martes, 31 de julio de 2012

Capitulo 9.-


Con los ojos cerrados, Miley se colocó delante del ventilador y se imaginó en una playa frente al océano. La imagen le relajó los nervios y calmó las náuseas que la atormentaban desde hacía semanas.
De pronto sonó el timbre.
Miley emitió un gruñido y se dirigió cautelosamente hacia la puerta. Al abrirla se encontró cara a cara con Nick. El corazón le dio un brinco, y se regañó mentalmente por haber acudido a abrir con tanta prisa.
Él se quedó mirándola y arrugó la frente.
—Estás pálida. Tienes un aspecto horrible.
Justo lo que Miley necesitaba oír.
—Se agradece la sinceridad —contestó— Estaré encantada de hablar contigo luego, pero en estos momentos estoy haciendo mi terapia anti náuseas —intentó cerrar la puerta, pero Nick la bloqueó con el pie.
—¿Terapia anti náuseas? —preguntó arqueando las cejas.
Sin ánimos para oponerse a un hombre que parecía poseer la fuerza de un dios, Miley lo dejó pasar.
—Con el ventilador —explicó mientras volvía a sentarse delante del aparato— Imagino que estoy en una playa, en invierno. El mar es precioso, y la caricia de la brisa me relaja.
—¿No puedes tomar ningún medicamento?
Al oír tan de cerca la voz de Nick, Miley tuvo serias dificultades para mantener la imagen de la playa. Percibía su aroma limpio y masculino, sentía su calor, y pensaba en el tacto de su piel. Recordaba el poder de su pasión y de su cuerpo cuando le hacía el amor.
—No puedo tomar medicamentos para combatir las náuseas —dijo al fin— Si esto no da resultado, tendré que recurrir a algún hechicero africano —notó cómo Nick le acariciaba el cabello.
—¿Sueles sentirte mal a menudo?
—Todas las mañanas.
—Estás demasiado pálida. ¿Seguro que te encuentras bien? —inquirió Nick en un tono de voz, bajo y preocupado, que le llegó al corazón.
—El médico afirma que el niño está bien. De hecho, algunos estudios defienden que sentir náuseas durante el primer trimestre es una buena señal.
Siguió un denso silencio, roto únicamente por el zumbido del ventilador.
Miley se giró para mirar de soslayo a Nick. Él soltó una risita y le sostuvo la mirada.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
Nick le pasó los dedos por el cabello.
—La primera vez que te vi, alborotaste mis hormonas más de lo normal.
Miley tomó aliento. Se sentía atrapada por la profundidad de su mirada, por el roce de su mano en su cabello. En sus ojos oscuros se reflejaba un destello de calor y de honda ternura.
Nick colocó la otra mano sobre la de Miley, rozando su suave piel con la palma ligeramente encallecida. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, del mismo modo que se habían entrelazado sus vidas.
No obstante, las acusaciones de Nick aún reverberaban en los oídos de Miley. Se abrazó a sí misma instintivamente. No podía abrirse a él hasta ese punto de nuevo. Si hubiera confiado en su inteligencia, y no en sus emociones, la vida sería ahora distinta.
Pero, ¿sería mejor?, inquirió su conciencia. Miley sacudió la cabeza y se levantó.
—Ya me siento mejor.
Nick se acercó a ella.
—¿Quieres que te traiga algo para desayunar?
Ella frunció la nariz.
—No, gracias. No me gusta el olor del desayuno.
—¿Café?
Miley hizo una mueca de asco.
—Tampoco me gusta.
—Tienes que comer algo —insistió Nick.
—Sí como —dijo ella dirigiéndose a la cocina— Galletas y vitaminas. De hecho, voy a tomar unas cuantas ahora mismo.
—Quiero ir contigo al médico.
Miley lo miró pestañeando.
—¿Para qué?
La mandíbula de Nick se tensó.
—Quiero conocer a tu médico. Es conveniente que… conozca al padre de la criatura.
Miley se sintió invadida por una oleada de sentimientos contradictorios, pero trató de ser razonable.

—De acuerdo. Puedes acompañarme cuando quieras. ¿Quizá cuando me haga una ecografía?
Nick asintió.
—Sí, pero te acompañaré las demás veces.
Reacia a aceptar que Nick invadiera su vida de nuevo, Miley frunció el ceño mientras tomaba la caja de galletas.
—Las visitas son muy aburridas.
—A pesar de todo, iré —dijo él con voz firme.
—No me hacen nada del otro mundo, Nick. Me pesan, me toman la tensión, escuchan los latidos del niño…
Él abrió los ojos de par en par, sorprendido.
—¿Ya? ¿Ya has escuchado los latidos del niño?
La expresión maravillada de su rostro conmovió a Miley. No obstante, se sentía impulsada en dos direcciones distintas. Había conocido y amado a  Nick demasiado para no permitirle que conociera y amara a su hijo. No obstante, cada minuto que pasaba a su lado le cortaba como una cuchilla. No sabía si podría soportarlo.

