Nick cerró el cajón del archivador y fue a sentarse detrás de su escritorio. Se miró el reloj. Ya casi era hora de dar por terminado el día. Iba a llevar a Miley a cenar fuera.
Miró los nuevos diseños que tenía encima de la mesa de despacho y se sintió orgulloso de lo bien que iba el negocio.
De repente, la puerta del estudio se abrió y Miley entró.
Al verla, como siempre, el corazón empezó a latirle con más fuerza. Estaba guapísima con ese traje ligero color crema. Estaba en las últimas semanas de su embarazo, y a Nick le pareció que jamás la había visto tan radiante, tan deseable.
-No vas a seguir trabajando, ¿verdad? -le preguntó ella sonriendo-. No olvides que hemos quedado con Demi y Robbie a cenar.
-No se me ha olvidado -le aseguró Nick-. ¿Has visto la carta que Josh me ha mandado?
-Está en el segundo cajón, en el tercer archivo - Miley sonrió traviesamente.
Nick abrió el cajón y, naturalmente, la carta estaba en el archivo.
-A veces, eres increíble -declaró él.
-Cuando seas millonario, ¿seguirás queriéndome como secretaria? -le preguntó ella en voz susurrante.
-¿Querrás tú seguir siendo mi secretaria? -la mirada de él se tornó intensa y seria.
Se miraron en silencio durante unos momentos.
-Depende de las condiciones de trabajo -Miley volvió a sonreír-. Y también depende de lo asquerosamente rico que te hagas.
Nick se echó a reír.
-Me encanta que hables mal -Nick alargó una mano, agarró la de su mujer y tiró de ella-. Miley, te quiero.
-Naturalmente, soy una excelente secretaria.
-Eres excelente en todo -murmuró Nick mientras se la sentaba encima-. Ése es tu problema.
-No sabía que tuviera un problema.
Nick la besó y, durante unos interminables segundos, ninguno de los dos volvió a hablar.
Unos ruidos hicieron que se separaran.
La puerta del estudio se abrió y su hijo entró sujetando un avión por encima de la cabeza.
-Creo que quiere ir a cenar -declaró Miley con una sonrisa.
-Y yo creo que tienes razón. Jerry, ven aquí -dijo Nick en voz alta.
El niño echó a correr y se tiró a sus padres con una radiante sonrisa.
Jerry tenía tres años y era la viva imagen de su padre. Tenía el mismo cabello y los mismos ojos oscuros, y el mismo carácter travieso, pensó Miley con el corazón lleno de amor.
Miley se levantó y Nick apagó el ordenador antes de alzar en brazos a su hijo.
Salieron los tres juntos de la casa. La tarde era soleada y la piscina brillaba, invitándolos. Nick abrió la puerta del coche, colocó a su hijo en el asiento para niños, le puso el cinturón y, al cabo de unos segundos, arrancó el coche. Miley se puso una mano en el vientre.
-¿Está dando patadas otra vez? -preguntó Nick con una sonrisa.
-Sí, se mueve, pero esta vez creo que va a ser niña.
-Zaira -Nick la miró un momento con infinito amor y ternura.
-Zaira -repitió ella, y sonrió.
Por el espejo retrovisor, Nick vio su casa, una impresionante mansión. Pero no era nada comparado al tesoro que tenía dentro del coche.
Extendió una mano y apretó la de Miley un segundo.
Era un hombre muy afortunado.
Miró los nuevos diseños que tenía encima de la mesa de despacho y se sintió orgulloso de lo bien que iba el negocio.
De repente, la puerta del estudio se abrió y Miley entró.
Al verla, como siempre, el corazón empezó a latirle con más fuerza. Estaba guapísima con ese traje ligero color crema. Estaba en las últimas semanas de su embarazo, y a Nick le pareció que jamás la había visto tan radiante, tan deseable.
-No vas a seguir trabajando, ¿verdad? -le preguntó ella sonriendo-. No olvides que hemos quedado con Demi y Robbie a cenar.
-No se me ha olvidado -le aseguró Nick-. ¿Has visto la carta que Josh me ha mandado?
-Está en el segundo cajón, en el tercer archivo - Miley sonrió traviesamente.
Nick abrió el cajón y, naturalmente, la carta estaba en el archivo.
-A veces, eres increíble -declaró él.
-Cuando seas millonario, ¿seguirás queriéndome como secretaria? -le preguntó ella en voz susurrante.
-¿Querrás tú seguir siendo mi secretaria? -la mirada de él se tornó intensa y seria.
Se miraron en silencio durante unos momentos.
-Depende de las condiciones de trabajo -Miley volvió a sonreír-. Y también depende de lo asquerosamente rico que te hagas.
Nick se echó a reír.
-Me encanta que hables mal -Nick alargó una mano, agarró la de su mujer y tiró de ella-. Miley, te quiero.
-Naturalmente, soy una excelente secretaria.
-Eres excelente en todo -murmuró Nick mientras se la sentaba encima-. Ése es tu problema.
-No sabía que tuviera un problema.
Nick la besó y, durante unos interminables segundos, ninguno de los dos volvió a hablar.
Unos ruidos hicieron que se separaran.
La puerta del estudio se abrió y su hijo entró sujetando un avión por encima de la cabeza.
-Creo que quiere ir a cenar -declaró Miley con una sonrisa.
-Y yo creo que tienes razón. Jerry, ven aquí -dijo Nick en voz alta.
El niño echó a correr y se tiró a sus padres con una radiante sonrisa.
Jerry tenía tres años y era la viva imagen de su padre. Tenía el mismo cabello y los mismos ojos oscuros, y el mismo carácter travieso, pensó Miley con el corazón lleno de amor.
Miley se levantó y Nick apagó el ordenador antes de alzar en brazos a su hijo.
Salieron los tres juntos de la casa. La tarde era soleada y la piscina brillaba, invitándolos. Nick abrió la puerta del coche, colocó a su hijo en el asiento para niños, le puso el cinturón y, al cabo de unos segundos, arrancó el coche. Miley se puso una mano en el vientre.
-¿Está dando patadas otra vez? -preguntó Nick con una sonrisa.
-Sí, se mueve, pero esta vez creo que va a ser niña.
-Zaira -Nick la miró un momento con infinito amor y ternura.
-Zaira -repitió ella, y sonrió.
Por el espejo retrovisor, Nick vio su casa, una impresionante mansión. Pero no era nada comparado al tesoro que tenía dentro del coche.
Extendió una mano y apretó la de Miley un segundo.
Era un hombre muy afortunado.
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