viernes, 29 de junio de 2012

Capitulo 16.- ¡FIN!


Luchó por abrirse paso.
Pero entonces oyó un grito y vio a un policía ayudando a alguien que había caído a un lado de la carretera.
El hombre se incorporó y ella reconoció la figura, a pesar de la oscuridad, incluso antes de ver su cara a la luz de las llamas.
Los policías la soltaron y ella corrió hacia Nick y se echó en sus brazos, volviendo al lugar al que siempre había pertenecido.
Muchas horas más tarde, el día casi había pasado y empezaba a anochecer.
Estaban los tres en casa y nada, excepto algunos moretones, hacía pensar en la noche anterior. Habían pasado la mayor parte del día en la comisaría, siendo interrogados por varios policías, sin que Miley abandonara la mano de Nick en ningún momento.

Nick ya lo sabía todo y sabía la mayor parte ya anteriormente. Al parecer, cuando la policía la detuvo en Manchester, comprobaron que había estado en la cárcel y habían dado la información a la policía local. Estos habían hablado con Nick el primer día de su vuelta.
El ordenador había, como es lógico, sacado a la luz su relación con Rick, y la policía lo estuvo buscando durante algún tiempo. Persuadieron a Nick de que les permitiera poner un micrófono en el teléfono cuando salió con Sam y con Miley a comer y aquella noche se había visto con ellos en el pub.
Fue entonces cuando oyeron la llamada de Rick y supieron del robo antes de que Miley los llamara. Incluso supieron dónde se estaba cometiendo, porque habían puesto un emisor de señales en el coche. Un coche que ya no era más que un montón de chatarra que alojaba el cadáver de Rick.
La policía había sido muy amable y considerada.
Les dijeron que podían marcharse, que, técnicamente, Miley no había cometido ningún delito y no había cargos contra ella. Cenaron y acostaron a Sam, que había pasado todo el día muy emocionado, en compañía de una mujer policía.
Cuando se quedaron solos, Nick sentó a Miley a su lado, en el sofá, acariciándole el cabello.
—¿Sabes? Todavía tengo que hacerte algunas preguntas —dijo.
Miley suspiró.
—Sí. Quieres saber por qué cuando nos conocimos no te dije que había estado en la cárcel.
—Ésa es una de ellas. Cuando la policía me lo dijo, me quedé de piedra.
—Estaba muy avergonzada de mi pasado. Inventé una historia para no tener que decir dónde había estado todos aquellos años, para decirla si pedía un trabajo, si un amigo me preguntaba, esas cosas, y ésa fue la historia que te conté —dijo, Miley y se rió, nerviosamente—. Es lo que yo quería creer, supongo. Así que la primera vez que salimos y me preguntaste, también te la conté a ti. No esperaba volver a verte.
—Pero yo dejé claro que quería seguir viéndote el resto de mi vida.
Miley asintió
—Tenía miedo de decepcionarte.
—Cosa que nunca has hecho —dijo Nick con lealtad.
—¿Cómo puedes decir eso después de los últimos meses? —dijo Miley—. No te he causado más que disgustos. Lo único que quería era evitar que sufrieras, quería salvarte, pero todo era cada vez peor.
Nick se quedó inmóvil.
—¿Por qué no confiaste en mí? Has estado viviendo todos estos años con una mentira.
—Estaba petrificada, pensaba que si lo averiguabas, podría perderte.

—Pero tú tenías que saber que yo nunca te abandonaría.
—Oh, sí, sabía que no lo harías porque eres un hombre de honor, pero se pueden perder otras cosas y eso podía destruirnos. Temía perder tu respeto, caer del pedestal en el que me habías puesto. Temía que otra gente pudiera averiguarlo y que perdiéramos a nuestros amigos, podrían mirarte con otros ojos en tu trabajo… —dijo Miley, e hizo una pausa—. Y eso todavía puede suceder, cuando todo esto salga a la luz.
—No saldrá —dijo Nick con firmeza—. Ravena está muerto y, en lo que se refiere a la policía, el caso está cerrado.
—Una vez se llevó a Sam; dijo que aunque a él le pasara algo, uno de sus amigos podría venir por Sam —dijo Miley.
Nick le puso un dedo en los labios.
—No tenía amigos, era demasiado desconfiado. No debes tener miedo, era sólo una amenaza vana, para que tú hicieras lo que él quería.
—Oh —exclamó Miley, mirándolo con esperanza—. ¿Significa eso que Sam está seguro?
—Completamente seguro.
Miley apretó los puños y apartó la mirada.
Todavía quedaba algo por decir, tenía que darle una opción.
—Si después de esto —dijo con dificultad—, ahora que sabes que estuve en la cárcel, crees que es mejor que no sigamos juntos… lo en… entenderé.
Nick le puso un dedo en la barbilla, para que lo mirase.
—He oído la cinta que la policía grabó de la llamada de Ravena. Te dijo que se iba a España, que ya no volverías a verlo. Tú podías haber aprovechado la ocasión, haberle dejado cometer el robo y no decir nada, pero llamaste a la policía. ¿Por qué lo hiciste?
Miley se encogió de hombros.
—Sabía que estaba mintiendo. Cuando se quedara sin dinero, habría vuelto. Nunca me habría librado de él y él seguiría amenazando a Sam. Sólo tenía dos opciones y decidí jugármela, averiguar adónde iba e impedírselo, para que volvieran a meterlo en la cárcel.
—¿Dos opciones? ¿Y la otra?
Miley bajó la cabeza.
—Asegurarme de quedar fuera de su alcance… para siempre.
—¡Miley! ¡No! —dijo Nick abrazándola con fuerza—. ¿Cómo has podido ni siquiera pensar en hacer algo así?
—Tardé mucho en pensarlo… cuando pensaba en Sam y en ti… Soy muy cobarde.
—No, no lo eres —dijo Nick, limpiándole una lágrima con los labios—. ¿Cómo puedes decir que eres una cobarde cuando trataste por todos los medios de protegernos?
Tiró de ella y la apoyó sobre su regazo, y la besó en la frente, en los párpados, en las mejillas.
—Todo ha terminado —dijo—. Y nadie lo sabrá nunca. Mis padres y nuestros amigos, todo el mundo pensaba que estabas en casa de tu tía. Podemos volver a llevar la vida de siempre, ahora estás a salvo. Estás en casa, mi amor . Nadie va a hacerte daño nunca más. Yo te cuidaré, ya lo sabes, Sam y yo te cuidaremos. Te amo. Te amo más que a nada en el mundo.
La besó, y Miley no pudo hablar.
Fue un beso tierno y apasionado a la vez, más intenso que todas sus palabras.
Al cabo de un rato, Nick se levantó, sosteniéndola entre sus brazos todavía y la llevó a las escaleras.
Una vez que estuvieron en la cama, Miley exhaló un largo suspiro de satisfacción.
—Me siento como si hubiera estado en un largo viaje y hubiera vuelto a casa sana y salva.
—Sé cómo te sientes.
—Ojalá pudiera compensarte.
—Puedes —le susurró Nick al oído.
Miley se rió.
—Haré lo que pueda.

Al cabo de unos meses, en una helada noche de invierno, cuando la luna brillaba en las copas de los árboles, le compensó por completo dándole lo que él le había pedido: la hija que había deseado desde hacía tanto tiempo, para que su familia y su felicidad fueran completas.


                          ¡FIN!