Nick encontró a Miley sentada delante del ventilador que le había enviado al despacho. El aire mecía su cabello rubio.
Pese al hecho de que había cambiado su vida en muchos sentidos, Nick aún se sentía atraído hacia ella. Era una mujer compleja, llena de color y de emoción. Había muchos aspectos de Miley que él aún no conocía. Ni conocería nunca, comprendió, pues su relación había cambiado irrevocablemente.
Sacudiéndose aquel sentimiento, dio un golpecito en la jamba de la puerta.
—¿Otra vez te has ido a la playa?
Miley se giró rápidamente con una expresión risueña.
—No. Mi madre me ha llamado hace poco, y he sentido un ataque de nostalgia. Recuerdo cuando me sentaba con mi hermano ante el ventilador de la cocina, cantando canciones infantiles. Gracias por el ventilador. Ha sido todo un detalle.
Nick asintió, acordándose del ventilador que había en el apartamento de su madre.
—¿Le has dicho que estás embarazada?
La sonrisa de Miley se desvaneció.
—Aún no. He creído conveniente esperar un par de semanas más. Todavía no sé qué voy a hacer. Al fin y al cabo, acepté este puesto sólo temporalmente.
Nick sintió que se le detenía el corazón.
—No vas a marcharte.
Ella retiró la mirada.
—Aún no lo he decidido. La universidad desea que me quede, lo cual me garantiza el seguro médico, pero…
Alarmado e impaciente, Nick la interrumpió de golpe.
—Si nos casamos, todos esos problemas desaparecerán.
Miley le sostuvo la mirada en silencio durante unos instantes.
—Pero surgirán otros —señaló al fin— Cuando el niño nazca y yo vuelva a trabajar…
—Contarás con mi ayuda —dijo Nick— Y contrataré a una niñera.
El tema quedó aparcado, de momento. Al cabo de una hora, Nick observó cómo una enfermera pesaba a Miley y le tomaba la tensión. Una mujer de mediana edad entró en la habitación y les dirigió una brusca sonrisa.
—Buenas tardes, doctora Cyrus. Todo está perfecto. Soy la doctora Smithson —añadió volviéndose hacia Nick.
—Me llamo Nick Jonas. Soy… —Nick titubeó— Soy el padre.
En ese momento, su destino quedó sellado. No necesitaría ninguna prueba de paternidad para estar seguro. Sabía la verdad en lo más hondo de su alma.
—Hola, papá —bromeó la doctora Smithson mientras se acercaba a Miley—. ¿Le gustaría escuchar los latidos de su hijo?
—Sí.
Tras realizar un breve examen, la doctora colocó el estetoscopio en el abdomen de Miley. Al cabo de un segundo, Nick oyó un ruidito silbante.
Su mirada se encontró con la de Miley, y supo que la expresión maravillada de su rostro era un reflejo de la suya propia.
—Qué rápido late, ¿verdad? —dijo Miley.
Asintiendo, Nick le tomó la mano. Notó una opresión en el pecho. Aquella mujer le daría un hijo. Lo convertiría en padre, un papel que creyó no haber deseado nunca. Pero ahora todo era distinto. Deseaba a su hijo.
Observó la sonrisa de Miley y notó un hormigueo en los dedos. Le apretó cariñosamente la mano. Incapaz de dejar de mirarla, sintió el estallido de una estremecedora revelación. Sí, quería al niño.
Y también quería a la madre.

—Deberías ir pensando en cambiar de coche —le dijo Nick tras presentarse de nuevo en su casa el domingo por la mañana.
Miley lo miró extrañada mientras le servía un croissant y una taza de té.
—De momento, mi coche me va bien. No empezará a nevar hasta dentro de un par de meses, ¿verdad?
Él le lanzó una mirada de conmiseración.
—Puede ponerse a nevar mañana mismo. Creo que necesitas un vehículo más espacioso.
Miley dio un bocado al croissant.
—Yo te lo compraré —siguió diciendo Nick.
—No hace falta —se apresuró a responder ella.
—Considéralo una inversión de cara a la seguridad del niño.
Miley frunció el ceño y tomó un sorbo de té.
—No quiero tu dinero.
Él dejó escapar un suspiro. Nunca había oído aquellas palabras en labios de ninguna otra mujer, ni había creído que oírlas lo irritaría tanto.
—Podemos ir a ver algunos. Por verlos no se pierde nada.
—Eso es cuestión de opiniones —musitó Miley, comprendiendo lo mucho que echaba de menos a Nick.
—Tenemos que cooperar —dijo él acercándose a ella— Vamos a ser padres del mismo niño.
Miley suspiró. Tenía razón, pero…
Nick se acercó aún más y le pasó el dedo índice por los labios.
Ella se quedó paralizada, y contuvo el aliento al ver cómo Nick se lamía el dedo a continuación. Fue un gesto tan íntimo, que Miley tuvo que tragar saliva para deshacer el nudo que sentía en la garganta.
—¿Por qué has hecho eso?
—Tenías azúcar en la boca —Nick clavó la mirada en sus labios, y ella se sintió terriblemente atraída hacia él— Sólo quería limpiarte —añadió con un rictus provocativo.

Después de echar un vistazo a tres concesionarios de automóviles, Miley se dijo que jamás compraría otro coche en su vida.
—El Buick era perfecto —dijo Nick.
—Parecía un tanque —respondió Miley mientras se instalaba en el asiento del Suburban.
—Has dicho lo mismo de todos —musitó él.
—De todos los que te gustaban a ti. Prefiero los coches pequeños. Son más fáciles de estacionar.
—¿Y el Cadillac?
—Ya tenemos uno —dijo Miley impulsivamente, e inmediatamente se sintió horrorizada de haber dicho «tenemos»— Ya tienes uno —se apresuró a rectificar— Además, no quiero que te gastes tanto dinero en un coche.
—Me gustaría comprarlo.
Miley puso los ojos en blanco.
—No quiero que lo compres.
—¿Por qué no?
—Porque yo no estoy bajo tu responsabilidad —respondió ella en tono orgulloso.
Nick se detuvo en un semáforo y se volvió para mirarla.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que no eres responsabilidad mía?
—No lo pienso. Lo sé —contestó Miley acaloradamente— La responsabilidad va unida a la obligación. Y no quiero ni un centavo tuyo. Jamás lo he querido. No era tu dinero lo que me interesaba de ti —los ojos se le llenaron de lágrimas. Se quitó el cinturón de seguridad y abrió la portezuela del coche— Lo siento, pero no puedo quedarme. Yo…
—¿Qué diablos te pasa? —Nick intentó sujetarla, pero ella se lo impidió cerrando la portezuela.
Mientras se alejaba, oyó cómo él la llamaba a voces. Tras cruzar la carretera, divisó una tienda de ropa infantil y entró en ella. Absorta, contempló una cunita blanca adornada con lunas y estrellitas brillantes. Pensó en cómo habrían podido ser las cosas con Nick, y de nuevo experimentó una infinita tristeza.
—Nunca he visto que una mujer se ponga tan furiosa cuando acaban de ofrecerle un Cadillac —dijo a su espalda una voz masculina muy familiar.
Miley notó que el corazón se le disparaba, como si acabara de recibir una inyección de cafeína. Siguió pendiente de las estrellitas. No quería mirar a Nick.
—Tú eres la psicóloga —siguió diciendo él— Apiádate de mí y dame una explicación.
Al verlo tomar un osito de peluche de la cuna, Miley sintió una punzada de compasión. Miró hacia otro lado.
—Está bien. Imagínate, por un momento, que yo soy la millonaria, y no tú. Que llevas un hijo mío en las entrañas. Al principio, no quiero creer que el hijo es mío y pienso que intentas engañarme para que me case contigo —Miley notó que el pulso se le aceleraba al recordar todo aquello, pero siguió adelante— Luego, por obligación, te ofrezco un lujoso coche que en realidad no deseas. ¿Cómo te sentirías?
Nick volvió a colocar el peluche en la cuna y se cruzó los brazos sobre el pecho.
—Si voy a pasar nueve meses seguidos de embarazo, me merezco mucho más que un Cadillac.
Miley exhaló un gemido y se volvió para marcharse.
—No tienes remedio. Nunca lo entenderás.
Nick la agarró del brazo y la atrajo hacia sí.
—El problema es que te equivocas en un par de cosas. Primero, no te he ofrecido un coche lujoso «por obligación». Ese pedazo de lata que tienes por coche quedaría totalmente destrozado en caso de accidente.
Miley por fin empezaba a comprender.
—Protección. Deseas brindarle protección a tu hijo.
—Exacto. Y a la madre de mi hijo. Para mí no se trata de una obligación, Miley. Lo que no pareces comprender es que has sido importante para mí desde el momento en que nos conocimos. Eso no ha cambiado, ni cambiará nunca.
En mitad de la tienda, Nick agachó la cabeza y reclamó la boca de Miley con un beso que provocó un verdadero revuelo entre los demás clientes.

