DESPUÉS de meter los platos y vasos sucios del almuerzo en el lavavajillas, Miley echó un vistazo al apartamento para comprobar que todo estuviera en orden.
Tenía el equipaje junto a la puerta y Nick llegaría en cualquier momento. Fue a la ventana y miró fuera, recordando el beso que él le había dado la noche anterior. Sus labios la habían excitado de un modo increíble. Si no fuera porque se conocían bien, podría llegar a creer que se había enamorado de él.
Pero ella sabía que el amor no funcionaba nunca. Lo único que hacía era nublarle a uno el cerebro y siempre acababa mal.
Pero entonces, ¿qué era lo que sentía cada vez que estaba cerca de él? ¿Y por qué cada vez que él la tocaba ella se encendía de deseo?
En ese momento, el BMW de Nick dobló la esquina. Se apartó rápidamente de la ventana y se miró al espejo más cercano.
Después de mucho pensárselo, se había puesto unos vaqueros, un top y una chaqueta a juego. Se había recogido el pelo y llevaba unas gafas nuevas que le habían costado bastante caras. Sabía que no debería habérselas comprado, debido a su precaria economía, pero le favorecían a la forma de su cara y no había podido resistirse.
El timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos y fue a abrir. Él tenía un aspecto impresionante en ropa informal.
—Hola, ¿estás lista? —le preguntó, sonriéndole.
—Sí —respondió Miley, tratando de no hacer caso de los síntomas que una vez más Nick estaba despertando en ella.
—¿Es ese todo tu equipaje? —preguntó él, señalando la maleta de ella.
—Es suficiente. ¿No te parece? —preguntó Miley, sonriendo.
Él la levantó y comprobó lo mucho que pesaba.
—No hay nada como llevar un equipaje ligero, ¿verdad?
Salieron y Nick metió la maleta en el BMW. Miley vio que Beth la saludaba con efusividad desde el asiento de atrás.
—Hola, cariño —le dijo ella, subiéndose al coche—. ¿Te hace ilusión montar en avión?
Durante el camino al aeropuerto de Heathrow, la pequeña no dejó de charlar. Lo cual fue una suerte, ya que a Nick y a ella parecía envolverlos un tenso silencio.
En un momento dado, él la rozó con el brazo al ir a poner el aire acondicionado y Miley sintió que una corriente eléctrica la sacudía.
Quizá solo fuera atracción física, se dijo. No podía ser amor. Porque ella no quería enamorarse de alguien que nunca correspondería a su amor. No quería sufrir.
Nick dejó el coche en el parking del aeropuerto y fueron a recoger sus billetes. Después fueron a la sala de embarque.
—¿Quieres tomar un café? —le preguntó él a Miley—. Queda una hora para que salga el avión.
—Sí, gracias —respondió ella, sentándose con Beth junto a un ventanal mientras Nick iba a por las bebidas.
A pesar de que llevaba bastante tiempo trabajando para él, todavía no lo conocía bien, pensó. Desconocían muchas cosas el uno del otro. Así que no podía estar enamorada, se repitió una vez más.
Se volvió hacia la barra del café, donde Nick estaba esperando a que lo despacharan. Una mujer muy guapa, que estaba esperando a su lado, le sonrió provocativamente y él le sonrió a su vez. Miley sintió un ataque de celos totalmente desproporcionado.
Poco después, él regresó con las bebidas.
—Apuesto a que estás emocionada de volver a casa —comentó él, mirándola a los ojos.
—Sí, mucho.
¿Quizá debería tratar de seducirlo esa noche?, pensó Miley.
La idea la sorprendió. Ella jamás había intentado algo así; pero, ¿por qué no? Sabía que Nick no se negaría y quizá le serviría a ella para demostrarse a sí misma que no estaba enamorada de él. Sería sexo nada más.
—¿Cómo es tu casa, Miley? —preguntó Beth.
—Es grande y da al mar. Los alrededores son preciosos. Dicen que se parece a una zona de Italia llamada la bahía de Nápoles.
—¿Y de verdad hay duendes en el jardín? —quiso saber la niña.
—¡Cientos de ellos! —contestó ella, sonriente—. Pero tienes que ser muy rápida para verlos. Corren mucho.
—¿Qué tengo que hacer si veo uno? —preguntó Beth, con los ojos muy abiertos por la excitación.
—Tienes que agarrarlo del abrigo y pedirle un deseo. Tienes que ser concreta... aunque también educada. A los duendes les gustan los buenos modales.
—Lo intentaré —afirmó ella, asintiendo muy seria.
Miley miró a Nick. Quizá no le gustaba que le llenara a su hija la cabeza de fantasías.
—Espero que no sea un fin de semana demasiado aburrido para ti, Nick.
Este sonrió.
—No seas tonta. Es más, en cuanto llegue allí, intentaré atrapar unos cuantos duendes. Me vendrían bien para hacer que Renaldo firme esta tarde.
Ella frunció el ceño.
—¿La reunión va a ser esta tarde?
—Sí... a las cuatro y media.
—¡Pero del próximo viernes, no de este!
—Así era, pero lo adelantaron de repente. Me llamaron esta mañana para decírmelo.
—En ese caso, no deberías acompañarme a Irlanda. ¡Deberías quedarte! Es muy importante, Nick.
—No más importante que la boda de tu hermana, ¿a que no? —sonrió—. Soy un hombre de palabra, Miley, y un trato es un trato. Te dije que vendría contigo a Irlanda y aquí estoy.
—Pero podías haber cancelado el vuelo de hoy y haber salido mañana. De todos modos, la boda no será hasta mañana... Yo voy un poco antes para probarme el vestido de dama de honor...
—Miley, no hace falta que esté yo allí para que se firmen los contratos. He hecho todo el trabajo preliminar y ahora es cosa de los abogados.
En ese momento, anunciaron su vuelo y Nick esbozó una sonrisa.
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