martes, 28 de febrero de 2012

Capitulo 1.-

Destiny estaba de pie en el pasillo desafiándola con su adolescente metro ochenta de estatura.
— ¿Por qué tengo que ir a casa de tía Ashley?
—Porque es lo que haces los sábados si tengo que ir a trabajar —contestó Miley mientras se ponía una falda morada y trataba de atarse los botones de la blusa con la otra mano, con un ojo puesto ansiosamente en su hija y el otro en el reloj de la mesilla—. Y si estás en casa de Ashley no tengo que preocuparme por ti.

—Claro, entonces no es por mi bien sino por el tuyo —replicó Destiny clavando unos ojos acusadores de color castaño oscuro en su madre de menor estatura.
—Oye, ¿por qué no hablamos de esto esta noche? —le rogó Miley mientras rebuscaba dentro de su armario unos zapatos.
—Tengo trece años y no soy tonta. No se me ocurriría beber ni drogarme...
—Espero que no —murmuró Miley estremeciéndose al pensarlo.
—No soy como eras tú. Soy muy sensata y madura para mi edad...
— ¿Por qué tengo a veces la impresión de que no piensas gran cosa de mí?
—Mamá, estás destinada a preocuparte por todo. Caíste en manos de un desgraciado que te abandonó a los diecisiete años y has estado pagando por ese error desde entonces cargando conmigo —le recordó Destiny—. Pero no voy a cometer el mismo error. A no ser que un atractivo multimillonario llame a la puerta mientras estás fuera, no hay peligro. Sólo quiero ir de tiendas con Sele y comprarme algo de ropa. Las prendas más bonitas ya se habrán vendido si espero hasta esta tarde...
— ¡Nunca has sido una carga para mí! —protestó Miley.
—Mamá... no tenemos tiempo para hablar de eso. ¿Puedo salir? —suplicó Dest.
Miley atravesó apresuradamente las puertas de cristal de Elite Estates exactamente cuarenta y cinco minutos más tarde, sin aliento y agobiada pero tratando de no parecerlo. Su jefe, Cody Linley, había telefoneado a primera hora para decirle que la epidemia que se estaba extendiendo en la agencia había dejado en cama al favorito del equipo de vendedores, Barry el Piraña, como lo llamaba Miley en privado. Su presencia era necesaria para atender al último nuevo cliente de Barry en lo que podría haber sido su esperado día libre.
Miley llevaba trabajando diez años en Elite Estates y no se hacía ilusiones respecto a su política machista. Había escalado puestos con gran dificultad y pese a la desventaja de su sexo, su corta estatura y su aspecto juvenil. Sólo las altas cifras de ventas habían hecho que Cody la tomara en serio, pero seguía asegurándose de que negociara con las propiedades de poca monta.
—Cody ha telefoneado dos veces preguntando por ti —la advirtió Hanna en recepción—. ¿Te has fijado en la limusina que hay aparcada a la salida?
Miley había entrado demasiado deprisa como para fijarse en nada. Se volvió y vio el impresionante vehículo metalizado.
—Su dueño te está esperando. El hombre más imponente que he visto en mi vida —suspiró Hanna lánguidamente—. Por desgracia, una rubia imponente salió del coche detrás de él.
Una pareja... Ojala que los dos todavía se atrajesen y respetasen mutuamente. Miley había tenido algunas experiencias terribles con parejas que no habían sido capaces de ponerse de acuerdo sobre el hogar de sus sueños y habían dado marcha atrás a la compra en el último momento.
Llamó a la puerta de la suntuosa oficina de Cody y entró directamente.
Fue a la mujer a quien vio primero. Estaba mirando la hora con una pequeña mueca de fastidio y una fabulosa melena dorada escondía parcialmente sus rasgos. Un hombre alto y moreno estaba de pie de espaldas a la puerta. Se giró al oírla entrar pero Miley no pudo ver su rostro porque la intensa luz del sol que entraba por las ventanas se lo impedía. Cody la miró con exasperación.
—Confiaba en que llegarías pronto —se quejó.
—Lo siento —dijo Miley a todos los presentes—. Espero que no lleven mucho tiempo esperando.
—Señorita Cyrus... le presento al señor Jonas y a la señorita Delta Goodrem con la voz zalamera que utilizaba únicamente con clientes acaudalados. Miley se quedó helada. Jonas. Atónita, clavó la mirada en el hombre alto que se había interpuesto entre ella y la luz del sol. Todo lo que pudo ver fue una corbata azul pálida sobre una camisa blanca inmaculada, flanqueada por las solapas de una exquisita chaqueta de color gris carbón hecha a medida. Petrificada, Miley levantó la cabeza de cabello rubio platino y lo miró. ¡Era Nick! La conmoción fue tan fuerte que no pudo mover un músculo y perdió el color de su rostro triangular.
Su mirada se estrelló contra unos ojos profundos y verdes que se clavaron en ella con una intensidad tan fuerte como la suya. Unas exuberantes pestañas negras cayeron lentamente. Vio cómo contraía los músculos de su rostro dorado por el sol para mantener el control y apartó de él la mirada con un esfuerzo sobrehumano tratando de recuperar la compostura.