sábado, 28 de julio de 2012

Capitulo 8.-


—¿Cómo está mi dormilona? —preguntó Nick a Miley, ofreciéndole una taza de café. Disfrutaban tanto en la balconada del tejado, que habían tomado por costumbre desayunar allí todas las mañanas.
Miley reprimió el impulso de arrugar la nariz. Por lo general, adoraba el olor y el sabor del café, pero últimamente nada le sabía bien. Alzó la mano y negó con la cabeza.
—No, gracias. Creo que tomaré un poco de zumo.
Nick se quedó mirándola.
—¿Te encuentras bien?
Ella sonrió y lo abrazó, preguntándose si habría llegado el momento de decírselo. Había estado esperando la ocasión propicia.
—Estoy bien. Pero no tengo hambre.
—Últimamente pareces muy cansada. Deberías aprovechar las vacaciones para dormir un poco más.
Miley asintió mientras divisaba un autobús escolar en el valle.
—Cierto. Me tienes agotada.
Nick le dio un pellizco suave.
—Es algo mutuo.
Miley le besó la mejilla y volvió a abrazarlo con fuerza. Luego señaló el autobús.
—La escuela pública ya ha empezado.
Él tomó un sorbo de café y asintió.
—Sí. Los chicos del campamento ya han terminado la casita del árbol y han escrito en ella sus nombres para la posteridad. Tuviste una idea excelente.
—Por algo soy psicóloga —dijo Miley sonriendo.
—Sí —convino Nick con un rictus cariñosamente burlón.
Miley procuró mantenerse serena, aunque el corazón le martilleaba en el pecho.
—¿Alguna vez has pensado en tener hijos?
Nick se puso rígido.
—Sí. Lo he pensado.
Ella contuvo la respiración.
—Y he llegado a la conclusión de que sería una idea horrible.
Miley sintió que el alma se le caía a los pies.
—¿Por qué?
—Soy el hombre de lata, ¿recuerdas? —respondió Nick con una sonrisa cínica, dándose un golpe en el pecho— No tengo corazón. Sería un padre nefasto.
—Eso no es cierto —protestó Miley— Eres un hombre muy compasivo. No sólo eso. Además, expresas tu compasión de forma práctica.
Nick hizo un ademán negativo y sonrió.
—Eso es lo que quieres hacerme creer.
—Lo único que intento es ponerte delante un espejo para que te veas tal como eres.
—Tú tendrás el espejo, pero yo tengo una bola de cristal, y no veo en ella la paternidad —le posó un beso en la frente— Pero no te preocupes, Miley. Soy muy cauteloso en ese aspecto.

Cinco días más tarde, Nick escuchó por enésima vez el mensaje que Miley había dejado en su contestador.
—«Hola, Nick. He decidido aprovechar el resto de las vacaciones para hacer un pequeño viaje. Sé que estás ocupado con la inauguración del nuevo restaurante, así que no me echarás mucho de menos. Ya hablaremos cuando regrese.»
Frunciendo el ceño, Nick cruzó de nuevo el estudio y volvió a activar el mensaje.
La voz de Miley parecía distinta. Tensa y, un poco áspera. Hablaba apresuradamente, como si quisiera huir. Aquella posibilidad lo molestó sobremanera.
Pero aún le molestó más descubrir que la echaba terriblemente de menos. Se había acostumbrado a despertarse con ella en los brazos. Se había acostumbrado a oír su risa, a contemplar el brillo de sus ojos.
Nick no trataba de engañarse. Sabía que Miley lo amaba. Si cualquier otra mujer le hubiese confesado algo semejante, no habría tardado en salir por la puerta. Si cualquier otra mujer le hubiera dicho que estaba enamorada de él, Nick habría sospechado de sus motivos.

