sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 20.-

—Gina ha tenido que luchar mucho para que la de­jara rehacer la maleta.
—Parece que está muy contenta con el viaje.
—Es normal. Le ha contado a todo el mundo que va a ir a tu casa de Irlanda. Se lo ha dicho incluso al gato del vecino.
Ella se echó a reír.
—Me alegro de que le apetezca tanto.
—Fuiste muy amable al sugerir que se viniera con nosotros, Miley —añadió Nick con dulzura.
—La casa es muy grande y los hijos de mi prima es­tarán allí. Ellie tiene dos niñas de la edad de Beth, más o menos. Sarán es un poco mayor y Jane un año más pequeña.
—De todas formas, has sido muy amable al invitarla —insistió él.
—A propósito, ¿quién se ha quedado con ella hoy?
—Gina, aunque tuve que pedírselo por favor. He de encontrar enseguida a alguien.
—Es difícil.
—Sí, lo es. Pero tú me ayudas mucho, Miley —cuando la miró de reojo, ella sintió que el estómago se le enco­gía—. Gracias —añadió en voz baja.
—Sabes que me gusta ayudarte en todo lo que tenga que ver con Beth. Es una niña estupenda.
Aunque la escuchó en silencio, Nick parecía estar pensando en otra cosa.
—¿Sabes? Tú y yo deberíamos salir a cenar con más regularidad —dijo después de un momento—. Después de todo, nuestro negocio es la hostelería. Deberíamos ir cada semana a un sitio diferente como trabajo de in­vestigación.
—Mejor que no lo hagamos.
—¿Por qué?
—Porque engordaría.
—No creo que tengas que preocuparte por eso. En­tre nosotros, creo que tienes un cuerpo estupendo... A propósito, he reservado una mesa en el restaurante Waterside. Espero que te apetezca ir allí —añadió, cam­biando precipitadamente de tema.
—Es quizá el mejor restaurante de Londres, así que sí me apetece. Pero si quieres investigar, ¿no debería­mos ir a algún restaurante de la competencia?
—Quizá tengas razón —la miró con gesto seductor—. Pero hoy quiero hacer una investigación de otro tipo.
—¿Un control de calidad? —bromeó ella, confiando en no haberse puesto colorada.
—Algo parecido.
El restaurante Waterside estaba a orillas del Támesis. Era un edificio moderno, cuya fachada tenía la forma de un semicírculo de cristal para poder contem­plar el río. La decoración era de un estilo que mezclaba el cristal con el hierro forjado, y tenía tres plantas. En la de abajo estaba la barra, que se extendía en una terraza. El restaurante se encontraba en las dos plantas superio­res, unidas por una escalera negra de caracol.
Miley se alegraba de haberse puesto su vestido azul. Era elegante y moderno, por lo que resultaba ade­cuado para ir allí.
El director del establecimiento, Jamie McDonald, los saludó cordialmente en la entrada. Después de que una persona se hiciera cargo del abrigo de Miley, fue­ron conducidos a la barra.
Ella había estado allí varias veces en comidas de negocios, pero nunca había ido con Chris. Se sentó en uno de los altos taburetes y bebió un trago del Chardonnay que les habían servido mientras obser­vaba a los camareros ir y venir. Nick estaba ha­blando con Jamie.
En una situación normal, ella se habría interesado por la conversación, pero esa noche no. En lugar de ello, pensaba en cómo sería convertirse en la novia de Nick Jonas. Estudió su perfil y recordó lo bien que sabía besar.
Si Liam le había hecho daño, ese hombre podía des­trozarla, pensó de repente.
Nick la miró en ese momento y sonrió.
—Jamie, si no te importa, querríamos comer ya.
El hombre hizo un gesto con las manos, disculpán­dose por haberlos entretenido. Luego los condujo a una de las plantas superiores, a una mesa que había en un rincón apartado. Después de darles un menú a cada uno, los dejó a solas.
—Quizá no ha sido una buena idea venir aquí —co­mentó Nick—. Parece que no podemos escapar del trabajo, ¿verdad?
—No te preocupes —contestó ella.
Pero, en realidad, sí le hubiera gustado desaparecer del mundo por una hora como mínimo, y tener para ella sola a Nick.
—Debes de estar muñéndote de hambre —dijo él, abriendo la carta.
—La verdad es que no —contestó ella, esforzándose por concentrarse en el menú.
Se quedaron en silencio, envueltos por los sonidos del restaurante, al que comenzaban a llegar clientes. Miley era consciente de que Nick la estaba mirando con atención. Se preguntaba qué estaría pensando.
—¿Qué te ha dicho Liam? —le preguntó de pronto.
—Nada. Como he firmado los documentos, estaba bastante contento.
—¿Te ha pagado el dinero que te debe?
—Preferiría no hablar de Liam.
Él sacudió la cabeza.
