miércoles, 29 de febrero de 2012

Capitulo 6.-

Ashley y Destiny charlaron animadamente durante todo el camino hasta el registro civil. Tanto mejor. Miley no tenía ganas de hablar. Era el día de su boda. De su segunda boda. Trató de concentrarse en pensamientos positivos. No estaba enamorada de Nick ni se hacía ilusiones sobre aquel matrimonio. Nick no había tratado de fingir que sería algo más que un matrimonio de conveniencia por el bien de Dest.
Y Destiny estaba en éxtasis. Había afirmado que su padre era un romántico rematado y un impetuoso y que su madre era una mujer increíblemente afortunada. Pero luego había estado tan absorbida con el fin de curso, haciendo las maletas para su viaje a Francia y pensando en la vida que la esperaba a su regreso en Italia, que estaba sufriendo de un caso grave de sobreexcitación.
Ashley había comentado que Miley nunca se había destacado por su cautela con Nick. Como pensamiento del día, no había resultado muy inspirador. Pero cuando su tía tuvo la poca delicadeza de señalar que, después de todo, no tenía sentido interferir cuando los dos siempre habían actuado alocadamente el uno con el otro, Miley casi se atragantó al oír aquella injusticia. En aquella ocasión se había resistido a Nick con la heroica abstinencia de un adicto al chocolate siguiendo una dieta estricta. Cuando le había pedido que se casase con él, se había sentido enferma. Aquella idea no la había tentado. Nick la había derrotado sólo gracias a sus amenazas.
—Estás muy callada, mamá —observó Destiny finalmente cuando Miley salía con piernas vacilantes de la limusina que Nick les había mandado para que las recogiesen.
—Los nervios del día de la boda —comentó Aahley alegremente.
—Ojala no te hubieras puesto ese traje negro —dijo Dest frunciendo el ceño.
—Es elegante —murmuró Miley.
—Pero pareces que vas a un funeral.
Miley apenas había comido ni dormido en una semana y empezaba a notarse. Nick caminó hacia ellas y los ojos de Miley lo miraron de arriba abajo con incredulidad. Estaba rebosante de energía y una brillante sonrisa curvaba su expresión relajada. Llevaba un traje de color crema exquisitamente cortado que acentuaba su piel dorada y su pelo negro y parecía salido de un plató de Hollywood. Miley eludió su mirada sintiéndose amenazada por la fuerza y la resistencia del enemigo.
—Como puedes ver, mamá se siente abrumada —barbotó Dest—. Son los nervios… no es mieditis ni nada parecido.
— ¿Ó sea que no trataste de huir en el último minuto por la ventana del baño? —murmuró Nick suavemente a oídos de Miley.
Miley tropezó al oír sus palabras. La verdad era que había habido un momento de arrebato cuando su hija estaba aporreando la puerta diciéndole que había llegado la limusina en el que había considerado la idea de huir por la salida de incendios. Nick pasó un brazo de acero alrededor de su delgada espalda. Miley se puso rígida. El olor a él la invadió. Limpio, cálido y muy masculino, pero lo peor de todo, terriblemente familiar. Miley podía reconocer a Nick en una habitación en penumbra llena de hombres, y aquello la aterrorizaba.

La ceremonia fue breve. Sintió una oleada de mareo cuando un delgado anillo de platino se deslizó en su dedo.
—Signora Jonas... —dijo Nick llevando la mano de Miley, fría como el hielo, a sus labios para besarlos.
Otra vez aquel nombre. A Miley se le encogió el estómago. Soltó la mano de Nick y se frotó los temblorosos dedos contra la falda. Su sonrisa en honor de Dest se disipó al instante.
Nick las llevó a almorzar al Ritz. Comió copiosamente mientras que su esposa no pudo probar bocado. Hizo bromas con Ashley y le tomó el pelo a Desti. Cuando Nick triunfaba, nunca estaba tentado a mostrarse humilde en atención a los demás. Irradiaba satisfacción y exhibía una sonrisa cruel. Cuando un Jonas estaba en la cima, todo era gozo en su mundo.