Pero con Miley era distinto. Confiaba en ella. Quizá más de lo aconsejable.
¿Dónde estaba? ¿Por qué se había marchado de forma tan brusca?
La echaba de menos. Demasiado. La sensación de añoranza le oprimía las entrañas.
El reloj de la chimenea dio las diez. Si Miley llegaba a su casa tarde, no lo llamaría para no molestarlo.
Nick dejó escapar una risita ronca y salió en busca del coche.
Cuando vio el automóvil de Miley aparcado frente a su casa, sintió una sensación de alivio casi desconcertante. Aparcó el coche y llamó a la puerta.
Miley abrió enseguida. Llevaba un camisón y una bata.
—¿Cómo está la señorita trotamundos? —inquirió Nick, y sonrió al ver la súbita consternación que se reflejaba en el rostro de ella.
Miley meneó la cabeza y lo invitó a pasar.
—No me he ido a recorrer el mundo. Estuve en Cheyenne.
—¿Cheyenne? ¿A qué has ido allí?
—Tenía entendido que era un sitio muy tranquilo.
Nick la estrechó entre sus brazos, disfrutando de su aroma suave y limpio.
—Te he echado de menos —confesó— Debiste decirme que deseabas irte de viaje. Te habría acompañado.
—Estabas muy ocupado. Además, he pasado la mayor parte del tiempo durmiendo. Te habrías aburrido.
Nick volvió a percibir tensión en su voz, y se retiró ligeramente para mirarla. Tenía unas leves ojeras, y estaba más pálida de lo habitual.
—¿Estás enferma? —preguntó arrugando la frente.
Miley exhaló un suspiro y se retiró de él. Se abrazó a sí misma y caminó hasta el estudio.
—De momento, no.
Un hondo sentimiento de preocupación se adueñó de Nick. Corrió a su lado.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tengo que hablar contigo, aunque esperaba hacerlo mañana.
Nick notó un pellizco en el estómago. No le gustaba en absoluto lo que acababa de oír.
—Será mejor que me lo digas ahora.
Ella se derrumbó en una silla y se cubrió el rostro con la mano.
—Siéntate. Lo necesitarás.
—¿Por qué?
—Siéntate, por favor —pidió ella con una impaciencia inusual.
Nick respiró hondo y se sentó.
—No me va a resultar fácil decírtelo —empezó a decir Miley, frotándose las sienes.
—Miley —la apremió él.
—Estoy embarazada.
Nick sintió como si acabaran de asestarle un golpe en la cabeza. Durante varios segundos fue incapaz de articular palabra.
—No.
—Sí —Miley reclinó la cabeza y miró hacia el techo.
—No es posible.
—Sí, lo es.
—Tomamos precauciones.
—Lo sé. Debieron de fallar en alguna ocasión.
—Sé que tomamos precauciones siempre. Siempre —Nick empezó a pasearse nervioso por la habitación— Suelo ser muy cuidadoso en ese aspecto.
—Lo sé.
Él se giró y la miró de frente.
—¿Estás segura de que es mío?
Miley abrió los ojos de par en par, dolida. Soltó una carcajada carente de humor.
—O es tuyo, o fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.
—Necesito que me digas la verdad. No puede ser mío —insistió Nick.
—Sólo puede ser tuyo. No obstante, si quieres hacer una prueba de paternidad…
Nick maldijo en voz alta. ¿Cómo había podido ocurrir algo así? ¿Por qué había permitido Miley que ocurriese? Una parte de él se rebeló contra aquella acusación injusta, pero se sentía demasiado furioso y dolido.
—Me preguntaste si quería tener hijos —dijo con la mayor tranquilidad de que pudo hacer acopio.
Miley asintió.
—Yo… —respiró hondo— Ya lo sabía, y tenía interés en ver cuál podía ser tu reacción.
—No quiero tener hijos.
—Ya es demasiado tarde.
—No, no lo es.
La mirada de Miley, se volvió fría como el hielo.
—Sí —dijo con una seguridad inamovible— Lo es.
Nick se sintió invadido por todas las emociones negativas que podía imaginar: dolor, desilusión, pérdida. Entornó los ojos. Otra vez lo habían engañado.
—Otra mujer me dijo que estaba embarazada de mí. Intentó engañarme para que me casara con ella, pero no lo consiguió. Ni tampoco lo conseguirás tú —le aseguró— No te pediré que te cases conmigo.
—Bien —respondió ella con una fortaleza asombrosa— Porque te habría contestado que no —se puso en pie, y su expresión lejana desgarró el corazón de Nick— Estoy cansada. Deseo que te marches ahora mismo.
Él se quedó mirándola, enojado consigo mismo, con Miley y con el mundo. ¿Por qué había ocurrido algo así? Todo había sido tan perfecto… Y, ahora, todo se había perdido.

En cuanto la puerta se hubo cerrado, Miley se dejó caer en el sofá. Jamás había experimentado una sensación de pérdida semejante. Tenía la garganta y el pecho tensos, y el corazón le dolía.
Debió haber tenido más cuidado, se dijo por enésima vez. No debió quedarse embarazada. Pero sabía que habían tomado precauciones en todo momento.
Los ojos empezaron a escocerle, y se enterró el rostro entre las manos. Se sentía tan sola, tan desamparada…
La imagen acusadora de Nick relampagueó en su mente. El corazón se le encogió. Sabiendo que él no deseaba tener hijos, debió haber previsto su reacción. Para eso se había ido a Cheyenne, para meditar a solas sobre el modo de decírselo.
En el fondo, no obstante, había albergado la esperanza de que todo fuese distinto. De que Nick estuviese tan enamorado de ella como ella lo estaba de él. De que pudieran ser felices, juntos, con su hijo.
La acometió una poderosa ráfaga de dolor. Nick le había hecho conocer una magia cuya existencia desconocía. Renunciar a él le dolía. Le dolía increíblemente. Dando rienda suelta a sus emociones, se echó a llorar.
—Oh, Nick —susurró entre lágrimas— ¿Por qué ha de salir todo tan mal?

Nick no logró conciliar el sueño hasta el amanecer. Antes de despertarse del todo, palpó las sábanas buscando a Miley. Abrió los ojos y sintió su ausencia como una puñalada en las entrañas.
Miley se había ido y jamás regresaría. La mente de Nick se inundó de recuerdos agridulces. Recordó su aroma, su sonrisa, su contacto. Los sentimientos que se reflejaban en su rostro cuando la poseía.
Pero también recordó que lo había engañado. Había sido un beep al pensar que Miley era distinta de las demás mujeres que habían pasado por su vida.
No deseaba que regresara, se dijo fríamente.
Retiró las mantas y se levantó. El sol del amanecer se filtraba radiante por las cortinas del dormitorio.
La vida seguiría, se dijo Nick mientras se metía en la ducha y abría el grifo a toda potencia. Quizá tardara un poco más de lo habitual, pero lograría olvidar a Miley Cyrus.
«Pero, ¿y el niño? », preguntó una vocecita en su interior.
Sintió que se le retorcía el corazón. Ya pensaría en eso más tarde. De momento, se concentraría en olvidar a Miley, y para ello se volcaría en sus negocios.
Durante la semana siguiente, Nick trabajó doce horas diarias. Por las noches, sin embargo, soñaba con Miley. Cada mañana se despertaba excitado, ansioso por contemplar su sonrisa y oír su voz. Cada mañana palpaba la cama, buscándola.
Conforme pasaron los días, Nick reflexionó más y más sobre lo ocurrido. ¿Y si algún preservativo había fallado y el hijo que esperaba era suyo? ¿Y si el embarazo había sorprendido a Miley tanto como a él mismo?
¿Podía abandonar a su hijo? La sola idea le producía ganas de vomitar. Después de haber visto el ejemplo de su padre, Nick jamás abandonaría a su hijo. Fuera cual fuese el precio.

