EL JARDÍN estaba cubierto de un virginal manto. Se posaba sobre las ramas desnudas de los árboles y las plantas como azúcar helado; y decoraba los aleros de la casa como un dosel de encaje que contrastaba con el azul del cielo.
Aunque brillaba el sol, hacía un frío glacial. Miley daba saltitos para intentar calentarse mientras observaba cómo Beth le daba los últimos retoques al muñeco.
—Está fenomenal —le aseguró Nick, a su lado—. Inclínale un poco el sombrero para darle un aire misterioso.
La niña le ladeó el sombrero tirolés.
—Ahora parece borracho —dijo Miley, soltando una carcajada—. ¿De dónde habéis sacado ese sombrero? No es tuyo, ¿verdad, Nick?
—No. No sé de quién es. Lleva colgado en el perchero de la entrada desde hace meses. ¿Tienes frío? —preguntó, al verla frotarse las manos y que no paraba de dar saltitos.
—Solo porque estoy quieta. No tenía nada cuando estábamos haciendo el muñeco.
—Te tenía que haber buscado unos guantes.
—Ya me has dejado suficientes cosas —Miley soltó una risita—. Llevo la ropa de tu hermana y las botas de Gina. Lo único que es mío es la trenca. Debo de tener un aspecto glorioso.
Nick la miró unos segundos con verdadera admiración, incomodándola.
—Estás muy guapa, aunque creo que me gustaba más el jersey que tenías puesto esta mañana.
—¿Sí? —preguntó Miley, tratando de parecer indiferente a sus gustos—. Es que no era muy apropiado para este frío.
—¿Te has puesto alguna vez lentillas? —le preguntó Nick.
—Algunas veces. Pero, la verdad, prefiero llevar gafas —mantuvo la vista fija en Beth mientras hablaba.
—¿También prefieres recogerte el pelo?
—Me imagino que sí. Está bien peinado y...
—Es cómodo —terminó Nick, sonriéndole.
Miley recordó que la noche anterior él le había dicho que la prefería con el pelo suelto... y también se acordó de cómo la había besado. El corazón le dio un vuelco.
—La verdad es que te quedan bien las gafas —añadió él.
El repentino interés de Nick por su apariencia la confundía. Quizá lo decía solo por charlar y ser amable, pero prefería que no se fijara tanto en ella. Cuando notó que la miraba a los labios, el recuerdo del beso la golpeó de nuevo, encendiendo un fuego en su interior. Se frotó las manos con más rapidez para tratar de apartar aquellos pensamientos de su mente.
—¿Sabes algo de Gina? —preguntó, tratando de cambiar de tema.
—Sí, me llamó esta mañana. Al parecer, su padre está ya mejor.
—Oh, me alegro mucho.
—Sí, son buenas noticias. El único problema es que me ha dicho que quiere cuidarlo ella misma.
—Entonces, ¿ya no volverá?
—Sí. Vendrá, como siempre, el lunes por la mañana. A su padre van a tener que internarlo durante un tiempo en una clínica porque necesita un cuidado especial. Pero ella me lo ha dicho ya para que me dé tiempo a encontrar a alguien.
—Es una buena chica.
—Sí, lo es. Y me da pena que se vaya. Beth está muy bien con ella.
Miley se giró hacia él y vio su cara de preocupación.
—Encontrarás a alguien, Nick.
—Ya.
—Y por lo menos, tu madre vive cerca.
—Sí, mi madre es maravillosa, pero no quiero darle mucho trabajo —él se pasó una mano por el cabello oscuro—. De cualquier modo, lo único que tengo que hacer es llamar a la agencia a través de la cual encontré a Gina. Quizá podías llamarlos tú el lunes, ¿no?
—Por supuesto. ¿Quieres que lo hagamos como la otra vez y que sea yo quien me encargue de entrevistar a las chicas?
Nick sonrió.
—¿Qué haría sin ti, Miley? —lo expresó con un tono amable que no solía utilizar con ella para cosas de trabajo.
—Estoy segura de que te las arreglarías a la perfección —contestó ella.
Nick esbozó una sonrisa que pareció protegerla del frío exterior, y encendió un fuego en su interior.
—Yo no estoy tan seguro, Miley.
Y ella no supo si lo había dicho en broma o en serio.
Beth se cayó al alejarse del muñeco para verlo mejor y Miley aprovechó la oportunidad para apartarse de Nick.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó, ayudándola a levantarse y sacudiendo la nieve de su abrigo.
—Sí —contestó la niña, riéndose—. Me gustaría que hubiera nieve todo el año.
Miley sonrió y reparó en los hoyuelos que se formaban en la cara de la pequeña cuando sonreía.
—Si nevara todos los días, te cansarías.
—No, no me cansaría —contestó Beth—. Tú vendrías todos los fines de semana y me ayudarías a hacer un muñeco.
—Parece que os divertís mucho juntas —dijo Nick, acercándose a ellas.
—Sí —afirmó Miley, observando a la niña, que ya se había ido para seguir con el muñeco—. A mí también me encanta tu hija.
Era curioso, pero Beth tenía algo especial que hacía que le entraran ganas de besarla. Cuando aquella mañana estaban todos en su dormitorio y la niña había empezado a reír, ella le había acariciado el pelo y se había preguntado lo que se sentiría teniendo una hija como ella y viviendo con un hombre como Nick... siendo parte de una familia. Había sido una fantasía pasajera e irreal, pero muy agradable.