Asqueada por aquella falta de remordimientos, Miley huyó al vestidor y se sentó en una cómoda silla con la pose de una víctima de un terremoto que esperara la llegada del siguiente temblor. Cuando volvió a aparecer, se sorprendió al ver que Nick la estaba esperando fuera.
—Pensé que habías salido corriendo —confesó con total serenidad—. Has tenido suerte de no hacerlo. Habría llamado a la policía...
— ¿A la policía? —repitió Miley horrorizada.
—Cuando te supera tu sentido de la tragedia, es muy probable que te arrolle un autobús —bromeó con voz ronca—. He conocido a gente que se ha enfrentado a la muerte con más entereza que tú a nuestra boda, pero ha sido una experiencia memorable y te lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón. He estado extasiado desde que entraste tambaleándote en el registro civil vestida completamente de negro. Cada uno de tus suspiros lacrimosos y de tus estremecimientos me ha tenido hechizado.
— ¿Cómo dices? —inquirió Miley ruborizándose y cuadrándose de hombros.
—Oh, no dejes de ir cabizbaja —suplicó Nick observándola con animados ojos dorados—. Me hace sentirme tan increíblemente macho y medieval.
— ¡No voy cabizbaja! —exclamó Miley con indignación.
—Y pareces tan increíblemente femenina y frágil cuando lo haces que siento un verdadero impulso erótico —añadió mirándola con repentina apreciación sexual.
Conmocionada por lo inesperado de aquella afirmación, Miley se agitó como si le hubiera alcanzado un rayo. Sintió el calor encenderse en su cuerpo y sus delgados muslos se contrajeron. De repente, era terriblemente difícil respirar y su corazón latía como loco.
—Ese comentario estaba fuera de lugar —acertó a decir en un tono que esperaba resultase de desaprobación—. Esto es un matrimonio de conveniencia.
— ¿Y cómo defines la palabra conveniencia? ¿O no has llegado a tanto todavía? —inquirió Zac tomando su mano suavemente para conducirla a donde estaban Ashley y Dest.
—Habitaciones separadas —clarificó Miley sin respirar—. Creo que es obvio.
—Jared fue tan cariñoso ayer —decía Dest en voz alta cuando llegaron hasta ellas—. Lo sentí mucho por él. Hasta le llevó flores a mamá.
— ¿Jared?—inquirió Nick paralizado.
—Vino a verme para desearme buena suerte —dijo Miley poniéndose rígida.
Jared había felicitado a Miley por la buena boda que iba a hacer y había insinuado que le debía un favor por su buena fortuna ya que Nick, después de todo, había sido su cliente.
—Tal vez quisieras casarte tú con él en mi lugar —le había dicho Miley.
Jaared había prorrumpido en carcajadas y pronto había revelado el verdadero motivo de su visita. Aquella misma mañana, Giles le había dicho que Nick era el nuevo dueño de Elite Estates. Jared, con su disfraz de piraña, había ido a verla para recordarle que siempre había pensado que Giles era un cerdo sexista y que sería mucho más fructífero para la agencia inyectar sangre joven y agresiva en la dirección.
Dejaron a Dest con su equipaje en la escuela. Fue corriendo hacia el autobús, donde la esperaban sus amigas y saludó frenéticamente por la ventana de atrás.
—Tiene miedo de que algún niño en el autobús no haya visto la limusina —gimió Miley avergonzada.
—Es feliz —replicó Nick—, y eso es todo lo que importa.
Unos minutos después, la limusina se detuvo delante de la casa de Ashley. Su tía les brindó una amplia sonrisa con un brillo de humor irónico en la mirada y una indiferencia profunda hacia la tensión que se respiraba.
— ¡Que paséis una luna de miel maravillosa! —les despidió con alegría.
— ¿Qué luna de miel? —gimió Miley cuando la puerta se cerró.
—Vamos a tomar un vuelo directo a Italia —le informó Nick—. Miley te ha metido unas cuantas cosas en la maleta.