—Señor Jonas—murmuró con voz temblorosa tendiéndole la mano como un autómata.
Nick ignoró aquel ademán y giró sobre sus talones para dirigirse a Cody.
— ¿Es esta mujer la única empleada de la que dispone?
Hubo un momento de tenso silencio.
—La señorita Cyrus es una de nuestras vendedoras con más experiencia —contestó Cody con voz desmayada—. Tal vez lo engañe su aspecto juvenil, pero es mucho más madura de lo que parece.
La hermosa rubia soltó una risita. Miley se ruborizó hasta la raíz del cabello y se fijó en los zapatos de Nick... Mocasines italianos cosidos a mano. Lo recordó con los pies descalzos. Era la imagen de un adolescente, no de un hombre hecho y derecho. Conocía al adulto sólo por las imágenes de los periódicos que tanto habían perturbado su paz días después de lo ocurrido. Pero resultaba mucho más chocante verlo cara a cara y sin previo aviso. Se sintió enferma y no habría sido capaz de abrir la boca ni aunque su vida dependiera de ello. Cody se aclaró la garganta.
—Me temo que no tenemos a nadie más disponible esta mañana. Si no fuese por esto —dijo frunciendo el ceño señalando la escayola que le envolvía el pie —habría estado encantado de acompañarlos personalmente a la mansión Blairden. Pero dada...
—Nick... si no nos damos prisa llegaré tarde a mi cita —protestó la rubia con petulancia levantándose de la silla para exhibir una altura apenas menor que el metro ochenta y siete de Nick. Miley reconoció tardíamente que era una modelo muy conocida. Había visto aquella perfecta estructura ósea en incontables portadas de revistas. ¿Y cómo había dicho Cody que se llamaba? Como una sonámbula, Miley dio un paso adelante y le tendió la mano.
—Señorita Goodrem...
Unas uñas de manicura rozaron las suyas de pasada. Aquellos ojos verdes la miraron con desaprobación. Luego, la rubia deslizó su mano en la de Zac como prueba de posesiva intimidad y se giró sobre él para susurrar algo a su oído. Miley se puso rígida y los miró fijamente. Luego apartó la vista con brusquedad, pero todos los nervios de su cuerpo estallaron cuando lo hizo. Durante una fracción de segundo, cuando cerraba con fuerza su propia mano, había estado tentada a separarlos. Aquel impulso in sano la hizo estremecerse.
—Como tenemos prisa, los servicios de la señorita Cyrus bastarán —declaró Nick.
Miley no se volvió, pero pudo ver la incredulidad de Cody ante aquella afirmación poco civilizada. ¿Bastarán? Un feroz resentimiento seguido de una oleada de humillación que no quería reconocer la recorrieron de pies a cabeza. Trece años antes Nick se había deshecho de ella sin ceremonias y Miley no había hecho nada para merecer aquella reacción tan despreciativa delante de su jefe y de su novia. ¿Sería porque estaba avergonzado? Pero Miley no se engañó, ni siquiera con diecinueve años Nick Jonas tenía un ápice de sensibilidad en su cuerpo.