Sentada en su despacho, Miley bebía un té de hierbas que en teoría debía proporcionarle paz y tranquilidad. Miró su reloj, agradeciendo que ya casi fuera la hora de salir. Dado que el semestre acababa de comenzar, eran pocos los estudiantes que acudían a última hora para pedirle ayuda.
Oyó que llamaban a la puerta.
—Adelante —dijo, y vio entrar a Nick. Miley casi se atragantó con el té. Tosió, tragó rápidamente y dejó la taza en la mesa— Qué sorpresa —logró decir.
Nick cerró la puerta y permaneció de pie, con las manos en los bolsillos.
—Me preguntaba cómo te iría —dijo.
Consciente de su intenso escrutinio, Miley resistió el impulso de arreglarse el cabello.
—El teléfono es ideal para eso, pero estoy bien. ¿Y tú?
—Bien —respondió Nick— Muy ocupado con el nuevo restaurante.
Sin saber si pedirle que se sentara o que se marchara, Miley dijo:
—Seguro que va muy bien.
—Sí —Nick se pasó la mano por el cabello— ¿Te ha visto algún médico?
Ella tragó saliva.
—Sí. Todo va perfectamente. Y estoy tomando vitaminas.
—Te he echado de menos.
«Yo también a ti», pensó Miley, pero no lo dijo. No podía decirlo. Se encogió de hombros.
—No sé qué decir. Dejaste bien claro cuáles eran tus sentimientos.
—En absoluto —murmuró Nick— Tu embarazo me pilló por sorpresa. He estado pensando, y he llegado a la conclusión de que quizá me dijiste la verdad. Quizá no querías echarme el lazo.
Miley notó que la sangre le hervía de indignación.
—Te dije la verdad —contestó— Y puedes estar seguro de que no intentaba echarte el lazo —cediendo a la frustración que la embargaba, se levantó y siguió diciendo—: Escucha, Nick. No quiero que me pidas que me case contigo. No deseo tu apoyo. Y, desde luego, no me importa nada tu dinero —tomó aliento y lo miró a los ojos—. Me las arreglaré sola. Tendré a mi hijo y lo criaré con amor. No te necesito a ti para hacerlo.
Él enarcó las cejas, sorprendido.
—¿Y si soy yo el padre?
Miley apretó los dientes, sintiendo que perdía los estribos.
—Tú eres el padre. Pero dado que no deseas tener hijos, podemos dar tu contribución por concluida.
Nick entornó los ojos y avanzó hacia ella.
—¿Y si he cambiado de opinión? ¿Y si deseo aceptar mis responsabilidades? —preguntó con un tono de voz decidido que estremeció a Miley.
Sorprendida, se sentó y luchó contra su confusión.
—No… no lo sé. Me dijiste que no deseabas tener hijos —dijo, incapaz de eliminar el tono acusador de su voz.
—La situación me pilló desprevenido. Necesitaba tiempo para hacerme a la idea.
Si había cambiado de opinión con respecto a su hijo, ¿habrían cambiado también sus sentimientos hacia ella? Miley cerró la puerta de inmediato a esa posibilidad. Si Nick no confiaba en ella, tampoco podría amarla.
—¿Estás diciendo que deseas este hijo?
Él respiró hondo y se pasó de nuevo los dedos por el cabello.
—Te seré sincero. No lo sé. Pero no quiero que mi hijo crezca sin padre.
A Miley le impactaron la confusión y el orgullo que se reflejaban en sus ojos castaños.
—Lo dices como si se tratara de una obligación.
—Se trata de una responsabilidad que cualquier hombre debe aceptar.
—No sé qué decir. Tendré que pensarlo.
Nick se inclinó sobre la mesa y la miró fijamente.
—Piénsalo cuanto quieras. Pero llevas a mi hijo en tu vientre. Y mi hijo conocerá a su padre.
Miley notó que el estómago le daba un vuelco al percibir el brillo decidido de sus ojos.
—Y piensa también en esto que te voy a decir —añadió Nick— Creo que mi hijo debe tener mi apellido. Igual que la madre de mi hijo.
El pánico se apoderó de Miley. Negó automáticamente con la cabeza y alzó la mano.
—Ah, no. No te negaré el contacto con tu hijo. Sería moralmente incorrecto. Pero no estamos en la Edad Media. No me casaré contigo para que nos pongas tu apellido a mí y al niño.
—Quiero que sea un hijo legítimo.
—No estoy dispuesta a casarme contigo por un anticuado concepto de la legitimidad. Hoy en día, las madres solteras constituyen un porcentaje bastante elevado de la población.
—Yo tuve una madre soltera. Sé lo que es. Conozco las carencias que padece un hijo en esas circunstancias.
Miley se mordió la lengua. No podía reprocharle a Nick su actitud.
—Mi caso es distinto del de tu madre —le dijo amablemente— Seguro que ella lo hizo lo mejor que pudo, pero mi educación y mi posición socioeconómica son distintas —notó una puñalada de dolor al recordar las acusaciones que Nick le lanzó días atrás— Es evidente que no me conoces —siguió diciendo— Porque mi caso también es distinto del de esa mujer que intentó engañarte para que te casaras con ella. En fin, supongo que eso ya no tiene remedio.