— ¡Si no necesitamos luna de miel!
—Creo que necesitamos una desesperadamente.
—Creía que iba a mudarme a tu apartamento hasta que la niña regresase...
—Tampoco habías hecho las maletas para esa eventualidad, ¿verdad? —murmuró Nick con ironía.
Un incómodo silencio se prolongó hasta su llegada al aeropuerto y al subir al jet privado de los Jonas. Después del despegue, la azafata les sirvió champagne y les dio la enhorabuena en nombre de la tripulación.
— ¿Se lo has contado ya a tu familia? —preguntó Ashley de repente.
—Por supuesto.
—Supongo que fue un golpe más duro que una crisis en Wall Street.
—Les habría gustado asistir a la boda.
Miley se puso pálida como un cadáver y se sirvió más champagne con una mano temblorosa.
—Y yo que pensaba que el día no podría haber sido peor... No iremos a vivir con ellos, ¿verdad?
—inquirió repentinamente cuando la asaltó aquel horrible pensamiento.
— ¡Por supuesto que no! Pero para ellos fue un shock enterarse de que soy el padre de una adolescente —admitió Nick con voz tensa--. Se sienten muy culpables.
Miley había dejado de escuchar.
—Esta ha sido la peor semana de mi vida —protestó recordando vagamente las noches sin dormir, las comidas sin probar y los dolores de cabeza que había tenido.

—El sábado pasado te volví a ver. Arruinaste mi fin de semana —señaló Nick con voz tan suave como el terciopelo—. El lunes me dijiste que era padre. Pasé la noche dando vueltas por la habitación. El martes me dominó un abrumador deseo de buscarte y estrangularte. Me consolé comprando la agencia. El miércoles, conocí a mi hija. Me tranquilicé y empecé a reír otra vez. El jueves tuve que jugar al ratón y el gato. El viernes recé para que Dest impidiese que comprases un billete de ida al triángulo de las Bermudas Pero hoy nos hemos casado y se han acabado los juegos. Por fin puedo descansar.
Indignada por aquella evaluación de los hechos, Ashley contempló su atractivo rostro moreno y su cuerpo innegablemente relajado.
— ¡Cómo puedes llamar juego a lo que me has hecho! ¡Me has chantajeado!
Nick la observó. Sus ojos eran una línea de oro centelleante bordeada de exuberantes pestañas de color ébano.
—El estrés no es lo tuyo, piccola mia. A mí me da fuerzas, pero a ti no. Si no hubiera conseguido la licencia y te hubiera chantajeado, te habrías muerto progresivamente de hambre antes de que hubiese podido llevarte al altar. Ya has perdido mucho peso.
El agotamiento contra el que había estado luchando Miley toda aquella semana la estaba superando. Estaba empezando a resultar difícil pensar con claridad. Dio un enorme bostezo mientras se preguntaba por qué hablaba de su peso.
—Y déjame que te diga que no vas a seguir haciéndolo bajo un techo de mi propiedad. El próximo plato que te coloquen delante, te lo comerás —dijo Nick incorporándose ágilmente hacia delante—. Ahora creo que deberías descansar —añadió inclinándose para tomarla en sus brazos.
— ¿Qué crees que haces?
—Lo que debía haber hecho hace una hora. Estás sufriendo de falta de sueño —dijo depositándola en la cama de la cabina—. Intentar hablar contigo ahora es como hablar con un borracho. Y es culpa mía. He utilizado todos los medios posibles para atraparte, lo reconozco. ¿Te sientes mejor ahora?
Miley permaneció sin habla mirándolo fijamente. Nick se sentó en el borde del colchón y le quitó lentamente los zapatos.
—Una mala semana y estamos casados. ¿Qué es una mala semana?
—Fueron catorce la última vez… el infierno en vida...