Con la espalda rígida, Miley descendió por la escalera de caracol de hierro forjado que conducía a la planta baja y cruzó la oficina. Sentía que sus piernas podían ceder en cualquier momento. Cuando salió a la calle y tomó la dirección del coche de la agencia, oyó la voz de Nick a su espalda.
—Iremos en la limusina.
—Por supuesto —acertó a decir Miley.
—Háblanos de la casa —sugirió Delta débilmente mientras Miley se sentaba en el asiento frente al suyo.
Miley abrió la boca y la volvió a cerrar. Apenas tenía información sobre la mansión de la plaza Blairden, ni siquiera si había otras ofertas. Como Cody nunca le había permitido trabajar con lo que denominaba «residencias de lujo» en los libros de la agencia, no había tenido motivos para interesarse por ellas. Pero si hubiera tenido la cabeza sobre los hombros habría mirado los datos antes de salir de la oficina.
Un colorido folleto aterrizó en su regazo. Miley se sobresaltó y sus atónitos ojos de color gris se posaron en el hombre al que estaba tratando de no mirar.
—Hora de estudiar —dijo Nick irónicamente con una expresión tan dura como el acero.
—No eres muy eficiente, ¿verdad? —comentó su compañera. Miley se había ruborizado pero levantó la barbilla.
—Lo siento, pero no he trabajado antes con esta casa en particular...
—Es un chalé adosado de estilo georgiano. —expuso Nick suavemente—. Pero no te preocupes, también nosotros podemos leer.
Miley inclinó la cabeza sintiendo el ácido de su burla abrasarle la piel. ¿Por qué la trataba de aquella manera? Nick siempre había sido brusco, pero nunca descortés. Era imposible que siguiera culpándola a ella después de tantos años. Aquella relación había quedado olvidada en el confín de los tiempos... Pero su inteligencia intervino. ¿Cómo podía Miley olvidarse de aquel verano cuando tenía a Dest?
El timbre de un teléfono móvil rompió el tenso silencio. Miley no levantó la cabeza. Parecía que el mundo entero se había paralizado en el momento en que había alzado los ojos y visto a Nick en el despacho de Cody. Ya no era el joven alto y delgado que recordaba, pero estaba más atractivo que nunca...
Tenía las cejas negras, las mejillas afiladas, una nariz aristocrática, brillantes ojos cafe y pelo negro y lustroso que no recordaba tan corto. Sus rasgos marcados eran profundamente varoniles, sus labios gruesos y bien dibujados peligrosamente sensuales. Podía sonreír y robar el corazón con una mirada burlona... pero aquél había sido el adolescente, no el hombre.
—No puedo quedarme —dijo Delta con un gritito de disgusto arrojando el teléfono móvil al interior de su voluminoso bolso—. Jose me necesita ahora. Me dan ganas de gritar, pero, ¿cómo voy a negarme? Me ha hecho demasiados favores. Lo mejor es que me baje aquí mismo. A pie llegaré antes al estudio tal y como está el tráfico. Intentaré reunirme contigo en la casa.
—Tranquila… no es importante —murmuró Nick para consolarla.
— ¡Estrangularía a Jose! —exclamó la rubia con resentimiento y, luego, sus ojos verdes se posaron en Miley—. Si hubieras sido puntual, esto no habría pasado.
Tiesa como una estatua, Miley eludió tener que mirar a Delta mientras la limusina se detenía. La mujer descendió no sin un adiós físico y profundo que hizo sonar el claxon de los otros coches en señal de protesta cuando el semáforo se puso en verde. Eran amantes, era evidente. Los finos rasgos de Miley se contrajeron con furia. La intimidad que había entre ellos era palpable.
La puerta se cerró dejándola a solas con Nick contra su voluntad y Miley dejo de respirar.

