jueves, 27 de septiembre de 2012

Capitulo 14.-


Pero la espalda le dolía bastante y sentía una especie de tirantez en el vientre.
–¿Qué? –preguntó Daniel.
–¿Eh? No, nada. Es que se están retorciendo.
–¿Retorciendo? –preguntó, atónito.
–Esa es la sensación que me da.
Leyó la carta. El camarero llegó y le pidieron la cena. Y Miley volvió a experimentar aquella sensación. Cambió de postura. Aquella no era la silla más cómoda del mundo.
–¿Estás bien? –preguntó Daniel.
Ella asintió y volvió a cambiar de postura, pero los bebés seguían sin estar contentos. .Quizás necesitase un cambio de postura más radical. Se levantó.
–Enseguida vuelvo.
Y bajó al baño. Volvió a sentir aquella especie de tirantez mientras bajaba.
Estuvo allí mucho tiempo. Diez minutos. La tirantez ocurría cada tres. Con regularidad.
Temblaba cuando volvió a la mesa.
–¿Qué pasa? –preguntó Daniel, asustado.
–Creo que ha llegado la hora.

–No –dijo Miley, mirando con el ceño fruncido a su hermana.
No había dejado de decirlo desde que Sierra se había reunido con Daniel y con ella en el hospital la noche anterior.
–¡No, Sierra! No sé dónde está Nick, y no sé cómo ponerme en contacto con él. ¡Y no quiero ponerme en contacto con él!
–Tienes que hacerlo – contestó Sierra. Estaba junto a la cama de Miley  y la miraba con los brazos en jarras, mientras su hermana tiraba de la sábana e intentaba conjurar los pensamientos serenos y alegres que el médico le había indicado.
Pero no lo estaba consiguiendo porque Sierra no dejaba de darle la lata.
–Decírselo no serviría para nada –dijo Miley con firmeza–. Además –añadió, mirando por la ventana–, él no quiere saber nada, porque no está dispuesto a enfrentarse a nada que pudiera ocurrirles a los niños o a mí –suspiró–. Ya le ha ocurrido antes.
Nunca le había hablado a su hermana de la mujer y de su hijo. Él le había dejado bien claro que no quería que su pasado anduviese de boca en boca, pero en aquel momento Miley sabía qué su hermana no la dejaría en paz hasta que no tuviera una poderosa razón para nacerlo, de modo que, brevemente y sin entrar en detalles, se lo contó.
–Así que ahora comprenderás por qué no quiere saber nada de esto –concluyó.
–¡Y unas narices! explotó su hermana–. ¡Lo único que comprendo es que es un cerdo y un egoísta!–Sierra caminó de un lado al otro de la habitación–. ¿De verdad crees que la muerte de su mujer es una excusa para comportarse como un cerdo con la mujer a la que ha dejado embarazada?
–No lo comprendes.
–¡Por supuesto que no! –replicó. Parecía a punto de echar humo por las orejas–. ¡Vas a tener gemelos! Es más, estuviste a punto de tenerlos anoche. Necesitas alguien cuide de ti... ¡y no tener que ser tú quien cuide de alguien!
–¡Yo no cuido de él! Simplemente digo que no lo necesito.
Pero Sierra no tragó.
–Tonterías. Tienes que quedarte en la cama, descansar, y que alguien te haga las cosas.
–Pero no Nick. Mira –le dijo con toda la paciencia de que fue capaz–, necesito un poco de paz, y tú pareces a punto de estallar, así que haz el favor de irte y dejarme dormir.
Sierra dejó de moverse.
–Lo siento, pero es que... –no terminó la frase–. Me callaré. Necesitas descansar. Estaré en el pasillo.
–No es necesario.
–Sí que lo es. Y a menos que quieras pelear también por eso, duérmete.
–Está bien – suspiró–. No va a pasar nada – añadió en voz baja cuando su hermana la besó en la frente, y esperó con una sonrisa a que saliera.
Llevaba rezando desde que empezaron las contracciones y Daniel la llevó al hospital directamente desde el restaurante, y en aquel momento rezó porque fuese verdad.
El hospital había llamado a su médico y él se había presentado inmediatamente. Luego la había examinado sin dejar de murmurar entre dientes mientras Miley lo observaba pálida y muerta de miedo.
–¿Estoy...? ¿Están...?
Pero no podía poner en palabras sus temores.
Al final el médico la miró por encima de sus gafas.
–Lo que necesitas es tomártelo con calma, querida.
–Lo haré – le prometió–, pero... ¿están bien?
–Por ahora. Tenemos que parar las contracciones–y había insistido en que debía pasar la noche en el hospital–. Solo para estar seguros de que no hay complicaciones.
Y gracias a Dios, no las había habido.
Había estado despierta toda la noche, sin atreverse a moverse, intentando conseguir lo imposible, que era relajarse.
Daniel había llamado a Sierra y los dos habían pasado la noche con ella en la habitación.
Al final la tensión del abdomen había ido cediendo haciéndose más leve, y por la mañana era ya débil e irregular.
El doctor parecía complacido.
–Por ahora, vamos bien –dijo al examinarla–.Pero a partir de ahora, debes tener mucho cuidado.
–Lo tendré –prometió.
–Descansa. No quiero que te levantes de la cama en la semana. Después, si todo va bien, podrás levantarte, pero con calma. Nada de excesos –añadió con severidad–. Nada de echarte el mundo sobre los hombros.
–No lo haré.
–Es que no puedes. Los bebés se están haciendo y empiezan a ponerse nerviosos, y según me dijo tu hermana, has estado trabajando mucho.
Como siempre, Sierra no había podido mantener la boca cerrada.
–Lo dejaré.
–No lo dudes –había dicho Sierra.
–Estás entre la espada y la pared, lo sé –dijo el doctor–, pero ahora lo principal es que te cuides. Tienes que descansar. Dormir. Comer. Ponerte gorda. Hazlo, y todo saldrá bien.
–¿Para todos? –preguntó Miley con el corazón en la garganta.
–Un mes más, y estos pequeños tendrán muchas mejores perspectivas.

