Se oyeron dos timbrazos breves e impacientes. Sólo eran las nueve y veinte.
— ¿Crees que será él? —gritó con pánico Destiny desde su habitación—. Todavía tengo el pelo mojado.
Miley se frotó las manos húmedas en sus esbeltos muslos, inspiró profundamente y abrió la puerta. Era Nick, muy elegante con un traje gris perla y una camisa y corbata de seda de color azul pálido.
—Pensé que estarías trabajando.
—Me tomé la mañana libre —le dijo Miley, mirando su corbata.
— ¿Significa eso que piensas acompañarnos? —inquirió con un tono gélido que indicaba lo mal recibida que era aquella idea.
—No... pero Dest no está lista todavía. ¿Quieres pasar? —dijo Miley clavándose las uñas en las palmas de las manos. Su fría hostilidad la hirió en lo más hondo.
—Esperaré en el coche.
—Nick... por favor, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
Hubo un pequeño y tenso silencio.
Nick suspiró y cerró la puerta tras de sí. La tensión en los delicados hombros de Miley cedió leve mente. Caminó al salón.
— ¿Te apetece un café?
Nick musitó una fría negativa.
—Tardará un poco. Ni siquiera está vestida, aun que se levantó a las siete y sacó toda su ropa. Luego pensó que tenía que lavarse el pelo... —dijo Miley consciente de que estaba balbuciendo. Ya no tenía excusa para no mirarlo a los ojos.
Los rasgos increíblemente atractivos de Nick se tensaron ferozmente y contrajo la mandíbula. La miró con centelleantes ojos dorados que la helaron hasta la médula.
— ¿Qué mal te hice para que tuvieras que robarme a mi hija? Nunca fui deliberadamente cruel contigo —declaró Nick.
Miley resistió la urgencia de mencionar la noche en la que Nick se había ido de su cuarto. Al recordar aquel devastador rechazo, revivió la angustia de una adolescente muy insegura que había estado dispuesta a contentarse con el sexo si era lo único que podía recibir el chico al que amaba. Cuando Nick decidió que ya no necesitaba sexo, se sintió completamente inútil e infravalorada, en vez de alegrarse de que aquella práctica degradante hubiese terminado.
—Y, aunque creí que habías querido quedarte embarazada, nunca te eché en cara esa idea —prosiguió Nick. Parecía esperar que lo aplaudiesen por aquella discreción de santo.
— ¿Por qué no? —preguntó sin poder evitarlo.
—Supuse que lo habrías hecho para no tener que abandonarme al final del verano.
Miley enrojeció hasta la raíz del cabello. Pensaba que lo había hecho porque estaba enamorada de él... ¡Nick sólo podía encontrar una excusa que lo halagara! Pero no era de extrañar que se hubiese sentido atrapado ni que hubiese estado tan furioso durante su corto matrimonio.
—Además, ¿habría cambiado algo? Después de todo, ya había destrozado nuestras vidas con espectacular eficiencia —se mofó Nick frunciendo sus labios sensuales—. Había echado a perder mis propias expectativas, había decepcionado amargamente a mis padres y había dejado embarazada a una adolescente. Ya era bastante sobrellevar eso, ¿no crees?
Miley disimuló su mirada de dolor. Cada una de sus palabras la desgarraba e incrementaba su confusión. El tardío reconocimiento de su egoísmo de adolescente al no pensar en el efecto que su matrimonio había tenido en la relación de Nick con sus padres la desalentaba.
—Y ahora vengo a ver a una hija que es una extraña para mí —susurró Nick gravemente—. ¿Tienes idea de cómo me puedo sentir? Una hija a la que habría amado y por la que me habría preocupado ha estado viviendo todo este tiempo a unos kilómetros de distancia del Jonas Merchant Bank... y aquí está, en un sucio apartamentucho en el que no cabe ni un alfiler.
De repente, Miley quiso taparse los oídos.
—Nunca pensé que la querías...
