—Pensé que de lo que tenías miedo era de perder a Dest —susurró Miley con suavidad.
—Pese a lo mucho que amo a mi hija, piccola mia, tengo que confesar que la utilicé como una excusa para volverme a casar contigo. La semana pasada, yo era un hombre con una misión —masculló Nick con voz irregular—. Y mi misión era ganar, con cualquier medio que tuviera en mi poder, una segunda oportunidad con la joven que amé y perdí en la adolescencia. Si sólo hubiese querido a Dest, no te habría obligado a casarte conmigo.
Los ojos violetas de Miley se abrieron de par en par y se quedó sin saber qué decir. Nick salvó la distancia entre ellos con decisión y la asió mirándola con ardientes ojos dorados.
—Este matrimonio puede funcionar. Te amo lo bastante por los dos.
Miley le rodeó los hombros con manos trémulas y lo estrechó.
—Nick —dijo con voz ronca—. Yo también te amo. Nunca he dejado de amarte, pero pensé que sólo querías a la niña y tenía miedo de que me volvieses a herir.
Nick se quedó mirándola fijamente y la apretó contra su cuerpo. Luego la levantó del suelo para besarla con desesperada avidez al tiempo que la depositaba sobre la cama. Una intensa excitación y felicidad invadieron a Miley dejándola sin aliento. Nick se inclinó sobre ella y acarició suavemente sus cabellos mientras la contemplaba con adoración. Luego, de repente, su rostro se ensombreció.
—Dio... me volví loco por la necesidad de hacerte el amor, pero no tengo excusa por mi falta de precaución. Si te he vuelto a dejar embarazada, me vas a odiar.
— ¿Odiarte? —inquirió Miley mirándolo perpleja.
—Eras tan desgraciada cuando estabas esperando a Dest... Sé que es imposible que tengamos otro hijo y nunca te pediría que volvieras a pasar por eso sólo por mí, pero...
—Por aquel entonces, nuestra relación estaba naufragando —lo interrumpió Miley con una sonrisa lenta pero radiante—. Ahora que todo está arreglado... la verdad es que... me gustaría tener otro bebé.
Nick pareció atónito. Permaneció diez segundos sin hacer otra cosa que mirarla. Miley sonrió, regocijándose en la idea de que por una vez, se había adelantado a él.
—Quiero decir que esta vez podría disfrutar de verdad con la experiencia —señaló animadamente...
Envuelta en un diáfano salto de cama, Miley dejó el balcón y entró en el dormitorio, donde observó cómo Nick se ponía unos vaqueros. Era uno de sus pasatiempos favoritos, aparte del de verlo cómo se los quitaba. Cada uno de los movimientos de aquellos miembros largos, bronceados y surcados de vello la extasiaban. ¿Realmente había pasado un año desde que se habían casado?
Contempló el elegante dormitorio de su casa de Roma. Después del almuerzo irían en coche a la casa de campo para pasar el fin de semana. La noche anterior habían asistido a una fiesta sorpresa organizada por los padres de Nick para celebrar su primer aniversario de boda. Los Jonas habían invitado a Ashhley a ir en avión desde Londres e iba a pasar con ellos unos días. Incluso Bianca había hecho una pequeña aparición y Miley había acabado compadeciéndose de su cuñada.
—Estás preciosa, piccola mia...
Sacada de su ensueño por aquella voz sexy por naturaleza, Miley se encontró con la mirada de profunda apreciación de Nick y se ruborizó como una adolescente. Habían hecho el amor hasta el amanecer pero todavía tenía las sensaciones a flor de piel.
—Es una mañana tan hermosa.
Había salido al balcón a revivir los momentos mágicos de la noche anterior cuando Nick se había presentado con una alianza de diamantes afirmando que aquél había sido el año más feliz de toda su vida.
Nick la rodeó con brazos posesivos y besó suavemente la piel de su nuca.
—Todavía es pronto. ¿Te apetecería desayunar en la cama? —murmuró con voz traviesa.
Sintiendo una deliciosa tensión, Miley se recostó sobre su férreo cuerpo y luego se oyeron tres golpes en la puerta capaces de resucitar a un muerto. Destiny asomó la cabeza con un cuidado exagerado.
—De verdad, lo vuestro es demasiado... ¡Son sólo las diez de la mañana! —exclamó adentrándose en la habitación y llevando de la mano a una niña extrañamente vestida—. La niñera está haciendo las maletas, así que yo he vestido a Jen.
Dejándose caer sobre la cama con una sonrisa, Miley abrió los brazos para acoger a su hija de dos meses, Jenny. Unos expresivos ojos de color castaño oscuro miraron a su madre por debajo de una gorra de béisbol de color verde lima virulento.
— ¿Qué lleva puesto? —inquirió Nick, aparentemente transfigurado al ver el color lima chillón y el diminuto mono de color púrpura y naranja.
—Papá, créeme, así es como visten los niños que están a la última esta temporada... no con esos horribles vestidos de encaje y esos extraños calcetines de volantes que le encantan a mamá. Sentí pena de Jen cuando salí de compras ayer con mis amigos.
—Es muy considerado por tu parte —dijo Miley tratando de no reír. Nick se había sentado a su lado sobre la cama y le había robado hábilmente a la niña para levantarle suavemente la gorra de béisbol con la esperanza de encontrar el rostro diminuto de su hija.
—Está bien —dijo Dest con firmeza inclinándose para levantar en brazos a su hermanita—. Jen necesita dormir un poco. No queremos que se ponga irritable durante el viaje, ¿verdad? No hace falta que os deis prisa para bajar...
— ¿No? —inquirió Miley con sorpresa.
—Claro que no. Falta mucho para el almuerzo, e incluso Ashley está acostada todavía —dijo Dest despreocupadamente mientras se dirigía hacia la puerta—. Sabéis, tres es un número perfecto...
— ¿Cómo dices?
Dest volvió a asomar la cabeza por la puerta con una sonrisa de diablilla.
—Quiero decir que podéis retomar lo que estabais haciendo cuando entré. Solicito un hermano pequeño. Jen es un encanto, pero necesita compañía de su misma edad.
— ¡Jenny sólo tiene diez semanas! —jadeó Miley cuando la puerta se cerró.
Con una sonrisa vibrante en sus labios sensuales, Nick inclinó la cabeza sobre la suya con expresión divertida. Rodeó a Miley por los hombros para que volviera a tenderse sobre la colcha.
—Como excusa para pasar mucho tiempo en la cama, parece una idea muy seductora —confesó con ronca satisfacción.
—Lo pensaré... dentro de unos seis meses —murmuró sin aliento, ahogándose en su mirada de un color dorado oscuro.
—Dio, piccola mia, te amo tanto. ¿Cómo pude sobrevivir trece años sin ti?
Miley deslizó una mano insinuante a lo largo de su muslo enfundado en tela vaquera.
—Yo también te amo —suspiró—. Te pusiste los vaqueros sólo para que pudiera volvértelos a quitar, ¿verdad?
Fin