–¡Jonas! Al teléfono.
La voz le llegó en la oscuridad.
¿Dónde estaba? ¿En Singapur? ¿En Arabia Saudí? ¿En Taiwan? Conseguiría recordarlo cuando sus neuronas terminaran de despertarse.
Turquía. Sí, en Turquía.
¿Teléfono? ¿Quién demonios podía llamarle allí?
Miley...
Salió a todo correr de la cama.
–Gracias, Blake –dijo, tropezando con el marco de la puerta–. ¿Miley? –preguntó.
–Exacto –contestó su hermano Kevin, con cierta ironía.
–¿Qué pasa? ¿Está bien?
–Sí. Ahora.
Nick suspiró y se apoyó contra la pared.
–Entonces ¿por qué diablos me...? ¿Y qué sabes tú de Miley?
–He tenido una visita.
–¿De Miley?
–No; de su hermana. No me habías dicho que está embarazada –dijo con sorna–. Es más, no me habías dicho que tuvieras un interés... digamos, personal en ese sentido.
–¡Habla!
–Ha tenido contracciones. Aun no...
–¿Qué? ¿Ya? ¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
–Por ahora, sí –contestó con más suavidad–. Ha pasado la noche en el hospital por precaución. Ahora está en cama en su casa. Ha sido un aviso. Tiene que descansar.
–Por supuesto –murmuró Nick. ¿No era eso lo que él le había estado diciendo todo el tiempo?
–Tiene que dormir. Tener las piernas en alto.
–Claro que sí.
–Pues la chica del pelo rojo no parece convencida de que vaya a hacerlo.
–¿Has hablado con Sierra?
–Sierra ha hablado conmigo –corrigió–. Me ha gritado, para ser más exactos. Pasó por encima de mi secretaria, entró como una bala en mi despacho, me agarró la corbata y me amenazó con usarla para colgarme de taparte de mi anatomía si no te localizaba inmediatamente para decirte que movieras el trasero en el acto y vinieras a casa para cuidar de su hermana.
–Caramba.
–Sí, caramba –corroboró Kevin.
–Lo malo es que Sierra es capaz de cumplir la amenaza.
–Salgo ahora mismo –dijo.
–Me alegro de saberlo, papá –bromeó.
Papá. No quería pensar en eso. No quería pensar en nada no fuese en volver cuanto antes junto a Miley. Le debían unos cuantos días. Se había incorporado antes y se trataba de una emergencia familiar, le dijo a su jefe y tomó el primer avión para Londres. Llegó con unas horas de retraso, pero a tiempo de tomar otro vuelo a Nueva York. Estaba en casa casi antes de haberlo pensado... al menos, según el reloj.
La verdad es que no tenía ni idea de qué hora era. Funcionaba como en piloto automático cuando bajó del taxi delante de su casa, y tras lanzar la bolsa a la puerta su propio apartamento, subió las escaleras. Llamó a la puerta de Miley, pero no obtuvo respuesta

El miedo volvió a atacar. ¿Y si estaba en el hospital? ¿Y si ya había tenido los niños? ¿Sobrevivirían siendo tan prematuros? ¿Sobreviviría ella? Volvió a aporrear la puerta.
–¡Abre, maldita sea! –masculló entre dientes. Y por fin oyó descorrerse el cerrojo y la puerta se abrió. Esperaba ver a Sierra.
Pero era Miley quien lo miraba asombrada.
–¿Se puede saber qué...?
No esperó a que terminara la pregunta. Empujó la puerta y entró. Miley llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, y aunque había pasado menos de un mes desde que la vio por última vez, había vuelto a cambiar.
Para ser exactos, era su tripa lo que había cambiado. Estaba inmensa.
–¿Qué haces fuera de la cama? –preguntó.
–Pues abrir la puerta –contestó cuando pudo recuperarse de la sorpresa–. Un idiot.a estaba aporreándola.
–Creía que Sierra estaría aquí.
–Sierra tiene su propia vida.
–No la tendrá cuando haya terminado con ella. ¿Cómo se le ocurre dejarte sola?
–¿Cómo dices?
–Vuelve a la cama –replicó, empujándola hacia el dormitorio–. Se supone que no debes levantarte.
–¿Y eso quién lo dice?
–Sierra. El médico. Mi hermano.
–¿Tu hermano? ¿Kevin? ¿Y se puede saber qué tiene que ver Kevin en todo esto?
–El me ha llamado.
–¿Para qué?
–Pues para poder conservar su virilidad, según creo. Sierra lo amenazó con utilizarla para otros fines si no me localizaba inmediatamente.
–La mataré.
–De eso, nada. Demasiado estrés. ¡Haz el favor de meterte en la cama!
–Qué pesado eres – murmuró–. No sé qué haces aquí. No deberían haberte llamado.
–Ha hecho lo que debía –dijo, y asintió satisfecho cuando la vio sentada en la cama–. Sube los pies.
–No...
–¡Que subas los pies! –repitió, y levantándole las piernas, le metió los pies bajo la ropa. Luego se sentó a ella y se tumbó también en la cama.
–¡Nick!
Puso un brazo sobre ella para obligarla a estarse quieta y cerró los ojos.
–¿Se puede saber qué haces?
–Cuidar de ti –murmuró.
Intentó quitarse el brazo de encima, pero pesaba tanto, en parte por el cansancio que debía traer acumulado, y en parte por pura perversidad.
–No necesito que cuides de mí.
–No es eso lo que tengo entendido –murmuró. Se puso de lado y se acercó a ella.
–Dios, qué mandón.
Era mucho más agradable que su almohada, sentir el brazo sobre su vientre. Algo le dio una patada.
–¿Pero qué...?
–Los estás aplastando –protestó Miley.
–¿Los...? ¡Ah! –quitó el brazo y apoyó solo la mano sobre su vientre. Algo se movió debajo. Eran los niños, sus niños.
No quería pensar en eso.
No en aquel momento.
En aquel momento, no podía pensar absolutamente nada. Estaba allí. Era suficiente.
–¿Están así todo el tiempo? –murmuró.
–No. A veces duermen.
–Bien –contestó, acurrucándose junto a ella–. Menos mal.
–¡Nick!
Pero él cerró los ojos y se quedó dormido.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Capitulo 13.-


