jueves, 30 de agosto de 2012

Capitulo 20.-


A Delta se le revolverían las tripas al verla. Le había dicho a Nick que Miley se sentiría fuera de lugar. Pero Miley sabía que todo el mundo la acogería con cariño, excepto Delta Podger.
Por otra parte, Nick Jonas pensaba que era tan inútil, solo porque no era elegante ni ama de casa. Ni una sola vez había visto lo que en realidad era capaz de hacer.
—De acuerdo, Sadie —Miley acarició las orejas doradas del labrador y el animal ronroneó de placer—. ¿Te apetece dar un paseo hasta los establos? Vamos a preguntarle a Paddy lo que piensa que debo hacer.
Nunca hubo duda alguna de lo que Paddy pensaría.
Miley se pasó la mayor parte de la semana realizando ejercicios rutinarios con Paddy y el viejo caballo cambió de humor visiblemente.
Pero Miley lo llevaba a practicar detrás del granero cuando los mellizos no estaban delante, y tampoco dejaba que Jack se acercara.
—No quiero que nos veas hasta el sábado. Tú me has metido en esto y lo haremos a mí manera.
Tenía que hacerlo bien.
Jack estaba tan orgulloso de ella que tenía que hacerlo bien por el bien de su abuelo. Y no solo por eso; Nick Jonas también estaría presente.
Miley se pasó el sábado por la mañana sintiéndose igual que cuando había participado para la plata olímpica: muerta de miedo.
Ella y Jack habían estado levantados desde el amanecer preparando a Paddy. El caballo estaba en ese momento resplandeciente y glorioso, con las crines trenzadas y la cola también trenzada hasta la mitad de manera que el resto caía como una cascada de seda. Lo habían lavado, acondicionado y cepillado hasta que brilló como un diamante negro bajo el sol de la mañana. Miley se apartó para admirarlo. A pesar de ser viejo ya, Paddy valía su peso en oro. Más que eso, pensaba Miley con afecto mientras le acariciaba el morro.
Y Paddy estaba tan contento. Tenía el cuerpo erguido y los ojos brillantes y alertas. Aquella era la planta de un caballo preparándose para encontrarse con su querido público.
—De acuerdo abuelo —había cargado a Paddy y se volvió hacia Jack, con una sombra de incertidumbre en la mirada—. ¿Listo?
—Desde luego —Jack se sentó en el asiento del pasajero de la camioneta de Miley y miró hacia delante con satisfacción—. Adelante. Vamos a dejarles atónitos, niña.
Las primeras personas a las que Miley vio al llegar al recinto fueron a los mellizos. Vieron la camioneta de Miley a lo lejos y fueron corriendo hasta ella a toda velocidad.
—¿Qué estás haciendo aquí, Miley? ¿Por qué has traído a Paddy? ¿Vas a participar? —le preguntaron muy emocionados.
—Se me ocurrió que quizá sí —Miley vaciló mientras se bajaba de la camioneta, y después miró hacia atrás y vio a Nick y Delta caminaban agarrados de la mano.
Miley tuvo ganas de volver a meterse en la camioneta y largarse de allí. Pero consiguió quedarse donde estaba y sonreír.
Desde luego hacían una bella pareja. Nick iba con pantalón y camisa de lino. Se iba riendo por algo que le había dicho Delta.
No tenía oportunidad alguna allí, pensó con amargura. Nick Jonas iba a casarse con la mujer que llevaba a su lado en unas cuantas semanas... Y  Delta Podger era preciosa.
Iba vestida de amazona, con un traje blanco y negro y unas botas altas que realzaban su espléndida figura. En la mano llevaba un látigo.
Miley frunció el ceño al verlo, temporalmente distraída. El costoso traje de montar de Delta sugería un nivel de Gran Premio, a pesar de que ella había dicho que tenía un nivel intermedio. Pero ningún participante a nivel intermedio debía competir utilizando el látigo.
—Miley... —Nick le sonrió, dándole la bienvenida.
Le soltó la mano a Delta y se la dio a Miley. Maldito Nick. ¿Acaso no sabía lo que eso le hacía sentir por dentro? Miley le dio la mano un momento y después la retiró, como si le quemara.