Capitulo 7.-


Miley entró en el vestíbulo del Brown Palace Hotel, totalmente empapada. Sus pies casi emitían un ruido de chapoteo mientras caminaba. Segura de que el vestido habría encogido una o dos tallas, temía ver cómo se le había quedado el cabello. Lo sentía pegajoso y enmarañado.
Sin embargo, estaba decidida a no defraudar a Nick. Dado que ella lo había animado a asistir a la cena, lo menos que podía hacer era acompañarlo, como le prometió. Aunque tuviera un aspecto lamentable.
Consciente de las miradas curiosas, echó un vistazo al gentío y se dirigió hacia el aseo de señoras.
A medio camino, oyó que pronunciaban su nombre.
—¿Miley?
El corazón empezó a latirle deprisa. Había esperado poder arreglarse el cabello antes que Nick la viera. Meneando la cabeza, se giró hacia él y sonrió.
Perfectamente ataviado con un esmoquin negro, estaba para comérselo. A Miley le recordó a un tigre temporalmente encadenado. El clásico esmoquin no ocultaba su constitución musculosa ni el peligroso brillo que jamás abandonaba del todo sus ojos.
Nick la miró rápidamente de arriba abajo y enarcó las cejas.
—¿Qué ha ocurrido?
—Una colisión múltiple de ocho vehículos —explicó ella, ajustándose el cuello del vestido por enésima vez en los últimos minutos— Nosotros íbamos los segundos. Tuve que prestar declaración a la policía. Para colmo, me he calado hasta los huesos mientras buscaba un taxi.
Nick la tomó del brazo y la apartó del gentío.
—Me alegra que hayas llegado. Empezaba a preocuparme —vio cómo Miley exhalaba un suspiro de alivio. Con el cabello hecho una maraña empapada de rizos y el rostro congestionado, tenía un aspecto casi salvaje. Nick se fijó en la sombra de su escote, y se preguntó si no sería un pecado que generalmente ocultase sus curvas con vestidos y jerséis flojos.
—Un vestido fantástico —dijo, sin saber si arrancarle la tela a tirones o cubrirla con su chaqueta para que los demás hombres no pudieran verla.
—Gracias. Hace una hora era aún más bonito —respondió Miley— Sé que estoy hecha un desastre. Pero si me das un par de minutos para…
—¡Nick Jonas! —llamó una rubia alta y despampanante que en ese momento se abría paso hacia ellos— Hace siglos que no sé nada de ti, sinvergüenza. Y dijiste que me llamarías —le reprochó con un deje sexy.
Nick reprimió un gruñido.
—He estado muy ocupado, Kit —reparó en la mirada curiosa de Miley— Miley Cyrus, te presento a Kit… —se interrumpió, incapaz de recordar el apellido de la rubia.
—Kit —dijo Miley en tono amistoso, ofreciéndole la mano.
El rostro exquisitamente maquillado de Kit se tiñó de impaciencia.
—Kit Carlton —estrechó rápidamente la mano de Miley y luego se giró hacia Nick— Si necesitabas pareja para esta noche, podías haberme llamado.
Nick sintió deseos de llevarse a Miley del hotel y olvidarse del premio. ¿Qué diablos había visto en Kit?
—Miley es mi pareja —dijo, empujando amablemente a Miley hacia el extremo de la sala— Seguro que hay una docena de tipos haciendo cola ante tu puerta.
A Kit le faltó poco para ronronear como una gata en celo.
—Sabes que tú para mí eres el primero, Nick. Mi nombre está en la guía —le gritó mientras se alejaban.
Nick tosió un par de veces.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —le preguntó Miley con una sonrisa dulce.
—Ten piedad de mí.
—¿Por qué? Es una mujer muy bella. Tiene el pelo impecable. Y está seca.
—Es un incordio. Tiene los ojos verdes porque ése es el color del dólar.
—Me parece un comentario muy cruel por tu parte.
—Pero es cierto —dijo Nick, atrayéndola hacia sí— Olvidémonos de la cena y volvamos a mi casa.
Miley negó con la cabeza, pero él percibió que por un momento se había sentido tentada de aceptar su sugerencia.
—Hemos venido para que recojas tu premio.
Nick agachó la cabeza para besarle levemente los labios, y se sintió satisfecho al ver que se le aceleraba el pulso.
—No me importa el premio —aseguró.
—Lo sé —Miley se recostó en su pecho un segundo, y luego se retiró— Pero esto empieza a ser una especie de reto personal para mí. Además, tengo hambre.
—Podrás comer lo que quieras si nos vamos. Diablos, incluso te traeré champán de París por avión…
Miley negó con la cabeza.
—Concédeme un minuto. Tengo que arreglarme el pelo.
—Déjalo como está —dijo Nick. Vio que ella parpadeaba, extrañada— Me gusta así.
Miley le sostuvo la mirada.
—¿Cuándo te revisaste la vista por última vez?
Los labios de Nick se curvaron, formando una sonrisa.
—Tengo la vista perfectamente. El único cambio que haría sería quitarte el vestido.
—Ya somos dos —musitó ella, tirándose del cuello mientras se volvía— Ha sido una locura comprarlo.
Incapaz de dejar pasar aquel comentario, Nick la agarro por la muñecay la detuvo.
Miley —dijo, y oyó cómo ella jadeaba, sorprendida— Voy a hacerte mía.
Miley se estremeció. Y lo sorprendió al girarse para mirarlo. Sus ojos emitían una suerte de brillo desafiante que él jamás había visto. Aquella mirada, descaradamente femenina, bastó para excitarlo.

Ella ladeó la cabeza y dijo:
—Ya veremos.
Nick entornó los ojos y la contempló mientras se alejaba. La urgencia de poseerla latió en todos los puntos de su cuerpo. Miley no sospechaba lo cerca que estuvo Nick de seguirla hasta los aseos para demostrarle allí mismo lo mucho que la deseaba.