— ¿Es eso lo que le has dicho? ¿La has envenenado con ideas contra mí? —inquirió condenándola con la mirada.
Las rodillas de Miley no la sostenían más. Se dejó caer en el borde del sillón.
—Lo siento —balbuceó con voz ronca.
Nick se había acercado a la ventana. Se giró para escrutarla con ojos sombríos e inexpresivos.
—Puedo pasar sin las lágrimas. Si mi hija las ve, no tengo ningún deseo de que me tome por un bruto desagradable que hace llorar a su madre.
Miley tragó saliva y rebuscó a toda prisa un pañuelo de papel. No podía hablar. Recordaba el patético cuaderno de ejercicios que Dest había sacado de lo alto del armario, donde lo tenía escondido. Había pegado algunas fotos de Nick cuidadosamente recortadas de los periódicos. Llevada por los nervios y la excitación de la víspera, Dest se había sincerado con ella por completo. Y Miley había dado vueltas en la cama hasta el amanecer admitiendo el vergonzoso hecho de que nunca le había mostrado a su hija una fotografía de su padre. Y sin embargo, todavía guardaba una de Nick de hacía trece años en su bolso. Por primera vez pensó que aquello era un tanto peculiar y difícil de explicar racionalmente.
—Perdona —dijo Miles, y salió por la puerta. Cuando consiguió recuperar la compostura, asomó la cabeza en la habitación de Desty—. ¿Ya estás lista?
Destiny estaba sentada al borde de la cama extraña mente quieta. Brillantes mechones de pelo negro se agitaron cuando volvió la cabeza y la miró con unos ojos de ansiedad tan parecidos a los de su padre que Miley sintió un latido de dolor en su corazón.
—Estoy aterrorizada —susurró—. He pensado en este momento tanto tiempo y ahora está pasando de verdad, ya ha llegado... ¿y si no le gusto?
Miley pensó en lo tenso e intranquilo que se había mostrado Nick.
—Está igual de asustado que tú pensando que a ti no te va a gustar tu padre.
— ¿De verdad? —se agitó Dest—. ¿Lo ha dicho?
—No, pero lo lleva escrito en la frente —acertó a decir Miley con una vacilante sonrisa.
—Supongo que también es difícil para él. Igual cree que estoy esperando a un Superpadre o algo así —dijo Dest conmovida. — Quiero decir, que no sabrá qué hacer o decir. En realidad es más fácil para mí... siempre he sabido que existía.
—Sí —declaró Miley con los ojos dolorosamente fijos en la alfombra.
—Y debe de tener muchas ganas de verme habiendo llegado tan pronto. Estoy siendo muy cruel haciéndole esperar —concluyó Destuny frunciendo leve mente el ceño. Se cuadró de hombros y pasó al lado de su madre—. No hace falta que vengas. Creo que prefiero verlo yo sola primero.
Miley se pegó a la pared y se rodeó la cintura con los brazos. Nick tampoco querría público. Entonces, ¿por qué se sentía excluida? Su hija ya no era una niña.
Los dos hablaron al mismo tiempo en el salón.
—Eres igual que mi hermana... —oyó susurrar entrecortadamente a Nick.
— ¿Aún conservas tu moto? —preguntó Dest apresuradamente
Miley se cubrió los labios con los dedos y salió corriendo en dirección a la cocina. ¿De dónde salía todo aquel sentimiento de culpabilidad? ¿Tenía que reconocer que había estado completamente equivocada manteniendo separados a padre e hija?
Pero qué fácil le resultaba a Nick echarle toda la culpa a ella. Trece años antes, no había hecho el mínimo esfuerzo por expresarle sus sentimientos y, como era lógico, Miley había sacado sus propias conclusiones. Hablando del pasado Nick podía decir que habría amado y cuidado de su hija, pero, ¿cómo iba Miley a decir lo contrario si nunca lo había puesto a prueba?
