Nick salió detrás de ella.
—Ahora que estamos aquí, te enseñaré tu habitación —comentó con amabilidad, conduciéndola hacia el final del pasillo, donde abrió una puerta.
Miley miró a su alrededor, fijándose en el color violeta de las paredes y en la cama doble.
—Gina la utiliza cuando yo tengo que salir fuera. Hay un cuarto de baño incorporado a ese lado —dijo, señalando una puerta—. Ponte cómoda. Date una ducha si quieres... eso es lo que voy a hacer yo ahora mismo.
—De acuerdo, gracias.
Le sonrió y volvió a sentir la misma extraña sensación. ¿Qué demonios le pasaba? Quizá era por la extraña situación, se dijo. Estaba acostumbrada a verlo en el despacho, donde hablaban solo de trabajo. Verlo en un entorno tan diferente la ponía nerviosa, la intimidaba un poco. Quizá fuera lo que había pasado en el dormitorio de Beth.
—No tardaré mucho.
Mientras Nick se dirigía a su habitación, Miley fue a la planta de abajo. No tenía ningún sentido ducharse cuando no podía cambiarse de ropa, se dijo.
Preparó una tetera y unos sándwiches de jamón. Luego, mientras esperaba que el té se hiciera, echó un vistazo a la colección de compactos que Nick tenía en el salón. Tenía un gusto similar al suyo, se dijo; y sin pensarlo, puso uno.
Arriba, en su habitación, él oyó el sonido distante de una melodía romántica y frunció el ceño. La canción que sonaba había sido la favorita de su mujer. Recordaba que cuando se acababan de casar, él solía gastarle bromas y decirle que siempre ponía lo mismo...
Vio sus ojos verdes sonrientes...
Se quitó la chaqueta del traje y la corbata, tratando de ignorar la sensación que le recorría la espalda. Miley no se parecía en nada a su esposa. Lo que pasaba era que él estaba muy cansado y se acordaba de Stephanie porque iba a ser el aniversario de su muerte... eso era todo.
Miley, sin cambiar la canción, pulsó de nuevo el play y la canción volvió a sonar. Llevaba mucho tiempo sin escucharla y era una de sus favoritas. Miró hacia la nieve que caía por la ventana de la cocina. Caían copos tan grandes, que la noche parecía blanca.
Se preguntó dónde estaba Liam. Por lo menos podía haberla llamado para explicarle lo del dinero, para disculparse. ¿No le debía eso por lo menos?
La música cesó y, al darse la vuelta, vio que él estaba allí, al lado del equipo de música.
—Lo siento, Nick... ¿he despertado a Beth?
—No, Beth puede dormir aunque haya un terremoto —contestó—. Pero es que me duele un poco la cabeza —añadió, después de una breve pausa.
—Será por el trabajo —contestó Miley, disponiéndose a servirle el té.
—Creo que me tomaría algo un poco más fuerte que un té —dijo Nick, abriendo uno de los armarios—. Por aquí tengo una botella de whisky.
Ella estuvo a punto de decirle que, si tenía dolor de cabeza, el whisky no sería lo mejor para remediárselo. Pero se lo pensó mejor y decidió que Nick no necesitaba sus consejos.
Se fijó en que se había puesto unos vaqueros y una camisa azul. Llevaba el pelo todavía mojado por la ducha. Miley nunca lo había visto así de informal. Le quedaba bien, lo hacía parecer más joven y atractivo.
—¿Te apetece a ti también uno? —preguntó Nick, dándose la vuelta, sin soltar la puerta del armario.
Ella hizo un gesto negativo.
—No, yo prefiero el té. No me gusta mucho el whisky.
—¿No tienes ningún vicio?
—Yo no diría tanto —contestó ella, preguntándose si Nick Jonas pensaría que era una chica aburrida. La idea la disgustó—. De hecho, tengo demasiados.
Él arqueó las cejas.
—Dime uno de ellos —pidió él, esbozando una sonrisa.
—Podría decirte montones, pero como eres mi jefe, no creo que sea una buena idea.
Él la miró divertido.
—O sea, que conmigo muestras lo mejor de ti, ¿no?
—Eso es.
Nick sonrió y se volvió hacia el armario.
—¿Y una copa de vino? —sugirió, sacando una botella y mostrándosela—. Vamos, dame una pista, ¿me acerco a uno de tus puntos débiles?
Miley soltó una carcajada ante la pregunta y luego asintió.
—De acuerdo, una copa de vino sí.
—Estupendo, odio beber solo —Nick colocó las bebidas y los sándwiches en una bandeja—. Vamos al salón y relajémonos.
El salón estaba a oscuras. Ella encendió una de las lámparas y Nick puso la bandeja sobre la mesa, antes de ir a la chimenea y atizar el fuego.
Miley se sentó en uno de los cómodos sillones y observó a Nick. A los pocos minutos, las llamas comenzaron a crepitar en medio del silencio de la estancia.
—No hay nada como un buen fuego —susurró Miley.
—Es romántico, ¿verdad? —contestó él—. Durante el día tenemos que poner la pantalla por Beth, pero por la noche, cuando está en la cama, es bonito sentarse a contemplar las llamas.
