus razones. ¿Cómo podía culparlo de pensar así? Nick sólo podía tener los recuerdos más terribles de su embarazo.

Nick la asió de la mano cuando volvieron a salir a la luz del sol.
— ¿Ves? Los monstruos estaban en tu imaginación. Mis padres son conscientes de lo mal que se portaron en el pasado.
Su comprensión la conmovió en el fondo de su ser. Se cruzó con aquella mirada dorada y su corazón se aceleró. Le resultó imposible concentrarse. No hablaron gran cosa durante el trayecto de regreso a la casa de campo. Habiendo escapado de milagro de una multa por exceso de velocidad, Nick atravesó las puertas de la finca con un suspiro de alivio.
— ¿Recuerdas lo que hicimos para recuperamos la primera vez que conociste a mi familia? —murmuró con voz ronca.
Miley se puso acalorada y se ruborizó. Habían hecho falta muchas copas de vino para sobrevivir a aquella comida tantos años atrás y Nick la había subido escaleras arriba asegurando entre risas que no podía llevarla a casa hasta que no se le pasara la borrachera y... Miley había intentado quitarle los vaqueros con los dientes.
—Todavía estoy esperando a que lo vuelvas a hacer.
Estaban atravesando con paso firme el vestíbulo en dirección a las escaleras, cuando apareció una doncella.
—Un tal Signor Jared Murillo está al teléfono, signora —recitó sin aliento.
— ¿J... Jared? —tartamudeó Miley por la sorpresa.
— ¿Cómo demonios tiene este teléfono? —la acusó Nick.
— ¡No lo sé!
—Es evidente que has estado en contacto con él desde que llegamos —declaró clavándole repentina mente una gélida mirada.
Miley contestó desde la biblioteca.
— ¿Quién te ha dado este número? —silbó sin más preámbulo.
—Estaba en mi mesa cuando regresé ayer a la agencia. Creía que eras tú la que quería que llamase...
—No —gruñó Miley—. Alguien debe de haberte gastado una broma. Jared, por favor, no vuelvas a llamar —suspiró con voz cansina.
Nick seguía de pie en el vestíbulo con el rostro moreno impasible y duro como el granito.
—Nick —dijo Miley inspirando profundamente— Bianca o Delta deben de haberle dado a Jared este número, porque yo no he estado en contacto con él...
— ¿Por qué demonios iba a querer ninguna de ellas hacer una cosa así?
—Las dos parecen igualmente empeñadas en crear problemas en nuestro matrimonio —declaró Miley tenazmente levantando la barbilla en respuesta a su incredulidad.
—No estoy para locuras sobre conspiraciones, Miley. Si tu amiguito te echa de menos, échale la culpa a otro. Pero no insultes mi inteligencia tratando de meter a mi hermana o a Delta en el lío que has dejado a tus espaldas.
Miley sintió el escozor acre de las lágrimas en sus ojos cansados.
—Dijiste... dijiste que podía probar a confiar en ti... ¿cuándo vas tú a probar a confiar en mí?
Nick la miró con frío desprecio y salió de la casa.

Tratando desesperadamente de dar la impresión de que no había notado su ausencia, Miley estaba flotando en una colchoneta en la piscina cuando Zac reapareció. Como le había costado tanto subirse a ella, no movió un músculo y mantuvo su pose de estar tomando el sol relajadamente.
—Si te has metido en el agua sin saber nadar, te mataré —le espetó Nick en señal de bienvenida.
—Sé nadar... —dijo denotando satisfacción—. Incluso puedo hacer de socorrista.
— ¿Desde cuándo?
—Desde que encontré un instructor que no pensaba que dejándome caer en el extremo más hondo de la piscina diciéndome que flotaría funcionaría milagrosamente.
—Sal —le ordenó Nick.
— ¿Por qué? —replicó Miley incorporándose repentinamente sin el debido cuidado.
La colchoneta se tambaleó y, pese a su esfuerzo por recuperar el equilibrio, acabó cayendo ruidosa mente al agua.
—Suelta —balbuceó cuando Nick la remolcó hasta el borde, sin creer que se hubiese tirado al agua para un rescate tan absurdo con la ropa puesta—. Ya te he dicho que sé nadar.
Nick la arrastró escalerillas arriba a pesar de todo.
—Preferiría ver alguna prueba de tu dominio antes de arriesgarme a permanecer de brazos cruzados mientras tú te ahogas.
