La oficial Miley Cyrus miró por el espejo retrovisor y masculló una maldición al ver que la camioneta que acababa de parar había vuelto a la autopista, desafiando su orden. Al parecer, el atractivo vaquero que la conducía no la había tomado en serio.
Estaba claro que no había servido de nada darle una advertencia, pensó mientras ponía en marcha las luces y la sirena. Iba a ponerle la multa y a incautar su camioneta, ¡y que tratara de convencerla de lo contrario!
Cuando la camioneta se detuvo en el arcén tras su coche. Miley bajó hecha un basilisco para enfrentarse a Nick Jonas. Parpadeó incrédula cuando el conductor bajó la ventanilla llena de barro y le dedicó una sonrisa encantadora.
—¿Hay algún problema, agente?
—El problema es que acabo de enviar de vuelta al señor Nick Jonas a su rancho con esta camioneta porque viola varias normas de tráfico... —su voz se apagó cuando un reluciente todoterreno negro se detuvo junto a ella. La ventanilla tintada bajó y Nick asomó su sonriente rostro por ella.
—¿Va todo bien? —preguntó en tono burlonamente inocente.
Miley estuvo tentada de sacar la porra y darle en la cabeza. Cuando vio la expresión divertida de sus ojos supo que le estaba tomando el pelo. De manera que creía que acababa de jugársela. ¡Eso habría que verlo!
—Baje del vehículo, señor Jonas —ambos hombres abrieron la puerta a la vez—. ¡Usted no! ¡Él! — ordenó Miley a la vez que señalaba con el índice a Nick.
—¿Qué he hecho? —preguntó él con expresión inocente.
—No juegue conmigo —replicó Miley en tono de advertencia. Luego, sacó su cuadernito de multas y escribió rápidamente en él.
—¡Pero si al vehículo que conduzco no le sucede nada!
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Joe, y volvió a mirar su reloj—. Tengo prisa. ¿Puedo irme ya?
—¿Qué tal si olvidamos la multa y escolto a mi primo y a la camioneta hasta la ciudad? —sugirió Nick—. Iré delante de Joe con mis luces de emergencia encendidas hasta la gasolinera. ¿Le parece bien, agente? —tuvo la audacia de dedicarle un guiño y otra sonrisa sexy.
A Miley no le hacía ninguna gracia ser objeto de manipulación y flirteo. Pero, como antes, aquellos ojos color ébano se deslizaron arriba y abajo por su cuerpo y se detuvieron momentáneamente en su pecho. Aquel tipo iba a averiguar rápidamente que ella esperaba ser tomada en serio. ¡Era una agente de policía y él debía mostrarle respeto!
—De acuerdo, señor Jonas, guíe a su primo hasta la ciudad —murmuró mientras le entregaba la multa—. Y lave esa pila de chatarra de paso para que usted y su primo puedan saber adonde se dirigen. Si vuelve a suceder algo parecido, confiscaré el vehículo. A continuación, giró sobre sus talones y se encaminó hacia el coche patrulla.
—¡Una multa de cien dólares! —exclamó Nick, incrédulo—. ¿Por qué?
Miley volvió la cabeza para dedicarle una sonrisa burlona.
—Lo he multado por su estupidez, señor Jonas. Espero que así no se le ocurra volver a gastarme una de sus bromas.
Satisfecha, se alejó en su vehículo mientras Nick la miraba con el ceño fruncido. Se creía muy gracioso, ¿no? Pues la risa le había costado cien dólares. En otra ocasión se lo pensaría dos veces antes de intentar tomarle el pelo.
Para cuando Nick llegó con su primo a la estación de servicio Pinkman estaba que bufaba.
—Cien dólares —gruñó mientras se deslizaba en el asiento para que Joe lo sustituyera ante el volante del todoterreno—. Esa agente carece de sentido del humor. Ninguno de los oficiales de por aquí ha hecho nunca algo parecido.
—Puede que te caiga mal —dijo Joe—, pero he visto cómo la mirabas y babeabas mientras se alejaba.
—¡Solo estaba boquiabierto por la conmoción! — protestó Joe. --¿Dónde se cree que está patrullando? ¿En el centro de Chicago?
Joe arqueó una oscura ceja y sonrió sin ninguna compasión mientras entraba en el aparcamiento del restaurante para reunirse con su esposa.
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