¿Y qué iba a pasar con su hija si Destiny empezaba a pensar de la misma manera? ¿Y si Nick resultaba ser un padre magnífico? Sólo para despreciarla, para demostrar que él tenía razón... y Dest acabaría amargamente resentida por haber estado sin padre todos aquellos años.
—Mamá... ¡nos vamos! —gritó Dest desde el vestíbulo.
Antes de que Ashley pudiera responder, la puerta de la entrada se cerró de golpe. Por la ventana del salón pudo ver a Destiny rodear con admiración el Maserati negro en el que Nick se había presentado. Charlaba y reía sin parar. Nick estaba extasiado por aquella viva locuacidad. Estaba completamente absorto en su hija.
¿Y por qué no? Desty tenía el aspecto y la personalidad de los Jonas. Tozuda, perseverante, abierta y apasionada, era como Nick sin el frío autocontrol, Bianca sin su veneno ni su arrogancia de niña rica. Miley tenía que estar ciega para no darse cuenta.
Y qué fácil le resultaría a Nick congeniar con aquella chica habladora y sonriente que tan poco se parecía a su madre. Sintió pánico y apartó la vista de ellos. Inspirando profundamente, se alejó de la ventana.
DEstiny no había regresado todavía cuando Miley regresó de la oficina. Eran más de las diez cuando sonó el timbre de la puerta. Miley fue a abrir esperando que fuese Dest, pero preguntándose por qué no había usado su llave. Treinta segundos después supo por qué. Su hija atravesó la puerta disimulando un bostezo y Nick entró a unos centímetros de distancia. Miley se quedó aterrorizada. Permaneció allí de pie, descalza, con un par de vaqueros viejos y una camiseta encogida mientras que Nick tenía el mismo aspecto inmaculado y atractivo que doce horas antes.
—He pasado un día estupendo —comentó Dest dando a su menuda madre un fugaz abrazo sin percatarse de su tensión—. Pero estoy realmente cansada. Buenas noches, papá.
¿Papá? Lo dijo con tanta naturalidad que Miley se quedó conmocionada. Mientras Desty desaparecía detrás de la puerta de su habitación, Miley se encontró con la mirada penetrante de Nick y enmascaró sus sentimientos a toda prisa.
—Ahora sí tomaré esa taza de café —dijo lenta y suavemente
Miley se ruborizó. Por un momento, tuvo una desconsoladora imagen de sí misma como una niña que esperaba obedientemente las instrucciones de Nick mientras él se hacía cargo de la situación tranquilamente.
—Café —dijo con voz tensa, y se dirigió a la cocina dejándolo entrar por sí mismo en el salón.
De modo que Dest y su padre se habían llevado estupendamente. Se alegraba por los dos, aunque tal vez estaba un poco celosa, un poco asustada... posiblemente muy asustada... de pensar que Desty pudiera empezar a preferir a Nick. Pero eso era infantil, el amor no era exclusivo. Dest era perfectamente capaz de amarlos a los dos. Y trece años habrían servido de algo. Se tragó sus inseguridades y entró en el salón, decidida a comportarse de forma madura y razonable fuese cual fuese el comportamiento de Nick.
Le sorprendió encontrar a Dest de rodillas delante de la librería sacando el último montón de álbumes fotográficos que ya había apilado convenientemente a los pies de Nick. Miró a su madre con ansiedad.
— ¿Te importa si papá se queda con ellas un tiempo? Le dije que podía.
Trece años de la vida de Miles estaban recogidos en aquellos álbumes. Miley sintió que invadían cruelmente su intimidad y tuvo que contener palabras de negativa. También eran las fotos de Dest. ¿Qué podía ser más natural que una hija quisiera compartir su pasado con su padre?
—Cuidaré de ellas —dijo Nick con una débil sonrisa irónica y Miley comprendió que sabía exactamente cómo se sentía.
—Podemos verlas juntos cuando vuelva del viaje del colegio —dijo Desty con entusiasmo mientras se ponía en pie—. Buenas noches, mamá… papá —añadió. Luego se detuvo en la entrada y sacudió la cabeza con perplejidad—. Suena tan raro decir eso y que estéis los dos aquí... como una familia de verdad.