jueves, 28 de junio de 2012

Capitulo 15.-


Dejó que sonara, de modo que saltó el contestador.
—Sé que estás ahí —era Rick—, y sé que estás sola, así que responde al maldito teléfono o me llevaré al niño.
Con un sollozo callado y profundo, Miley se acercó al teléfono.
—Así está mejor. Ahora, escúchame. Te quiero a ti y quiero tu coche, el Range Rover.
—¡No!
—Cállate —gritó Rick—. Es para mañana por la noche. Nos veremos a las dos de la mañana en el mismo sitio donde me has estado dejando dinero. Y no me digas que no puedes escaparte, porque sé que no duermes en la misma habitación de ese *beep* abogado —dijo Rick riendo—. Te ha apartado de su lado, ¿verdad? No importa, volverá a buscarte en cuanto se ponga caliente y…
—¡Cállate! Cállate, por favor.
Rick volvió a echarse a reír. 
—De este trabajo voy a sacar bastante dinero como para irme a España, así que te vas a librar de mí. ¿Te gusta la idea? Y así tu niño estará seguro. ¿Ves lo que pasa cuando eres sensata?
Hubo un largo silencio, luego Miley habló lentamente.
—¿Hablas en serio? ¿Me vas a dejar libre?
—Libre como un pájaro —dijo Rick riendo, luego su humor cambió—. Y no trates de ser más lista que yo. Si se lo dices a tu marido o a la policía, puedes irte despidiendo de tu hijo. Y esta vez no va a ser un paseíto, me aseguraré de llevármelo al extranjero a un lugar donde no puedas encontrarlo nunca. Y pasarás el resto de tu vida preguntándote dónde está, quién lo tiene, y sabiendo que es culpa tuya. Así que más te vale estar allí, a las dos. ¿De acuerdo?
—Sí —dijo Miley, y dejó escapar un largo suspiro—. De acuerdo.
Se fue a la cama.
Al cabo de más de una hora, oyó que Nick volvía.
No se acercó a su habitación para comprobar que estaba o para decirle buenas noches; tal vez pensara que estaba dormida, y debía saber que nunca dejaría solo a Sam.
Miley no tenía ni idea de cómo se las iba a arreglar para salir al día siguiente.
Era sábado, de modo que Sam y Nick estaban en casa, pero, afortunadamente, pasaron la mayor parte del tiempo en el jardín, limpiando las hojas y haciendo una hoguera con ellas, luego asaron unas patatas con las ascuas.
Sam se reía a menudo, parecía feliz, con la confianza recobrada, pero Miley los miraba a ambos con los ojos sombríos y llena de tristeza, sabiendo lo que aquella noche tenía que hacer.
A la una y media, salió de la habitación y bajó con cuidado de no hacer ruido.
Había hecho todos los preparativos necesarios: engrasar las bisagras, comprobar la gasolina del coche, preparar las llaves. Abrió el garaje sin hacer ruido y empujó el coche, dejando que cayera por el camino de entrada, que estaba en cuesta, sin arrancarlo hasta que se paró, unos cien metros más abajo de la casa.
La noche era muy oscura, pero sabía el camino.
Cuando llegó a la cabina, no pudo ver a Rick, pero era temprano, así que esperó.
Por sorpresa, la puerta del pasajero se abrió y Rick se deslizó al interior del coche.
—Apaga la luz interior —dijo—. ¿Es que estás loca?
Pero tener la luz encendida le sirvió a Miley para verle la cara.
Se quedó de piedra.
Cuando lo conoció era un hombre de una belleza algo sombría, pero definitivamente guapo.
Sin embargo, los años de cárcel lo habían transformado.
Había engordado y tenía la cara hinchada y papada, y los ojos rojizos y hundidos.
Tenía entradas y el cabello grasiento y sucio.
Olía mal, a alcohol y sudor.
Exhibía una sonrisa triunfal.
Se sacó un guante y acarició la cara y el pelo de Miley.
Cuando ella se apartó, se echó a reír.
—Puedo hacerte lo que quiera, muñeca, y tú no puedes hacer nada por evitarlo.

Miley encontró cierta valentía en el asco que le daba.
—No si quieres que te ayude.
Rick volvió a reírse, pero se puso el guante y encendió una linterna, que había sacado del bolsillo.
Luego, buscó en la guantera y debajo de su asiento y debajo del asiento de Miley, pero allí sólo había algunos juguetes de Sam.
—Sólo estoy comprobando que no se te haya pasado nada raro por la cabeza. Vámonos.
Miley arrancó.
—¿Adónde?
—Yo te indico.
Ninguno confiaba en el otro, lo que no era de extrañar.
Rick le iba indicando el camino y, de vez en cuando, bebía un trago de whisky de una petaca que llevaba en el bolsillo.
Dos veces trató de apoyar una mano en la pierna de Miley, pero ella giró violentamente, haciéndole maldecir, de modo que la dejó en paz.
No le dijo adonde se dirigían, pero Miley, fijándose en las señales de la carretera, tomaba buena nota del camino que seguían.
Recorrieron más de treinta kilómetros, antes de llegar a un desvío en el que tomaron una carretera estrecha, con un muro un lado y una cuneta descuidada en el otro. Al cabo de unos quinientos metros llegaron a una especie de plaza donde dieron la vuelta.
—Ahora da la vuelta y ve marcha atrás por ahí hasta que yo te diga —dijo Rick.
Siguieron por otro camino que seguía a la izquierda a lo largo del mismo muro.
—Para y apaga las luces —dijo Rick al llegar debajo de un árbol de enormes ramas.
Rick se puso un pasamontañas negro, que le daba un aspecto amenazador y quitó las llaves del coche.
—Para que no te vayas —le dijo a Miley—. Y no intentes nada porque adiós Sam. Y no te olvides de que, si me ocurre algo, tengo amigos que lo harán por mí —dijo y poniéndole la mano el cuello, apretó hasta hacerle daño—. ¿Entiendes?
Miley no podía hablar, pero asintió.
Salió del coche y se subió al techo, desde donde saltó el muro, ayudándose con las ramas del árbol.
Miley esperó diez largos y angustiosos minutos y luego buscó en el asiento trasero un juguete de Sam, un conejo de peluche.
Le dio la vuelta y lo abrió, extrayendo un teléfono móvil que había escondido allí.
Luego salió del coche y corrió junto al muro hasta llegar a la carretera principal, se acercó a la puerta y se fijó en el número y en el nombre del lugar.
No era una casa particular, era un club.
Un club muy exclusivo, por el aspecto que tenía.
Llamó a la policía, dándoles la dirección y diciéndoles que estaban robando, dándoles tantos detalles como pudo. Cuando le preguntaron su nombre, se lo dio, no tenía sentido no hacerlo, ella ya no podía escapar, Rick la retendría y, además, estaban utilizando el coche de Nick. Después de dar aquel paso, sintió una gran sensación de alivio.
Volvió al coche y se sentó, esperando fatídicamente a ver qué ocurría.
Después de diez minutos, esperaba oír las sirenas de policía, y fue poniéndose más nerviosa a medida que el silencio se prolongaba.
Media hora más tarde, Rick volvió, saltando al techo del coche.
Dejó algo en el maletero y entró, con la respiración agitada.
Con una sensación de angustia, Miley se dio cuenta de que la policía no la había creído o se había equivocado de lugar.
Todo su cuidadoso plan había sido en vano. ¿Qué iba a hacer?
—Vámonos.
—Tú tienes las llaves.
Rick las buscó en el bolsillo de su cazadora y se las dio.
Cuando Rick levantó el jersey, Miley vio un brillo metálico y se dio cuenta de que llevaba una pistola.
Se estremeció, pero no podía hacer nada.
Arrancó el coche y condujo hasta la carretera principal.
La policía estaba allí, esperando.
Habían hecho un semicírculo con los coches, cortando cualquier posibilidad de escape.
Rick dio un respingo y maldijo su suerte.
—Sigue —gritó.
Pero Miley frenó y bajó la ventanilla al mismo tiempo.
Sacó la cabeza y gritó:
—¡Tiene una pistola!
Rick la agarró del pelo y la metió en el coche.
Miley sintió el frío cañón de la pistola en el cuello.
—Sigue, zorra, conduce.
Pero Miley siguió con el pie en el freno.
Rick le dio una patada y pisó el acelerador.
El coche avanzó, chocó contra uno de la policía y, como era más pesado, siguió apartándolo, abriendo un hueco. Rick profirió una exclamación de triunfo y apretó a fondo el acelerador. Un policía corrió junto al coche, abriendo la puerta del conductor.
—Lárguese o la mato —gritó Rick, dejando que el policía viera la pistola.
Miley dio un grito, pero trató de girar el volante.
Rick la golpeó y siguió acelerando.
Y consiguieron salir del cerco, arrastrando el guardabarros de uno de los coches de policía.
De repente, cuando empezaba a ganar velocidad, la puerta de Rick se abrió y alguien saltó sobre él, agarrándolo del brazo que llevaba la pistola.
Entonces, Miley oyó la voz de Nick y supo que era él.
—¡Salta, Miley, salta!
Los dos hombres luchaban por el control del coche y de la pistola.
Miley sintió miedo por Nick.
—¡No! No puedo dejarte aquí.
—¡Salta, mi amor, salta!
El coche aminoró un poco la marcha y Rick trató de apartar a Nick.
Miley abrió su puerta y sacó los brazos y los pies, y saltó.
Aterrizó dándose un golpazo contra el suelo, y rodó por la cuneta, notando un dolor agudo en un tobillo. Pero el miedo por Nick le hacía olvidarse del dolor, se puso de pie y volvió a la carretera.
Un policía llegó a su lado.
—Mi marido va en el coche. Oh, ayúdenle, por favor, ayúdenle.
Otros hombres pasaron corriendo junto a ellos, hacia el coche que desapareció en una curva de la carretera. Miley comenzó a llorar, aterrorizada.
Luego se produjo un fuerte sonido, como el de una explosión y vio una llamarada a través de los árboles.
Por unos instantes no reaccionó, pero luego oyó un grito, el suyo propio.
Había soltado al policía y corría por la carretera.
El coche se había estrellado contra un árbol y se había incendiado.
—¡Nick!
Su grito de horror hizo que todo el mundo se volviera hacia ella.
Dos policías se interpusieron en su camino, para que no pudiera ver.
Imaginó a Nick ardiendo dentro del coche...

