miércoles, 29 de febrero de 2012

Capitulo 3.-

Miley volvió en sí muy lentamente. Las facciones morenas de Nick aparecieron poco a poco nítidamente ante sus ojos y sonrió vagamente. La sostenía entre sus brazos, su cuerpo todavía débil, y tenía la cabeza apoyada sobre su hombro. Era maravilloso. Con soñolientos ojos azules alzó la vista...
—Tienes unos ojos preciosos —susurró Nick acercándose cada vez más.
Se ahogaron en los suyos. Lagos de un dorado apasionado bordeados de voluptuosas pestañas negras más largas que las suyas. Miley suspiró levemente sintiendo el calor de su cuerpo delgado y musculoso sobre sus miembros relajados. Instintivamente se ciñó más a él. Nick levantó una mano y sus dedos largos y morenos se deslizaron por su melena acariciándole la oreja. El corazón de Miley se desbocó en aquel silencio reverberante.
—Nick... —musitó.
—Piccola mia... —dijo Nick suspirando dolorosamente aquel nombre afectuoso.
Bajó la cabeza y atrapó sus labios húmedos en un beso apasionado que los entreabrió. Desde aquel primer momento de contacto, Miley quedó electrificada. La chispa erótica de su lengua al explorar el suave interior de su boca le hizo dar una sacudida y jadear. Levantó las manos y las hundió en su pelo grueso y se agarró a sus hombros anchos y fuertes. Nick la apretó contra él y Miley se rindió con entusiasmo sintiendo la fiebre del deseo apoderarse de su cuerpo vibrante con un ímpetu voraz.
Nick gimió y separó sus labios de los suyos. La miró fijamente con intensidad y asombro. Bruscamente, se puso en pie y levantó su esbelto cuerpo con él. Su rostro se endureció mientras observaba los ojos de Miley, brillantes de pasión. Giró sobre sus talones y abrió los brazos para dejarla caer sobre el sofá del que antes se había levantado.
—Primero dame las malas noticias —dijo abarcándola con la mirada.
Miley había aterrizado confusa sobre el sofá. No sabía qué la había conmocionado y por un momento no supo dónde estaba, sólo que Nick se alzaba frente a ella como un juez amenazador.
—¿Las malas noticias...?
Por un momento no quiso pensar... ni en el tormento de placer de estar en los brazos de Nick ni en lo horrible que era volver a estar a distancia de él.
—Sólo te desmayas cuando estás aterrorizada. ¿Crees que no me acuerdo? —le lanzó Nick gravemente—. Te desmayas, abres esos enormes ojos azules y los fijas en mí, y yo siento un ímpetu incontrolable de ceder a mis instintos más básicos. Así es como anunciaste tu embarazo.

— ¿Mi embarazo? —inquirió Miley con desesperación—. No llegué a ese estado yo sola.
—No hubo nada accidental en ello —la condenó Nick duramente.
Miley se quedó helada, destrozada por aquella acusación. Ni siquiera trece años antes se le había ocurrido pensar que Nick pudiera creer que su embarazo no hubiera sido accidental. Que su familia sospechara que había sido una manipulación no la sorprendía, pero había dado por hecho inocentemente que al menos Nick no compartía aquella sospecha.
— ¿En serio me acusas de haberme quedado embarazada delibera...?
—No vamos a hablar de esto —la interrumpió Nick poniéndose en pie bruscamente—. Deja las malas noticias del pasado donde están. No vamos a volver a las andadas y peleamos por viejas historias como un par de niños estúpidos.
Viejas historias... ¿Cómo reaccionaría Nick cuando lo informara de que las malas noticias del pasado eran más actuales de lo que podía suponer? A Miley se le quitaron las ganas de discutir.
— ¿Quieres saber por qué le dije a tu secretaria que tenía que verte por un asunto urgente y confidencial...?
—Creo que ya me lo imagino... —le dijo Nick con innato cinismo haciendo una mueca—. Estás arruinada, ¿verdad? Tienes deudas.
—No sé de dónde te sacas eso —dijo Miley, pero se ruborizó con culpabilidad al recordar la cuenta corriente de Suiza rebosante del dinero de los Jonas después de todos aquellos años de intereses.
Nick se acomodó en el sofá de cuero que estaba frente al suyo. Tenía un aspecto formidable ante sus ojos huidizos. Llevaba un traje de sastre de color azul marino a rayas y una corbata roja de seda. Enseguida apartó sus ojos de él, pero su imagen persistió en su mente. Tan dolorosamente atractivo que su garganta se cerró y se quedó en blanco. ¿Por qué no podía haber empezado a perder algo de pelo o a tener algo de barriga?
—Miley, mi tiempo es oro y he tenido que suspender una cita importante para hacer hueco para ti...
— ¿Para hacer un hueco en el sofá? —dijo rechinando los dientes.
—En este momento creo que cuanto menos hablemos de lo ocurrido, mejor.