Volvió al trabajo.
Al día siguiente llamó a su jefe para decirle:
–¿Me necesitas en alguna parte?
Y lo envió a Turquía. Hizo la maleta antes de las 10 y salió antes de la medianoche. No le dijo a nadie ande se iba.
Llevaba allí tres, días cuando llamó a Kevin para decirle dónde estaba.
–¿Dónde dices que estás? ¿En Turquía? ¿Y para qué me lo dices? – Kevin parecía impaciente, incluso completamente desinteresado por lo que Nick tuviera que decirle. Le oyó tapar el auricular y gritar–: ¡No, ahora mismo, y punto! –debía estar hablando con secretaria–. ¿Para qué me lo dices? –le preguntó a Nick.
¿Para qué se lo decía? Nunca antes lo había hecho.
–Es que... bueno, he pensado que deberías saberlo. Si ocurre algo. A papá.
–¿Por si me lo cargo, quieres decir?
–¡Vaya! ¿Tan mal va la cosa? ¿Qué ha hecho ahora?
–Me tiene hasta las mismas narices. Cada semana me trae una chica nueva al despacho. No voy a tener más remedio que buscarme una mujer.
–¿Y casarte con ella?
–Quizás –contestó Kevin–. Si nos gustamos. ¿Conoces a alguna que esté disponible?
–No.
–Claro que sí. Tú eres un calavera y lo serás siempre. Debes tener una chica en cada puerto.
–No para que te cases con ella.
–¿Y tu vecina?
–¿Quién? ¿Miley?
–Sí, Miley. Papá no se atrevería ni a toserle. No me importaría casarme con ella.
–¡No!
La fuerza de la repuesta de Nick causó un completo silencio a ocho mil kilómetros de distancia.
–Ah –exclamó Kevin, que conocía perfectamente a su hermano–. ¿Tan mal está?
–¡No! No es lo que te imaginas. Es que...
Pero no podía decirle que estaba embarazada, porque la pregunta de Kevin sería quién era el padre...Y también cabía la posibilidad de que le hablase de ello a su padre para quitárselo de encima.
–Es que Miley se merece algo mejor, y no un matrimonio sin amor.
–¿Y tú no estás interesado?
–Yo soy hombre de una sola mujer.
Hubo otra pausa larga.
–Hace mucho tiempo que Sarah murió. Además ella no esperaría que tú...
–No me interesa –le cortó–. Dejémoslo, ¿vale?
–Vale, vale. No hace falta que me muerdas.
–Pues entonces, no me des la tabarra. Y olvídate de Miley.
Kevin no insistió.
–Cualquiera que pueda quitarme de encima al viejo. No sé de dónde se saca esas mujeres. ¿Del congelador?– sugirió. Ojalá no hubiese llamado, porque en el fondo algo le empujaba a sugerirle a su hermano que se pusiera en contacto con Miley.
Puede que se gustaran. Quizás Kevin quisiera casarse con ella y así los niños quedarían en la familia.
Todo su ser se revolvió ante aquella idea. No quería su hermano se acercase a Miley ni de lejos.
No se paró a pensar por qué.
Se había marchado.
Así, sin más. De pronto. Un día estaba y al siguiente, no.
Al principio pensó, que estaba intentando evitarla. luego reparó en que las persianas estaban siempre cerradas, que las luces se encendían siempre a la misma hora... y que nadie regaba los tomates.
Se había marchado. Con un poco de suerte, al infierno.
Miley se centró en su trabajo.
Terminó el artículo sobre Mooney Vaughan y le dijo a Stella que estaba disponible para lo que pudiera salir. Dos días más tarde, Stella la llamó para proponerle la historia de Simon Hollingsworth, un arquitecto y diseñador de interiores creador de uno de los trabajos más innovadores de la costa este.
Tuvo que irse a Cape Cod durante cuatro días para entrevistarle. Simon la invitó a acompañarle a Martha’s Vineyard, el proyecto en el que estaba trabajando y luego pasó dos días más en Newport conociendo unas renovaciones que había hecho.
Mencionó otros lugares en los que había trabajado:
Block Island, en la costa de Maine, en Virginia. Miley los visitó todos. Era un trabajo estimulante y exigente al que debía dedicar muchas horas.
Horas en las que no tenía tiempo de pensar en Nick.
Cuando llegaba a casa, se concentraba en escribir. Eso era más difícil, y no solo por Nick.
Cada vez le resultaba más difícil sentarse ante el ordenador por el volumen de la tripa. Además, los bebes se mostraban más activos. Querían jugar cada vez que se sentaba a trabajar.
Así que daba largos paseos, a veces acompañada por Daniel. Hablaban de su novia, de las historias en las que estaba trabajando, de los bebés... pero nunca de Nick.
El único problema era que no podía dedicarse a investigar, o a escribir o a pasear todo el tiempo. También tenía que irse a la cama e intentar dormir. Pero dormir no era fácil. Los bebés parecían predestinados a ser karatecas, y se pasaban la noche dando patadas y puñetazos. Alrededor de las cinco de la mañana no le quedaba más remedio que levantarse. Necesitaba ir al baño.
–¿No has oído eso de que se debe comer por dos?–le dijo Sierra una tarde que se pasó por su casa, tras reparar en las bolsas que tenía bajo los ojos y en su aspecto cansino.

–Pues yo tengo que hacerlo todo por tres, con la complicación añadida de que cada uno de nosotros nos despertamos a una hora distinta.
–Estás hecha un asco –declaró su hermana.
–Vaya, muchas gracias.
–Es que normalmente estás más sana que una manzana y verte ahora tan flaca y tan pálida...
–¿Cómo puedes decir que estoy flaca, si parezco una ballena varada?
–Tú eres la que está flaca. Los ocupas de tus hijos son los que parecen una ballena. Es una pena que Nick no pueda cargar con ellos durante un rato.
Miley no contestó. Sabía que la mención de Nick era un intento de sondeo, y quizás si no contestaba, no a hacerle la pregunta.
Pero debería haber conocido a su hermana.
–¿Sabes algo del padre de tus hijos?
–Está trabajando.
–Que se fastidie. ¿Te ha llamado? ¿Sabe que estás echa una ballena?
–¡No pienso decírselo!
–Así que no ha llamado – Sierra sabía leer entre Quizás debieras tomarte unas vacaciones.
–No.
–¿Por qué no? Necesitas descansar.
–También necesito comer. Nadie más gana dinero en esta casa.
–Nick...
–¡Nick no tiene nada que ver! No pienso admitir su dinero. Además, me encanta mi trabajo, y la gente espera mis artículos. Eso me dijo Stella el otro día.
–¿Cuándo vuelve Nick?
–Ni lo sé, ni me importa.
–Desde luego, deberían daros una paliza a los dos–espetó su hermana–. No sé quién de vosotros dos es más *******: él por no querer tener nada que ver, o tú por permitir que se salga con la suya. Los niños...
–Están bien, así que deja de preocuparte, que eres peor que mama.
Una comparación que esperaba que dejase a Sierra el dique seco, pero se equivocó.
–¿Mamá también está preocupada? Pues, por una vez, tiene toda la razón.
Mientras trabajaba, Nick no tenía que pensar. Y cuando terminaba, estaba tan cansado que lo único que podía hacer era tomarse una cerveza con algún compañero y meterse directamente en la cama.
Debería ser exactamente lo que necesitaba. Seguramente lo era... excepto en sueños.
Soñaba todas las noches. Con Sarah. Imágenes de su vida juntos: felices momentos de su infancia, la alegría de su compromiso, la felicidad del día de su boda. Había cientos de momentos, miles de recuerdos, que acudían a su cabeza en cuanto cerraba los ojos.
Y se despertaba triste y desesperado, intentando alcanzar algo o alguien que cada vez estaba más lejos.
Pero peor aún eran sus sueños de Miley. En ellos la veía riendo, sonriendo, alegre y cariñosa. Lo miraba, lo tocaba, y él respondía. Su cuerpo se preparaba para ella. Su corazón ansiaba el de ella. Levantaba los brazos para alcanzarla.
Y entonces volvía a ver a Sarah, alejándose de él, cada vez más. Y luego, se despertaba. Solo.