—No fue el infierno en vida. ¡Dio, dame fuerzas! —gruñó Nick atravesándola con ojos de exasperación—. Está bien, tuvimos algunos problemas, pero no todo fue culpa mía. Tú cambiaste. De repente te convertiste en una huerfanita que no paraba de gimotear y con aspecto patético y lastimero.
—Dejaste de hablarme.
—No hablaba con nadie.
—Podrías haberme hablado a mí.
—Ignorabas alegremente el hecho de que la vida tal y como la había conocido hasta entonces había desaparecido —dijo con una irónica sonrisa—. Las cosas superficiales que no deberían haberme importado entonces, me importaron. Mis amigos pensaron que era hilarante que acabases quedándote embarazada. De hecho, pensaron que era lo más divertido que habían oído nunca. Por fin habían atrapado a Nick.
Miley pestañeó y palideció.
—No lo sabía.
—Y todo menos el matrimonio habría sido aceptado en mi círculo de amistades. No se me daba muy bien reírme de mí mismo a los diecinueve años. Un día era el rey y al siguiente un ermitaño... y, por si fuera poco, Vittorio intentaba hacérselas de padre duro por primera vez en el momento equivocado... tú gimiendo, mi madre gimiendo, Bianca gimiendo y todo por mi culpa. Tienes razón —suspiró Nick repentinamente—. Fue un infierno en vida.
Miley se dio media vuelta y miró la pared. Por fin admitía que su primer matrimonio había sido una pesadilla, pero no se sintió agradecida porque lo hubiera hecho. A los diecisiete años debía de haber sido espantosamente egocéntrica para no darse cuenta de que Nick estaba sufriendo tanto como ella, si no más...
— ¿Nick...? —susurró Miley con voz ronca y, frunciendo el ceño, volvió la cabeza.
Pero Nick ya se había ido y la había dejado sola. Y a Miley lo que la desgarraba en aquellos instantes era el presente más que el pasado. Nick podía admitir libremente que la había forzado a casarse otra vez con él y su conciencia permanecía limpia. En su opinión, Miley había cometido un delito mayor al no comunicarle la existencia de su hija. Y como madre de Dest, sólo era un instrumento para el deseo de Nick de tener la plena custodia de su hija. Como mujer, como esposa, no contaba. Con aquel pensamiento deprimente, Miley se quedó dormida.

Una mano cayó sobre su hombro y la agitó hasta despertarla. Miley fijó como pudo la vista en la foto del álbum que mantenían a pocos centímetros de su rostro.
— ¿Quién es éste? —inquirió Nick señalando con el dedo a un hombre que estaba de pie entre ella y una su hija de tres años. Miley hizo esfuerzos por con centrarse.
—Ese era George...
— ¿Y este tipo? —dijo Nick pasando la página. Miley posó la mirada vacilante en otro rostro masculino.
—Daniel... creo.
Volvió otra página. Miley dio un enorme bostezo mientras echaba una ojeada al atractivo hombre rubio que Nick estaba señalando. Se quedó en blanco.
—No me acuerdo de él...
— ¿Qué no te acuerdas? ¡No me sorprende! —la censuró Nick haciéndole dar un brinco—. Mi hija me dio seis álbumes y todos están llenos de desconocidos. Podrías montar una agencia de contactos internacional con el contingente masculino de tus fotografías.
Miley lo miró con enormes ojos soñolientos llenos de incomprensión.
—Dest me dijo que no salías con hombres, que apenas salías de casa... —prosiguió Nick. Miley abrió más los ojos. Se sorprendió de que su hija hubiera dicho aquella patraña. Siempre había disfrutado de una buena vida social—. Sospeché que exageraba un poco, pero no tenía ni idea de lo que estaba encubriendo. Dio... ¡Has estado acostándote con hombres desde que te divorciaste de mí!
La puerta se cerró de golpe y Nick desapareció tras ella dejando a Miley boquiabierta. ¿Acostándose con hombres? ¿Estaba loco? El sexo había estado a punto de echar a perder su vida a los diecisiete años y había aprendido bien la lección. La intimidad ocasional no era para ella. No le había faltado la compañía masculina durante aquellos años, pero nunca se había vuelto a enamorar. Ni lo había querido. Ashley decía que tenía un pánico a comprometerse que rozaba casi en paranoia, pero ningún hombre la había lastimado en trece años y Miley estaba orgullosa de ese récord.