—Después de separarnos, descubrí que esperaba mellizos… y a pesar de que había perdido uno —balbuceó Miley sintiendo un hilo de sudor nervioso deslizarse entre sus senos—, no perdí el otro. Tengo una hija de trece años... tu hija —concluyó dando un paso hacia atrás.
Nick se quedó mirándola fijamente con fieros ojos entornados y un ceño de perplejidad.
—Eso es imposible —dijo con voz levemente trémula—. Tuviste un aborto involuntario.
—Nació tres meses después de que yo abandonara Italia, dos semanas antes de la fecha prevista —murmuró Miley torpemente—. El doctor de Roma se equivocó en la fecha porque yo estaba más gorda de lo esperado, debido a que llevaba gemelos.
—Tuviste un aborto involuntario —repitió Nick con obstinación—. Y si más tarde diste a luz a una hija prematura es imposible que sea mía...
—Destiny nació en abril —dijo Miley apretando los labios trémulamente—. Perdí a su mellizo, pero no a ella —susurró con mirada agonizante. Si Nick hubiera sido capaz de razonar habría deducido que en el intervalo de tiempo transcurrido era imposible que la niña no fuese suya—. Pero cuando me fui de Roma no lo sabía. Lo que sabía era que no me querías ni a mí ni al bebé y que, cuando aborté, no había razón para seguir casados. No podías esperar a librarte de mí. Ni siquiera pudiste venir a compadecerte de mí en el hospital porque no podías evitar sentirte aliviado de que todo hubiera terminado...
—Madre di Dio... —susurró Nick con voz temblorosa y sus manos delgadas se cerraron en dos fuertes puños.
—Y no te culpo por ello, de verdad —reconoció Miley con sinceridad—. Pero había tenido bastante y lo último que hubiera podido afrontar era irrumpir de nuevo en vuestras vidas y deciros « ¿A que no lo adivináis? Todavía estoy embarazada». Era más fácil hacerte pensar que todo había terminado, como todos queríais. Así que no habría venido aquí esta mañana a aguarte la fiesta...
— ¿A aguarme la fiesta? —repitió Nick con visible dificultad.
Miley se inclinó torpemente y dejó el certificado y la foto de carné en la mesita de cristal que los se paraba.
—Nunca te lo habría dicho si dependiera sólo de mí —reveló mientras empezaba a retroceder hacia la puerta—. Sé que estás perplejo y enfadado y sin duda maldecirás el día en que me conociste, pero, por favor, piensa en todo esto desde el punto de vista de Destiny. Le gustaría conocerte. No quiere ser un estorbo ni nada parecido, pero tiene curiosidad...
— ¿Dónde demonios crees que vas? —inquirió Nick haciendo un súbito movimiento hacia adelante que le arrancó de su inmovilidad.
—He dicho todo lo que tengo que decir por el momento —confesó Miley, y aceleró el paso en dirección a la puerta abriéndola de golpe sin molestarse en mirar atrás y echando a andar a toda prisa por el pasillo. Apretó el botón del ascensor y se volvió.
—Dios, vuelve aquí ahora mismo —le lanzó Nick con rabia desde una distancia de seis metros.