Miley estaba cansada.
Estaba más que cansada. Estaba fundida. Sierra y ella habían pintado la habitación que iba a ser para los niños. Había comprado dos cunas y un vestidor. Había hecho unas cortinas nuevas y las había colgado. Pero su agotamiento tenía menos que ver con el ejercicio físico y con la falta de sueño que con la preocupación.
¿Cómo iba a poder trabajar cuando nacieran? Dentro de seis semanas, si el embarazo llegaba a término, lo averiguaría.
Por lo menos aún no tenía que cambiarlos y darles de comer cada dos por tres. Estaban allí, pataleando, moviendo los brazos sin parar, pero en silencio. Cuando nacieran, llorarían, necesitarían comer, necesitarían un cambio de pañales. Tendría que poner montones de lavadoras, hacer la compra, cocinar, limpiar y, además, trabajar para ganar dinero.
¿Cómo iba a ser capaz de poder con todo?
Nick había dicho que él aportaría una parte del dinero necesario para la manutención de los niños, y se lo agradecía, pero no estaba dispuesta a permitir que la mantuviese también a ella.
En lo único que podía pensar en aquel momento era trabajar como una loca para poderse permitir unos días de vacaciones cuando naciesen los niños. Stella estaba encantada.
–Cuantos más, mejor –dijo–. Puedo guardar los artículos y publicarlos poco a poco.
Miley, siguió. Trabajó. Escribió. Los bebés pateaban, se movían. –Creo que tengo un jugador de baloncesto abordo le dijo a Daniel, que se había pasado por su casa para ver si quería salir a cenar.
Era uno de esos días inusualmente cálidos del mes noviembre, uno de esos que invitaba a pasarlo fuera en el parque, con el más mínimo cambio del viento, el frío invierno se presentaría de golpe y no se podría disfrutar otro día así hasta la primavera.
Así que Miley lo había pasado en la terraza, trabajando después en la mesa con su ordenador portátil, intentando terminar el borrador de la historia que había de recopilar antes de ir a Philly durante dos días.
Decidió que salir con Daniel a cenar le vendría bien. Que quedarse en casa e intentar trabajar mientras sus hijos bailaban rock and roll dentro de su abdomen.
Además, no quería quedarse sola. Aunque ya no necesitaba desviar la atención de Nick, Daniel seguía visitándola un par de veces a la semana, y su compañía le era muy grata. Era un buen amigo.
Cerró su ordenador portátil. Ya terminaría el artículo al volver, o al día siguiente. Frotándose la espalda, buscó su chaqueta.
–Vámonos.
Cenaron en un tranquilo restaurante italiano cerca de Columbus. Un lugar muy agradable, perfecto para relajarse y disfrutar de la comida, pensaba Miley, intentando concentrarse en lo que decía Daniel.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Capitulo 12.-


