La pequeña asintió y luego se sentó en sus rodillas.
—Jugamos al parchís y Miley me leyó un cuento.
—¡Qué maravilla! —dijo Helen con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos—. Ten cuidado de no tirar el café a Miley, cielo. No queremos manchar el sillón de café, ¿a que no? ¿Por qué no vienes y te sientas conmigo? —añadió dando un golpecito a su lado, sobre el sofá.
—No voy a tirar el café a Miley —respondió Beth, haciendo un gesto negativo.
—¿Y dónde más fuisteis anoche? —le preguntó Nick a Helen.
—Antes de ir al club, cenamos y nos tomamos una copa. Estuvieron Henry y Jason. Me mandaron saludos para ti.
Miley se distrajo de la conversación al ver que Beth apoyaba la cabeza contra su brazo. Miró a la niña, que tenía las mejillas muy rojas y los ojos pesados.
—¿Estás cansada, Beth? —le preguntó en voz baja.
La niña asintió.
—Henry es muy divertido. Nos llevó a la zona VIP de La Ruba y estuvimos bebiendo champán toda la noche.
—Qué bien —replicó Nick, cuya mirada se había posado en su hija.
Observó que Miley ponía la mano en la frente de la niña y luego le pasaba un brazo alrededor de los hombros. Finalmente, le susurró algo al oído. Algo que hizo que la niña sonriera.
—Henry nos ha invitado el próximo viernes al chalet que tiene en Hampshire. Podemos practicar el tiro con escopeta y montar a caballo. ¿Qué te parece?
—Lo siento, Helen, pero el próximo viernes tengo que ir a Manchester por asuntos de trabajo.
Ella frunció el ceño.
—Entonces tendremos que ir el sábado por la mañana.
—Ya veremos. Han surgido algunos problemas con Gina. Su padre está muy enfermo.
Miley miró a Helen y vio en su rostro que la respuesta no le había gustado.
—¿Y no puedes encontrar a alguien que la sustituya? ¿Qué dificultad puede haber en encontrar a alguien que cuide de una niña de seis años para un fin de semana?
Miley se tomó lo que le quedaba del café de un trago, dispuesta a marcharse.
—Voy a recoger mis cosas arriba, Nick —explicó, separándose con mucho cuidado de Beth.
Esta se levantó también.
—No cumpliré seis años hasta la semana que viene —informó a Miley mientras se iba detrás de ella.
—Lo sé, cariño. ¿Qué te van a regalar para tu cumpleaños?
—Le he pedido a papá que me compre un juego de magia.
Salieron y, al cerrar la puerta, oyó hablar a Helen.
—Miley es una chica poco atractiva, ¿verdad? Debe ser una pena para ella.
Ella no entendió la respuesta de Nick, pero subió las escaleras con el ceño fruncido. ¿Quién demonios se creía Helen?
—Y la tía Maddi va a regalarme una pistola de agua.
—¡Madre mía! Con eso te vas a divertir mucho —respondió Miley, mordiéndose la lengua para no añadir que con suerte podía dispararle a la tía Helen.
Una vez en la habitación, ella dobló su ropa de trabajo y la metió en una bolsa. No tenía por qué cambiarse, ya que quería lavar la ropa de la hermana de Nick antes de devolvérsela. Tomó su bolsa y se miró en el espejo.
«Es una pena»... oyó de nuevo la voz de Helen. Y no pudo evitar preguntarse lo que habría contestado Nick.
Aunque le daba exactamente igual, pensó con rabia.
Cuando se volvió hacia Beth, se fijó en que la pequeña la estaba mirando desde la puerta abierta.
—Me gustaría que no te tuvieras que ir —afirmó con tristeza la niña, mirándola con sus enormes ojos azules.
Dulce se sintió conmovida. Se acercó y le dio un abrazo.
—Lo siento, cariño. Pero volveré muy pronto, ya verás —añadió en voz baja.
Mientras se apartaba de la niña, Miley pensó que había cosas más importantes que la forma de vestir. Si Helen Smyth—Jones se tomaba tan en serio la relación con él, haría bien en cuidar menos su aspecto y concentrarse en construir una relación con su hija.
De repente, recordó a su padrastro. No le había hablado de él a Nick cuando le había contado lo del divorcio de sus padres.
Michael Blake era alguien al que prefería olvidar. Había sido un hombre guapo, elegante y sofisticado. Su madre lo había amado con locura y habría hecho cualquier cosa por él. Miley había observado, desde la distancia y sin poder hacer nada, cómo la había idodestruyendo. Era un hombre que había disfrutado creando un reino de terror en su casa.
Nunca quiso a Miley. A los seis años, ella no había sido capaz de entenderlo e incluso en ese momento seguía costándole un gran esfuerzo. Lo único que sabía era que las pesadillas en las que aparecía ese hombre habían tardado mucho tiempo en desaparecer y que todavía, a veces, cerraba los ojos y veía su rostro.
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