El corazón se le subió a la garganta. Tuvo una borrosa imagen de la incredulidad de la recepcionista y luego se volvió y corrió hacia las escaleras. No tenía sentido ayudar a Nick a hacer una vergonzosa escena en público. Era evidente que estaba en estado de shock o no le hubiera gritado de aquella forma. Bajó ruidosamente el último tramo de las escaleras de incendio y siguió a toda velocidad por otras escaleras más anchas.
—Te subiré a rastras si no vuelves ahora mismo —rugió Nick desde un tramo superior—. ¡Zorra!
— ¡No te atrevas a llamarme asi! —gritó Miley haciendo una pausa—. Y por cierto, fue tu método anticonceptivo el que falló, no el que yo no tuviese ninguno. Las fechas lo demuestran sin lugar a dudas.
Nick espetó algo en italiano que sonaba bastante agresivo. Miley pestañeó. No lo había conocido con aquella furia incontrolada. Nunca se le habría ocurrido pensar que un hombre que a los diecinueve años se enorgullecía de su autocontrol la estuviera persiguiendo por el Jonas Merchant Bank.
Pero Destiny había sido concebida en agosto, no en julio, lo que significaba que Nick era el único responsable. Por supuesto, había tratado de hacerla a ella responsable mencionando la primera vez que habían hecho el amor. En aquella ocasión, tuvieron un pequeño malentendido y Nick había supuesto erróneamente que Miley tenía protección. Incluso con Nick en los talones, Miley sintió la infantil alegría de haber sido capaz decírselo.
— Vas a romperte el cuello —gritó Nick a corta distancia.
En sus intentos por correr más deprisa, Miley perdió pie y cayó hacia delante. Jadeó cuando una férrea mano la sujetó por el cuello de la chaqueta impidiendo la caída. Luego la sacudió haciéndole girar y la aprisionó entre su fornido cuerpo y la pared del rellano sin percatarse de que sus pies no tocaban el suelo.
—Dios... ¿Cómo te atreves a acusarme de sentirme aliviado cuando perdiste a nuestro hijo? —rugió Nick con brillantes ojos dorados chispeantes de furia—. Agarré tal borrachera que casi me mato. No tuve valor para ir a verte al hospital, estaba demasiado avergonzado como para mirarte a la cara. No supe qué decir cuando ya era demasiado tarde para decir lo que sentía. ¡Nuestro hijo ya estaba muerto!

La liberó lentamente y Miley se deslizó hacia abajo por la pared perdiendo uno de sus zapatos. Lo miró con enormes ojos azules que dejaban ver su incredulidad ante lo que le decía.
—Fui a verte tres días después y ya te habías ido —añadió Nick con voz vacilante, y Miley pudo ver el dolor y la culpa en lo profundo de sus ojos sombríos—. Mi padre me dijo que si ponía un pie en un avión a Londres me mataría. Dijo que ya había hecho bastante daño. Pero no lo escuché hasta que Bianca me dijo lo del dinero y me convenció de que eso era todo lo que habías querido desde el principio...
—Dudo que necesitaras mucha persuasión.
—Te habías ido —repitió Nick—. Aceptaste el divorcio sin ni siquiera hablarlo conmigo.
—Pero eso era lo que tú querías —apuntó Miley temblando de arriba abajo. Pero aunque su boca hablaba, sólo podía pensar en el intenso dolor y remordimiento que Nick le había confesado. Nunca había imaginado que podría haberse sentido así después de su separación.
Tenso y agresivo, Nick dio un paso hacia atrás. Desde arriba llegó a sus oídos el ruido de una puerta girando sobre sus goznes, seguido por el eco de voces femeninas que parloteaban.
—Vuelve conmigo a mi despacho —le pidió Nick con aspereza.
Miley hundió el pie en el zapato que había perdido y se apartó de él, horrorizada porque iba a echarse a llorar delante de él. En aquel momento, no podía más. Le había dicho lo de Destiny y Nick necesitaba tiempo para reflexionar sobre ello.
—Te llamaré por teléfono... mañana —balbuceó Miley, sujetándose a la barandilla con una mano sudorosa mientras empezaba a bajar de nuevo por las escaleras. Nick masculló algo con frustración en su idioma al tiempo que se oían unos pasos cada vez más cerca. Miley aprovechó la compañía que se aproximaba para salir corriendo y no volvió la cabeza aquella vez.
Las lágrimas la cegaban cuando alcanzó el último tramo de las escaleras y atravesó el vestíbulo. Tomó un taxi para regresar a la agencia. Cruzó el aparcamiento y entró por la puerta de atrás hasta la pequeña habitación que el equipo de ventas utilizaba para tomar café. Una vez allí, se derrumbó en un sillón.
Miley se preguntó por qué se había sentido tan destrozada al oír que Nick reconocía haberse sentido avergonzado y hundido por un sentimiento de culpabilidad que le había llevado a emborracharse y que reflejaba su incapacidad para sobrellevar ni sus propias emociones ni las de Miley. Darse cuenta de que la imagen que tenía de Nick se había desvirtuado con el tiempo la había desgarrado.
A los diecisiete años había dependido de él y lo había visto como un adulto experto y fuerte en comparación con ella. No se le había ocurrido pensar entonces que también podía tener sus puntos flacos. Sólo trece años más tarde comprendía que, debajo de su aspecto frío y viril, no había sido nada más que un niño. Pero Miley lo había convertido en un héroe porque sólo un héroe la habría hecho sentirse segura en el mundo amenazador en el que su familia y él vivían.
Pero todo aquello pertenecía al pasado, así que inspiró hondo y se dispuso a borrar las huellas de que había estado llorando.

