sábado, 4 de febrero de 2012

Capitulo 1.-

Miley levantó la vista del teclado y miró el ca­lendario. ¡Solo faltaban tres semanas para la boda de su hermana! Cada vez que pensaba que tenía que ir sola, le entraba un pánico terrible; lo que, por otra parte, la hacía enfadarse consigo misma. No era para tanto. «Hoy en día muchas mujeres van solas a cualquier evento social», se dijo con firmeza. Así que no iba a agobiarse por ello.
Volvió a fijarse en la última de las cartas que tenía sobre la mesa y después miró la hora. Eran las cuatro y media, casi la hora de irse a casa. Por lo general, un viernes a esa hora de la tarde solía estar contenta, ya que empezaba el fin de semana y con él quedaban a un lado la rutina y el trabajo. Pero eso era cuando salía con Liam.
Sin embargo, su relación había terminado. Liam era cosa del pasado. A sus veintinueve años, se encontraba de nuevo sola. Había desperdiciado dos años enteros con un hombre que, de la noche a la mañana, había de­jado de ser su Príncipe Azul para convertirse en Quasimodo. ¿Cómo había sido tan estúpida?, se preguntó una vez más.
La impresora empezó a sacar las cartas y ella las re­pasó mientras trataba de dejar de pensar en Liam Flynn. Pero no era tan fácil, en especial cuando su situación económica era un completo desastre por culpa de él.
La puerta que conectaba con el despacho de al lado se abrió y se oyó la voz de Nick Jonas.
—Miley, ¿has llamado a Manchester para decirles que iré mañana?
—Sí, Nick, he llamado.
—¿Y qué ha pasado con el señor Steel... arreglaste el problema con el restaurante Waterside?
—Sí, está todo solucionado.
Miley se levantó y se alisó el elegante conjunto os­curo que llevaba puesto, preparándose mentalmente para hablar con Nick Jonas.Necesitaba pedirle un aumento de sueldo y había estado esperando toda aquella semana el momento adecuado. Pero, por des­gracia, aquellos días era imposible hablar con su jefe.
Llevaba varios meses de negociaciones para que­darse con una cadena de restaurantes y la tensión ha­cía que estuviera bastante nervioso y refunfuñón. Algo extraño en él. Pero ya no podía esperar más, se dijo con firmeza. No sabía si era el momento ade­cuado, pero iba a pedírselo esa misma tarde, antes de marcharse.
La muchacha tomó su agenda de la mesa, recogió las cartas que él tenía que firmarle y, con paso deci­dido, entró en el reino de Jonas.
Al entrar se quedó muy sorprendida, ya que su jefe, en vez de estar trabajando tras el escritorio, se había si­tuado delante de la ventana, contemplando el perfil que formaban los edificios de Londres.
—El pronóstico del tiempo dice que va a nevar —co­mentó ella—. Quizá sería mejor que retrasara su viaje al norte.
—Sí, gracias, Miley, pero no creo que un poco de nieve vaya afectar a mi vuelo.
—Es que han dicho que se prevén ventiscas.
—¿Sí? La verdad es que, como casi nunca aciertan, no me preocupan las previsiones del tiempo.
—Como quieras —Miley dejó las cartas sobre el es­critorio—. Tienes que firmarme estas... Oh, John Hunt me dijo que lo llamaras antes de las seis.
Nick no apartó la vista de la ventana.
Ella se dio cuenta de que se había quitado la cha­queta. La había dejado sobre su silla.
Los ojos de Miley se clavaron sobre sus hombros anchos y bien formados. Para pasar tanto tiempo sen­tado, era un hombre con un cuerpo impresionante. Bastante fuerte y muy viril.
La primera vez que lo había visto, cuando había ido allí dos años antes a hacer la entrevista, se había que­dado bastante impresionada con él. Su pelo negro y aquellos ojos oscuros, que parecían llegarle hasta el co­razón, también la inquietaron bastante. Además, tenía la seguridad de una persona satisfecha consigo misma y consciente de su poderosa sensualidad. Por otro lado, era muy trabajador. Lo que había hecho que la relación laboral que mantenían fuera bastante buena.
A Miley le encantaba el modo directo con el que se enfrentaba a cualquier asunto. Disfrutaba del riesgo que suponía trabajar para él, quizá porque ella era tam­bién bastante perfeccionista. Después de la primera se­mana de estar allí, comenzó a relajarse ante él. Ade­más, estaba en ese momento con Liam. De todos modos, tampoco había tenido tiempo para ese tipo de cosas. Desde el primer día, había tenido que concen­trarse en su trabajo. Pero, en cualquier caso, ella pen­saba que formaban un equipo estupendo.
Apartó los ojos de Nick y abrió la agenda.
—Renaldo llamó para decir que llegará tarde, como a las cinco y media.
—Estupendo... otro día que saldré de aquí a las tantas —comentó Nick en un tono seco.
—Oh. Y también pedí que el miércoles te enviaran a casa un ramo de rosas rojas, como me dijiste.
—Gracias.
Ella pensó que él las llevaría después en persona. Luego se preguntó, por un segundo, cómo iría la re­lación de él con Helen, su elegante novia. En aque­llos dos años que llevaba allí, había pedido ramos de flores para muchas mujeres. Pero según había oído, desde la muerte de su esposa tres años antes, nin­guna mujer le había durado tanto como Helen Smyth—Jones.

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