—Ha sido un día de sorpresas desagradables —comentó Nick gravemente. Por fin Miley reunió el valor para mirarlo otra vez con sus cansados ojos grices.
— ¿Por eso has tenido que pagarla conmigo?
—No eres uno de mis más felices recuerdos. ¿Qué esperabas? —inquirió observando su rostro pálido sin rastro de emoción.
—No sé... No esperaba volverte a ver.
—Míralo como una coincidencia que sólo ocurre una vez en la vida —replicó Nick con gélido desprecio—. Por lo que respecta a zorras codiciosas, sigues estando a la cabeza de mi lista.
La mirada horrorizada de Miley quedó atrapada en aquellos rasgos oscuros que reflejaban su fría hostilidad. Nick no hizo ningún esfuerzo por ocultar lo que sentía. ¡La despreciaba de verdad! Pero, ¿por qué? ¿No lo había dejado libre? ¿No le había devuelto lo que quería? ¿Acaso aquella acción desinteresada no había bastado para apaciguar su resentimiento?
—Pero es un consuelo saber que eres lo bastante pobre como para verte obligada a trabajar —admitió Nick.
—No entiendo qué quieres decir... Siempre he trabajado para ganarme la vida. ¿Y cómo puedes llamarme zorra codiciosa? No me llevé nada de ti ni de tu familia —contraatacó Miley de repente. El shock parecía haber dejado paso a la furia.
— ¿Llamas nada a medio millón de libras?
Miley frunció el ceño.
—Pero rechacé el dinero. Tu padre intentó con todas sus fuerzas que lo aceptara, pero yo lo rechacé.
—Eres una mentirosa —replicó Nick con una mueca burlona—. Fuiste tú quien lo pediste. Mi padre te pagó sólo porque estaba tratando tontamente de protegerme.
—No pedí nada... ¡Y tampoco acepté el dinero! —protestó Miley acaloradamente.
Nick la miró con una indiferencia tan absoluta que cortaba como un cuchillo.
—Ni siquiera sé por qué lo he mencionado. Aquella suma fue el final desagradable pero piadoso de una sórdida aventura.
Miley se mordió el labio inferior y probó el sabor acre de su propia sangre. Era evidente que el padre de Nick había mentido. Pero ¿por qué iba a sorprenderse? El clan de los Jonas la había detestado desde el primer momento. Sus padres habían hecho grandes esfuerzos por disimularlo delante de Nick, pero su hermana melliza, Bianca, le había mostrado su hostilidad abiertamente. Aquella oleada de recuerdos le hicieron revivir el aroma de la hierba bajo sus cuerpos entrelazados bajo el sol de la Toscana y el peso y la urgencia apasionada del delgado cuerpo de Nick sobre el suyo. Sueños rotos e inocencia perdida. ¿Por qué nadie la había advertido de cuánto podía doler y destruir el amor? ¿Una sórdida aventura? No, para ella había significado mucho más.
Aunque si Nick descubría la existencia de Dest... Pero enseguida desterró aquel pensamiento. A los diecinueve años Nick había sido capaz de pensar en muchas cosas que deseaba, pero entre ellas no estaba incluida una hija. Y sabiéndolo, ¿por qué demonios lo había aceptado como marido? Sin embargo, la respuesta era bien simple. Había creído de verdad que la amaba... incluso después de que dejara de demostrárselo. Era increíble lo que una adolescente enamorada podía ser capaz de creer.

—Llevas zapatos de distinto par —comentó Nick en tono extrañamente normal. Aquello la devolvió al presente. Miley se miró los pies. Vio un escarpín azul marino y otro negro. No se molestó. En pleno encuentro de pesadilla, aquello le parecía una trivialidad.
—No debía estar trabajando hoy. Vine a toda prisa.
—Te has cortado el pelo.
Miley levantó una mano vacilante en dirección a su media melena de color rubio platino y se preguntó por qué el tiempo parecía haberse ralentizado y por qué estaban manteniendo aquella curiosa conversación cuando apenas hacía un minuto habían estado discutiendo.
—Sí, resulta más cómoda.
Nick estaba recorriendo su menuda figura con aquellos ojos entornados y brillantes de una manera que la hacía sentirse acalorada y a disgusto.
—No parece que tengas mucho que decirme...
Miley no estaba dispuesta a decirle que seguía siendo irresistible. Incluso de joven lo había sabido y se había servido desvergonzadamente de aquella combinación de atractivo y sexualidad ardientes para su beneficio. Miley había sido rematadamente ingenua y se había enamorado locamente de él, indefensa ante su refinado numerito de seducción.
—Sigues siendo un presuntuoso —le dijo inútilmente, y los ojos azules de Nick brillaron con desconcierto momentáneo. Miley soltó una carcajada amarga—. Pero, ¿por qué ibas a dejar de serlo?
— ¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que deberías dejar que saliera de este coche antes de que diga algo que los dos lamentemos —admitió Miley con voz tensa sintiendo que todas las emociones enterradas en su interior desde hacía mucho tiempo estaban saliendo a la luz sin previo aviso. Nick le arrojó una mirada propia de un hombre que conocía a las mujeres y se enorgullecía de ello.
—Nunca se olvida el primer amor.
—Ni lo canalla que fue... —afirmó Miley sin poder contenerse. Pero la reacción tensa de Nick le dio una satisfacción inusitada.
— ¿Cómo puedes decirme eso?
—Porque ser tu mujer ha sido la experiencia más horrible de mi vida —le informó Miley levantando la cabeza.