miércoles, 27 de junio de 2012

Capitulo 14.-


La noche anterior, Miley había pasado el mayor tiempo posible con Sam.
Había jugado con él en su habitación, hasta que Nick llegó para decirles que la cena estaba lista. Temiendo que la madre de Nick siguiera allí, Miley había bajado de mala gana, pero al comprobar que se había marchado, respiró tranquila. A lo largo de su matrimonio había llegado a querer a sus suegros, pero no podía enfrentarse a ninguna recriminación aquella noche, ni a sus miradas de reproche.
Pero su suegra no estaba y fue Nick el que hizo la cena. Sam, emocionado con la vuelta de su madre, monopolizó la conversación. Nick permaneció en un silencio casi absoluto, con el gesto adusto, masticando eternamente cada bocado, mientras Miley concentraba su atención en su hijo y evitaba cruzar cualquier mirada con Nick.
Después de la cena, fregó los platos y se entretuvo haciendo otras cosas en la cocina, aunque en realidad no hacía falta; la nevera y los armarios estaban bien provistos; la madre de Nick había cuidado bien de ellos. Cuando no pudo encontrar más excusas para retrasar el momento, se dirigió al salón. Nick estaba sentado en su sillón favorito, tamborileando los dedos monótonamente, mientras Sam veía una película de vídeo.
Siempre había sido un momento muy agradable del día, la hora después de la cena antes de que Sam se fuera a la cama, pero Nick le dirigió una mirada recriminatoria, sabiendo que ella se había estado entreteniendo en la cocina, y el aire estaba lleno de tensión.

A las ocho y media, Nick dijo:
—Hora de irse a la cama, Sam.
Sam, obediente, apagó el vídeo y se acercó a Miley.
—¿Me acuestas, mamá?
—Sí, claro.
Miley subió a bañarlo y acostarlo, luego se tumbó a su lado, como siempre hacía, para leerle un cuento. Pero aquella noche Sam no parecía muy interesado en la historia, aunque escuchó sin interrumpir.
Cuando Miley terminó, retuvo su mano.
—¿Me prometes que no te vas a ir otra vez, mamá, me lo prometes?
Había tanta preocupación en su voz y en su expresión, que a Miley le dio un vuelco el corazón. Con gran pesar, sin embargo, sólo podía darle una respuesta.
—Es muy difícil hacer una promesa como ésa, Sam.
Sam empezó a llorar y ella fue a abrazarlo, pero el niño la rechazó.
En ese momento, Nick entró en la habitación y, con una exclamación de desprecio hacia ella, levantó en brazos a su hijo.
—No te preocupes, hijo. Yo estoy aquí, no te preocupes.
Era una escena, pensó Miley, que debía de haber tenido lugar a menudo las noches en que estuvo fuera.
Miley se levantó y fue a acariciar a Sam, a besarlo.
 —¡No! ¡Vete! —gritó el niño, y ocultó el rostro en el hombro de Nick.
Dejándolos juntos.
Miley se dirigió a su habitación, pero se dio cuenta de que ya nunca sería bienvenida en aquel lugar, de modo que fue al cuarto de invitados y se sentó en la cama. Pasó algún tiempo antes de que Nick saliera del cuarto de Sam, y al hacerlo, inmediatamente fue a buscarla a la habitación de matrimonio.
Luego, Miley oyó sus pasos apresurados hacia el cuarto de invitados.
Abrió la puerta de un golpe y sintió un evidente alivio al verla allí.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Miley se irguió.
—Voy a dormir aquí.
Nick se encogió de hombros.
—Como quieras, pero tenemos que hablar.
—Esta noche no, por favor, estoy muy cansada.
Nick también parecía exhausto, de modo que no insistió.
Miley se desvistió y se metió en la cama, pero no podía dormirse.
Sentía una enorme angustia, no podía dejar de pensar en el modo en que Sam la había rechazado.
Oyó a Nick deambular por su habitación y se preguntó si sufría tanto como ella. Dos horas más tarde, saltó de la cama, se acercó a la puerta de Sam y entró en su habitación. La luz nocturna estaba encendida y gracias a ella pudo comprobar que estaba dormido, agarrado a uno de sus juguetes favoritos, uno que ella pensaba que había tirado hacía ya años.
Qué inseguro debía sentirse para recurrir a él de aquel modo.
Notó un movimiento a sus espaldas y se dio cuenta de que Nick la había seguido. Estaba asomado a la puerta, con una expresión muy seria.
—¿Cómo puedes hacerle esto?
Se refería a los dos, pensó Miley, pero sólo pudo responder negando con la cabeza.
—Lo siento.
Volvió a su habitación y pasó la noche como pudo.
Se levantó muy temprano a la mañana siguiente.
Esperaba que Nick fuera a trabajar, pero bajó en vaqueros.
Miley lo miró con incertidumbre.
—¿No vas a trabajar?
—No. He pedido unos días.
Nick no hizo más comentarios, pero Miley sabía que debía de ser muy duro para él.

Era muy trabajador y odiaría dejar de lado a sus clientes.
—¿Quieres algo de desayuno?
—Ya me lo hago yo.
—Oh, no, deja que…
Los dos fueron a abrir la puerta del frigorífico y chocaron.
Nick le puso una mano en el brazo para sostenerla y durante un momento se tocaron.
Miley vio un brillo de emoción en sus ojos al mismo tiempo que ella sentía un temblor de emoción y deseo. Sentir su cuerpo, el olor de su loción de afeitar… la llenaba de un deseo casi incontrolable. Lo deseaba, lo necesitaba.
—¿Miley?
Ella levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y supo que él se había dado cuenta de lo que estaba sintiendo.
—Perdona —dijo, apartándose de él, pero Nick no la soltó—. Suelta —dijo con una voz llena de tensión.
Pero Nick no era la clase de hombre que deja pasar por alto algo así y la miró con rabia.
Fue Sam quien la salvó, corriendo hacia la cocina para asegurarse de que seguía allí.
Desayunar juntos le pareció una actividad emocionante y no pudo evitar que le temblaran las manos. Lo ocultó como pudo, pero sabía que Nick no le quitaba ojo de encima.
—¿Quieres que te vista para ir al colegio? —le dijo a Sam, que seguía en pijama.
—No quiero ir al colegio —dijo Sam agarrándose a la silla con fuerza, y su mirada fue la misma que tenía Nick cuando fue a buscarla a la comisaría: de desconfianza y preocupación.
—Pues entonces nos quedaremos los dos en casa —dijo Nick—. ¿Qué quieres que hagamos?
Sam miró a Miley.
—¿Mamá viene con nosotros?
—Claro —dijo Nick.
—¿Podemos ir a alquilar otra peli?
—Sí, pero esta tarde —dijo Nick—. Así que por qué no vas a vestirte y vamos a limpiar las hojas del jardín.
Cuando el niño se fue, Miley supo que iban a comenzar las preguntas, pero Nick, en vez de eso, se levantó.
—Tengo que hacer unas llamadas y escribir unas cartas.
Se dirigió a su estudio y se encerró en él.
Sam volvió a bajar, parecía haber perdido todo el resentimiento de la noche anterior y estaba tan contento como siempre. Miley pensó que le gustaría hacer galletas en el horno, como habían hecho tantas veces, e hizo una masa.
Cuando estaban haciendo las galletas con unos moldes, lo que a Sam le gustaba más, sonó el teléfono y el niño corrió a responder antes de que ella pudiera adelantarse.
Al oír a Rick, Miley no pudo articular palabra y sintió una gran desesperación al darse cuenta de que sabía que estaba allí sólo al cabo de un día de su vuelta.
—Pensabas que podías librarte de mí, ¿verdad? —dijo Rick y se echó a reír.
Su risa era el sonido que Miley más odiaba en el mundo—. Vas a tener que pagar por ello.