—No pienses que voy a interpretar el papel de Ofelia.
—Sería muy difícil —dijo Nick levantando la ceja con sarcasmo—. Ofelia no tenía un pasado que abarcase a la mitad de los hombres del Reino Unido.
— ¿Cómo te atreves? —jadeó Miley indignada.
En medio de un palpitante silencio, Nick se despojó de los vaqueros y de la camisa, que estaban empapados, y se tiró de cabeza al agua para luego recorrer la piscina con brazadas rápidas y agresivas. Miley se acercó al borde y esperó a que llegara poniéndose de cuclillas.
—Crees que he hecho el amor con todos ellos, ¿verdad?
Unos turbados ojos dorados se clavaron en los suyos como el rayo.
— ¿Tú qué crees? —replicó Nick con soma antes de hacer otro largo en la piscina.
— ¿Nick? —inquirió Miley la siguiente vez que se acercó.
—No quiero saberlo —masculló y, apoyándose en los azulejos del borde, salió de la piscina y pasó delante de ella completamente desnudo. Luego asió una toalla y permaneció de pie secándose el pelo—. Me vas a desgastar con la mirada, Miley. Sé una dama y mira en la otra dirección —le aconsejó con la espalda hacia ella.
—Yo... —empezó a decir Miley, colorada como un tomate.
—Y no tengo ningún deseo de hablar de tu registro fotográfico de trofeos masculinos.
—¡No he tenido ni una sola relación seria desde que nos divorciamos! —reconoció Miley a regañadientes.
—No me digas —replicó Nick en tono sarcástico.
—Claro, se me olvidaba —dijo Miley palideciendo—. Soy tan superficial, ¿verdad? Estoy gastando saliva para nada.
Al pasar de su lado para irse, Nick la asió del brazo con fuerza y le hizo retroceder.
—Nada de volver a salir corriendo.
— ¡Suéltame!
En vez de soltarla, apresó su boca con un beso de castigo. Las piernas de Miley vacilaron cuando su lengua atravesó sus labios poniendo en evidencia su voracidad. Trató de resistirse y luego se rindió sintiendo que se encendía un río de fuego en su vientre. Con un gemido nacido de su ardiente deseo, Miley le rodeó el cuello con los brazos.
—Soy un posesivo y un celoso empedernido. Los dos lo sabemos, ¿qué queda por decir? —inquirió Nick con voz ronca despojándola de la parte superior de su bikini para luego rodear sus senos desnudos con las manos con un gemido de apreciación—. Dio... Ardería mil años en el purgatorio sólo por esto.
La levantó y la llevó en brazos hasta la casa.
— ¿Y el personal? —inquirió Miley.
—Les dije que se fueran.
Aterrizaron en la cama en un nudo salvaje de miembros húmedos. Nick la colocó encima de él y contempló con ardientes ojos dorados sus pálidos senos henchidos adornados con suculentos pezones rosados. Luego los acarició provocando estremecimientos de placer en el cuerpo de Miley.
—Eres la única mujer a la que he amado — Nick con voz áspera—. Y tengo tantas ganas de estar dentro de ti, que me muero.
Miley recorrió su amplio tórax adorando la flexibilidad de sus músculos y los recios rizos de pelo negro que encontraban a su paso las yemas de sus dedos. Nick enredó sus dedos en el cabello de Miley y atrajo sus labios a los suyos para besarla y envolverla con su aroma cálido y su tacto inolvidable. La apretó contra su cuerpo. Miley sintió su tensa virilidad contra su vientre y emitió un sollozo de urgente y jadeante necesidad. No podía acercarse lo bastante a él como para satisfacerse.
Rodaron juntos y Nick quedó sobre ella. Con una mano impaciente la despojó de las braguitas de su bikini. Miley sintió que su corazón palpitaba con fuerza cuando Nick descubrió los rizos pálidos y húmedos de su entrepierna y la carne caliente y sedosa que Miley abrió para él. Así, de repente, el poco aire que entraba en sus pulmones le quemaba la garganta a medida que el placer se apoderaba de ella con una intensidad agridulce que era más de lo que podía aguantar.
Mientras Nick exploraba aquel mojado vacío en lo más íntimo de su ser, Miley emitió un sollozo largo de tormento. Nunca en su vida había anhelado nada tanto como la dura y ardiente invasión del cuerpo de Nick dentro del suyo. Clavó en él manos impacientes y suplicantes y, fuera de control, echó repetidamente las rodillas hacia atrás a modo de febril invitación.