El teléfono estaba sonando cuando se acercó a su mesa. Asió el auricular una fracción de segundo antes de que Barry el Piraña lo hiciera. Barry retrocedió hasta su mesa con sus curiosos ojos castaños fijos en ella y una leve mueca en sus atractivos labios.
—Pareces un poco alterada... ¿algo va mal?
Miley lo negó con la cabeza ignorando su calurosa mirada de apreciación. Pese a que se comportaba como una estatua de hielo con él, Barry era perseverante. Una leve broma y volvería a avergonzarla diciéndole lo bien que se lo pasaría una mujer madura con un chico joven. Se acercó el auricular a la oreja.
El corazón de Miley golpeó contra sus costillas. Era Nick.
— ¿Qué quieres? —susurró.
—A ti... ahora —barbotó Nick de manera sucinta—. Estoy en el bar de la esquina. Te doy cinco minutos para que vengas.
La línea se cortó. Miley se irguió, increíblemente pálida, y luego volvió a asir el bolso.
Nick estaba en la esquina más oscura del bar. Mientras caminaba hacia él, la observó con brillantes ojos duros como el azabache y su cuerpo fornido rígido por la tensión.
—Te prometí que te llamaría mañana —le recordó Miley poniéndose a la defensiva.
—Quiero conocer a mi hija y no estoy dispuesto a esperar a que a ti te convenga —masculló Nick con fiereza.
—Está en el colegio.
— ¿Dónde?
—No puedes ir allí... —empezó a decir Miley mientras se sentaba horrorizada al ver lo que pretendía hacer.
— ¿A qué hora sale?
—No estás pensando con claridad —protestó Miley, alterada por la inmediatez de su pregunta—. Destiny ni siquiera sabía que había ido a verte hoy.
—Dios... ¡Deberías estar encerrada! Entras en el banco después de trece años de silencio y me dices que tengo una hija. Luego te vas otra vez y me dices que no estoy pensando con claridad. ¿Qué clase de mujer eres? ¿Cómo has podido estar tan resentida como para ocultarme el nacimiento de mi hija...?
—Por aquel entonces no estaba resentida. Pensé que te estaba haciendo un favor.
— ¿Un favor? —inquirió Nick con galopante in credulidad.
—Creí que serías más feliz si no lo sabías —reconoció Miley finalmente.
— ¿Más feliz...?

—Evidentemente estaba equivocada —reconoció Miley e seguida—. Me gustaría que dejases de mirarme como sí fuera una lunática o algo así... Nunca tuve la menor idea de lo que sentías al respecto.
Nick controló su furia y clavó sus gélidos ojos dorados en Miley.
—Fue una acción despreciable. Aun habiendo cometido errores, no merecía que me ocultaras la existencia de mi hija. Todavía estábamos casados cuando nació. No intentes excusar tu silencio...
—Tal vez aceptaría mejor lo que me dices si alguna vez hubieras demostrado el menor interés o preocupación por tu hija antes de que naciera —lo retó Miley con voz vacilante.
—Demostré mi preocupación casándome contigo. Ni una sola vez sugerí otra manera de salir del apuro. Ni tampoco mi familia —le recordó Nick fríamente.
—Pero seguías sin querer el bebé —discutió Miley, desesperada por oírle reconocer aquel hecho. Pero Nick la miró con ojos burlones.
— ¿Por qué si no iba a casarme contigo sino por el bien de nuestro hijo?
Miley jadeó, conmocionada por el golpe de efecto de aquella pregunta tan simple.
—Creo que necesito un poco de tiempo para asimilar esto antes de ver a mi hija —masculló Nick, y apartó la copa con un brusco ademán—. Que Destiny esté en casa el miércoles. Me presentaré a eso de las diez y la llevaré por ahí. Por el momento —aseguró con convicción gélida—, no tengo nada más que decirte.
—Necesitarás las señas.
Durante el palpitante silencio que siguió, Miley, utilizando la pluma de oro de Nick, escribió su dirección en la parte posterior de la tarjeta que él le tendió. Nick se puso en pie.
—Aunque sea lo último que haga en la vida, te castigaré por lo que has hecho —juró a media voz.
Miley se quedó a solas con una botella de vino sin descorchar y dos vasos intactos. Le temblaban las rodillas y durante un momento de debilidad, estuvo seriamente tentada a ahogar sus penas en el alcohol. La culpa y la perplejidad la desgarraban. Nick estaba indignado y horrorizado por lo que ella había hecho e iba a tomarse dos días de tiempo para hacerse cargo de la situación. ¿Por qué la asustaba eso todavía más?

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