—No tengo bastante dinero… —dijo Miley en voz baja, para que Sam no pudiera oírla, pero Rick la interrumpió.
—Estoy harto de la miseria que me das. Eso no es nada, casi no merece la pena para las molestias que me tomo —dijo Rick, a Miley se le heló el corazón—. Y me vas a ayudar a conseguir más.
—¿Ayudarte?
—Sí. Vas a venir a hacer un trabajito conmigo.
Era evidente a qué clase de «trabajito» se refería Rick.
—¡No! No quiero.
De repente, le arrebataron el auricular.
—¿Es él? —dijo Nick, y cuando ella asintió, demasiado desconcertada para negarlo, gritó—: Maldito bastardo, deja en paz a mi mujer —dijo—. Sam, sal a jugar al jardín, por favor.
Se quedó mirando a Miley a los ojos, sosteniendo su mirada, mientras Sam, sensible a la tensión que existía entre ellos, hizo lo que le decían.
En cuanto oyó que se cerraba la puerta del jardín, agarró a Miley por la muñeca.
—¿Estabais haciendo planes para irte con él? ¡Dímelo! —dijo. Miley no podía hablar, pero no importaba, porque Nick, presa de la furia, no la habría escuchado—. Porque no voy a dejar que te vayas. ¿Pensabas que iba a dejar que te fueras sin luchar? ¡Eres mi mujer! —dijo, e hizo una mueca—. Y, que Dios me ayude, todavía te quiero.
Miley lo miró.
—¿Incluso… después de esto?
—Sí —dijo Nick, y sus ojos traslucieron una enorme desolación—. Me he pasado la noche diciéndome que te odiaba por lo que nos has hecho. Quiero odiarte, pero en cuanto te miró o te toco… —dijo mirando la mano de Miley, que tenía atrapada—. Y entonces me di cuenta de que no puedo dejar que te vayas, que haré todo lo que esté en mi poder, sea lo que sea, para que te quedes...
Su *beep* corazón latía con tal alegría y gratitud que Miley pensó que iba a salírsele del pecho.
—Oh, Nick.
Él la miró por un instante, frunció el ceño, pareció que iba a hacerle una pregunta, pero entonces la soltó y retrocedió.
Luego se apartó el flequillo, un gesto que siempre hacía cuando algo le preocupaba, un gesto tan familiar que a Miley le dieron ganas de abrazarlo, de decirle que estaba allí, que era parte de él. Pero eso era imposible, no tenía derecho a consolarlo cuando era la causa de sus tormentos.
—Voy a necesitar más tiempo para estar con Sam, y contigo. Así que esta mañana he escrito al presidente del partido y le he dicho que rechazo la candidatura.
—¡Oh, no puedes! —dijo Miley con desesperación—. No puedes hacer eso. No, después de todo lo que he pasado para… —se interrumpió y echó a correr hacia el estudio de Nick.
La carta estaba sobre la mesa, con el sello puesto.
La rompió en pedazos y la echó a la papelera.
—¡Miley! —dijo Nick agarrándola por los hombros—. ¿Por qué has hecho eso? ¿No te das cuenta de que…?
—Porque lo deseas con toda tu alma. Porque lo harías muy bien y porque serías un político bueno y honrado. No debes dejar que nada se interponga en tu camino, nada, ni yo, ni… este lío —dijo Miley sacudiendo la cabeza con desesperación—. Nick, es lo que quieres, lo que más quieres…
—No hay nada que quiera tanto como tú, ¡nada!
El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus palabras, distrayéndolos a ambos.

Miley se sobresaltó, presa del miedo y se puso tensa.
Nick, que no la había soltado, se dio cuenta y su rostro volvió a cubrirse con una máscara de frialdad.
—Dígame —dijo, respondiendo a la llamada—. Es para mí.
Miley sintió un gran alivio, se tranquilizó y abandonó el despacho, sin saber que Nick la miraba con una profunda tristeza. Sus pensamientos y emociones eran demasiado caóticos para extraer de ellas algún sentido.
Se dirigió a la cocina y se quedó apoyada en la encimera varios minutos antes de salir a buscar a Sam. Estaba en el columpio que Nick le había construido y que colgaba de la rama de un manzano, pero no se balanceaba, sino que estaba sentado en él, mirando hacia la casa con una expresión de temor en sus ojos.
—¿Quieres que te empuje?
Sam negó con la cabeza.
—¿Vas a irte otra vez?
—Claro que no —dijo Miley, con la mayor ligereza de que fue capaz—. Vamos a ir a alquilar un vídeo, ¿no?
—No me gusta cuando te vas.
—Apuesto —dijo Miley, sentándose en el suelo, a su lado— a que has estado muy a gusto con la abuela y con el abuelo. ¿Te llevaron al cine?
Pasó mucho tiempo antes de que Nick saliera para unirse a ellos.
Estaba muy pensativo, como si le estuviera dando vueltas a algo, pero, supuso Miley, en aquellas circunstancias era una actitud comprensible.
—¿Quién llamaba?
—¿Qué? Ah,… del despacho —dijo Nick, sin dar más explicaciones—. ¿Por qué no nos vamos a comer fuera? Que elija Sam el sitio.
—Sí, por favor… Mmm, ¡el Burguer nuevo! —dijo Sam y corrió a buscar su abrigo.
Miley y Nick lo siguieron más despacio.
—No vas a rechazar la candidatura, ¿verdad? Por favor, por favor, prométemelo.
Nick la miró de forma extraña.
—Ya lo he hecho.
Antes de escribir la carta había hablado con el presidente por teléfono.
—Oh, no —dijo Miley, con tristeza—. Por nada del mundo quería que eso ocurriera.
Nick la miraba fijamente.
—¿No?
—Nick. Lo siento mucho, mucho.
—¿Confías en mí, Miley?
—¿Confiar en ti? —repitió ella frunciendo el ceño.Era una pregunta desconcertante, ¿por qué se la hacía?—. Sí, claro. Supongo que lo dices en el sentido de que tú sepas lo que es mejor.
Nick negó con la cabeza.
—No, no. No es eso lo que quería decir, pero da igual. Vamos, Sam está esperando.
Durante todo aquel día Nick parecía distante, extraño.
Miley se preguntó si iba a comportarse así con ella a partir de entonces.
Tal vez lamentaba la discusión de aquella mañana o estaba pensando lo que había dicho de retenerla a cualquier precio. Antes de que Rick se cruzara en sus vidas, su relación siempre había sido sincera y abierta, pero Nick, en aquellos momentos, estaba ocultando algo.
Les prestaba una atención superficial, pero era evidente que tenía algo en mente y sus ojos, cuando creía que ella no lo veía, miraban a su alrededor, como si estuviera buscando a alguien. Se le ocurrió que tal vez temiera que Rick, a quien él sólo conocía como «el otro» y con quien él pensaba que tenía una aventura, los seguía.
No le había preguntado por Rick, ni quién era, ni dónde se veían, ni dónde lo había conocido, nada. Eso también la desconcertaba, hasta que pensó que, probablemente, no quería saberlo, porque no podía soportar oír ningún detalle.
Cuando Sam eligió su vídeo, fueron a un centro comercial donde había una pequeña granja y un tren en miniatura. Cuando llegaron a casa, los tres estaban cansados. Pero Sam insistió en ver su película de vídeo después de cenar y se fue a la cama después de verla, y de mala gana.
Nick se levantó, parecía muy cansado.
—Voy a escribir esa carta otra vez.
—¿Sí? ¿No puedes decirles que has cambiado de opinión? —le rogó Miley—. No puede ser demasiado tarde.
—Al contrario; tenía que haberlo hecho hace meses —dijo Nick, y se dirigió a su estudio.

Miley, automáticamente, se puso a limpiar el salón y la cocina, y seguía allí cuando Nick asomó la cabeza por la puerta.
—Voy a echar la carta al correo. Puede que al volver me quede en el pub a tomar algo.
Miley se sorprendió de que la dejara sola, pero alguna vez tenía que ocurrir.
Se hizo un café y se sentó en el salón para tomárselo.
Que Nick hubiera decidido abandonar su candidatura era un gran golpe, pero también un gran alivio. Al menos, si Rick cumplía su amenaza de delatarla, no afectaría a las aspiraciones políticas de Nick ni supondría un escándalo, al menos no un gran escándalo.
El cansancio se apoderó de ella y decidió irse a la cama, a la fría y solitaria cama de la habitación de invitados. Pero al levantarse, sonó el teléfono.
Se quedó helada al momento.