Miley cambió de postura relajadamente. La cama era muy confortable. Separó sus suaves pestañas y se quedó helada. Desapareció toda su languidez y se incorporó como un resorte contemplando horrorizada aquel entorno tan espeluznantemente familiar que era aquella espaciosa habitación. Saltó de la cama y abrió las cortinas con manos impacientes para quedarse absorta viendo los jardines que se ex tendían ante ella. Parterres de forma cuadrada y adornados con tallas y fuentes y enormes vasijas de piedra con flores se perdían hasta los límites de un magnífico bosque de encinas. Más allá del bosque, se extendía el verdor ondulante de las colinas de la Toscana.
La primera vez que Miley había contemplado aquella magnífica vista había tenido la ingenua impresión de que estaba siguiendo una visita guiada por la casa de campo palaciega de los Jonas. Los padres de Nick sólo se alojaban en ella los fines de semana. Miley se había sentido enormemente intimidada por aquellos lujosos alrededores y Nick había vencido fácilmente sus protestas tímidas y poco firmes con apasionada persuasión llevándola a la cama para privarla de su virginidad...
Pero no sin asegurarle repetidas veces que no haría nada que ella no quisiese y que sólo tendría que decir que no y se detendría. Miley no había sido capaz de vocalizar una sola palabra en la oleada de pasión que prosiguió. Naturalmente, Nick ya había contado con ese hecho. Incluso de joven había conocido a fondo todas sus debilidades.
Finalmente, Miley se apartó de la ventana y volvió al presente temblando de indignación e incomodidad. ¿Cómo se atrevía Nick a llevarla a la residencia de la familia en la Toscana? ¿Cómo podía ser tan insensible como para no darse cuenta de que aquél era el último lugar que querría volver a visitar?
Estaba bajo la ducha del cuarto de baño de la habitación cuando se dio cuenta de que hacía trece años, aquella había sido la habitación de Nick. Claro que no seguiría siendo la suya. Pero en vez de verse invadida por el pánico, la invadió la excitación. No, nunca sucumbiría al potente atractivo de la sexualidad de Nick. Una distancia saludable y el desapego serían la única base segura y sensata para un matrimonio de conveniencia.
Miley cerró el grifo de la ducha y se secó con una toalla. Luego, dejando la toalla a un lado, volvió a entrar en el dormitorio. Iba de camino al vestidor, donde esperaba encontrar algo de ropa, cuando un suave golpe en la puerta la frenó en seco. ¡Estaba completamente desnuda! Cuando el manillar de la puerta empezó a girar, con un gemido ahogado se escondió debajo de la cama. El ruido de vajilla rompió el silencio y Miley esperó ver un par de pies de alguna doncella, pero en su lugar vio los pies masculinos e inconfundibles de Nick. Desnudos, morenos y bien formados.
— ¿Miley?
Contuvo la respiración y se puso colorada de mortificación. A otras personas no les ocurrían aquellas cosas, ¿por qué siempre le pasaban a ella? Nick miró en el cuarto de baño, en el vestidor y murmuró algo en italiano. Pero Miley no pudo aguantar la tensión por más tiempo y se aclaró la garganta.
—Estoy debajo de la cama. Por lo que más quieras, vete —silbó Miley con furia.
—De modo que... te has escondido debajo de la cama —dijo Nick lentamente después de una pausa.
—Pensé que eras la doncella.
—Ya sé que solías sentirte incómoda cuando el personal estaba presente, piccola mia... ¿pero no crees que esto es excesivo?
—Para tu conocimiento, no llevo nada puesto —le espetó Miley.
—Lo sé perfectamente —le aseguró Nick con brusquedad—. Estaba entre los árboles hace un rato cuando abriste las cortinas y permaneciste delante de la ventana en tu gloriosa desnudez durante diez minutos exactos.