—Me alegro de que hayas decidido venir —le dijo con amabilidad; entonces miró hacia el trailer—. ¿Vas a competir?
—No —contestó Miley y se volvió a saludar a Delta—. Hola.
—Si estás pensando en competir, tendrás que pedir prestado un traje en condiciones —le dijo Delta con frialdad—. Este club tiene sus normas...
—Os lo he dicho —Miley se obligó a sonreír—. No voy a competir.
—¿Entonces por qué te has traído al caballo?
—Paddy tenía ganas de dar un paseo —le soltó Miley, y entonces suspiró y sonrió de nuevo—. Lo siento, es que yo...
—No importa —dijo Delta con rabia—. No tengo tiempo para charlar. Debo montar dentro de diez minutos.
—Habías dicho que tenías un nivel intermedio, ¿no?
Miley miró el látigo y Delta siguió su mirada.
—Ah, no utilizo esto en la pista —Delta se volvió y le dio a Nick un beso formal en la mejilla—. Pero el maldito caballo debe saber quién manda antes de aparecer delante de los jueces.
Delta se alejó, y Miley no fue la única que respiró aliviada. Los niños sonrieron de oreja a oreja al verla marchar.
—Ven a ver la competición con nosotros —le sugirió Nick—. Tenemos asientos reservados en tribuna.
Miley desde luego no quería pasar dos horas sentada junto a Nick. Además, tenía cosas que hacer.
—Al abuelo le encantará acompañaros —dijo en tono bajo—. Si pudieras cuidar de él, te lo agradecería. Pero yo... prefiero ver la función sola —miró aquellos ojos que la interrogaban—. Tal vez vaya a charlar un rato con los participantes. A ver si conozco a alguien.
—¿Por qué te has traído a Paddy? —Nick  le preguntó, fijándose en el pelo recogido de Miley.
—Ya te lo he dicho —dijo Miley—. Quería venir a darse una vuelta.
Y se marchó apresuradamente antes de que le hicieran más preguntas.
Miley se pasó las dos horas siguientes evitando a los Jonas y a Delta, recibiendo los calurosos saludos de los miembros del comité organizador, y preparándose para salir y enfrentarse a un público por primera vez en casi un año.
Se vistió en los servicios de señoras, temiendo todo el tiempo que Delta pudiera entrar. Pero gracias a Dios no apareció.

Miley se volvió hacia el espejo. Al igual que Delta, Miley también llevaba el uniforme estándar en blanco y negro, pero el suyo no de la misma calidad que el de la prometida de Nick.
No hacía falta gastarse una fortuna en el equipo de montar. Un jinete debía pasar desapercibido, pues lo importante era el caballo. En cambio Delta iba vestida para que todas las miradas se fijaran en ella. Miley, por otra parte, se había vestido cuidadosamente de modo que jinete y caballo se fundieran en uno solo.
Se miró de nuevo, intentando hacerlo con los ojos de Nick. No podía compararse con Delta. Era más menuda y no tan alta, y desde luego mucho menos guapa.
Bueno, al menos no llevaba un látigo en la mano.  Miley se puso el sombrero de copa, se lo prendió al cabello con un gran alfiler y se echó una última y triste mirada.
Había llegado el momento de ir a buscar a Paddy.
Si Miley se ponía nerviosa, Paddy no lo aceptaría.
El viejo caballo la saludó con alegría, como dándole la bienvenida.
—Sí, bueno, vamos a por ello —dijo Miley.
Le colocó la montura con los colores de los Estados Unidos y se subió con agilidad. Pasearon durante unos minutos por el patio. Antes Miley solía montar a Paddy durante una hora antes de competir para tranquilizar al caballo. Pero en ese momento Paddy parecía más tranquilo que ella.
Finalmente la competición de la mañana terminó. Delta, Miley se alegró de oír, no estaba entre los finalistas. Tal vez su caballo se la hubiera jugado de nuevo.
Entonces la mujer que estaba a cargo de las cintas de música le hizo una señal a Miley y ella asintió. Por el altavoz se produjo un anuncio.
—Damas y caballeros, hoy tenemos el placer de tener entre nosotros a la señorita Miley Cyrus, medalla de plata en las Olimpiadas y finalista en la Copa del Mundo, desde los Estados Unidos, montando a Magia Negra...