Era el cuarto día consecutivo de ese calor asfixiante y Miley arrastró a casa, casi lamentando haber asistido aquella mañana al concierto de Mooney Vaughan en el Carnegie Hall.
Vaughan, uno de los intérpretes de música de jazz más famosos de Norteamérica, le había dicho que podían encontrarse la tarde siguiente, pero Miley sabía que Daniel iba a estar ocupado todo el día y no le había apetecido quedarse sola en casa, de modo que había decidido ir al recital y quedar después a comer con Mooney para charlar con él con vistas a su próximo artículo.
Era la solución perfecta. Así no tendría que preocuparse de encontrarse con Nick.
Y funcionó... hasta que llegó arrastras a casa aquella misma tarde. El tráfico había sido horroroso y el autobús en el que viajaba tenía estropeado el aire acondicionado, de modo que al final había decidido bajarse y caminar… Y caminar. Y caminar.
Intentó parar un taxi, pero a las cinco de la tarde era imposible encontrar uno, así que siguió caminando despacio, tomándose su tiempo, pero cuando llegó a casa estaba exhausta y deciduó sentarse en la puerta y descansar antes de subir las escaleras hasta su casa.
La cancela se abrió a su espalda.
–Hola –dijo Nick.
Él parecía estar fresco, descansado e incluso guapo. Y  Miley, que se sentía sudorosa y exhausta lo odió por ello. Lo miró y luego se volvió hacia otro lado. No tenía fuerza para enfrentarse a él.
–¿Estás bien?
Miley había cerrado los ojos y no los abrió. Estiró las piernas.
–Solo tengo calor.
Una mano fresca se apoyó en su mejilla y abrió los ojos.
–¿Pero qué...?
Él tiró de su mano para obligarla a ponerse en pie.
–Vamos.
–¿Adónde? ¿Qué demonios...? Estaba perfectamente claro adónde la llevaba: a su casa.
–¡Nick! –protestó, pero sin resultado. Y una vez abrió él la puerta y sintió en la cara la bendición del aire acondicionado, dejó de discutir,
Iba a quedarse solo un minuto, no más. Y después...
–Siéntate –la obligó a sentarse en el sofá, le colocó los pies sobre la mesa y dejó la bolsa que traía ella y que le había arrebatado con la grabadora y el bloc de notas en el suelo–. ¿Agua? ¿Té frío? ¿Zumo?
–Agua –contestó–. Por favor –añadió, intentando no parecer un vagabundo en el desierto que acabara de toparse con un oasis.
Le había parecido que estaba a punto de desmayarse. Por casualidad estaba junto a la ventana al tomar ella la calle. Incluso desde aquella distancia pudo ver que tenía la cara anormalmente roja, y que no avanzaba con su paso habitual, rápido y firme. En un principio pensó que sería por la tripa, pero luego se dio cuenta de que había algo más, sobre todo al verla sentarse en la entrada.
Había salido a todo correr de su casa, pero después se había parado para intentar parecer normal.
–No te lo bebas de golpe –le dijo.
–Qué mandón estás – se quejó–. Antes no eras así.
–Antes no necesitabas que te dijeran lo que debías hacer.
–Y no necesito que...
–Vale, vale –la cortó, levantando en alto las manos–. Tú estás haciendo muy bien, pero la gente cae como moscas por toda la ciudad. ¿Has oído la radio? Doscientos cuarenta y siete casos de golpe de calor solo esta tarde. Doscientos cuarenta y ocho, si te contamos a ti.
–A mí no me pasa nada –protestó, y se terminó el vaso.
–Te traeré un poco más.
Miley bebió el segundo vaso con más calma. Cuando terminó, sonrió. Era solo una pálida imitación de la verdadera sonrisa de  Miley Cyrus.
–Gracias –dijo, e hizo ademán de levantarse.
–No tienes por qué irte tan deprisa.
–Es que...
–¿O es que te está esperando el doctor Amor?
–Supongo que te refieres a Daniel. Vendrá más tarde –Quizás. No estaba seguro de poder pasarse, pero eso no iba a decírselo a Nick –. No quiero molestarte.
–Lo que me molestaría es que te desmayases en la escalera.
–¿Quién te ha dicho que voy a desmayarme? Lo que pasa es que...
–He preparado un montón de chile. Quédate a cenar conmigo.
–Daniel...
–Daniel no está aquí en este momento, y yo creo que tienes hambre. Tienes que alimentarte bien, Miley. Además, sé que no quieres subir las escaleras en este momento. Tú sabes que no quieres.
Ella dudó aún un poco más. No quería empezar otra vez a albergar esperanzas. Y aunque se decía que no era así, cada vez que Nick era agradable con ella, no podía evitarlo y los sueños que creía enterrados resurgían de sus cenizas como el ave Fénix para perseguirla.
–Chile, Miley –insistió, intentando tentarla–. Ensalada verde. Tomates del huerto.
«Maldito seas», pensó. «Deja de ser amable conmigo. Lo odio».
–Helado de chocolate de postre. Cómo conocía sus debilidades...
–Está bien – suspiró–. Tú ganas.
Él sonrió.
–Estará todo preparado en cinco minutos. ¿Quieres alguna otra cosa de beber? ¿Una cerveza?
–No. No... bebo alcohol.
–Ah, claro.
Miró brevemente su tripa y luego apartó la mirada.

–Te traeré un té frío –dijo.
–Gracias –contestó ella. «Mantén las distancias. Sé fría», se dijo. Entrelazó las manos en el regazo y sonrió.
Cuando Nick entró en la cocina, a punto estuvo de romper vaso, puso a calentar el chile y todo ello, maldiciendo entre dientes. ¿Cómo se atrevía a sentarse allí y comportarse como una extraña?
«¿Esperabas algo distinto? ¿Lo querías, acaso?», se preguntó.
Bueno, no, pero... Era lo mejor. Ahora era su invitada.
Sacó la jarra de té frío de la nevera y llenó un vaso y para él se abrió una lata de cerveza.
Tomó un trago largo. Muy largo. Luego volvió a mover el chile. ¿Había cocinado tanto porque en el fondo tenía la intención de invitarla a cenar?
Era una pregunta a la que no quería responder.
–Limón y sin azúcar, ¿no? –preguntó en voz alta.
No hubo respuesta. De todos modos, no la necesitaba. Sabía cómo le gustaba el té frío. Solo lo preguntaba para darle conversación... la clase de conversación que ambos querían.
Con el vaso en la mano, entró en el salón y se la encontró dormida.
Seguía en el sofá, pero ya no parecía estar en la sala de espera del dentista. Estaba acurrucada, las manos sobre el vientre cada vez más abultado, la cabeza hacia atrás, las mejillas aún arreboladas.
Sonrió. No pudo evitarlo.
Y se acercó más. Dormida, Miley parecía una niña. Parecía joven, vulnerable e indefensa.
No lo bastante mayor para ser madre de gemelos.
–¡Gemelos!
–Dios...
Dijo la palabra en alto sin querer y ella se despertó, parpadeando rápidamente.
–Vaya –se incorporó como si quisiera no parecer dormida–. Lo siento. Es... es el calor. Y es que estoy poco cansada.
–Aquí tienes el té – se lo entregó y se sentó en un sillón frente a ella–. ¿Cómo es que has salido hoy? ¿Tenías qúe hacer alguna entrevista?
–Sí –tomó un sorbo de té y se incorporó un poco en el sofá, pero ya no parecía tan tensa como antes–. A Mooney Vaughan.
–Vaya.
Nick sabía lo importante que debía haber sido esa entrevista. Vaughan era un gran nombre del jazz. Había asistido con Miley a uno de sus conciertos en el Carnegie Hall el verano anterior. Luego habían subido al Empire State con la música aún viva en los oídos. Era noche llena de estrellas y...
Se obligó a volver al presente…
–¿Ha tocado para ti?
Miley sonrió.
–Sí, y ha sido maravilloso. Tiene una especie… de entusiasmo. Ha pasado por momentos muy tristes... ya sabes, cuando perdió a su hijo en un accidente y lo de su mujer con las drogas... Ha sufrido un infarto, pero es tan... no sé cómo decirlo... tan sereno quizás. Puede que sea una palabra demasiado simple. No es nada cínico, ni da muestras de amargura. Al hablar de todo ello se percibía casi físicamente su dolor, pero junto a eso había... esperanza.
Su mirada se había ido dulcificando al hablar y su voz era tierna, comprensiva. Era una sonrisa que él conocía bien. Había formado parte de su vida durante los últimos tres años, llenándole de paz y clavó la mirada en la lata que tenía en la mano, recordando.
Miley se rió de pronto y su risa fue tan feliz que Nick levantó la mirada, sorprendido.
–Me ha dado un beso en la tripa –dijo, poniéndose las manos encima.
–¿Qué?
–Para que le diera buena suerte. Es como una bendición. Me dijo que era siempre un placer estar en compañía de una nueva vida y... tocó para ellos... para nosotros tres.
Su sonrisa pareció temblar y la vio parpadear rápidamente.
Luego dejó el vaso sobre la mesa y se levantó.
–Creo que no debería quedarme.
Nick estaba delante de ella antes de que hubiera podido terminar de levantarse del sofá.
–Sí que debes –dijo con firmeza, mirándola a los ojos–. Por favor, Miley: quédate.
Y se quedó.
–Era una locura, un error. Sabía que quedándose volvería a desear todas las cosas que llevaba tanto anhelando y que sabía perfectamente que no iba a poder tener. Pero, como siempre, cuando él la miraba con aquellos insondables ojos azules pidiéndole que hiciese algo, quedaba indefensa, completamente a su merced.
Así que se quedó y cenó con él.
Nick puso un disco de Mooney Vaughan y su música parecía encajar a la perfección con su estado de ánimo, exuberante un momento y melancólico al siguiente.


