—¿Tienes un bolígrafo?
Él buscó en sus bolsillos y sacó al final uno. Luego se la quedó mirando mientras firmaba.
—Eres muy amable, Miley. Te lo agradezco mucho, de verdad. Y no te preocupes, te devolveré el dinero que te debo.
Miley era lo suficientemente realista como para saber que eso no iba a suceder, pero le devolvió los documentos.
—Que tengas suerte, Liam.
—Sí... sí... Tú también —contestó él, levantándose al ver que ella lo hacía, dispuesta a marcharse.
—¿Dónde has estado? —le preguntó Nick al verla entrar.
—Tenía una cosa que hacer —respondió, dejando su abrigo detrás de la puerta.
—¿Quieres decir que has estado con Liam Flynn?
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, sorprendida.
—Llamó aquí para decir que iba a llegar tarde.
—Y si sabías dónde estaba, ¿por qué me has preguntado?
—¡Oye, no te enfades conmigo! —la advirtió él—. El que seas una mujer de cierta edad...
—¿Cierta edad?
—Un pajarito me ha dicho que hoy cumples treinta años.
—¿De verdad? Demandaré a ese pajarito por calumnia.
Él metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cajita envuelta en papel de regalo.
—Feliz cumpleaños.
Ella miró la caja con los ojos muy abiertos.
—No te va a pasar nada si la abres —dijo Nick, divertido al ver que ella no hacía ademán de agarrarla.
—Me emociona que te acuerdes de mi cumpleaños, Nick —murmuró sin tocar la caja.
Él se encogió de hombros.
—Me acordé el año pasado, ¿no?
Ella recordó el precioso ramo de flores que le había enviado al despacho y sonrió.
—Es verdad.
—Y, de todos modos, tu cumpleaños es una semana después del de Beth. No es tan difícil acordarse. Me dijo que te diera las gracias por la muñeca, que por cierto, le encanta.
—Me alegro —Miley agarró la caja—. No deberías haberme comprado nada.
—Lo sé, pero me apetecía.
Nick se quedó mirando cómo rasgaba el papel y abría la caja. En ella había una cadena de oro con un delicado diamante.
—Es precioso, Nick. Muchas gracias.
—Y hay otra cosa —le dio una tarjeta que había dejado sobre su mesa y que ella no había visto.
Miley la abrió y contempló la delicada imagen de unas rosas. Solo ponía:
Feliz cumpleaños.
Con cariño, Nick y Beth.
Beth había escrito su nombre y al lado había puesto besos y abrazos. Eso la conmovió. Notó que se le humedecían los ojos y parpadeó varias veces, tratando de recuperarse para darle las gracias a Nick.
—No te enfades demasiado, treinta no años no son tantos —añadió él—. Es más, dicen que la vida comienza a los treinta.
—Eso es a los cuarenta —corrigió ella de manera automática.
—¿Sí? Bueno, en realidad no importa. Piensa entonces en los treinta como en la época en que va a comenzar tu felicidad.
—A veces eres un poeta, ¿lo sabías?
—¿Quieres que me lo ponga para que lo veas? —preguntó Nick, señalando el colgante.
—¿Para que vea cómo te queda? No creo que te quede bien, Stevie —respondió ella, riéndose a carcajadas.
Él la miró con los ojos muy abiertos.
—Hacía mucho tiempo que no me llamaban Stevie.
Miley notó que se sonrojaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo había llamado así.
—Lo siento...
—No, no importa. Una mujer bastante apasionada solía susurrármelo al oído cuando quería que hiciéramos el amor —Nick vio que ella se ponía colorada y sonrió—. Eso te enseñará a no gastarme bromas, Miley Cyrus —dijo con voz ronca.
Se levantó, tomó la cajita de sus manos y se colocó detrás de ella para ponerle el colgante.
Al rozarla con los dedos provocó en Miley un escalofrío.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó él sin soltar el colgante.
—Gillian quería que saliéramos con otras amigas a tomar una pizza, pero he decidido aplazarlo para la semana que viene. Como mañana nos vamos a Irlanda, tengo que hacer la maleta esta noche.
—¿Preparar el equipaje en el día de tu cumpleaños?
—Sí, bueno, hemos tenido tanto trabajo aquí, Nick, que no me ha dado tiempo a pensar en el viaje.
—Te propongo una cosa. Tómate la mañana libre para hacer la maleta y hoy te vienes a cenar conmigo. De todos modos, ibas a tomarte el viernes de descanso, ¿no?
—Pero eso era antes de que tuviéramos tanto trabajo.
—Dulce, ya me las arreglaré sin ti mañana por la mañana. Será solo medio día —inclinó la cabeza para que su aliento rozara la oreja de la chica—. No le cuentes a nadie que te he dicho esto, pero a veces eres demasiado responsable.
Ella se echó a reír y, al mismo tiempo, quería darse la vuelta y besarlo en los labios. Los tenía muy cerca... y recordaba con todo detalle lo maravilloso que era sentirlos contra los suyos.
—Me encantará cenar contigo, Nick —susurró.
—Estupendo. Entonces te recogeré a las ocho.
Se puso un vestido azul claro que se ceñía a su cuerpo de maravilla, se dejó el pelo suelto y no se puso gafas, sino lentes de contacto.
Estaba mirándose por última vez en el espejo del dormitorio cuando se oyó el timbre de la puerta.
Miley contestó al telefonillo.
—Soy yo.
La voz de Nick le provocó una extraña sensación en el estómago.
Pulsó el botón y, pocos minutos después, él apareció en la entrada.
—Has llegado temprano.
—Sí, no he tardado tanto como pensaba. No hay apenas tráfico —la miró de arriba abajo—. ¡Caramba! Estás preciosa.
—Gracias.
Él también estaba muy guapo, pensó ella. Su traje azul oscuro parecía de diseño italiano.
—¿Estás lista? He dejado el coche en doble fila, justo en la entrada. Está lloviendo y así no te mojarás al salir.
—Voy a por el bolso y el abrigo.
Nick apoyó levemente una mano en la espalda de ella cuando salieron de la casa. La ligereza del gesto elevó la temperatura de Miley y la hizo más consciente del poder que ese hombre tenía sobre ella.
Una parte de sí quería decirle que se olvidaran de la cena. «Quedémonos en casa y hagamos el amor». El deseo la devoraba de una manera desconcertante.
Pero intentó pensar en otra cosa. Se dijo que era mejor mantener con él una simple amistad... por lo menos, durante un tiempo, para ver cómo se desarrollaban las cosas. Después de todo, no hacía mucho que había terminado con Helen.
Nick la miró y, al notar que se había quedado pensativa, arqueó una ceja.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
—Estás muy callada.
—Estaba pensando en lo que tengo que meter en la maleta mañana —mintió.
—Beth hizo su maleta hace ya unos cuantos días. ¿Te lo había contado?
—No.
—Pues sí, metió la muñeca que tú le regalaste y un par de ositos de peluche. También su cuento favorito, además de cuatro pares de zapatos y su vestido favorito.
—¿Cuatro pares de zapatos? Es una niña encantadora.
Nick soltó una carcajada.
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