domingo, 19 de febrero de 2012

Capitulo 4.-

—Te está bien empleado, por bromista. Tienes que vigilar con quién juegas. Paga tu multa y olvídalo.
—¡No pienso pagarla! —dijo Nick, indignado—. El mero hecho de estar como un tren y llevar unifor­me no le da derecho a poner multas que ningún otro policía pondría por estas partes.
Joe rió entre dientes mientras aparcaba en un es­pacio libre.
—Como un tren, ¿no? De manera que lo admites.
—¿Me vas a decir que no te has dado cuenta de que tiene el cuerpo de una supermodelo? —preguntó Nick en tono despectivo—. Puede que estés loco por Laura, pero a ningún hombre en su sano juicio se le pasaría por alto un cuerpo como el de esa agente.
—Reconozco que está muy bien. ¿Qué piensas ha­cer? ¿Pedirle una cita después de pagar la multa? — preguntó Joe mientras bajaba del vehículo.
—Ni hablar. El día que me interese por una poli fanática como ella tienes permiso para pegarme un tiro.
—Una policía y un bromista —Joe se encaminó hacia el restaurante moviendo la cabeza—. Nunca funcionaría.
—Desde luego que no —Nick siguió a su primo al interior—. Me gustan las mujeres divertidas cuya reac­ción natural es sonreír, no mirarte con desprecio y frun­cir el ceño. Además, esa mujer es tan radical y está tan a la defensiva que estoy seguro de que nunca se divier­te, ni siquiera cuando se quita el uniforme.
Nick estaba seguro de que su primo no había oído una palabra de lo que había dicho. En el instante en que vio a su rubia y bonita esposa saludándolo desde el fondo del restaurante fue hacia ella como un perrito faldero. Era nauseabundo ver a aquellos tortolitos juntos. Aunque tampoco resultaba más alentador ver al primo Kevin y a su nueva esposa, Steph. Tampoco pa­recían capaces de dejar de tocarse y mirarse.
Hablando del diablo. Nick vio a Kevin saliendo de la cocina tomado de la mano de su pelirroja esposa. Comer con aquellos cuatro le iba a quitar el apetito.
—¿Qué te pasa? —Kevin lo miró con curiosidad mientras se sentaba.
—Oh, no le hagas caso —dijo Joe con una son­risa—. Está en baja forma porque ha tenido un en­cuentro con la nueva agente de policía. Es una auténti­ca dura, por cierto.
—Es una bandolera con uniforme —murmuró Nick—. Sería capaz de acribillar a quien se interpu­siera en su línea de fuego.
Laura y Steph lo miraron con expresión preocupa­da.
—¿Qué ha pasado?
—Ya conocéis al bromista —dijo Joe—. Ha tra­tado de gastarle una de sus jugarretas y a la agente no le ha parecido divertido. Le ha puesto una multa de cien dólares por estúpido.
Kevin rompió a reír.
—Eso te enseñará a ser más selectivo, primo. Te está bien empleado.
Era evidente que Nick no iba a recibir ninguna compasión por parte de aquellos cuatro. Incluso Laura y Steph habían empezado a reír.
Comió malhumorado mientras los tortolitos se arrullaban. Era posible que su familia pensara que de­bía pagar la multa, pero él no estaba de acuerdo. Aquella agente no había oído su última palabra. Iría a hablar directamente con el jefe de la policía. Tate Jackson debía saber que la nueva miembro de sus fuerzas del orden estaba hostigando a uno de los resi­dentes de toda la vida en la comunidad. Tate era un hombre razonable que llevaba quince años en Hoofs Roost. Sin duda, se aseguraría de que su nueva oficial no se excediera en sus funciones.

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