–Un registro que traduzca las emociones, eso es lo que ando buscando – le había dicho Mooney aquella misma tarde con su voz de seda salvaje.
Todas sus emociones estaban en juego aquella noche, y no podía evitarlo. No era capaz de mantener la distancia, la indiferencia en la que sabía que debía escudarse. Es más, ni siquiera estaba segura de poder ser alguna vez indiferente ante Nick. Lo conocía demasiado. Llevaba demasiado tiempo queriéndolo.
Había intentado combatir sus sentimientos durante los últimos tres años, e incluso había conseguido convencerse de que lo estaba consiguiendo. Y pasar todas aquellas veladas con Daniel había conseguido convencerla, pero no habían conseguido cambiar lo que sentía.
Lo mismo que tampoco había cambiado lo que sentía  Nick. Podía verlo en él. Seguía siendo Nick, un hombre extrovertido y divertido, reflexivo y perceptivo, intenso y apasionado. Todo ello.
Pero solo cuando olvidaba todos los cambios, los cambios que se habían obrado en ella... el que llevase a sus hijos en el vientre.
Y cada vez que lo recordaba, cada vez que su mirada hasta su vientre, cuando empezaba a hablar su tono de voz cambiaba, se hacía más retraído, más alejado.
Y ella sabía que estaba recordando. No solo los bebés, sino el pasado y aquel hijo perdido.
Entonces ella quería llorar. Pero no lo había hecho. No podía hacerlo. Había optado por no decir nada, o hacer cualquier cosa que desviase su atención, que le hiciera sonreír y cambiar de tema.
Había sobrevivido a la velada.
Le dio educadamente las gracias, e incluso toleró la acompañase hasta la puerta de su casa, por lo también le dio las gracias.
Él simplemente asintió.
–Cuídate, Miley.
–Lo haré. Gracias otra vez. Ya nos veremos –, como si volviesen a ser amigos.
A la mañana siguiente no la vio. No es que anduviese esperando verla. Solo que la luz era muy buena si se sentaba junto a la ventana para hacer el crucigrama del Times, y desde allí no podía evitar ver las escaleras. Vio a la señora Álvarez subir y bajar cuatro veces. Y vio también a los Gillespy, el matrimonio, que tenía el piso de encima del de Miley.
Pero no vio a Miley. Debía haber salido con Daniel, pensó. Dejó de mirar por la ventana y se concentró en el crucigrama, pero se le rompió la punta del lápiz.
–Qué asco –masculló, y se levantó de allí.
Salió al jardín. Los tomates habían madurado. Había utilizado unos cuantos la noche anterior para la ensalada, y recogió unos cuantos más.
Entonces oyó un ruido y miré hacia arriba. Era Miley, tendiendo su lencería. Estaba sola. Ni rastro de Daniel.
–¡Eh! –la llamó, y ella se asomó.
–¡Voy a subirte unos tomates!
No esperó su respuesta; recogió los que ya estaban maduros y volvió a entrar para ponerlos en una bolsa.
Cuando ella abrió la puerta, lo primero que hizo fue ofrecerle la bolsa.
–Son más tuyos que míos, de todas formas. Si no los hubieras regado... – se encogió de hombros y sonrió–, bueno, que te deben la vida.
–¿Y ahora me los das para que me los coma? No parece muy justo.
–La vida es dura si eres tomate.
Los dos se miraron en silencio un instante.
–Tienes... mejor aspecto hoy –dijo él–. No es que no estuvieses bien ayer, pero...
–Estaba hecha un trapo. Gracias por los tomates.
No lo invitó a entrar. De hecho, estaba a punto de abrir la puerta cuando la oyó quejarse.
–¿Qué pasa?
Miley sonrió.
–Que me han dado... una patada.
Nick miró inmediatamente el abultamiento tras la bolsa de tomates. Miley la apartó y apoyó una mano
en su tripa.
–Mira.
Nick contempló, fascinado, como su tripa parecía moverse por voluntad propia.
–Es raro, ¿verdad?
Nick sintió que se le secaba la boca. Quiso hablar, no se le ocurrió nada que decir. ¿Raro? Pues sí, Y de pronto, fue doloroso también.
Recuerdos del día en que Sarah había sentido por primera vez a su hijo. Ella había tomado su mano para ponerla sobre su tripa.
–¿Lo notas? ¿Lo notas, Nick?
Sus ojos estaban llenos de luz, deseosa de compartir milagro con él.
El había puesto la mano y esperado. Pero los movimientos eran demasiado leves. El bebé era aun muy pequeño y Sarah había terminado por darle un beso de consolación y decirle:
–Pronto. Ya verás como no tardas en sentirlo.
Pero ya nunca había podido sentirlo. Una semana después, Sarah moría.
El vientre de Miley aún se movía.
–Tengo que irme –dijo
Siempre estaban allí... los recuerdos. Dispuestos a destrozar cualquier comento que Nick y ella pudiesen compartir.
Pero aquella noche, cuando se metió en la cama, lloró.
Miley hubiera querido pisotear aquellos tomates. ¡O a él! Pero no podía. Ni siquiera podía dar rienda suelta a su rabia con él. Conocía su dolor.
Recordaba perfectamente la noche en que le habló de Sarah y del bebé. Recordaba el dolor en su voz.
¿Cómo enfadarse con un hombre que sentía tan profundamente, que había perdido tanto? Era imposible.
Pero aun así, no era justo. ¡No era culpa suya que  Nick hubiera perdido a la mujer que amaba y al niño que ella llevaba en su seno!
Pero lo que sí era culpa suya es que fuese a ser padre por segunda vez.
–Mía, y suya – se dijo en voz alta mientras llevaba los tomates a la cocina.
Pero sobre todo, suya. Si no hubiese bajado aquella noche... si no le hubiese ofrecido sus brazos... si no le quisiera:
Uno de los bebés le dio una patada.
Y supo que los si ya no importaban. Era demasiado tarde.
–Estáis aquí y yo me alegro –dijo, poniéndose las manos en el vientre–. Y si queréis recordármelo, no tenéis más que volver a darme otra patada.