Capitulo 13.-


Miley se quedó inmóvil, y se volvió para mirarlo.
—Porque tenía que hacerlo.
—¿Sin ni siquiera tratar de arreglar las cosas? ¿Tan incompatibles nos hemos vuelto que ni siquiera podemos comunicarnos?
Miley apartó la mirada y fue a quitarse el abrigo y a sentarse en el salón.
Estaba limpio, sin polvo, ni juguetes en el suelo.
El único rastro de Sam eran un par de libros que había sobre la mesita.
Los giró para mirar la portada con cariño.
—¿Tu madre ha estado aquí encargándose de la casa?
—Sí —dijo Nick, secamente—. ¿Tu comentario implica que podría haber sido otra persona? ¿Sigues enfadada con Anna? Dios mío, no me digas que se trata de eso —dijo Nick, lleno de rabia.
—¡No! ¡Claro que no!
—¿Entonces?
Miley se remangó las mangas del suéter. De repente, tenía frío, y quiso frotarse los brazos.
—Lo siento, pero no puedo decírtelo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Por favor, no sigas, Nick. No puedo decírtelo.
Nick se puso furioso.
—Echas a perder nuestras vidas, me vuelves loco de preocupación y luego tienes la temeridad de decir que no puedes decirme por qué. Dios mío, Miley, ¿cómo puedes hacernos esto? ¿Cómo puedes ser tan cruel?
—No lo soy. Quiero decir, no quiero hacerte daño deliberadamente —dijo Miley y cerró los puños, apoyándolos en las sienes—. Oh, ¿por qué has tenido que seguirme? Te rogué que no lo hicieras.
—¿De verdad esperabas que me quedara ahí sentado viendo cómo se destrozaban nuestras vidas? Te marchaste de aquí sin dar ninguna explicación y…
—Te dejé una nota.
—Sí, tan breve que me parecía un insulto —espetó Nick—. Y ni siquiera has llamado, supondrás lo preocupado que estaba. Puse un anuncio en el periódico, esperando que lo vieras. ¿Lo viste?
Miley no respondió, pero Nick se acercó a ella, poniéndole las manos sobre los hombros.
—¡Lo viste! —exclamó con desprecio—. Nunca hubiera creído que pudieras ser tan cruel. Sea lo que sea lo que nos va mal, lo que tú creas que yo he hecho, no me merezco esto.
—Oh, pero no se trata de algo que tú… —dijo Miley, y se interrumpió—. No es culpa tuya, claro que no. Se trata de mí. Necesitaba irme, estar sola.
—¿Y por qué no fuiste a casa de tu tía?
—Porque habrías ido a buscarme. Porque habríamos tenido… esta discusión mucho antes —dijo y se calló un instante—. ¿Crees que me habría ido dejándote aquí y dejando a Sam si no hubiera estado completamente desesperada? Tenía que irme. Y, si lo hubieras pensado, si hubieras pensado en mí, habrías respetado mis deseos y me habrías dejado en paz.
—Yo sabía que las cosas no iban bien —dijo Nick con rabia contenida—. Sé que las cosas no iban bien, que iban cada vez peor desde hace algunos meses, pero decir que estabas desesperada… No te entiendo, Miley—dijo Nick, y trató de sacudirla por los hombros otra vez—. ¡Tienes que decirme qué pasa, tienes que decírmelo! ¿Es que no te das cuenta?
—¡No puedo! Maldita sea, Nick. Déjame en paz —gritó Miley.
Nick se quedó mirándola, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, tratando de contener su furia. Se dirigió a la bandeja de las bebidas y se sirvió un whisky.
—¿Quieres uno?
Le temblaban las manos, por la rabia que sentía.
—No, no, gracias.
Nick dio un largo trago y pareció calmarse un poco.
Le dio la espalda a Miley durante al menos un minuto, jugando con el vaso entre los dedos.

Cuando la miró, sus ojos tenían una expresión distinta, especulativa, casi calculadora.
—La policía me dijo que estabas utilizando otro nombre; ¿por qué si lo único que querías era estar sola unos días?
Miley se alegró de ver que se había tranquilizado.
—Porque sabía que así te sería más difícil encontrarme.
—Así que sabías que iba a ir a buscarte.
—Sí —dijo Miley acercándose a un sillón y dejándose caer en él.
Quería estar sola para pensar en qué podía hacer.
Rick debía saber que se había marchado.
Al no dejar el dinero, habría tratado de ponerse en contacto con ella y entonces habría sabido que se había ido, que había huido de él. Con suerte, tardaría en buscarla algún tiempo, de modo que tal vez tuviera una semana, pero luego seguiría de chantajeándola. Quizás pudiera volver a huir, con más éxito esa vez.
Había cerrado los ojos momentáneamente y al abrirlos vio a Nick a su lado, inclinado sobre ella, apoyado en los brazos del sillón. Miley giró la cabeza, como si tuviera miedo de que hubiera sorprendido sus pensamientos. Pero Nick seguía su propio tren de pensamiento.
—Sí, debías haber sabido que si me hubieras pedido tiempo, si hubiéramos hablado racionalmente, habría hecho lo que me hubieras pedido. Podrías haber ido a casa de tu tía y nadie se hubiera preocupado tanto por ti. Así podrías haber hablado por teléfono con Sam, tener toda la paz que hubieras querido. Y probablemente así no habrías sufrido tanto como yo. A lo mejor, sólo querías preocuparme, por lo de Anna, pero no sueles ser tan irracional, ni tan cruel, y menos con Sam. Así que he pensado que tal vez no huías de mí —dijo Nick, con un involuntario respingo—. Sí, tengo razón. ¿Quién es, Miley? ¿De quién huías?
—De nadie. Te equivocas. Me asombra que llegues incluso a…
Nick la agarró por las muñecas.  
—¡No me mientas! ¡Sé que hay alguien! —exclamó Nick, y presa de la furia se dirigió a la mesa de su despacho—. ¿Tiene algo que ver con esto? ¿Tiene algo que ver?
Le echó en la cara un puñado de papeles.
Miley los recogió y los fue leyendo, lentamente.
Estaban sin firmar, pero era evidente que eran de Rick.
Un fax decía: «Hoy no he recibido nada. Espero a mañana». También había una carta, dirigida a ella pero que Nick había abierto: «No juegues conmigo. ¿Quieres que vuelva a tu casa? ¿O quieres que vaya a buscar a Sam como la otra vez?»
Luego había varios mensajes manuscritos de Nick, que debía haber anotado del contestador automático. Todos los mensajes, de nuevo, eran ambiguos. Ninguno de ellos abiertamente amenazador.
Rick había sido muy cuidadoso, por si Nick los interceptaba. Miley trató de tranquilizarse, de no dejar traslucir sus pensamientos, pero estaba muy pálida y le temblaba la mano cuando dejó los papeles sobre la mesita.
—¿Y bien? ¿Tienes alguna explicación? —exigió Justin—. ¿De quién son?
Miley negó con la cabeza.
—No… están firmados, ¿cómo voy a saberlo? —dijo, y profirió un ahogado quejido, porque Nick la apretaba por las muñecas y le estaba haciendo mucho daño.
—¡Maldita cobarde y mentirosa! Son del mismo hombre que te mandó las flores. Te estabas viendo con otra persona, te estabas acostando con él, desde hace meses, desde que empezaste a cambiar —dijo Nick, su voz y su rostro daban muestras del más profundo dolor y desprecio.
—Pero no es…
—¡No me mientas! ¡No me insultes diciéndome más mentiras! —exclamó Nick con una mueca de angustia—. Me has mentido desde el principio, ¿verdad? Me hiciste creer que estabas enferma cuando, en realidad… —se interrumpió, retrocedió unos pasos y tiró el vaso contra el suelo.
—Oh, Nick, no, por favor —dijo Miley, y empezó a llorar, porque no podía soportar verlo sufrir tanto—. Por favor —suplicó, y se levantó.
Trató de tocarle el brazo, con la intención de consolarlo.
Pero él la apartó.
Estaba a punto de estallar y sólo con un supremo esfuerzo de voluntad fue capaz de controlarse.
Cuando miró a Miley de nuevo, sus ojos estaban llenos de un frío desprecio.
—¿Te has acostado con él?
Miley retrocedió, desolada, sin saber qué decir.
—Ya veo —dijo Nick, interpretando su silencio como una respuesta afirmativa.
Luego soltó una carcajada, que hizo añicos el corazón de Miley—. Pero también huiste de él. ¿Por qué. Miley? ¿No te decidías por ninguno de los dos? ¿Tan difícil era saber quién de los dos es mejor en la cama? —dijo Nick, dominado por el odio y la cólera—. ¿O es que tenías remordimientos? Qué cobarde eres —dijo, y soltó otra carcajada—. Demasiado cobarde para decirme la verdad y demasiado cobarde para comprometerte con otro. Ahora comprendo por qué huiste, era lo más fácil, ¿no? Y te importaba un bledo el infierno por el que Sam o yo pudiéramos pasar. Dios, casi siento pena por ese hombre, sea quien sea, si es que realmente le importas. No eres más que una zorra barata.
Miley retrocedió igual que si le hubiera dado un puñetazo.
Tuvo que agarrarse a una silla para no perder el equilibrio.
Todo había terminado; Nick había terminado con todo, porque ya nunca la querría a su lado, no después de aquella noche. Ella había tratado de irse, pero aquella noche era Nick quien la echaba, pediría el divorcio y ella no volvería a verlo nunca más.
Pero debía estar contenta, había conseguido lo que estaba buscando.
Sam y él podían construir una nueva vida.
Y no habría ningún escándalo, ninguna desgracia.
Nick podría hacer lo que quería, llegar a la cumbre, si tenía suerte.
Y eso era también lo que ella quería, ¿o no?
Era trágico que la hubiera encontrado y que hubieran pasado por aquello, pero, de otro modo, nada había cambiado. Sam y él se habían librado de todos los años de infelicidad que les hubiera deparado seguir con ella.
De modo que por qué sentirse desolada, por qué se sentía como muerta en su interior.
Sin embargo, todavía no habían terminado; tenía que asegurarse de matar cualquier sentimiento que a Nick le pudiera quedar.
—De acuerdo, ya lo sabes. Lo admito. Me fui para pensar, para decidir con quién quería quedarme.
—¿Y todavía te crees que tienes elección? —dijo Nick con sarcasmo.
—Ya había decidido antes de que me encontraras —dijo Miley, y respiró profundamente, pero evitó mirar a Nick—. Había decidido dejarte y marcharme con él.
Hubo un largo y pesado silencio.
Miley agachaba la vista, sin querer ver el daño que había hecho.
Lo quería tanto, tanto.
Cuando el silencio empezaba a ser insoportable, Miley recogió su chaqueta y se la puso, y se dirigió al recibidor para marcharse.
—¿Dónde te crees que vas?
—No creo que quieras que me quede. Me voy y…
—¡No! —gritó Niclk, y la miró como si fuera capaz de matarla—. Te traje también para que Sam te viera y te vas a quedar aquí hasta que vuelva a ser feliz, hasta que sepamos qué vamos a hacer, pero no vas a hacerle más daño.
Miley lo miró con temor.
—Pero no puedo quedarme. ¿Me oyes? No puedo quedarme.
Nick se acercó a ella con la intención de echarle las manos al cuello, como si quisiera estrangularla, pero antes de que la tocara sonó el timbre de la puerta y los dos se sobresaltaron.
Durante un instante se miraron, y el timbre volvió a sonar.
Al cabo de unos segundos, Nick fue a abrir.
—¡Mamá, mamá! —dijo Sam, que entró corriendo para echarse en brazos de su madre, que lo levantó, lo abrazó y lo besó, sin dejar de llorar y de reír—. He visto tu coche y sabía que estabas en casa —dijo el niño y comenzó a sollozar—. Por favor, no te vayas, no te vayas.
Miley le dio un beso y murmuró palabras cariñosas.
Luego se lo llevó al piso de arriba, dejando a Justin con su madre, que había traído a Sam del colegio, nadie se había percatado de que un coche que estaba aparcado en la acera de enfrente arrancaba y se marchaba en aquellos momentos.