Nick, con los ojos ardientes de deseo, la penetró con un único y poderoso movimiento. Miley profirió un sorprendente grito de dolor cuando sus músculos más íntimos se contrajeron de forma instintiva. Nick se quedó inmóvil, conmocionado, y recorrió su rostro encendido con atónitos ojos dorados.
—Dio.., te siento igual de tensa que la primera vez que hicimos el amor —exclamó. Miley lo miró a los ojos—. Te he hecho daño, como a una virgen —susurró con voz ronca.
Pero el dolor ya había cesado y su sensible piel era consciente de aquella intrusión de manera completamente distinta. Cerró los ojos en señal de voluptuosa aceptación y profirió una risita sensual sintiendo cómo la excitación se apoderaba nuevamente de ella.
— ¿Desde cuándo no has hecho el amor? —inquirió Nick con voz irregular.
—Por favor... —gimió Miley enloqueciendo por su inmovilidad.
— ¿Desde cuándo? —masculló Nick con la persistencia de un torturador nato.
— ¡Desde hace trece años! —le lanzó Miley, impulsada por su angustiada frustración.
—Madre di Dio, piccola mia... —gruñó Nick con incredulidad.
La contempló con atónita intensidad y luego, con un gemido, se hundió en ella profundizando su penetración con fiera posesividad y prosiguió rápidamente y con fuerza. Miley experimentó un tumulto de excitación frenética y febril. Después, inesperadamente, el dolor insoportable que sentía en su interior se hizo más agudo y jadeó su nombre durante aquel tormento. Una fracción de segundo más tarde, aquel desenfreno se expandió en una explosión de sensaciones desencadenando una oleada de placer dulce y ardiente por todos los rincones de su cuerpo.
Nick se estremeció en el tenaz círculo de los brazos de Miley y con un grito de ronca y agonizante satisfacción, halló su propia liberación y cayó sobre ella pesadamente, húmedo de sudor. A Miley la invadió una oleada de ternura, pero Nick le había sonsacado finalmente la verdad, una verdad que nunca había imaginado admitir, y en aquellos momentos, se sentía desnuda y terriblemente expuesta.
—Ha merecido la pena esperarte —susurró Miley dolorosamente.
Nick levantó su cabeza morena de cabellos despeinados y con una mano levemente temblorosa le acarició el pelo con un gesto de extraña ternura. Sólo entonces sus hermosos ojos negros se apartaron de los suyos, ansiosos, y sus pestañas cayeron y ocultaron sus pupilas.
—Me siento terriblemente culpable —confesó liberándola inmediatamente de su peso. Miley no sabía qué había esperado de él, pero no había sido aquella afirmación—. ¿Por qué no ha habido nadie más en todo este tiempo?
Aquella pregunta era predecible, pero Miley no estaba preparada para contestarla con sinceridad. Giró la cabeza con dolor por el amor que sentía por él y contuvo la urgencia de acortar la distancia física que había puesto entre ellos.
—Cuando tienes que mirar a un hombre y pensar cómo te sentirías si te quedaras embarazada de él, se te hiela la sangre.
En vez de reír, como Miley había esperado, Nick se incorporó bruscamente maldiciendo en italiano.
—Porca miseria —gimió finalmente—. No he usado nada —exclamó horrorizado dejando a Miley estupefacta—. ¿No lo entiendes? ¡No he tomado ninguna precaución!
—Tranquilo —dijo enseguida Miley con voz ahogada—. No creo que sea tan fértil como lo era a los diecisiete años.
—Me siento terriblemente culpable —repitió.
Miley se cubrió con la sábana. Al presenciar la reacción de horror de Nick ante el riesgo de ser padre por segunda vez experimentó la dosis de realidad más dolorosa y humillante de su vida.
—Vete —murmuró Miley con voz ronca, sin preocuparse de por qué se sentía culpable. Nick posó una mano vacilante sobre su hombro y Miley se liberó de ella desplazándose al otro extremo de la cama—. Déjame sola.
—Duérmete —la urgió Nick—. Tengo que salir.
—Y no vuelvas —le espetó Miley rompiendo en sollozos en cuanto salió de la habitación.
Era evidente que Nick sólo se sentía intensamente atraído por ella, pero nada más. Sólo había sido un instrumento para colmar su deseo de representar una farsa de armonía conyugal para su hija.