Miley se hundió más aún en el sillón mientras la puerta se cerraba. ¿Por qué Dest tenía que hacer lo posible para parecer una niña desgraciada delante de Nick?
—Familia… un concepto desconocido para ti —murmuró Nick—. Así que, en un gesto único por su egoísmo, le negaste su propia familia.
Miley pensó en la familia que la había hecho sentir como una pequeña zorra aprovechada en su propia boda. Bianca se había asegurado de que todo el mundo supiera que estaba embarazada y la madre de Nick había llorado tanto que los invitados dejaron de darle la enhorabuena y dieron muestras de condolencia.
—No fue así.
—Sabes tan bien como yo que no habría habido divorcio, si mi padre hubiera sabido que todavía esperabas una hija.
— ¿Tenemos que seguir hablando del pasado?
—Ese pasado ha formado el presente y sin duda alguna alterará el futuro. ¿De verdad creíste que podría conocer a mi hija e irme de su lado otra vez? Es una chica formidable —dijo con un impulso de afectuosa apreciación que desconcertó a Miley—. Medio niña, medio mujer, y pasa de un estado a otro de una frase a la siguiente.
—Sí —reconoció Mi.
—Es divertida y brillante y muy abierta. ¿Pero sabes qué me costó más aceptar? —inquirió poniéndose de pie y paseando incansablemente de un extremo a otro del salón—. Que estuviera tan aterrorizada de no causarme buena impresión. Pero creo que la he liberado de sus miedos. Le dije que habría estado a su lado desde el principio de su vida si me hubieran dado la oportunidad.
—Ya veo que voy a ser muy popular —murmuró Miley con desesperación, pero no era nada que no hubiese esperado. Nada se interpondría entre Nick y su deseo de ganarse el afecto de su hija. Emergería de los escombros de su matrimonio roto sin mancha alguna. Después de todo, ella no le había dado la oportunidad de ser un padre.
—Por el contrario, serás muy popular, Miley —replicó Nick—. Estás a punto de jugar un papel decisivo en colmar el evidente deseo de nuestra hija de tener una familia de verdad.
—Estoy más que dispuesta a ceder por el bien de Destiny. Podrás verla cuando quieras.
—Espero mucho más de ti.
Miley palideció ante aquella afirmación y entre lazó los dedos en el regazo.
—Sé que querrás llevarla a Italia para que conozca al resto de...
— ¿De los protagonistas de la película de terror de la que hablaste?
Miley enrojeció sintiendo que aquella alusión era inadecuada cuando estaba haciendo lo imposible por ser razonable.
—Tendrás que tener en cuenta que nunca supe que ibas a comportarte así con Dest...
—Y tú tendrás que aceptar que ahora que la he encontrado no la voy a dejar ir otra vez.
—Lo acepto.
—Y que o accedes a mis condiciones o te arriesgas a quedarte atrás —añadió Nick con sarcasmo.
— ¿Cuáles son tus condiciones? —inquirió Miley preguntándose qué era lo que quería que no se lo hubiera ofrecido ya.
—Otro hogar, dos padres y total seguridad para mi hija.
Por un momento Miley lo miró con la mente en blanco. ¿Dos padres? Se le encogió el estómago. Sólo podía estar pensando en casarse con Delta Goodrem.
— ¡Estás pensando en casarte con Delta Goodrem y quitarme la custodia de mi hija!
—Dame una buena razón por la que quisiera separar a una adolescente insegura de la madre a la que adora y darle una madrastra a la que detestará sin ninguna duda —sugirió Nick con clara impaciencia.
— ¡Dijiste que aunque fuera lo último que hicieras, me castigarías!
—No, si es a costa de la felicidad de mi hija —declaró Nick—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste toda una noche?
—No me acuerdo.
—Se nota. Es como si estuviera dándome cabezazos contra la pared.