A la mañana siguiente, Miley estaba en la cocina con Sam y sonó el teléfono.
Sam corrió a responder.
—Dígame. Sí, sí está. Es para ti, mamá.
Miley miró el auricular y la voz que habitaba todas sus pesadillas sonó al otro lado del hilo telefónico, con profunda satisfacción.
—Así que has vuelto...

domingo, 24 de junio de 2012

Capitulo 12.-


Apretó los labios, tratando de contener las lágrimas.
Nunca había imaginado que Nick fuera capaz de hacer algo así.
No tuvo más remedio que refugiarse en el baño.
Nick debía de estar muy desesperado para hacer algo así, se dijo, con la mirada perdida frente al espejo. La gente sabría que lo había abandonado, verían aquel artículo y sabrían que era para ella. Tal vez Anna volviera a acercarse a él para ofrecerle «consuelo». Contempló su rostro. Había perdido peso y estaba muy delgada.
Pero su figura era bonita, así que no parecía demacrada, sólo pálida y frágil. Sus ojos, sin embargo, estaban oscurecidos, sin brillo, no podían disfrazar su infelicidad, su desesperación. Después de aquel día, no volvió a comprar el periódico. Los multicines estaban en las afueras de la ciudad, de modo que se alegró de haber conservado el coche. Volver a casa en el autobús tan tarde habría sido un problema.
Una noche, un par de días después de leer aquel anuncio en el periódico, vio por el espejo retrovisor un coche de policía que la seguía y le indicaba que se detuviera. Sorprendida, pero obediente, se paró en el arcén, pensando que se había saltado un semáforo sin darse cuenta, porque estaba pensando en otra cosa. Dos policías uniformados se acercaron, uno a cada lado del coche.
Miley bajó la ventanilla y el que estaba a ese lado se dirigió a ella.
—¿Es usted la dueña de este coche, señorita?
—Sí. ¿He cometido alguna infracción?
—¿Tiene el permiso de matriculación del coche?
—Creo que sí, en algún sitio —dijo Miley, rebuscando en el bolso.
—Su nombre, por favor —dijo el policía mientras ella seguía buscando.
—Joan Wilson —dijo Miley, dándole sin pensar el nombre que estaba utilizando—. Ah, aquí está —dijo encontrando el permiso y dándoselo al policía.
—Y su permiso de conducir, por favor.
Miley se lo dio.
El policía se acercó a la parte delantera del vehículo, para comprobar la matrícula, y volvió.
—¿Ha dicho que se llama Joan Wilson?
—Sí —dijo Miley, y, de repente, se dio cuenta de lo que el policía sugería—. Oh, sé que no es el nombre del permiso, pero… verá… he decidido cambiar de nombre, pero no he tenido tiempo de cambiarlo en la matrícula.
—Comprendo —dijo el policía, pero parecía muy escéptico—. Tampoco es el nombre que figura en el permiso de matriculación —señaló.
—No, pero es mi coche.
—¿Y Nick Jonas es otro de sus nombres? —preguntó el policía con ironía.
—No, ese… es el nombre de mi marido. Él me regaló el coche.
—¿De verdad? Puede que le interese saber que han denunciado el robo de este coche.
—¡El robo de este coche! —exclamó Miley perpleja—. No puede ser. Quiero decir, es mío.
—¿Puede salir del coche, por favor? -Miley lo hizo, lentamente. —La arresto bajo sospecha por el robo de este coche.
—¡No puede ser!

Lo hicieron, y todo lo que siguió fue una pesadilla. La llevaron a la comisaría y la metieron en una celda. No pudo evitar recordar todo lo que había ocurrido hacia ya tantos años. La celda tenía el mismo aspecto, incluso el mismo olor, a desinfectante y a miedo.