—Deberías haberme dejado hablar con él. Tú eres demasiado blanda.
—Solo quería olvidarme de todo este asunto, Nick. Así que no me arrepiento de haber firmado esos docu­mentos.
—¿Sigues enamorada de él?
—No —respondió ella, algo sorprendida por la pre­gunta.
—Bueno, ya me imaginaba que dirías eso. No te gusta mostrarte débil ante los demás, ¿verdad?
Sus ojos se encontraron y a Miley comenzó a palpi­tarle el corazón.
—No sé de qué estás hablando. Me has hecho una pregunta y yo te he contestado.
En ese momento, se acercó el camarero para tomar­les nota. Ella pidió lo primero que vio en el menú.
Nick tenía razón: no le gustaba mostrarse débil ante los demás. Y no veía nada malo en ello.
—He dado en el clavo, ¿verdad? —le preguntó él una vez se retiró el camarero.
—No, te aseguro que no estoy enamorada de Liam —dijo en un tono duro—. Ni de él, ni de nadie.
Otro camarero se acercó a la mesa con una botella de champán y les sirvió dos copas. Luego metió la bo­tella en un cubo de hielo y se marchó.
—Feliz cumpleaños —dijo Nick, levantando su copa.
—Gracias.
Chocaron las copas y bebieron un poco.
—Lo siento —se excusó él—. No quería entrome­terme.
—Y yo siento haberme puesto tan nerviosa. Quizá fuera mejor no hablar de Liam.
—Te ha hecho daño, ¿verdad? ¿O quizá ha sido otra persona?
—No. Pero puede que sí me haya afectado lo de Liam.
Sin embargo, Nick no la creía. Tenía la sospecha de que otra persona le había hecho daño. Y por eso le costaba tanto confiar en los demás. Se daba cuenta de que le iba a resultar duro ganarse su confianza.
—Si no quieres hablar de ello, no pasa nada. Yo tam­poco quería hablar demasiado después de perder a Stephanie.
El le sonrió de un modo que hizo que a Miley se le encogiera el corazón.
—Y ahora, cuéntame algo acerca de tu familia —aña­dió él, cambiando de tema—. Infórmame de todo lo que tenga que saber para el fin de semana.
Miley pareció relajarse al ver que no iban a seguir hablando de ella.
—Papá es médico de familia y Margaret, mi madras­tra, trabaja con él como recepcionista.
—¿Se conocieron en el trabajo?
Miley asintió.
—¿Y tu familia? —preguntó ella.
—Mi padre murió hace cinco años y mi madre lo ha pasado muy mal. Estuvieron felizmente casados du­rante cuarenta años.
—Eso es todo un éxito. Muy pocos son tan afortuna­dos.
—Es cierto.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Tengo cinco hermanas. Soy el único varón.
Miley soltó una carcajada.
—No es extraño que te sientas tan cómodo entre mu­jeres.
—Así es. Soy todo un experto —bromeó él.
—¿Y dónde viven tus hermanas?
—Dos de ellas en América, una en Francia, otra en Holanda y Maddi vive en Cornwall. Como vive más cerca, es a la que más veo.
—¿Eran de ella los pantalones que me puse?
—Sí.
—Te los tengo que devolver. Ya los he lavado y plan­chado, pero siempre me olvido de llevártelos al tra­bajo.
—No hay prisa.
Nick rellenó las copas de champán y siguieron charlando amistosamente mientras cenaban. Miley pensó que hacía mucho tiempo que no se relajaba tanto estando con un hombre.
—Gracias, ha sido una cena estupenda —le dijo a Nick una vez les sirvieron el café.
—Sí, lo hemos pasado muy bien —dijo él, mirándola con aquellos ojos negros e intensos que hacían que se derritiera por dentro—. Ahora será mejor que te lleve a casa.
En el camino de regreso, ambos fueron en silencio. Ella no dejaba de preguntarse si debería invitarlo a en­trar. Desde luego, lo deseaba. Deseaba sentir de nuevo las manos de él sobre su piel. Deseaba saborear sus be­sos.
—¿Te gustaría tomar un café en casa? —le preguntó por fin cuando él detuvo el coche frente a su edificio.
Él apagó el motor y se la quedó mirando en silencio mientras afuera seguía lloviendo.
—No —respondió—, pero gracias por ofrecérmelo.
—De acuerdo —dijo ella, decepcionada.
—Mañana pasaré a recogerte sobre la una y media.
Ella asintió.
—Gracias por la cena.
Como él no hizo ningún ademán de darle un beso de buenas noches, fue ella quien lo besó en la mejilla. Pero cuando se disponía a apartarse, él la agarró y la besó en los labios. Fue un beso apasionado que des­pertó tal deseo en ella, que creyó que se iba a marear.
Luego la apartó con delicadeza y se metió en el co­che.

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