Al verse el cabello en el espejo, Miley emitió un gemido desesperado. Estuvo a punto de maldecir, hábito que había abandonado años atrás, cuando descubrió que los niños solían irrumpir en las conversaciones de los adultos en los momentos más inoportunos.
Una atractiva chica morena la miró y chasqueó la lengua mientras se retocaba los labios con carmín.
—Vaya una ocasión para que a una le caiga encima una tormenta, ¿eh?
—Sí —dijo Miley, ajustándose de nuevo el cuello del vestido. Tomó una toalla de papel y se secó las mejillas.
—¿El hombre que he visto contigo es Nick Jonas? —preguntó la morena.
Miley exhaló un suspiro y asintió.
—Sí. Esta noche le entregan un premio.
—Lo sé —la mujer sonrió y guardó el lápiz de labios— Salí con él hace tiempo.
¿Dos en una noche? Miley echó un rápido vistazo alrededor, preguntándose quién más…
—Es un hombre excepcional —dijo la mujer.
Miley notó que el corazón se le encogía.
—Sí, lo es.
—Y también es excepcionalmente rápido a la hora de desaparecer cuando pierde el interés —miró a Miley a los ojos y añadió—: Que tengas suerte.
Después de oír eso, Miley se soltó el pelo, literalmente. Tarde o temprano, Nick se cansaría de ella y la dejaría. Pero, ¿deseaba estar con él, aunque fuera temporalmente?, se preguntó. La respuesta la desgarraba por dentro, pero debía aceptarla.
Sí, lo deseaba, se dijo al observar la velada impaciencia de Nick mientras el presentador de la ceremonia alababa sus actos de caridad. Lo deseaba.
Colocándole la mano en el brazo, lo miró a los ojos y sonrió. Aquella premonición sobre su destino con Nick era más fuerte que nunca. El corazón le latía desbocadamente, como si se estuviera deslizando por una pista de esquí. A Miley jamás se le había dado bien esquiar.
—¿Te sería más fácil si te insultaran? —susurró, señalando con la cabeza al presentador.
Nick le acarició el cabello.
—Se me va a cortar la digestión. Vámonos.
Miley reprimió una carcajada.
—Espera un poco más.
Él le tiró cariñosamente del pelo.
—Te has convertido en toda una provocadora.
Ella negó con la cabeza.
—Ni hablar.
—¿Sabes lo que suelen hacer las mujeres provocadoras, no? —dijo Nick en voz baja.
Miley notó que el corazón volvía a disparársele.
—Claro que sí.
—Suelen prometer cosas —siguió diciendo Nick.
Ella asintió.
—Y luego no las cumplen.
La oscura mirada de Nick se clavó en sus ojos, llena de interrogantes.
Miley notó un nudo en la garganta, pero estaba decidida a seguir por el camino que había tomado.
—Yo siempre cumplo —dijo suavemente.
Por la convicción que atisbó en el rostro de Nick, supo que su suerte estaba echada.