Se sentó en el catre, muy rígida y con las manos entrelazadas sobre el regazo, tratando de no pensar en el pasado, y esperando. Sabía lo que había pasado, sabía que Nick había denunciado el robo del coche en un intento desesperado por encontrarla. Y él no sabía, por supuesto, lo traumático que era para ella que la metieran en una celda o lo nerviosa que se ponía al hablar con un policía de uniforme.
Todo el propósito de su huida era que él nunca llegara a saber cosas como ésas. Se le escapó una risotada burlona; ella creyendo que era tan lista como para desaparecer sin dejar huella y a Nick le había resultado facilísimo encontrarla, sólo al cabo de unos pocos días.
Tendría que haber vendido el coche y comprado uno nuevo, pero era demasiado tarde, Nick la había encontrado y exigiría una explicación.
¿Qué podría decirle?
Nick llegó a la mañana siguiente.
Miley había permanecido tranquilamente en su celda, negándose a desayunar y no miró cuando se abrió la puerta.
—Puede salir —dijo un policía.
Miley lo siguió hasta un despacho, donde esperaba Nick.
Miley lo miró durante un breve instante, pero le dio un vuelco el corazón al ver su profunda mirada, mezcla de rabia y alivio, de esperanza y resentimiento.
—¿Confirma que esta mujer es su esposa, señor? —le preguntó un policía en ropa de paisano.
—Sí.
—¿Confirma que retira los cargos contra ella?
—Sí.
—Muy bien, aquí están las llaves de su coche.
—Gracias, muchas gracias por su ayuda.
El policía de paisano asintió, miró a Miley, y le devolvió el bolso.
—Puede usted marcharse, señora Jonas.
De repente, Miley tuvo miedo y miró al policía con mirada suplicante, luego agachó la cabeza, sabiendo que era un intento inútil.
Pero Nick había visto aquella mirada y su expresión se endureció.
La agarró por el brazo con tanta fuerza que le hizo daño y la llevó así hasta el coche.
—¿Dónde estás viviendo? —preguntó con brusquedad, empujándola al interior del coche.
Cuando llegaron a la casa, Nick paró el coche y la miró.
—¿Estás sola?
—Sí, claro.
—Dame las llaves.
Miley se las dio, y al salir, Nick volvió a llevarla del brazo.
La casa estaba en silencio, vacía, todos los inquilinos debían de estar trabajando o en la universidad. Nick abrió la puerta de su habitación y dejó escapar un suspiro al comprobar su sencillez, su pobreza, el único adorno era una fotografía suya y de Sam.
Empujó a Miley al interior y cerró la puerta.
Miley se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Y bien? —dijo Nick—. ¿No tienes nada que decir, ninguna explicación que dar por irte y abandonarnos?
Miley tragó saliva.
—Por favor, no me hagas esto, deja que me vaya.
Nick la agarró por los hombros.
—¿Cómo te atreves a decirme eso? ¿Cómo te atreves? ¿Puedes imaginar lo que han sido estos días para mí? Casi me vuelvo loco y Sam ha llorado todas las noches. ¿Puedes imaginarlo? ¿Puedes imaginarlo? —dijo y la apretó con fuerza—. ¿Por qué te fuiste?
Miley agachó la cabeza, tratando de pensar en algo que decir.
—¡Maldita sea, Miley! ¡Mírame!
Al mirarlo, Miley se dio cuenta, por primera vez aquel día, de cuánto había cambiado su rostro. La separación también había supuesto para él un alto precio. Tenía ojeras, una mirada que nunca le había visto y los labios fruncidos.
Le rompió el corazón.
—Lo siento —susurró—, lo siento mucho.
—¿Lo sientes? ¿Es eso todo lo que tienes que decir? Pues no es suficiente. Quiero saber por qué, por qué te fuiste sin decir una palabra. ¿Hay otra persona? Tienes que decírmelo.
—No.
—Entonces, por Dios Santo, ¿por qué? Está bien, sé que las cosas no iban muy bien entre nosotros, pero, ¡dejar a Sam! ¿Cómo puedes ser tan despiadada?
Miley se quedó inmóvil, incapaz de decir nada, con los ojos enormes y el semblante ceniciento.
—¿Cómo está Sam? ¿Está bien?
—No, claro que no está bien. Te echa mucho de menos y no puede entender por qué lo has abandonado, por qué no estás en casa —dijo Nick, y con una exclamación se alejó de ella, para pasearse por la habitación—. ¿Dónde está tu maleta?
Miley empezó a temblar.
—¿Por qué?
—Porque nos vamos a casa, por eso.
—No, por favor.
Nick abrió el armario y la miró.
—Nos vamos a casa.
—No, no puedes obligarme —dijo Miley, elevando el tono de voz.
—¿No puedo? —dijo Nick, y se acercó.Le puso a Miley la mano en el cuello—. Nos vamos a casa y vamos a solucionar este asunto como dos personas civilizadas. Por el bien de Sam. ¿Lo entiendes? —dijo apretándole el cuello—. Ahora es lo único que importa y no voy a permitir que su vida se eche a perder. Pase lo que pase entre nosotros, no pienso permitir que siga así ni un día más.
Miley apartó la mirada y cerró los ojos un instante.
Luego asintió lentamente, sabiendo que nada lo detendría.
—¿Dónde está tu maleta?
—Debajo de la cama.
Nick la sacó y le dijo que hiciera el equipaje.
Al terminar, Miley puso en la maleta la fotografía, con cuidado de que no se rompiera.
Luego se acercó a la cama y buscó algo debajo de la almohada.
—¿Qué es eso?
Miley no respondió, de modo que Nick se acercó para ver qué era.
—¿Mi sudadera? ¿Por qué la has traído?
Miley no se atrevió a decirle que dormía agarrada a ella cada noche, hundiendo en ella la nariz para embeberse de su olor. La metió en la maleta y cerró ésta a continuación.
—No tenías que haber venido. Tenias que haberme dejado marchar.
—¡Nunca! Así, nunca —dijo Nick haciéndose cargo de la maleta—. ¿Debes algo aquí?
—No.
—Pues vámonos.
Pero Miley vaciló.
—Tengo un empleo, debería decírselo.
—Puedes llamarles desde casa. Vámonos —dijo Nick y volvió a agarrarla del brazo para llevársela.
Fue un largo camino hacia el sur. Las carreteras estaban atestadas de coches, de modo que Nick tenía que ir muy concentrado en la conducción. Miley se alegró, porque no quería hablar, ni siquiera hacer más preguntas acerca de su hijo.
Pesaba sobre ella la sensación de lo inevitable.
Era como si no le estuviera permitido salvar a las personas que quería de las consecuencias de su pasado. El destino estaba siendo muy cruel con ella, favoreciéndola primero para arrojarla a lo más hondo después.
No era justo, un error de juventud no merecía un precio tan caro.
Cerró los ojos, tratando de olvidarse de todo, tratando de olvidar lo que les pasaría cuando llegaran a casa. Finalmente, se quedó dormida, lo que no era extraño, pues había pasado toda la noche en vela.
Al salir de la autopista y detenerse en un semáforo, se despertó.
Tenía la cabeza apoyada en el asiento, vuelta hacia Nick, y cuando abrió los ojos, sorprendió el gesto de Nick, lleno de desesperación y de dolor. Pero éste, al ver que Miley lo miraba, cambió por completo, y su rostro se convirtió en una máscara inescrutable.
Miley se incorporó lentamente y se quedó mirando por la ventanilla. Pasaban por calles muy familiares para ella y finalmente llegaron a su casa. Le resultó muy extraño volver a entrar en su casa, ver los objetos que tanto amaba.
Se sentía igual que si hubiera pasado años fuera, en lugar de unos pocos días.
Se detuvo a ver un cuadro, a tocar un adorno, e iba sintiendo un gran placer.
Después de cerrar la puerta, Nick dejó la maleta en el suelo y observó a Miley, dándose cuenta de la nostalgia que sentía, lo que le dolió mucho.
—¿Por qué demonios te fuiste? —preguntó, con voz rota.

sábado, 23 de junio de 2012

Capitulo 11.-


—¡Oh, Sam, Sam! —exclamó abrazándolo, sintiendo un alivio sólo comparable al miedo anterior.
—Un hombre fue al colegio para traerme —dijo Sam, tratando de soltarse—. Me trajo en su coche, pero tú no estabas. Me dijo que te esperase. Has tardado mucho.
De repente, la furia desplazó al alivio.
—¿Por qué te has ido con él? ¿No te he dicho mil veces que no debes irte con extraños?
Sam trató de contener las lágrimas, pero no pudo.
—Me dijo que era tu amigo. Me dijo que tú le mandaste y me ha dado esto —dijo el niño, y sacó un sobre del bolsillo de su anorak.
Miley se quedó mirando el sobre, pálida.
Podía imaginar su contenido, pero lo abrió.
Ya no le temblaban las manos, como habían hecho desde que saliera en busca de Sam.

La próxima vez me lo llevaré.
Llévame el dinero que falta y cien libras más pasado mañana.
Si no quieres que le pase nada al chico, y paga.

Miley abrió la puerta y entró.
Dejó que Sam viera la televisión, mientras se hacía un té, al que añadió brandy.
Fue a sentarse al comedor, que daba al salón, para poder ver a su hijo mientras se bebía el té, muy despacio. El tormento que había sentido mientras buscaba a Sam todavía la abrumaba, pero también aguzó su razonamiento, porque se había dado cuenta de que debía pensar sólo en él. Y empezó a pensar objetivamente, tal vez por primera vez desde que Rick empezara a amenazarla.
Se daba cuenta de que Rick estaba arruinando no sólo su vida y la de Nick, sino que también afectaba a la de Sam.
Y eso no podía permitirlo.
De modo que sólo tenía tres alternativas.

La primera era contárselo todo a Nick, pero eso no detendría el chantaje, Rick podía presionarlos a los dos, porque todavía tenía el recorte de prensa con su fotografía o podía vender su historia a algún periódico o a los adversarios políticos de Nick, lo que arruinaría su carrera.
Se le ocurrió pensar que quizás el propio Rick quisiera que ella se lo contara a Nick, para poder así obtener más dinero. De modo que decírselo a Nick no era una solución. La segunda alternativa era acudir a la policía, decírselo todo y confiar en ellos. ¿Si les decía que Rick había secuestrado a Sam, la ayudarían?
Sí, encontrarían a Rick y lo meterían entre rejas.
Pero antes de eso habría un juicio y todo saldría a la luz.
Tampoco eso era una solución.
Había una tercera posibilidad.
No tuvo que pensar mucho en ella, en el fondo sabía que era la única solución y tenía que llevarla a cabo cuanto antes, aquella misma noche, porque las sesiones de otoño habían comenzado y Nick no volvía hasta el viernes.
Se acercó al teléfono y marcó el número de su suegra, para contarle otra mentira, lo que, después de haber dicho tantas, le resultaba muy fácil.
—Han entrado a robar en casa de tía Kate, pero ella está fuera y tengo que ir a ver qué ha pasado. ¿Te importa quedarte con Sam?
Obviamente, la madre de Nick estaba encantada.
—Puede que esté fuera dos o tres días, no estoy segura, así que, ¿puedes llevarlo al colegio? Pero, por favor, asegúrate de que puedes llevarlo y recogerlo —insistió Miley.
—Claro, querida, no te preocupes.
Después de hacer una maleta y reunir algunos juguetes para Sam, Miley lo llevó a casa de sus abuelos.
Al despedirse de él volvió a abrazarlo con fuerza, y se marchó, tenía prisa, dijo, por llegar a casa de Kate. En realidad, lo que quería era ocultar su cara angustiada.