— ¿Perdón?
—Y créeme, no me hizo falta un soborno para salir corriendo por la puerta de atrás. Eras dominante, egoísta y del todo insensible a lo mal que lo estaba pasando —lo condenó Miley—. Me dejaste a la merced de tu monstruosa familia y dejaste que me trataran como si fuera basura. Dejaste de hablarme, pero no dejaste de usar mi cuerpo cuando te apetecía.
Nick estaba transfigurado. La Miley con la que se había casado nunca lo habría criticado. En aquella época, Miley se había arrastrado de un lado a otro pidiendo disculpas mientras lo adoraba tristemente y en silencio. Nick había aceptado aquella adoración como su derecho. Miley no había tenido agallas para enfrentarse a él entonces, no cuando se había culpado equivocadamente a sí misma por el hecho de que hubiese tenido que casarse con ella.
—De hecho, agarraste un enfado que duró tres meses desde el mismo día de la boda. Y en cuanto tu odiosa familia vio cómo te estabas comportando, te siguieron la corriente y convirtieron mi vida en un infierno —le espetó—. ¡Y no me importa lo que sintierais! Sólo tenía diecisiete años, estaba embarazada y no merecía ese tipo de castigo.
—Te desprecié por lo que hiciste —reconoció Nick—. Y me irrita oír cómo denigras a mi familia.
—No creo que pierda el sueño por eso.
Miley se quedó en silencio. Estaba destrozada por la amargura que había surgido en su interior y la había desbordado. Hasta aquel momento no había sido consciente de lo guardada que la tenía, pero tampoco había tenido la oportunidad de airear antes sus sentimientos. En menos de cuarenta y ocho horas después de su aborto involuntario, Leon Jonas le había presentado los papeles del divorcio. Y, herida en el corazón por todo lo que había sufrido y la cruel indiferencia de Nick, había firmado sin decir palabra. Trece años después, había dicho todo lo que tenía que decir.
Al descubrir que el aborto no había sido tal aborto, no soñó con molestar a Nick o a su familia con lo que habrían sido malas noticias para ellos. Y amando a Nick como todavía lo amaba, se había hecho cargo del problema. Había mantenido la boca cerrada sin interrumpir los trámites del divorcio y había dado a luz a su hija en soledad.
La limusina se había detenido, pero Miley no se había percatado. Contempló la elegante plaza de estilo georgiano y supo que no podía soportar ni un solo minuto más en compañía de Nick. Estaba consumida por el dolor y la confusión.

