domingo, 19 de febrero de 2012

Capitulo 5.-

—¿Adonde vas con tanta prisa? —preguntó Joe cuando Nick dejó un billete de diez dólares en la mesa y se puso en pie.
—Voy a pasar por comisaría antes de ir a recoger la camioneta.
—Déjalo correr —aconsejó Kevin.
—Lo único que vas a conseguir es que la agente se enfade aún más —advirtió Joe—. Irá a por ti cada vez que te vea.
Nick ignoró el consejo y se fue. Aunque normal­mente era una persona bien humorada y desenfadada, no pensaba permitir que aquella agente se saliera con la suya. Solo debía asegurarse de contar primero su versión de la historia.
Cuando entró en la comisaría dedicó una amistosa sonrisa a la secretaria.
—Hola, Maggie, ¿cómo te va? 
Maggie Davison le devolvió la sonrisa.
—Bien, guapo. ¿Qué te traes entre manos? Imagi­no que nada bueno, como de costumbre.
Nick apoyó los codos en el mostrador y dedicó a la joven su sonrisa de alto voltaje. Al menos ella reac­cionó favorablemente, a diferencia de aquel monstruo de ojos verdes vestido de policía.
El y Maggie habían salido informalmente unos meses antes, hasta que ella se lió con un hombre que acabó siendo su ex marido. Nick decidió hacer uso de su encanto para asegurarse un aliado en te­rritorio enemigo.
—Sabes que soy un ciudadano inofensivo y obe­diente que no haría daño ni a una mosca —dijo con una nueva sonrisa—. ¿Está Tate en su despacho? Me gustaría charlar unos minutos con él.
—Por supuesto. Ve para allá mientras lo aviso.
—Gracias, bombón. ¿Estás saliendo con alguien últimamente?
Maggie se encogió de hombros.
—Nada serio. ¿Y tú?
—Tampoco. Podríamos ir a bailar juntos el viernes por la noche.
Maggie sonrió, encantada.
—Me gustaría mucho.
Nick se alejó por el pasillo recordando que siem­pre se había divertido con Maggie. Además, nunca ve­nía mal contar con un amigo en el sitio adecuado, y Maggie podía facilitarle información sobre la nueva agente.
—Adelante —dijo Tate Jackson cuando Nick lla­mó a la puerta.
Nick entró, estrechó la mano del sheriff y ocupó la silla que había ante el escritorio, que estaba lleno de papeles y carpetas.'
—¿Qué puedo hacer por ti Nick?
—He venido a poner una queja. Esta mañana he tenido un encuentro con esa nueva agente. 
Tate frunció el ceño.
—¿Qué clase de encuentro?
—Me ha multado cuando venía hacia aquí con la camioneta del rancho para llevarla a arreglar. Le he dicho que iba camino de la estación de servicio, pero le ha dado igual. Al parecer, opina que debemos se­guir las mismas normas aquí que en las ciudades con­gestionadas de tráfico.
Tate asintió pensativamente.
—Comprendo.
—Puede que la camioneta parezca un montón de chatarra —continuó Nick—, pero es muy necesaria en el rancho. Mis primos la toman prestada todo el rato para mil tareas distintas. A veces hay que llevarla a reparar, pero la agente pretendía que volviera con ella al rancho.
—Hmm —fue todo el comentario de Tate.
—No se ha mostrado nada comprensiva. Me ha puesto una multa de cien dólares para dejarme traerla a la estación de servicio de Pinky. Parece que han puesto un peaje entre el rancho y la ciudad y ella se ocupa de cobrarlo.
—¿Cien dólares? —murmuró Tate—. Parece un poco exagerado. Déjame ver la multa.
Nick dedujo que el viejo Tate estaba de su lado, y no necesitó más para continuar.
—Y siento tener que decirte que esa nueva agente tiene una actitud que no va a gustar nada a la gente de por aquí.
Tate miró un momento la multa.
—Supongo que te has hecho el bueno pero ella no ha picado.
—Desde luego que no ha picado. Cuando he ba­jado de la camioneta me ha dado el alto y me ha apuntado con la pistola. No quiero ni pensar en lo que podría pasar si alguien comete un delito de ver­dad —dijo Nick con expresión preocupada—. Lue­go, ha empezado a soltarme una lista de números. No tengo ni idea de por qué estaba despotricando tanto.
Alguien llamó a la puerta en aquel momento.
—Adelante —dijo Tate.
Nick se sobresaltó al ver al objeto de su frustra­ción en el umbral de la puerta. La policía de los des­lumbrantes ojos verdes y el cuerpo escultural se detu­vo en seco. Su mirada fue de Tate a Nick. Este le dedicó una sonrisa petulante. «Adelante, listilla», pen­só. «Ahora vamos a ver quién sale de aquí con la re­primenda»

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