sábado, 18 de febrero de 2012

Cap 25.-

—Sí.
—¿Y qué ha pasado? —preguntó ella, impaciente—. ¿Ha firmado ya Renaldo?
—Sí, ha firmado.
Ella no pudo contenerse y se echó en sus brazos.
—Lo lograste. ¡Nick, me alegro tanto por ti!
—Bueno, tú me has ayudado mucho —comentó él—. Hacemos muy buen equipo, ¿no te parece?
De pronto, ella se dio cuenta de que seguían abraza­dos.
—Sí, me lo parece.
Él inclinó la cabeza y la besó.
Miley le pasó los brazos por detrás del cuello, apre­tándose contra él mientras respondía al beso apasiona­damente.
Cuando él la soltó, estaba temblorosa y sin aliento.
—¡Vaya, menudo beso!
—Teníamos que celebrarlo de algún modo, ¿no?
Ella asintió.
—¿Y no vamos a seguir celebrándolo?
Él volvió a besarla con tanta ternura, que ella se sintió como si le hubiera tocado el alma. Fue una sen­sación que no había vivido nunca.
Cuando él se separó de ella, se sentía mareada y tuvo que apoyarse en Nick un momento.
—Cuando dije que no deberíamos tener una aventura amorosa, estaba equivocada —susurró en medio de la os­curidad—. Me preocupaba que pudiera afectar a nuestra relación laboral, pero ahora sé que no —cerró los ojos y hundió su cabeza en el pecho de él—. Al fin y al cabo, los dos somos adultos y sabemos que no va en serio...
—Miley —la interrumpió él.
—¿Qué?
—¿Quieres casarte conmigo?
Ella pensó que había oído mal. Pero cuando se apartó y lo miró a los ojos, vio que no era así.
Se sentía muy confusa.
—Sí, ya te he dicho que formamos buen equipo y además tratas muy bien a Beth.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo solo por­que no encuentras una niñera para tu hija? —dijo en tono de broma.
—Te lo estoy pidiendo porque me he dado cuenta de que significas mucho para mí —dijo, mirándola fija­mente a los ojos—. Y no quiero perderte.
—Pero si apenas me conoces —protestó ella.
—Claro que te conozco.
—Te digo que no pienso ser la sustituía de tu niñera.
—¿De qué estás hablando? —Nick parecía per­plejo—. No necesito que seas la niñera de Beth. Preci­samente estamos haciendo las entrevistas para contra­tar a una. Lo que necesito es a alguien con quien compartir mi vida.
—¿Y qué hay del amor? —susurró ella.
Nick se encogió de hombros.
—Dijiste que no creías en él y yo también creo que un matrimonio debe basarse en algo más sólido —él le agarró una mano—. Así que, ¿qué respondes?
—Debes haberte vuelto loco —dijo ella.
—Soy un hombre rico y puedo cuidar de ti.
—No necesito que nadie me cuide.
—Está bien. Quizá te necesite yo a ti más que tu a mí. Pero te aseguro que puedo ofrecerte una forma de vida agradable. Me gustaría que siguieras trabajando conmigo, pero lo dejo a tu elección. Lo único que te pido es que seas una buena madre para Beth.
—¿Quieres casarte conmigo solo porque tu hija nece­sita una madre? ¿Y qué hay de ti? ¿No quieres ser feliz?
—Es que voy a ser feliz.
Miley sacudió la cabeza.
—No me respondas todavía —añadió él—. Piénsatelo. Disfrutemos del fin de semana y ya me contestarás cuando volvamos a Inglaterra.
Ella se quedó en silencio y él se acercó y la agarró de la barbilla, obligándola a que lo mirara a los ojos.
—¿Trato hecho? No pierdes nada por pensártelo. Si respondes que no, no pasará nada. Seguiremos traba­jando juntos como si nunca te lo hubiera propuesto.
Ella se quedó mirándolo con escepticismo. Quizá él sí fuera capaz de olvidarlo y volver a su relación de an­tes, pero para ella no iba a ser tan fácil.
Se separaron al oír que se acercaba un coche, que frenó cuando llegó donde estaban ellos. Eran Sinead y Mark.
—¿Queréis que os llevemos? —les preguntó Mark, asomándose por la ventanilla.
—Claro que queremos —contestó Nick, agarrando la mano de ella y dirigiéndose al coche.
En el asiento de atrás iba otra pareja y Miley se vio obligada a sentarse muy cerca de Nick. Cuando él la abrazó, el aroma de su colonia la hizo recordar cómo habían hecho el amor la otra noche en su apartamento. Pero aun así, sabía que casarse con él sería una equivo­cación.
MARK aparcó frente a la casa y también lo hi­cieron varios coches que lo seguían. Al pare­cer, medio pub había ido con ellos.
Miley se separó de Nick y fue a la cocina con el resto de la gente.
—Tómate una copa antes de irte a la cama —le ofre­ció Sinead.
Pero ella no había bebido alcohol en toda la noche y no le apetecía empezar en ese momento.
—No, gracias —se volvió buscando a Nick, pero no lo vio por ninguna parte.
—Oh, venga, tómate algo. Es mi despedida de sol­tera, Miley —insistió Sinead, sirviéndole una copa de vino—. Todavía no me creo que vaya a casarme ma­ñana.
Miley vio entonces a Nick, que estaba charlando con Margaret. Parecía completamente relajado. Como si no acabara de pedirle que se casara con él. En ese momento, una morena muy atractiva se acercó a él. Poco después, los dos estaban riéndose.
Si se casaba con él, debería acostumbrarse a ese tipo de cosas, pensó ella, enfadada. No, él no la quería. Solo deseaba una madre para su hija.
Miley agarró su copa de vino con el ceño fruncido.
Se fijó en cómo se reía Nick. Tenía una risa en­cantadora. De hecho, todo en él era perfecto... y por eso se había enamorado de él. Sí, tenía que admi­tirlo.
—Estoy enamorada de Nick Jonas —dijo en voz alta.
—Perdona. ¿Qué has dicho? —le preguntó Sinead, que estaba charlando con una amiga.
—Nada —respondió Miley, dando un trago de vino—. Me voy a la cama. Estoy muy cansada.
—Sí, y tú también deberías acostarte, Sinead —le dijo Margaret, que se había unido a ellas—. Debes des­cansar para mañana. No te olvides de que tu hermana y tú habéis quedado en pasaros a las nueve por la pe­luquería.
Sinead hizo una mueca.
—No te preocupes, mamá, mañana estaré bien.
Nick echó un vistazo a su alrededor. Llevaba un rato tratando de deshacerse de aquella mujer, pero ella no se separaba de él.
—¿Con quién me has dicho que has venido? —le pre­guntó la mujer, sonriéndole.
—Con Miley, la hermana de Sinead.
—Muy bien. Yo soy hermana de Mark y, por cierto, me llamo Anita.
—Encantado de conocerte —dijo él, fijándose en que Miley ya no estaba allí.
—Se ha acostado ya —le dijo Margaret que, al pasar por su lado, se había dado cuenta de que la estaba bus­cando con la vista.
—Gracias, Margaret. Yo también me voy a acostar —dijo, sonriendo a Anita—. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Anita se quedó evidentemente decepcionada.
Miley, al salir al pasillo, decidió ir a echar un vis­tazo a Beth antes de acostarse.
La habitación de las niñas se encontraba a oscuras, pero la puerta estaba entreabierta. Cuando la abrió del todo, vio que Miley estaba sentada en el borde de la cama de Beth.
—Hola —susurró él, entrando.

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