Capitulo 11.-


¿Gemelos? Nick se quedó boquiabierto. Mudo. Desconcertado. La había llamado para asegurarse de que el tal Daniel era capaz de ser padre de un bebé. ¿Y ahora iba a tener dos?
Demonios... respiró hondo. Y volvió a respirar. No estaba consiguiendo mucho. La cabeza empezaba a darle vueltas, como si no le llegase suficiente oxígeno.
¿Dos? Dios, ¿en qué estaría pensando?
–¿Cómo lo sabes? –preguntó cuando por fin fue capaz de hablar.
–¡Ya te lo he dicho! Los he visto.
–¿Qué?
–En la ecografía. Ha sido increíble. ¡Están ahí! – estaba excitadísima, y daba la impresión de que
tampoco terminaba de creérselo –. Estaban flotando, moviéndose. Nadando, ya sabes.
Pues no. No lo sabía. Ni tampoco podía imaginárselo. Abrió la boca para hablar, pero no supo qué decir.
–Al principio no me daba cuenta –explicó Miley–. Luego, cuando me lo dijo el médico, los vi. ¡Eran dos! Ha sido increíble. ¿Nick? –lo llamó al no oírle hablar.
Fue lo único que pudo decir mientras miraba a su alrededor buscando un sitio donde sentarse.
–¿Nick, no estás...? ¿No te parece...? No, claro que no –la alegría abandonó su voz–. Ojalá pudieras...
Pero no terminó la frase.
–¿Estás... estás bien?
–Por supuesto que sí –replicó con brusquedad.
–¿Seguro?
–Seguro.
–Bueno... bien. Bien –repitió con más entusiasmo–. Me alegro.
–¿Qué querías?
–¿Qué? Ah, no mucho –ya no podía preguntarle si Daniel estaba preparado para ser padre... ¿Quién demonios estaba preparado para unos gemelos?–. Es que... he tenido un descanso. Estoy en Alaska hace tres días. Ahora está ya todo controlado y... bueno, que se me ha ocurrido llamarte.
Ella no dijo nada, así que se obligó a seguir.
–Estarás regando mi jardín, ¿verdad?
En el pasado, no hubiera necesitado preguntar.
–Sí, estoy regando tus tomates, Nick – contestó con frialdad.
Hubo otra larga pausa. Una pausa embarazosa.
–Alguien llama a la puerta –dijo Miley–. Tengo que colgar.
¿Daniel?
–Bien. Te dejo. Cuídate mucho, Miley.
–Sí.
Y colgó.
Nick dejó despacio el auricular y se quedó allí, clavado, inmóvil. Intentó pensar en lo que le había dicho; intentó hacerlo real. No lo consiguió.
¿Miley iba a tener dos niños? ¿Él, que no quería ataduras, lazos, responsabilidades, compromisos, estaba a punto de ser padre de gemelos?
Miró el teléfono. Quizás no había hablado con ella de verdad. Quizás hubiese sido todo un sueño.
Pasó tres semanas más esperando, preocupándose, enfadándose. Su equipo fue enviado a Venezuela directamente desde Alaska. Nunca le importaba adónde fueran o cuánto tiempo estuviesen lejos de casa. Hasta entonces, nunca le había importado.
Pero ahora sí. Estaba ansioso. Irritado. Preocupado.
Y no quería preocuparse.
Quería volver a casa, aclarar las cosas, asegurarse de que todo estaba bajo control... que Miley estaba bajo control. Si podía hacer eso, todo estaría bien. El estaría bien.
Su jefe quería enviarle al Mar del Norte después de Venezuela y él, por primera vez en su carrera, dijo no.
Y volvió a casa.
Llegó a primera hora de la mañana. Había estado volando toda la noche y necesitaba, como siempre, una ducha, una cerveza fría y unas diez horas de sueño.
Pero primero, quería ver a Miley.
Le miró atónita al abrir la puerta y encontrarlo allí.
Él también se sorprendió de lo mucho que había cambiado o, más exactamente, engordado desde que se marchó. Parecía como si llevase un balón de playa escondido bajo la camiseta. Pero el resto de su cuerpo, sin embargo, no era más que piel y huesos.
–Dios mío, ¿es que no comes?
–¿Qué? Claro que... ¿dónde crees que vas? –preguntó al verlo entrar como una bala a su apartamento, directo a la cocina.
Abrió de par en par la nevera. Había queso, huevos, apio, pimientos verdes y yogur. Comida para conejos, se dijo.
–Ya no tienes náuseas, ¿no?
–No, pero...
–Bien. Voy a comprar algo de carne y ahora mismo vuelvo.
–¡Nick! –lo alcanzó cuando estaba ya en la puerta–. ¡Son las nueve y media de la mañana! ¿Se puede saber qué pretendes hacer? No puedes entrar aquí a la carga y... y...
El miró por encima del hombro.
–Ya lo he hecho, y me importa un comino la hora que sea. ¿Tienes patatas?
–No, yo...
–Traeré también.
En el supermercado de Broadway compró carne y patatas. Y cerveza también. Volvió en menos de media hora, sin molestarse en pasar por su casa a ducharse y cambiarse. Podría soportarlo tal y como estaba.
Tardó en abrirle la puerta y se preguntó si quizás no iba a hacerlo. Estaba considerando sus posibilidades cuando por fin abrió.
–Esto no es necesario –protestó ella al verlo entrar con la bolsa.
–Pues a mí me parece que sí –replicó. Sabía dónde estaban las cosas en la cocina, así que sacó una sartén y una cacerola para hervir las patatas.
–Pon la mesa –dijo sin volverse.
–Yo ya he desayunado.
–Pero yo no. Acompáñame –dijo, y la miró de tal modo que Miley se puso manos a la obra.
–Qué mandón eres –murmuró.
–Alguien tiene que hacerlo, por lo que veo.
–Creía que no querías saber nada de mí o del bebé... de los bebés –se corrigió.
¡No quiero!», pensó, pero no lo dijo. Puso las patatas a cocer e intentó concentrarse en la comida. No la miró. No a las claras. No a los ojos. Le parecía demasiado personal, demasiado íntimo.
Le había hecho el amor, y ahora no podía mirar su cuerpo, los cambios que ese intercambio había provocado en ella. Solo pensarlo le molestaba.
Miley, que había terminado de poner la mesa, lo miraba, de pie. Sentía sus ojos clavados en la espalda. Quiso darse la vuelta, ver a la mujer que era su amiga, sonreírle. Que todo lo que había ocurrido entre ellos desapareciera.
Pero no podía ser así, de modo que tendría que contentarse con cuidar de ella por el momento. Asegurarse de que se alimentaba bien. Que sobreviviera a aquel embarazo. ¿Y después?