Nick miró el cuentakilómetros y soltó deliberadamente el acelerador, aunque su deseo era pisarlo a fondo. Miley intentó entablar conversación, pero él se limitaba a contestar con monosílabos.
Necesitaba poseerla.
La ansiedad con que la deseaba resultaba casi absurda. Se lo había repetido a sí mismo varias veces a lo largo de las últimas semanas.
Deseaba perderse en su aroma, en su tacto y en su sabor. Deseaba llegar al mayor punto de intimidad posible con ella. Y a medida que llegaba más lejos, más deseaba. Apenas podía ocultarle a Miley la intensidad de su pasión por ella.
—¿Por qué estás tan callado? —Miley le agarró el brazo y se inclinó hacia él, rozándolo levemente con el seno.
Reprimiendo un jadeo, Nick rió para sí.
—Porque quiero llegar a casa antes de arrancarte ese vestido y devorarte.
Siguieron unos instantes de silencio, pero Miley no se retiró de él. Nick la miró de soslayo, preguntándose en qué estaría pensando.
—¿Te he asustado?
—Tú siempre me asustas —dijo ella.
Nick tomó la salida de la interestatal.
—En ese caso, ¿por qué no me has dejado?
—Porque no sé qué me asusta más. Lo que sientes por mí… —tomó aliento— O lo que yo siento por ti.
Miley había hablado con el corazón, y Nick sintió que un hondo sentimiento de ternura se sumaba a la pasión que sentía por ella. Dicho sentimiento lo sorprendió, pero no mitigó su ansia por poseerla. Era una necesidad demasiado grande, y la había reprimido durante demasiado tiempo.
—Jamás he deseado a una mujer como te deseo a ti —la miró de soslayo una vez más y vio que cerraba los ojos.
—Demuéstramelo —dijo Miley suavemente.
Nick le tomó la mano y la presionó contra su sexo excitado. Ella se quedó quieta al principio. Luego, lo acarició.
Jurando entre dientes, Nick jugó mentalmente a las veintiuna para conservar la cordura hasta que llegaran a casa. Sin apenas esperar a que se abriera del todo la puerta del garaje, introdujo el coche y lo detuvo en seco. A continuación, se quitó el cinturón de seguridad, estrechó a Miley entre sus brazos y reclamó su boca del modo en que planeaba reclamar su cuerpo. Completamente.
Miley abrió los labios para recibirlo. Su lengua se enredó dulcemente con la de él.
Nick tomó aliento e inhaló su aroma, la fragancia de su excitación de mujer, y devoró sin piedad sus labios, saboreándolos hasta que Miley se aferró fuertemente a su cuerpo.
Acariciándole los hombros desnudos, él deseó tocarla por todos los rincones de su cuerpo. Intentó bajarle el vestido, pero sólo lo consiguió en parte.
Le pellizcó los pezones con los dedos y emitió un jadeo de necesidad.
—Maldita sea, este vestido…
—Lo sé —murmuró Miley, apretando los senos contra las palmas de sus manos de un modo que lo hizo estremecerse— Le dije a la dependienta que no era adecuado para mí.
La frase apenas se filtró en el cerebro de Nick.
—No me refería a eso —dijo con una risotada áspera— Es muy difícil de quitar.
Miley se reclinó en el asiento, con los ojos nublados por la pasión y los labios ligeramente hinchados por los besos de Nick.
—Oh, Nick.
Al verla dispuesta y esperándolo, Nick volvió a jurar entre dientes. Era demasiado. Deseaba acceder a ella por completo, sin reservas.
—Te compraré otro —dijo, y agarró la tela roja con las manos y la desgarró con un fuerte tirón. Miley abrió los ojos de par en par, sorprendida— Te compraré dos más. O tres —la sacó del coche en brazos y entró en la casa.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió ella, con aparente dificultad para formar las palabras.
Nick subió al dormitorio dando grandes zancadas.
—Voy a demostrártelo.
Y se lo demostró.
Tras dejarla en la enorme cama, Nick agachó la cabeza y le acarició los senos con la nariz mientras le bajaba las medias.
—Sé que voy demasiado deprisa —musitó— Pero llevo mucho tiempo esperando.
Le exploró con manos ansiosas la entrepierna, y comprobó que estaba húmeda y dispuesta. Miley le tiró inútilmente de la camisa.
—Nick… Deseo… Necesito…
Él se despojó de la camisa, dejando al descubierto su recio pecho.
—Oh, Miley, eres tan dulce —susurró mientras le recorría el vientre con los labios y descendía hasta sus muslos.
—Dios mío… —la voz de Miley se extinguió cuando la lengua de Nick encontró el centro de su sexo. Sus caricias la dejaron completamente vulnerable, transportándola a una galaxia de placer hasta entonces desconocida.
La tensión era tan dulce e intensa que Miley clavó las uñas en el edredón. Cuando le llegó la primera oleada de placer, se puso muy rígida y dejó escapar un chillido. Con manos temblorosas, tiró de Nick hacia arriba.
—Te necesito —susurró con voz ronca— Te necesito —repitió mirándolo a los ojos— dentro de mí.
—Oh, Miley —exclamó él, besándola.
La determinación, la necesidad y el amor impulsaban a Miley. Le bajó los pantalones y los calzoncillos, y palpó su excitación.
—Cariño, no hagas eso —le advirtió Nick— No podré… —sus jadeos estremecieron a Miley por dentro— Me falta muy poco para…
—Aguantarás —murmuró ella, sin dejar de acariciarlo.
Emitiendo un sonido a medio camino entre el jadeo y la risa, Nick sacó un envoltorio de plástico del bolsillo de su pantalón y retiró toda la ropa.
—Basta de provocación —dijo al tiempo que se ponía rápidamente el preservativo— Ahora eres mía —con una embestida firme, penetró en ella y se estremeció.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Nick comenzó a moverse rítmicamente hasta que ambos alcanzaron el éxtasis. Miley jamás había sido poseída tan completa, tan irrevocablemente.
Hicieron el amor una y otra vez durante el resto de la noche.
Cuando la luz del amanecer se filtró por las cortinas, Miley despertó, sintiéndose como si acabara de participar en una maratón. Tenía el cuerpo lacio y los músculos doloridos. Miró a Nick, que dormía a su lado, y se sintió maravillada. El pelo moreno le caía sobre los párpados cerrados. Su cuerpo desnudo, rebosante de fuerza, le recordó al de un conquistador.
¿Y ella, qué era?, se preguntó, y decidió tomar un poco de agua. Se desplazó hacia un lado de la cama, pero el brazo de Nick la detuvo, rodeándole la cintura. La atrajo hacia sí.
—¿Adónde crees que vas?
Miley notó que el corazón le martilleaba cuando lo miró a los ojos.
—Tengo sed. Iba a buscar un vaso de agua.
—Quédate aquí —dijo Nick levantándose— Yo te lo traeré.
—No importa —tartamudeó ella— Puedo ir yo… —se interrumpió al ver que Nick entraba en el cuarto de baño.
Al cabo de unos instantes regresó con el agua. Mientras Miley bebía, él la acurrucó contra su pecho y jugueteó con su cabello al tiempo que le besaba la mejilla. Su ternura conmovió a Miley.
—¿Quieres más? —preguntó Nick.
Ella negó con la cabeza, sorprendida de lo cómoda que se sentía con su propia desnudez. No recordaba haberse sentido así en toda su vida.
Él le acarició la frente con la yema del dedo.
—¿Qué pasa por esta cabecita?
Miley cerró los ojos.
—Me siento un poco confusa.
—¿Pero estás pensando?
—Intento hacerlo —respondió ella, riendo para sí— Parece que tenga el cerebro lleno de guijarros que no paran de rodar.
—Entonces, necesitas quedarte en la cama —musitó Nick, y antes de que ella se diera cuenta, le atrapó un pezón con la boca.
Miley abrió los ojos rápidamente. Era imposible que lo deseara de nuevo. Pero notó que su sexo volvía a humedecerse.
—Es imposible que me desees otra vez —logró decir.
—Sí, es posible, y te deseo —respondió él atrayéndola hacia sí. Su sexo rozó el muslo de Miley— Hoy es domingo, y pienso retenerte en la cama todo el día —le mordisqueó suavemente la punta de los senos, excitándola.
—Pero, ¿y la comida? —preguntó ella con la fracción de su mente que aún operaba correctamente.
—Pediremos lo que quieras —contestó Nick introduciéndole la mano entre los muslos— Diablos, puedo hacer que nos traigan marisco de Maine, si lo deseas.
Miley emitió un jadeo al notar la intrusión de su dedo.
—No quiero marisco —desconcertada por su capacidad para engatusarla, lo apartó de sí ligeramente— Me bastaría con un tazón de cereales o un bollo —esta vez, le llegó a ella el turno de besarlo. Exploró su abdomen con los labios.
Su boca de detuvo a unos centímetros de su sexo, y él emitió un jadeo.
—¿Un bollo? ¿Quieres un bollo?
Percibiendo la desesperación de su voz, Miley sonrió.
—Luego —respondió, y lo tomó con la boca.

Las semanas siguientes fueron para Miley un período de descubrimiento constante y de gozo. Sospechaba que Nick sentía lo mismo, pues pasaba con ella todo el tiempo posible.
Insistía en que se quedara en su casa casi a diario, y solían bromear acerca de las excusas que utilizaba para convencerla.
A pesar de tener que ausentarse de la ciudad por motivos de negocios, Nick quiso que ella permaneciera en su casa, detalle que la sorprendió y la conmovió al mismo tiempo.
No obstante, Miley necesitaba tiempo para despejar una incógnita muy importante.
Estaba tan enamorada de Nick, que no sabía con seguridad qué resultado esperaba del test de embarazo al que acababa de someterse.
Sólo tardaría un día en saberlo.