—Estábamos hablando de Dest — dijo Miley. Nick había mencionado otro hogar y dos padres. Entonces, ¿qué quería decir? No podía ser lo que acababa de cruzar por su mente. Aquello era algo demencial. Tendió la mano para asir la taza de café con lo que esperaba pareciese un aire sosegado.
—Ya he tomado la decisión que mejor se ajusta a nuestras necesidades —dijo Nick estudiándola con ojos pensativos y frunciendo sus labios sensuales con firmeza—. Volveremos a casarnos.
Miley soltó involuntariamente la taza y emitió un grito de sorpresa y dolor cuando el líquido caliente cayó sobre sus vaqueros. Se puso en pie y se cubrió los muslos quemados con las palmas de las manos.
Nick la miró con incredulidad durante una fracción de segundo y luego avanzó hacia ella. La levantó en sus brazos sin ceremonias, la tumbó en el sofá y procedió a bajar la cremallera de sus pantalones y a quitárselos a toda velocidad.
— ¿Qué haces? —chilló Miley horrorizada tratando sin éxito de detenerlo.
—Oí un grito —intervino Dest—. ¿Mamá...?
—A tu madre le ha caído café hirviendo. ¿Dónde está el baño?
Treinta segundos después, Miley estaba de pie en la bañera y Dest apuntaba con el mango de la ducha a sus muslos desnudos para refrescar su piel enrojecida con agua fría. Nick, con una mueca de desaprobación, rebuscaba en el botiquín de primeros auxilios lleno de cosméticos.
—Tienes mucha sangre fría en un momento de crisis —le decía con aprobación Dest a su padre. Al apartar la atención de su madre, el agua se desvió hacia arriba y empapó la camiseta de Mils.
—Ya estoy bien —murmuró Miley con desesperación, encogiéndose de vergüenza.
—Necesitas agua fría al menos durante diez minutos —ordenó Nick.
—Al menos diez minutos. Tiene razón, mamá —añadió Destiny como un pequeño eco.
—Creía que estabas cansada —insinuó Miley mientras trataba desesperadamente de cubrir con su escueta camiseta las minúsculas braguitas blancas que se habían vuelto transparentes con el agua.
—Sí, deberías volver a la cama —corroboró Nick con un leve temblor en la voz—. Yo me hago cargo.
Miley se preguntó si sus piernas se estaban amoratando. No las sentía. Pero aun así no podía olvidarse de la afirmación de Nick unos minutos antes: «Volveremos a casarnos». La última vez que le había propuesto el matrimonio se había sentido débil de alivio y, poco después, increíblemente feliz de que fuese a quedarse en Italia como su esposa y poder compartir todos los amaneceres con él. Por desgracia, Nick la había mirado por primera vez como si pudiera estrangularla y su buen humor desapareció desde que le puso aquel fatal anillo el día de su boda. ¿Habría sembrado en aquel momento la primera semilla de su sospecha de que había estado planeando todo el tiempo conseguir su parte de la riqueza de los Jonas?
Miley emergió de su ensoñación y vio que Nick la despojaba de su camiseta. Emitió un gemido tenso de protesta justo cuando la liberaba del sujetador, igualmente empapado. Nick envolvió su pecho desnudo con una toalla y se cruzó con su mirada de indignación.
—Estás helada y empapada. No podía desnudarte delante de Dest, podría haberla avergonzado.
La sacó de la bañera y le secó las piernas cuidadosamente como si fuera un bebé. Debajo de la toalla, tiró de sus braguitas para despojarla de ellas. Miley no se dio cuenta porque el pelo negro de Nick tenía un brillo iridiscente de pura seda y quedó atrapada en aquella contemplación. Quería acariciar aquellos mechones tan desesperadamente que tuvo que cruzarse de brazos por temor a ceder a la tentación. Se despreció por su debilidad física junto a Nick. Lo que era comprensible en una adolescente sexualmente ingenua no era excusable en una mujer madura de treinta. ¿Y por qué no había dicho todavía una palabra acerca de aquella proposición demencial que había hecho? ¿Volver a casarse con Nick? Siempre sincera consigo misma, Miley podía pensar en varias cosas que Nick pudiera haberla persuadido a hacer en un momento de debilidad, pero un segundo viaje al infierno no era una de ellas.