De vuelta a casa, hizo un par de maletas y escribió una nota para Nick.
Una nota muy corta, porque le temblaban las manos y no podía contener las lágrimas.

Necesito estar sola algún tiempo.
Por favor, no trates de encontrarme.
Cuida de Sam.

La metió en un sobre y la puso en la mesita del recibidor, para asegurarse de que Nick la vería, luego abandonó su hogar, su vida, su felicidad y se marchó hacia un futuro incierto y que no deseaba.
Miley pasó aquella noche en casa de tía Kate.
Llegó tarde, a las once de la noche, demasiado tarde para llamar a sus suegros y preguntar por Sam. Pero sabía que estaba bien; era un niño muy sociable y quería mucho a sus abuelos. ¿Les comentaría que Rick había ido a recogerlo al colegio?
Tal vez, pero ella se había enfadado con él por ese motivo, así que quizá no les dijera nada para no ganarse otra regañina. Estaba exhausta, después del viaje y de todo lo que había ocurrido aquel día, pero no esperaba dormir. Tal vez haber tomado la decisión por fin, haber dado el único paso posible para librarse de Rick, le hubiera dado alguna paz, porque se quedó dormida en cuanto se metió en la cama y durmió profundamente por primera vez desde hacía mucho tiempo.

Al principio, cuando se despertó, a la mañana siguiente, Miley no se dio cuenta de dónde estaba, pero al recordarlo sintió una gran tristeza y desolación y lloró y sollozó con el corazón roto por todo lo que había perdido. Cuando se tranquilizó un poco, se le ocurrió que no era demasiado tarde, que podía volver a casa, destruir la nota y proseguir con su vida.
Pero su vida se había hecho insoportable debido al daño que les estaba haciendo a las dos personas que más amaba en el mundo. Había tomado una decisión y debía seguir adelante con ella, de una vez para siempre. No podía haber vuelta atrás, ni debilidad, tenía que ser fuerte, por el bien de Nick y de Sam.
Había disfrutado de cinco años maravillosos, perfectos, y ése debía de ser su consuelo para el resto de su vida. Después de las ocho, llamó a los padres de Nick, habló brevemente con Sam, que estaba bien, y les dijo que tenía que quedarse en Derbyshire algunos días.
—Hay que hacer muchas reparaciones y la policía quiere que haga un inventario de todo lo que se han llevado —volvió a mentir.
Sus suegros comprendieron la situación y le dijeron que no se preocupara, para ellos era un placer estar con Sam. Al colgar se preguntó cómo se sentirían cuando Nick les hablara de la nota y se dieran cuenta de que tendrían que cuidar de Sam indefinidamente. Después de la llamada, trató de concentrarse en su propio futuro.
Le habría gustado quedarse en casa de tía Kate, pero sería el primer lugar en el que Nick la buscaría. Porque la buscaría, de eso no tenía duda, a pesar de que le hubiera pedido que no lo hiciera. Tendría, se dijo con gran sentido de culpa, que haber escrito una nota más definitiva, diciendo que no volvería, pero pensó que, sugiriendo que volvería, ganaría tiempo.
Puede que Nick no hiciera nada al principio, esperando que volviera cualquier día. Sin embargo, sabía que Nick no aceptaría una simple nota como fin a su matrimonio. De modo que tenía que irse antes de que él volviera a casa y encontrara la nota. Tenía que buscar un sitio para perderse, cambiar de nombre y de existencia. Porque no sería más que eso, existir, su vida se había acabado; ya no podía esperar nada. Sacó un mapa de carreteras de una bolsa y decidió ir a Manchester.
En una gran ciudad, donde podía perderse con facilidad entre la multitud, y no estaba muy lejos. Allí encontraría algún lugar donde empeñar el resto de sus joyas, el reloj y el anillo que Nick le había regalado en el quinto aniversario de su boda, cosas que hasta entonces no había podido empeñar porque Nick se habría dado cuenta. También pensó en empeñar su alianza de casada, pero le pareció una idea insoportable.
Todo lo que necesitaba era suficiente dinero para vivir hasta encontrar un empleo. Y si para cuando ese dinero se hubiera acabado, todavía no tenía empleo, siempre le quedaba el coche. Era suyo, un regalo de Nick, un regalo de cumpleaños. Aunque quería quedarse con él, porque en el fondo, tenía la esperanza de que, cuando estuviera muy desesperada, podría ir a ver a Sam, y tal vez a Nick, aunque eso sería muy arriesgado. Sin embargo, sabía que tendría que venderlo cuando naciera su hijo.
Probablemente por todo el estrés que había sufrido, todavía no había señales de su embarazo, lo que al menos, pensaba, sería una ayuda a la hora de encontrar un empleo. Salió hacia Manchester, deteniéndose a desayunar en un café de carretera, para dirigirse al norte de la ciudad. Nunca había estado allí, y el tamaño de la enorme urbe la abrumó. ¿Por dónde empezaría a buscar un empleo? Pasó junto a los edificios de la universidad y se detuvo junto a un pub. Estaba abierto y entró. Había, como suponía, muchos estudiantes.
Se acercó a un par de chicas y les preguntó si sabían de algún alojamiento barato, o dónde podía encontrar información. Pretendía dar la sensación de ser una estudiante de cursos más avanzados. Las chicas eran muy amables y la ayudaron, proporcionándole una larga lista de direcciones. Buscó los teléfonos en la guía y llamó.
La mayoría de los sitios estaban ya completos pero encontró una casa con una habitación libre, que un estudiante había cancelado sólo un par de días antes. Afortunadamente, también encontró una tienda de empeños. La habitación era pequeña y el mobiliario barato y escaso, pero era bastante nuevo y todo estaba muy limpio.
Había un lavabo, pero tendría que compartir el baño y la cocina. Sin embargo, se dijo, había encontrado algo, y eso la animaba. Al fin y al cabo, después de haber vivido en una celda durante casi tres años, aquella habitación era el paraíso.
Comparada con la casa que acababa de abandonar, sin embargo, era terrible, pero no debía pensar en ello. De manera que lo único que le quedaba por hacer era encontrar un trabajo.
También tuvo suerte en eso. Como no tenía limitaciones de horario y podía empezar enseguida, encontró empleo como vendedora de chucherías en unos multicines. La empleada anterior había tenido que ausentarse para ser sometida a una operación de urgencia. Tendría trabajo durante al menos seis semanas.
El horario era muy incómodo, de dos de la tarde a diez de la noche, de lunes a viernes, pero a Miley no le importaba en absoluto. Cuanto más tiempo trabajara, menos tiempo tendría de pensar. Era extraño, pensó, acababa de abandonar su casa, acababa de abandonar su vida, y empezaba a tener suerte.
Tal vez las diosas del destino quisieran decirle que había tomado la decisión adecuada. Tenía que luchar constantemente contra la tentación de llamar a sus suegros o a Nick. Por las tardes, en el trabajo, le era más fácil resistirse, a pesar de que era la mejor hora para llamar, pero la tortura que suponía pensar en Nick y en Sam era insoportable.
No podía olvidar a Nick ni un solo instante y cuando no estaba trabajando pasaba el tiempo imaginando lo que estaría haciendo. Imaginando lo que habría hecho al leer la nota, preguntándose cómo se sentiría.
Sabiendo que su matrimonio se había convertido en un desastre, al principio trataría de ser comprensivo, pero luego, a medida que pasara el tiempo sin recibir una palabra suya, se impacientaría. Y cuando eso ocurriera, saldría en su busca. Pero estaba utilizando un nombre falso y se sentía segura, tanto de Nick como de Rick.
Y no sentir la amenaza de Rick era haberse quitado un gran peso de encima. Lo terrible era que ese peso se había alojado en su corazón. En el trabajo, tenía media hora de descanso, que pasaba en una sala habilitada para el personal, donde leía el periódico, el mismo que Nick y ella solían comprar.
Aunque tenue, era un lazo con su casa, y le gustaba recordar a Nick, hojeándolo durante el desayuno y leyéndole algún artículo que lo divertía o interesaba. Trataba de pensar en qué artículos le gustarían más aquel día.
En su tercera noche en Manchester, un anuncio en la sección de anuncios personales le llamó la atención: «_(inicial)., cariño, por favor, vuelve a casa o llama. Te queremos y te necesitamos. N y S.» Miley se quedó mirándolo fijamente, sabiendo que iba dirigido a ella.