Ella pensó que había usado el plural refiriéndose a Helen.
Nick se sentó en el suelo y abrió la botella de vino. Luego, la puso cerca del fuego para que se calentara un poco.
—Si sigue nevando así, no podré ir mañana a Manchester.
—Creí que habías dicho que un poco de nieve no podría afectar a tu vuelo —recordó ella.
Nick levantó la vista y sonrió.
—Pues supongo que estaba equivocado.
—¡Dios mío, Nick Jonas admitiendo que se ha equivocado! ¿Te ha pasado algo?
—No seas tan sarcástica, señorita Cyrus. ¿Tengo que recordarte que conmigo se supone que tienes que mostrar tu lado más amable?
—Lo siento, no sé qué me ha pasado —al decirlo, se sentó con más comodidad en el sillón—. Debe ser que se acerca la hora de las brujas o algo parecido.
Nick sonrió y sirvió el vino.
—Te voy a decir una cosa. Me alegro de que se acerque la hora de las brujas. He trabajado tanto tiempo en estas últimas semanas, que podría jubilarme ya.
—Ha habido mucho trabajo, sí —admitió Miley.
Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesilla baja que tenía al lado.
—Entonces, bebamos por el viernes —sugirió Nick, alcanzándole su copa—. Y por mi maravillosa ayudante, por supuesto, sin la cual la empresa se desintegraría en el caos.
Miley esbozó una sonrisa y bebió un sorbo de vino. Era cálido y suave.
Se quedaron un rato en silencio y ella aprovechó para echar un vistazo al salón, admirando la elegancia con la que estaba decorado.
Todas las habitaciones eran grandes en aquella casa. Quizá, porque habían sido construidas en una época donde el estilo y el espacio eran más importantes que otras consideraciones de tipo práctico, como el precio del terreno donde se iba a edificar. Miró con admiración las bonitas acuarelas que adornaban las paredes, la chimenea Luis XV con la orla de mármol que la rodeaba y el enorme espejo que llegaba hasta el techo.
—Tienes una casa preciosa —comentó sin mirarlo.
Él sonrió.
—Lo dices como si nunca hubieras estado aquí.
—Bueno, siempre han sido visitas muy rápidas, ¿no? Cuando teníamos tanto trabajo, solíamos venir a terminarlo aquí.
—Sí, creo que tienes razón —la miró pensativo—. A veces delego demasiado en ti. Te hago trabajar mucho, ¿verdad?
—Me imagino que como todos los jefes con sus ayudantes.
Nick decidió que no era del todo cierto. Al descubrir la posibilidad de que Miley podía irse de la empresa, lo había hecho recapacitar sobre la relación que tenía con ella.
Observó el modo en que las llamas jugaban en su rostro. Su piel tenía una calidad suave y clara. Parecía muy joven y, cuando levantó los ojos para mirarlo, lo hizo de una manera tan frágil, que lo intrigó. ¿Y qué habría pasado con su anillo de compromiso?
—Espero no haberte estropeado demasiado el fin de semana. ¿Qué planes tenías para hoy?
—Nada especial. A propósito, ¿encontraste la lista que te pidieron en el departamento de contabilidad?
Nick notó que ella había cambiado enseguida de tema. Era evidente que no quería hablar de cosas personales. Y si lo pensaba, se daba cuenta de que no era la primera vez que lo hacía.
Era una trabajadora maravillosa. Quizá la mejor ayudante que había tenido. Sabía que podía confiar en ella totalmente, pero, por otra parte, era la mujer más reservada que había conocido jamás.
Hacía dos años había tenido una ayudante que se había enamorado de él y, cada vez que le hablaba, se ponía colorada. Si alguien le hubiera preguntado en ese momento cuál era su ayudante ideal, habría dicho que alguien como Miley. Una persona que hacía bien su trabajo sin mostrar ningún interés personal en él. Sin embargo, en esos momentos, cuando había encontrado a la persona perfecta para el puesto, deseaba poder hablar con ella de algo más que del trabajo.
—Sí, encontré la lista, gracias —dijo. Después dio un sorbo a su copa—. Pero no hablemos hoy de trabajo. Esta semana he acabado harto.
—Como lo que tenemos en común es el trabajo, si no hablamos de él, creo que vamos a estar mucho rato callados —comentó ella con una sonrisa forzada.
Porque, en realidad, la ponía nerviosa la sugerencia.
Nick notó el repentino color de sus mejillas y sospechó que la había inquietado con el comentario. Él no tenía intención de sobrepasar los límites de la relación que mantenían... Tenía muy claro, además, que no se debía mezclar el placer con el trabajo. Aunque sentía tanta curiosidad, que no le importaría sobrepasar aquellos límites por un breve espacio de tiempo. Sólo para saber lo que se escondía tras aquella fachada de mujer trabajadora y eficaz.
—Quizá tengamos otras cosas en común que no hemos descubierto.
—¿Como que a los dos nos gusten las casas antiguas y los buenos vinos?
—Eso es. ¿Lo ves? Ya tenemos dos cosas más en común.
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