—Deberías estar en la cama —dijo Nick en voz baja—. Estás agotada.
—Dime que no estuviste lo bastante loco como para decirme que debíamos casarnos otra vez —le rogó envolviéndose con la toalla como si fuese una armadura.
—Hablaremos de eso mañana.
—No hay nada de qué hablar —replicó Miley llanamente.
—No seas tonta.
— ¡No lo hay! —exclamó saliendo majestuosamente del cuarto de baño y dirigiéndose al salón, donde se dejó caer en el sillón. ¿Por qué se le ocurría pensar que por primera vez Nick la había desnudado y no había flaqueado ni por un instante? ¿Se estaba obsesionando con el sexo? Se había comportado de manera muy impersonal, pero había sido endemoniadamente considerado. Había evitado prestar atención a su cuerpo desnudo. ¿Por qué eso le causaba enojo?
—Miley... —susurró Nick con voz tensa.
—Si crees que tienes algo que decirme, dímelo ahora y acaba. No tengo intención de estar disponible mañana.
—Se te está cayendo la toalla...
Con las mejillas ardiendo, Ash se cubrió los senos vergonzosamente henchidos con la tela y le clavó sus acusadores ojos violetas.
—Quiero que sepas que hasta esta noche pensaba sinceramente que no había sacrificio que no haría por el bien de mi hija. Pero hay uno. Daría hasta la última gota de mi sangre por ella, pero me arrojaría delante de un autobús antes de volver a casarme con su padre.
—Ni siquiera te has tomado el tiempo de pensarlo —replicó Nick con ironía.
— ¿Crees que necesito tiempo? ¿Estás loco? —jadeó Miley con abierta incredulidad. — Siempre has tenido la sensibilidad de una roca —lo condenó con voz vacilante—. Sería una mujer muy malvada para merecer tanta desgracia dos veces en la vida. La mayoría de la gente que peca tiene que morir para ir al infierno, pero yo tuve mi castigo mientras todavía respiraba.
—Eso no tiene gracia, Miley.
—No era mi intención que la tuviese —replicó. Nick estaba inmóvil y le clavaba sus fríos ojos aristocráticos con fría intensidad. La temperatura había descendido a bajo cero—. No trataba de ser grosera, sólo sincera —protestó, más intimidada de lo que quería reconocer por el gélido ambiente, pero decidida a hacerle comprender que había sugerido una locura y que era una pérdida de tiempo volver a hablar de ello—. Supongo que crees que, si tú estás dispuesto a hacer un tremendo sacrificio por Dest, yo también debería hacerlo… y que la mayoría de las mujeres sólo tendrían que echarte una ojeada a ti y al saldo de tu banco para arrollarte en las prisas por llegar al altar, pero...
—Tú no —intervino Nick rechinando los dientes.
—Bueno, he estado allí, sé lo que es... y agradezco haber salido con vida —dijo Miley con desolación.
Mientras aquel pesado silencio caía de forma insoportable, Miley se levantó agitadamente del sillón y caminó a zancadas hacia la entrada.
—La próxima vez que vengas a buscar a Dest, bastará con que toques el claxon... y te agradecería que te limitaras a hablar conmigo por teléfono si piensas que debemos hablar de algo...
—Cuando te niegas a aceptar la realidad, piccola mia, te echas a correr. Y lo haces desnuda, con una desvergüenza tan absoluta que me dejas sin aliento —dijo Nick lentamente con un énfasis letal. Con el rostro ardiendo como el fuego, Miley abrió de golpe la puerta de la entrada.
—Adiós, Nick.
O.O me gusta mucho tu blog es genial
ResponderEliminarsube pronto