sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 26.-

Se podía oír la plácida respiración de las niñas. Sarah y Jane estaban acostadas en una cama y Beth en la otra.
Nick se fijó en que su hija se había acostado junto a la muñeca que le había regalado Miley por su beep­pleaños. En la mesilla estaba su libro de cuentos favo­rito.
—Me pregunto cuántas veces le habrá hecho leer a—Ellie el de Los duendes y el zapatero —susurró Nick, mirando a Beth con una sonrisa en los labios.
—A mí también me gustaba cuando era como ella —comentó Miley—. Debe tener relación con lo de irte a la cama y que a la mañana siguiente todos tus proble­mas se hayan solucionado como por arte de magia.
—¿Fue cuando tu madre se volvió a casar?
—¿Cómo te has enterado de eso?
—Me lo contó tu padre y también me dijo que no te llevabas bien con tu padrastro.
—No debió contarte nada —dijo, enfadada.
Se levantó de la cama e hizo además de irse, pero él la sujetó por un brazo.
—No trates de escapar de mí, Miley.
Ella se quedó mirando la mano con la que la tenía agarrada y él la soltó.
—¿Qué más te dijo?
—Nada más. Lo que me extraña es que no me lo hu­bieras contado tú antes.
—No hay nada que contar —replicó ella, saliendo de la habitación.
Dulce entró a su dormitorio muy enfadada. No comprendía por qué su padre le había hablado de Michael a Nick, ya que sabía que ella no quería acor­darse de aquella época de su vida.
Se puso a pasear de un lado para otro y, cuando se abrió la puerta, se volvió hacia él, furiosa.
—Déjame sola.
—No quiero —dijo él con suavidad—. Lamento ha­berte disgustado al mencionar a tu padrastro.
Ella sacudió la cabeza.
—Lo pasé muy mal en esa época, Nick, y prefiero no hablar de ello.
—A veces, para poder olvidar el pasado hay que en­frentarse a él.
—Lo he intentado.
Cuando él se acercó unos pasos, ella retrocedió.
—No tendrás miedo de mí, ¿verdad?
—No... por supuesto que no.
—Pero estás enfadada.
—No estoy enfadada contigo —lo miró fijamente a los ojos—. Solo estoy asustada —añadió, admitiendo al fin la verdad.
Estaba asustada por cómo la hacía sentirse Nick y por no saber dónde la podía llevar aquello.
—¿Asustada de qué?
—Del matrimonio y todo lo que conlleva.
—Pero tú ibas a casarte con Liam.
Ella lo miró y estuvo a punto de decirle que Liam nunca la había hecho sentirse como cuando estaba con él. Nunca la había hecho perder el control del modo en que lo hacía con él.
—No sé si me habría acabado casando con él —susu­rró—. Si te soy sincera, tenía ya bastantes dudas antes de romper con él.
—¿Por qué?
—Tenía miedo de estar equivocándome. Mi madre sufrió tanto con mi padrastro... ¿Sabes lo que es vivir en una casa donde siempre había gritos? —a Miley le tembló la voz—. Ellos decían que se querían, pero al fi­nal ese amor acabó destruyéndolos.
—Todas las relaciones no son así.
—Quizá no, pero de todos modos me gustaría que no me lo hubieras propuesto.
Él arqueó una ceja.
—No me mires así, Nick. Las cosas nos iban bien tal como estábamos.
—No es cierto —dijo él, sonriendo.
A Miley la estaba irritando lo calmado que parecía él.
—Sí que lo es. Podríamos haber vivido un romance sin más complicaciones. Pero tú lo has estropeado todo.
—No estoy de acuerdo —dijo él, agarrándola y atra­yéndola hacia sí—. No he estropeado nada —la agarró por la barbilla y la besó con dulzura.
Aquel beso fue tan tierno, que la excitó de un modo increíble. Pero no era solo una atracción sexual. Estaba enamorada de él. Lo quería con toda el alma.
—Quiero hacer el amor contigo, Miley —susurró él—. Te deseo enormemente y no quiero tener un romance contigo. Quiero que formemos una familia juntos.
Ella sintió las manos calientes de él a través de su ropa y, finalmente, le pasó los brazos por detrás del cuello y lo besó con pasión. De pronto, todos sus mie­dos desaparecieron.
—Yo también te deseo —admitió ella sin aliento.
