sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 22.-

—De todas maneras, es demasiado tarde para cam­biar de opinión. Vamos.
El avión aterrizó en Dublín una hora después y no tardaron en recoger el equipaje y alquilar un coche. Un Mercedes blanco.
Nick metió todo en el maletero y le pidió a Beth que se sentara en la parte de atrás y se pusiera el cinturón de seguridad.
—¿Sabes ir desde aquí? —le preguntó a Miley mientras ellos dos se subían también al vehículo—. ¿O tenemos que utilizar el mapa que nos acaban de dar?
—Conocería el camino incluso con los ojos cerra­dos, Nick.
Ella le fue indicando para no tener que entrar en la ciudad. La carretera iba, durante un tiempo, pegada a la costa.
—Solía venir a la universidad por aquí —comentó con una cierta nostalgia—. Tomaba el tren que seguía la costa, atravesando un paisaje espectacular.
—¿Te gusta estar de vuelta? —quiso saber Nick.
Ella asintió.
—Es extraño, pero no me he dado cuenta de lo que lo echaba de menos hasta ahora. Hace dos años que no vengo a casa.
—Es mucho tiempo. Y el vuelo es corto. Me sor­prende que no vengas algún fin de semana que otro.
—Sí, pero ya sabes cómo es la vida. Estás siempre muy ocupado y el tiempo pasa con rapidez.
—Espero que no tenga nada que ver con que haya­mos tenido tanto trabajo últimamente.
Miley sonrió, haciendo un gesto negativo...
—El año pasado vi a mi padre. Vino a Londres y se quedó conmigo una semana.
—¿Por qué te fuiste a Inglaterra?
—En la empresa para la que yo trabajaba en Dublín me ofrecieron irme a la sucursal de Londres. Era bueno para mi curriculum y, además, me gustó la idea de independizarme de mi familia.
—¿Es la empresa que te pidió que volvieras?
—Sí, pero me alegro de no haberlo hecho.
—Yo también. Cambiaste mi despacho el mismo día que llegaste.
—Espero que no para peor.
—Eres muy buena en tu trabajo, Miley, ya lo sabes. Y no me gustaría nada que te fueras —la miró de reojo—. Haces bien cualquier cosa.
¿Era una manera de decirle que le gustaba el trato que habían hecho para ir juntos a las reuniones de tra­bajo?
—¿Qué le has contado a tu padre de mí? —añadió para cambiar de tema.
—No demasiado. Y por favor, no le hagas caso cuando empiece con su sermón habitual de que tengo que casarme. Tú desconecta. Si le haces caso y le con­testas, es peor.
—¿Qué quieres que piense de nuestra relación? ¿Cómo vamos a dormir?
La pregunta desconcertó a Miley, que enseguida miró hacia Beth.
—Está dormida, así que me lo puedes decir sin miedo.
—No he sugerido que nuestra relación sea seria. Margaret dijo que pondría a Beth en una habitación con dos camas cerca de mi dormitorio. Mi habitación tiene una cama de matrimonio. Creo que lo ha organizado así para dejar que nosotros hagamos lo que que­ramos —miró hacia la carretera—. Hay que tomar el pró­ximo desvío a la derecha.
—¿Y cómo vamos a organizamos?
—Bueno, tú o yo podemos dormir en la cama de ma­trimonio —contestó, un poco nerviosa.
—Los detalles los dejamos para luego, ¿no?
—Sí, mejor... da igual.
Siguió un silencio prolongado en el que Miley ima­ginó muchas cosas. La mayoría de ellas relacionadas con cómo podía conseguir meter a Nick Jonas en su cama. Podía intentar seducirlo con un camisón transparente. El problema era que no tenía ninguno. Esbozó una sonrisa y se dijo que estaba volviéndose loca.
—Nuestra casa es esa de allí —dijo, señalando una puerta casi cubierta por la hiedra.
Nick tomó la calle que rodeaba los bonitos jardi­nes para subir la colina.
Miley, en ese momento, comenzó a sentir una gran inquietud. ¿Qué hacer?
¡Una cosa era acompañarlo a las cenas de trabajo y otra muy distinta llevarlo a la casa de su familia... con la intención de seducirlo!
CUANDO el coche se detuvo en la puerta, Sinead salió a recibirlos. —Ya estáis aquí al fin —exclamó, abrazando a su hermana—. Pensé que no llegaríais nunca.
Miley estuvo un buen rato abrazada a su hermana. Y finalmente, le presentó a Nick.
—Hola, encantado de conocerte.
Él iba a darle la mano, pero Sinead le estampó un beso en la mejilla.
—Me alegro mucho de conocerte —dijo con afecto—. Hemos oído hablar mucho de ti.
—¿Sí?
Nick y Miley se miraron desconcertados. Lo único que ella le había contado a su hermana era que la relación con Liam se había acabado y que se sentía atra­ída por su jefe.
—Espero que haya sido bien —comentó él, haciendo una mueca.
—Por supuesto.
—Estás guapísima, Sinead —comentó Miley, tra­tando de cambiar de tema.
—Tú también. Es evidente que el amor te sienta bien.
Ella miró de reojo a Nick y trató de no sonrojarse. Por suerte, en ese momento salieron sus padres.
Miley les dio un beso a ambos y luego besó de nuevo a su padre.
—Estoy muy contenta de verte, papá —afirmó, mi­rando dentro de sus amables ojos azules—. Estás bien. Quizá con más canas...
El padre de Miley tenía el pelo blanco hacía mucho tiempo, pero ella trató de hacer un chiste para disimu­lar su emoción.
Graham Cyrus también estaba conmovido.
—Has estado tanto tiempo fuera, que te has olvidado de cómo es tu viejo padre; ese es el problema.
Se quedaron allí unos minutos, disfrutando del sol mientras Miley hacía las presentaciones. Todos habla­ban a la vez y estaban contentos. De repente, ella se acordó de Beth.
Fue hacia el coche y vio que la pequeña seguía pro­fundamente dormida.
—Beth, bonita —dijo abriendo la puerta y tocándola suavemente en el hombro—. Hemos llegado.
La niña abrió los ojos, desorientada por completo. Luego dejó que Miley la sacara del coche. Permaneció silenciosa y tímida cuando todos la saludaron. Al ver que Margaret se inclinaba para decirle que si quería entrar en casa y tomar una limonada, se escondió entre las piernas de Miley.

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