—Es muy dulce, Nick.
—Es adorable —añadió él—. Menos cuando se porta mal. Algo que Gina podría confirmar.
Miley sonrió.
Entonces sonó el teléfono de la casa. Nick se disculpó y fue a contestar.
Cuando volvió, Beth y Miley estaban en medio de una pelea de bolas de nieve. Se quedó un rato observándolas, sonriendo ante las payasadas que hacía ella al perseguir a la niña. Esta reía a carcajadas, dando vueltas alrededor del muñeco.
Nick se unió a ellas y, momentos después, se estaban riendo tanto, que no oyeron que alguien había llegado. Pero cuando Miley tiró una bola de nieve a Nick, este se apartó y le dio a Helen en la barbilla.
Él se dio la vuelta, vio lo que había pasado y soltó una carcajada. A su novia, sin embargo, no parecía haberle sentado nada bien.
—Lo siento mucho, Helen —aseguró Miley, inquieta ante la expresión de rabia de la mujer—. Ha sido un accidente.
Helen se quedó en silencio. Estaba demasiado ocupada quitándose la nieve de la cara y de su abrigo oscuro de cachemira. Su melena negra se balanceó cuando giró la cabeza hacia Miley y la miró entornando los ojos. Pero no dijo nada.
Miley recordó que Nick y ella se habían besado la noche anterior y sintió una punzada de culpa. Había sido un momento de locura y, al menos, los dos se habían dado cuenta de ello... y habían parado. Trató de sentirse mejor al pensar eso, pero la culpa no se fue del todo.
—¿Podemos jugar más, papá? —preguntó Beth.
—A lo mejor después, cariño. Y ahora sé educada y saluda a Helen.
—Hola, Helen —obedeció, sin apenas mirar a la mujer.
Miley notó que la respuesta de Helen fue igual de fría. Sin embargo, la mujer saludó a Nick con cariño. É! se acercó y ella se estiró y lo besó en los labios.
Miley apartó los ojos con una extraña sensación. Era una sensación rara que nunca había experimentado y que no sabía cómo definir. No fue una sensación demasiado incómoda, ya que el beso no había sido demasiado ardiente... pero sí había algo de posesividad en ella. Quizá fuera porque aquello suponía la vuelta a la realidad. Ver así a Helen y a Nick, cerraba la puerta a sus estúpidas fantasías. Había sido una tonta al pensar que él podía tener cierto interés por ella o que podía llegar a tener una familia.
—¿Vamos dentro y tomamos algo? —sugirió él mientras se apartaba de Helen.
—Eso suena estupendo —contestó Helen, sonriéndole.
—Yo debería irme —comentó Miley mientras entraban todos en la casa—. Es evidente que las carreteras ya están despejadas.
—Sí, ya lo están. Así que no te retenemos si quieres irte —dijo Helen.
—No te vayas, Miley —le suplicó Beth, a su lado—. Quiero que juegues conmigo y con papá otra vez.
—Miley no tiene tiempo, cariño —intercedió él, acariciando a la niña en la cabeza—. Pero tómate un café con nosotros antes de marcharte.
Nick no esperó a que ella respondiera, sino que se metió en la cocina y puso la cafetera al fuego.
Miley se quitó las botas de Gina, colgó su trenca y siguió a Helen al salón. Beth se fue con su padre a la cocina. Helen se sentó en el sofá, donde se puso a hojear una revista. Apenas miró a Miley, que se sentó en un sillón frente a la chimenea.
—Hemos tenido un tiempo horroroso, ¿verdad? —comentó Miley—. No parece que estemos en abril.
—Es cierto.
Helen había hablado sin mirarla. Hojeó algunas páginas más de la revista y luego clavó su mirada en la ropa que llevaba la joven ayudante.
Era indudable que la miraba con desprecio y Miley se dio cuenta. Pensó que era normal ya que, al lado de aquella mujer elegante y moderna, ella tenía un aspecto vulgar.
Helen era una mujer perfecta, pensó. Usaría una talla ocho y llevaba ropa de diseño. La elegante falda se ceñía a la perfección a sus estrechas caderas y a su vientre plano, llegándole por las rodillas y revelando así unas piernas largas y bien formadas, cubiertas con unas botas de suave piel.
Estuvieron unos momentos mirándose en silencio y Miley pensó en algo que decir.
—Vine anoche a cuidar a Beth y me tuve que quedar aquí a causa de la nieve.
—Sí, ya me lo ha contado Nick —Helen dejó la revista y miró la hora, bostezando.
Miley decidió no seguir intentándolo. Helen no hablaba apenas con ella cuando iba a la empresa, ni tampoco cuando telefoneaba a Nick. Siempre se había comportado de manera fría y reservada.
Nick volvió con una bandeja y Helen pareció, de repente, volver a la vida.
—Cariño, ayer nos lo pasamos fenomenal. Fue una pena que no te quedaras en Londres. Fuimos al club La Ruba.
—Ya, pero como te dije por teléfono, tenía una reunión y Gina tuvo que irse. Fue una tarde caótica. Hubiera sido un desastre si Dulce no me hubiera salvado.
Nick miró a Miley y esbozó una sonrisa. Le ofreció una taza de café y luego se sentó al lado de Helen.
—No ha sido nada —dijo ella con naturalidad. Beth llegó en ese momento y fue a sentarse en uno de los brazos del sillón donde estaba ella—. Nos lo pasamos muy bien ayer, ¿verdad, Beth?
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