—Oh, sí —si en sus ojos asomó cierta decepción, las pestañas oscuras bajaron para ocultarlo—. Lo siento, no suelo quedarme dormida así. Habrá sido porque últimamente no he descansado muy bien.
Él observó cómo trataba de desperezarse. Se alisó la falda, se puso los zapatos y luego buscó a tientas las gafas sobre los brazos del sofá.
—¿Has visto mis gafas? —preguntó mirando a su alrededor.
Nick se las bajó desde la cabeza hasta su posición y sonrió al fijarse en el rubor que encendió sus mejillas.
—Lo siento... todavía no me he despertado bien.
—Deja de disculparte. Yo soy el que debería disculparme por venir tan tarde —se sentó en el borde de la cama y sus rodillas tocaron las de ella—. Muchas gracias por venir, Miley.
—No te preocupes. No ha sido nada.
Ella pensó que, o eran imaginaciones suyas, o Nick la miraba de una manera inhabitual en él. Sí, la estaba observando con especial intensidad. Y ella, que pensó que debía estar muy fea, trató de echarse el pelo hacia atrás y recogerse los mechones que le caían por la cara.
—¿Qué hora es?
Él echó un vistazo a su reloj de oro.
—Casi las diez.
Nick volvió a mirarla y ella sintió que se le encogía el estómago.
Quizá fuera por lo cerca que estaban, pero lo cierto era que Miley sentía fuertemente la presencia de él.
Él sonrió.
—Vamos abajo a tomar algo.
—No, será mejor que me vaya —dijo, levantándose—. Tengo muchas cosas que hacer en casa y también quiero ducharme.
—Miley, no puedes ir a ningún sitio. Hace una noche diabólica y las carreteras están intransitables. He tardado horas en llegar. Te puedes quedar en la habitación de los invitados.
—No creo que sea para tanto, ¿no?
Al decirlo, se fue hacia la ventana. La nieve caía tan pesadamente, que casi había borrado la calle bajo un manto blanco.
—Un desastre, ¿no? Nunca pensarías que estamos en abril —dijo Nick.
—Es verdad —Miley cerró las cortinas y se volvió hacia él, que la miraba de una manera a la que ella no estaba acostumbrada.
—Miley, no estás pensando en dejar la empresa, ¿verdad?
—¿Por qué me preguntas eso? —preguntó, sorprendida.
—Estaba buscando la lista que me dijiste del departamento de contabilidad cuando encontré una carta de Brittas en uno de los cajones de tu mesa.
—Entiendo —sintió que se ponía colorada—. Te iba a hablar de eso esta tarde...
—Entonces, ¿es verdad? Escucha, sea lo que sea lo que Brittas te ofrezca, yo te pagaré más —le aseguró con firmeza.
—Bueno, la verdad es que no iba a decirte que me marchaba, te iba a pedir que me subieras el sueldo —contestó ella, muy seria.
—¿De verdad? —contestó él, pasándose la mano por el pelo—. Gracias a Dios. Me has dado un buen susto.
—¿Sí? —preguntó, conmovida por la sinceridad con la que lo había dicho él. Luego sonrió—. Un susto lo suficientemente grande como para que me aumentes el sueldo, ¿verdad?
Él soltó una carcajada.
—Sí, Miley... suficiente para eso. El lunes por la mañana lo arreglaré todo.
—Gracias —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Cuando esta tarde intentaba hablarte de ello, no pensé que terminaríamos la conversación en el dormitorio de Beth.
—No... ha sido un día un poco raro.
—¿Cómo te fue con Renaldo?
—Digamos que... Renaldo es un hueso duro de roer.
—¿Te mencionó la reunión con el banco de la semana anterior?
—Sí, la mencionó...
Miley no conseguía recogerse el pelo con las horquillas, así que se lo dejó suelto.
—Me imagino que no te comentaría nada de las cuentas extras, ¿no?
Nick se distrajo por el modo en que su suave cabello le caía sobre los hombros. Notó los diferentes matices de rubio, que le daban un aspecto vibrante.
—¿Nick?
—¿Qué?
—¿Te habló de las cuentas extras?
—Sí...
Él la miró distraído. Le resultaba increíble lo guapa que estaba con el cabello suelto. Al darse cuenta de que ella estaba esperando su respuesta, movió la cabeza.
—Lo siento, Miley, estoy muy cansado. Creo que mi cerebro está bloqueado.
—No me extraña. Has estado en el despacho desde las ocho de la mañana.
—Es verdad. Pero bueno, tengo esperanzas de que en dos semanas todo se haya acabado.
Miley asintió. Observó cómo se aflojaba la corbata y luego se pasaba la mano por la nuca.
—¿Quieres que te prepare un sándwich mientras te das una ducha? —preguntó sin pensar.
Nick pareció que iba a declinar su oferta, pero entonces se encogió de hombros.
—Gracias, Miley, reconozco que estoy en deuda contigo.
—Ten cuidado con lo que dices o te pediré otro aumento —replicó ella, con una abierta sonrisa y un brillo travieso en los ojos.
Él observó cómo se acercaba a Beth. Miley le apartó el pelo de la cara y finalmente le dio un beso en la frente.
El gesto fue tan natural y tierno, que sorprendió a Nick. No habría sabido explicar por qué. Pero hubo algo especial en aquella imagen, la niña dormida y la mujer que se inclinaba sobre ella, que lo conmovió profundamente. Quizá era el cabello largo y rubio de Dulce,Mile, que le ocultaba la cara... El pelo de Stephanie también había sido rubio y largo, como el de ella.
—¿Ha sido buena? —preguntó, casi bruscamente para apartar de sí la emoción.
Sin duda se debía a que estaba muy cansado, se dijo para convencerse.
—Sí, ha sido muy buena —afirmó, incorporándose y volviéndose hacia él—. Tienes mucha suerte, es una niña encantadora.
—Bueno... yo también lo creo. Pero soy su padre —los ojos se le clavaron en el libro infantil—. ¿Cuántas veces te lo ha hecho leer?
—Solo cuatro —respondió Miley, echándose a reír.
—Veo que tienes mucho tacto —dijo él, sonriendo.
Ella también sonrió.
Nick pensó que tenía una sonrisa maravillosa, unos dientes de perfecta blancura y unos labios muy sensuales.
Miley se fijó en que él se quedó mirándole los labios un instante... demasiado largo. Su mirada fue tan intensa, que la hizo estremecerse. Luego se miraron a los ojos y ella sintió un escalofrío de sensualidad que le recorrió todo el cuerpo.
Mientras él apagaba la lámpara de la mesilla, se volvió y se alejó hacia el pasillo. Lo que había sentido estaba en su imaginación, pensó enfadada. Seguro que él solo la había mirado con una superficial atención. De hecho, aunque era muy educado y respetuoso, tenía la sensación de que la veía como un mueble más del despacho, antes que como una mujer.
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