Él le bajó diestramente la cremallera del vestido y ella no trató de impedírselo, sino que, al contrario, si­guió besándolo con ardor.
Entonces, él la levantó en brazos y la llevó a la cama, donde se desnudaron el uno al otro con frenesí.
Enseguida, el vestido de Miley fue a reunirse en el suelo con la camisa de él. Ella llevaba un sujetador de raso y braguita a juego. Él se la quedó mirando provo­cativamente antes de besarla de nuevo en los labios. Luego, comenzó a acariciarle los pechos y ella sintió un enorme placer.
Miley le acarició el fuerte torso y fue bajando hasta llegar a la cintura de él, que se apartó y se terminó de desnudar.
Ella se quedó mirando su magnífico cuerpo y, al darse cuenta de que él se había fijado en que lo estaba observando, se sonrojó.
La miró intensamente con sus ojos oscuros y luego se montó a horcajadas sobre ella, quitándole el sujeta­dor. Luego comenzó a besarle en los senos con deli­cadeza y fue subiendo hasta el cuello y los hombros.
Miley se moría de deseo, pero él seguía movién­dose despacio. Así, le quitó las braguitas y comenzó a acariciarle el sexo, primero con las manos y luego con la lengua. Lentamente la llevó hasta el éxtasis.
—Qué guapa eres —susurró él mientras la pene­traba—. Y cómo te deseo.
Cuando Miley se despertó, la luz del sol ya estaba bañando la habitación. Sonrió y se estiró con pereza. Luego, abrió los ojos y vio a Nick tumbado a su lado. Estaba apoyado sobre un codo y la estaba observando.
—Buenos días, preciosa.
Ella le sonrió adormilada.
—¿Cuánto llevas ahí, mirándome?
—No lo suficiente.
Ella se dio cuenta entonces de que estaba completa­mente desnuda sobre las sábanas. Instintivamente, hizo ademán de taparse, pero él la detuvo.
—Me lo pasé muy bien anoche —dijo antes de besarla con pasión.
—Yo también —admitió ella.
—Sí, ya me di cuenta —comentó él, sonrojándola—. Me encanta lo fácil que es hacerte sonrojar —añadió con voz ronca.
—No seas tonto —dijo ella, sonriendo.
Ella intentó escapar mientras Nick trataba de be­sarla otra vez, pero él no la dejó y volvió a besarla.
—¿Sabes qué me gustaría hacer cuando volvamos a casa?
—No.
—Me gustaría hacerte el amor en el despacho, sobre mi escritorio —afirmó él—. Pero antes de nada, quiero que me digas que vas a casarte conmigo —le susurró al oído.
Ella se puso tensa.
—No quiero que hablemos de eso, Nick.
En ese momento, comenzaron a oírse risas infanti­les en el pasillo. Él se apartó de inmediato de ella.
—Será mejor que vaya a ver qué tal está Beth.
—Sí —dijo ella, respirando aliviada.
—Pero luego continuaremos esta conversación —dijo él, inclinándose para volver a besarla.
—Tengo cita en la peluquería a las nueve y luego te­nemos que ir a la boda, así que será mejor que dejemos esta conversación para cuando volvamos a casa.
Nick no dijo nada.
Miley nunca había visto tan guapa a su hermana. Estaba radiante. Cuando Mark le puso el anillo y el sacerdote los declaró marido y mujer, Sinead miró a los ojos a su marido y le sonrió. Fue una mirada llena de amor, que a Miley casi le partió el corazón.
Se volvió hacia Nick y él le sonrió de un modo que la conmovió, haciéndola apartar la mirada.
—Que seáis muy felices —terminó entonces de decir el sacerdote.
El confeti cubrió de repente el cielo, para luego caer sobre el grupo de amigos y familiares.
Nick se fijó en que Miley comenzó a sacudirse el vestido de seda azul. Estaba impresionante con aquel traje, que le dejaba los hombros al descubierto. Lle­vaba el pelo recogido en un moño. Cuando se volvió hacia él y lo descubrió mirándolo, le sonrió al tiempo que se acercaba.
—Creo que los fotógrafos ya casi han terminado.
—Estás preciosa, Miley —Nick se inclinó hacia ella—. Te quiero toda para mí. ¿Cuándo escaparemos de toda esta gente?
—Bueno, sumando la comida y la fiesta que habrá después, supongo que dentro de unas once o doce ho­ras.
—No creo que pueda aguantar tanto.

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