El futuro era algo en lo que no quería pensar.
No podía entenderlo.
Estaba siendo cascarrabias, mandón, autoritario... y todo ello dejando bien claro que preferiría estar en cualquier otra parte.
–Vete –le dijo.
Debía habérselo dicho unas diez veces aquella primera mañana que entró en su casa. Estaba cansado, con el pelo revuelto, sin afeitarse.
–Vete a casa –le había dicho.
Y había vuelto a decírselo una docena de veces desde entonces, pero no le hacía el menor caso. No contestaba. No sonreía. No hablaba.
Y lo peor de todo: no se iba.
–¡No te necesito! –le había dicho tras tres días de presentarse en su casa para prepararle la cena.
–Necesitas a alguien –había contestado él, implacable, de camino a la cocina–. ¿Dónde está el pollo ese?
–¿Qué pollo?
–Daniel –escupió.
–Esta semana está en Cincinnati.
Su novia había cambiado de parecer. Al menos, eso esperaba él. Se había tomado una semana de vacaciones para tantear el terreno.
–Ya –espetó–. Así que te ha dejado colgada, ¿no es así? Dos críos son demasiado para él, ¿verdad?
–¿Qué? Aún no hemos hablado de ello –confesó con sinceridad.
–Pues tienes que hacerlo.
–¿Por qué? ¿Para que tú puedas desentenderte?
Él fue a contestar, pero no lo hizo.
–No puedes enfrentarte a esto sola.
La señora Álvarez le sonreía.
Asentía satisfecha cada vez que lo veía subir al apartamento de Miley. Sonreía al verlos juntos. Le hacía gestos de ánimo a Miley.
Pero ella nunca contestaba.
No parecía estar precisamente encantada con que él anduviera de cabeza intentando ayudarla. Es más, actuaba como si fuese una imposición molesta. No dejaba de decirle que no lo necesitaba y Nick tenía la impresión de que quería librarse de él.
Pues nada le gustaría más a él que desaparecer. En cuanto otro ocupara su lugar...
Y entonces, una tarde la llamó por teléfono para decirle que iba a invitarla a cenar fuera en lugar de prepararle la cena en casa, pero fue otro hombre quien le contesté.
–¿Quién llama? –preguntó.
–¿Quién demonios quiere saberlo? –espeté Nick.
–Soy Daniel Maguire. ¿Y tú eres...?
–Nick Jonas Dile a Miley que la recogeré para ir a cenar a las seis y media
–No es necesario. Miley me ha dicho que si llamabas te dijera que íbamos a salir a cenar nosotros dos.
–¿Que vais a salir? –explotó. Pero lo único que le contestó fue el tono de marcar del teléfono.
¿Cómo se atrevía Miley a hacerle algo así? ¡Era con él con quien debía cenar! Al menos, eso era lo que él había dado por sentado, ya que llevaban haciéndolo desde que había vuelto de su último trabajo. Sí, es cierto que le había dicho que Daniel iba a estar fuera solo una semana, pero eso no significaba que...
–Pues, al parecer, sí.
–Muy bien –murmuró–. Bien.
Que el bueno de Daniel se la quedara para siempre.
A ver si era verdad.
No la llamó aquella noche, y los vio salir a través de las cortinas. Daniel le había ofrecido el brazo para bajar las escaleras y llegar al coche. El andar de Miley parecía un tanto inestable, como si todavía no supiera cómo equilibrar la carga.
La carga. Los bebés.
Sus bebés. No quería pensar en eso.
Esperó levantado para ver si lo llamaba. Si Daniel la abandonaba, lo menos que podía hacer era esperarla levantada.
Pero no lo hizo.
La oyó llegar. Era casi media noche, y saber que estaba levantada tan tarde le ponía los nervios de punta.
Luego esperé casi una hora para estar seguro de que Daniel Maguire se había vuelto a marchar, pero Miley siguió sin llamarlo.
Quizás hubiera decidido esperar a la mañana. Pero tampoco lo llamó al día siguiente por la mañana.
Al final, fue él quien llamó.
–¿Qué te ha dicho? –le preguntó sin preámbulos.
–¿Cómo dices?
–No te hagas la sueca conmigo, Miley. ¿Qué te ha dicho tu querido Daniel sobre los… gemelos?
–Pues que el dos es un número precioso.
Nick apretó el auricular.
–¿No se ha asustado?
–¿Es que esperabas que fuera así?
–¡No!
Hubo una pausa.
–Entonces, estás de suerte –contestó Miley.
Y colgó
–Vendré cuanto quieras – dijo Daniel con tristeza, sentado a la mesa de la cocina de Miley y con la cara apoyada en las manos–. ¿Qué más tengo que hacer?
Su novia aún dudaba. Estaba casi segura de que él era su hombre, pero necesitaba un poco más de tiempo.
Miley le dio una palmada en el hombro al pasar.
–Ya verás como al final, se da cuenta de que ha estado haciendo el tonto.
¿Cómo podía decir algo así, precisamente ella?
Porque Nick no había salido de su error... excepto físicamente, y eso era aun peor.
–No querría aprovecharme de las circunstancias–le dijo.
–Me gusta estar contigo –contestó Daniel.

Eran dos de las personas más enamoradas de todo Nueva York. Pasaban casi todas las noches juntos.  Miley había empezado a ir a escribir a la oficina en lugar de quedarse en casa, mayormente porque empezaba a padecer claustrofobia de estar contemplando todo el santo día las paredes de su casa. Y porque no quería estar allí cuando estuviera Nick.
Además, el calor de aquel mes de agosto no invitaba a quedarse en casa.