— ¿Me has cronometrado? —inquirió Miley escandalizada.
—Puede que no me entusiasmen las puestas de sol y que no pronuncie discursos románticos bajo los balcones, pero aprecié profundamente esa vista en particular. También me felicité por haber dado instrucciones de que el personal sólo viniese a ciertas horas del día. No soy de miras estrechas, pero sí bastante egoísta. Si inconscientemente hubieras expuesto tus atractivos a algún otro, te habría retorcido el pescuezo.
—Vete de aquí, Nick —explotó Miley—. No voy a salir hasta que no te vayas.
Nick puso una bandeja encima de la alfombra.
—Mira —dijo en tono seductor—. Tu chocolate caliente favorito adornado con nata montada. Muy dulce y cremoso. Tiene que estar haciéndosete la boca agua...
— ¡No lo quiero! —aulló Miley salvajemente. Luego vio una prenda de algodón en el suelo al otro lado de la cama y rodó hasta poder alargar el brazo para alcanzarla.
—Incluso cuando te concentras lo bastante como para saber lo que pasa a tu alrededor... que, a decir verdad, no es muy a menudo... sigues fascinándome —bromeó Nick dejándose caer en un sillón y estirando unas piernas largas enfundadas en unos vaqueros—. Cualquier otra mujer se habría metido dentro de la cama, pero tú te metiste debajo.
Miley estaba concentrada febrilmente en atarse los botones de la camisa, pero sus dedos se ralentizaron al fijarse en aquellas piernas. Salió de debajo de la cama con el cabello rubio platino salvajemente despeinado y los ojos violeta tan brillantes como joyas en su rostro triangular.
Obsequiándola con una sonrisa de brillo cegador, Nick se puso ágilmente de pie y la perturbó vestido como estaba con vaqueros ajustados y desgastados y un polo de color blanco. Se quedó transfigurada ante aquella visión y se le secaron los labios. La tela vaquera revelaba fielmente cada una de las líneas viriles de sus caderas y de sus largos y fuertes muslos. Su atención se desvió hacia la protuberancia claramente masculina de su entre pierna y sintió una punzada de dolor en la parte baja de su vientre.
—Todavía te derrites al ver unos vaqueros, aunque tú no lleves ningunos.
— ¡Mentira!—exclamó Miley con el convencimiento de que hasta los dedos de sus pies se habían puesto colorados. No podía creer que lo hubiera mirado de aquella manera.
—Y estás andando sobre una cuerda floja con esa camisa. Dest no está en la habitación de al lado, así que no tienes red de seguridad. Cuanto te caigas... te atraparé.
Miley frunció el ceño mientras luchaba por apartar la mirada de aquellos ojos entornados de oro puro y finalmente se percató de que llevaba puesta una de sus camisas.
— ¿Dónde dormiste anoche?
—En el vestidor... como un caballero.
— ¿Es que sólo estaba preparada una habitación? —inquirió Miley sopesando aquella afirmación.
—No te has abrochado bien mi camisa —murmuró Nick como si no la hubiera oído, y aquella observación ronca hizo que le flaquearan las rodillas—. Pero no te preocupes. Estoy dispuesto a quitártela otra vez.
— ¡No vamos a hacer ese tipo de cosas! Sólo te has casado conmigo para conseguir la custodia de Dest —protestó Miley mirándolo con ojos atónitos.
—Tienes unas ideas muy originales sobre el matrimonio, piccola mia.
— ¡Olvídalo! —dijo Miley con furia, irguiéndose.
—No he hecho votos de celibato —afirmó Nick lanzándole una poderosa sonrisa de desafío—. Y estoy chapado a la antigua. Mi esposa comparte mi cama. No es un tema de negociación, ni hoy ni mañana, ni ningún otro día. No podrás optar a dormir en otro dormitorio que no sea el mío aunque haya cincuenta habitaciones para invitados bajo el techo conyugal.

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