—Voy a volver en taxi a la agencia y decir que cancelaste la cita— le dijo Miley bruscamente—. Si quieres, puedes volver el lunes y ver la casa con otra persona.
—No creo que tu jefe se trague esa historia —dijo Nick mirándola sagazmente con una mueca extraña.
— ¡No me importa! —replicó Miley retándolo con la mirada.
—De modo que sigues tomando decisiones tontas sin pararte a pensar.
— ¡Cállate! —exclamó Miley y, adivinando a dónde quería ir a parar, se puso toda colorada.
—Y todavía te pones roja como un tomate en mi presencia... a pesar de los años que tienes —bromeó Nick disfrutando de su rubor—. Y, a pesar de los años que tengo, todavía me pones a cien. ¿No es fascinante?
Miley no podía creer lo que había dicho. Involuntariamente, quedó atrapada en aquellos ojos llameantes de un dorado apasionado que la escrutaban hasta lo más hondo.
—Si esto es tu idea de una broma... —empezó a decir con voz indecisa.
Nick la observó intensamente y una sonrisa lenta y devastadora se dibujó en sus labios.
—No seas beata. Estás sintiendo lo mismo que yo ahora mismo.
Miley se quedó sin respiración, pero no pudo apartar sus incrédulos ojos de la atracción que la mirada de Nick ejercía sobre ella. Y la sensación que la invadía no era desconocida. Pese al tiempo transcurrido, no había olvidado aquella increíble excitación. El ambiente se había cargado de electricidad. El corazón le palpitaba en los oídos y tenía los nervios de punta.
—Para... —murmuró Miley.
—No puedo. Me gusta vivir peligrosamente de vez en cuando —le reveló Nick con voz ronca.
—Yo no...—se interrumpió Miley. Su cuerpo no era tan escrupuloso. Se sintió destrozada al sentir cómo sus senos se henchían y se apretaban contra el sujetador de encaje, y sus pezones se excitaban desvergonzadamente.
— ¿Qué te parece si pasamos una tarde de redescubrimiento inmoral y erótico? —murmuró Nick paseando su ardiente mirada por la piel de Miley—. Te llevaré a un hotel. Durante unas pocas horas robadas dejaremos atrás la ira y la amargura y reviviremos la pasión...

Miley se quedó atónita y, al mismo tiempo, rememoró aquella fiesta hacía muchos años cuando Nick se había dignado finalmente a hablarle. También entonces la había impresionado su descaro. Se saltó lo que Miley siempre había considerado ingenuamente como un ritual normal de cortejo y le plantó una bebida en la mano pidiéndole que se acostara con él aquella misma noche. Miley lo había abofeteado. Nick había sonreído.
— ¿Mañana por la noche? —había preguntado con expresión divertida en sus hermosos ojos. Miley debió saber entonces que hacía falta algo más que una bofetada para mellar aquel ego.
—Miley... —murmuró Nick.
Regresó al presente con una sensación de intenso dolor y se sintió terriblemente fría y confusa.
—No quiero revivir la pasión —le dijo con voz tensa—. Sí, fuiste increíble en la cama, pero no te dejaría que me utilizaras otra vez. Una vez fue bastante. Estás tratando de degradarme ahora también. Una ventaja de ser adulta es que puedo ver las cosas como son.
Hubo un silencio tenso.
—No puedo creer que esté manteniendo esta conversación contigo —masculló Nick con feroz brusquedad.
—Supongo que es un consuelo saber que no has cambiado. Sigues siendo una rata infiel, lasciva e inmoral —murmuró Miley con voz ahogada luchando con todas sus fuerzas por no llorar.
—No soy nada de eso —contraatacó Nick.
—Desgraciado —le espetó Miley haciendo ademán de salir del coche—. ¿Crees que soy una zorra o algo así? ¿Te crees que no sé que estás tratando de humillarme?
Súbitamente Nick la detuvo agarrándola de una mano.
—Ha sido un impulso desafortunado. No sé qué me ha pasado. Llámalo demencia temporal si quieres —dijo con ferocidad—. ¡Lo siento!
—Suéltame.
Lo hizo. Miley abrió la puerta de golpe y estuvo a punto de caer a la acera. Estaba temblando como una hoja. Dio un paso vacilante para alejarse de la limusina como si acabara de escapar de un traumático forcejeo con la muerte.
—Y es realmente patético que sigas utilizando las mismas técnicas a tu edad —le espetó por añadidura.
—Dios... ¿puedes hablar en voz baja? —rugió Nick.
Miley miró furtivamente a Nick y percibió la expresión de incertidumbre que nublaba su mirada normalmente aguda y la fortaleció ver que no estaba llevando aquel inesperado encuentro mejor que ella.
—Bueno, ¿quieres ver la casa o no? —preguntó rígidamente.
—Si controlas tu lengua y dejas de insultarme no veo por qué no podemos tratar este asunto en términos comerciales —dijo Nick lentamente con frío control de sí mismo.

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