Ni ella ni Paddy estaban escuchando. Ambos se estaban poniendo a punto, tensando cada músculo, cada fibra de su ser, atentos a la primera nota de la cinta de Miley para empezar con la rutina.
Para dar paso a la magia.
Y fue mágico.
Si Miley hubiera montado así en las Olimpiadas, se habrían llevado el oro. Tal vez Paddy se estuviera haciendo viejo, pero ese día actuó como si quisiera entregarle todo su corazón a su querido público; y Miley no le decepcionó.
Magia Negra, conocido como Paddy, era el mejor caballo del mundo.
Su demostración aún tenía la capacidad de dejar a todos boquiabiertos. Aquello era el arte de montar en su expresión más exquisita.
Miley no tuvo necesidad de mover sus manos enguantadas. La muchacha y el caballo se conocían tan bien que cada uno se anticipaba a los deseos del otro, y Miley no sabría decir quién tenía la última palabra en aquella exhibición tan maravillosa.
Paddy no perdió el paso ni una sola vez. Una tras otra, trazó todas las piruetas con garbo mientras el público los observaba en silencio, sobrecogido.
Aquel público estaba contemplando algo maravilloso, una experiencia única en la vida. La unión de un caballo perfecto y un jinete perfecto en el momento perfecto.
Y cuando terminó y Miley había saludado a los jueces, que por una vez habían podido relajarse y disfrutar, salió de la pista con los ojos llenos de lágrimas. Se bajó de Paddy y lo abrazó con tanta fuerza que el viejo caballo le restregó con el morro con inquietud.
—Oh, Paddy... Oh, eres maravilloso. Paddy...
Y entonces se vio rodeada por un montón de admiradores, y Jack se llevó a Paddy antes de que aquello fuera demasiado para el animal. Los mellizos se abrieron paso entre la gente y se abrazaron a sus piernas.
— Miley, estuviste maravillosa. Y Paddy... Dijeron que se llamaba Magia. No nos habías dicho que supiera bailar...
Y  Miley estaba de pronto allí a su lado, mirándola con dulzura y asombro. Le tomó la mano y no la soltó.
Miley miró a aquel hombre que tanto amaba con los ojos brillantes de las lágrimas, y se dio cuenta de que no podía hablar.
—Miley...
Nick tampoco pudo decir más. El zumbido a su alrededor pasó a un segundo plano. Solo estaban un hombre y una mujer mirándose a los ojos y viendo la inmutable verdad.
Viendo que lo que había entre ellos era algo tan valioso que no podía ser ignorado.
Pero no podían hacerlo allí, ni en ese momento.
—¡Nicholas!
De algún modo Miley consiguió soltarse de la mano de Nick, y sin saber cómo se volvió hacia Delta  Podger.
Pero por supuesto fue demasiado tarde. Delta había visto sus manos unidas, el modo en que Miley y Nick se miraban. Sabía lo que sentían el uno por el otro. Se quedó rígida delante de Miley, rezumando odio y rabia por cada poro de su piel.
—¡Perra! —dijo claramente y las risas, felicitaciones y conversaciones se apagaron al momento.
—¿Perdona? —Miley susurró débilmente, y miró a Nick con desconsuelo.
—¡Delta! ¿Qué...?
Nick no pudo seguir. Delta Podger estaba pálida de rabia y humillación, y nada de lo que Nick Hiciera o dijera la detendría.
—Has hecho esto hoy para dejarme en ridículo — Delta le susurró en tono ácido, ignorando totalmente a Nick—. Me has humillado. Me la has jugado.
—Yo no...
Delta no la estaba escuchando.
—Este no es lugar para ti —escupió—. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Tu padre se largó de este distrito hace años y nos lo quitamos bien de encima. ¿Así que por qué no sigues tú su ejemplo? Y si no lo haces, entonces los que manejamos el cotarro por aquí, los que tenemos peso en esta sociedad, te obligaremos a marcharte.
Y entonces, antes de que nadie se diera cuenta de lo que la mujer tenía planeado, Delta levantó la mano con el látigo firmemente agarrado y lo chasqueó con rabia. La punta del látigo hirió a Miley la mejilla.
Fue Nick el que se lanzó a agarrar inmediatamente a  Delta antes de que pudiera asestarle un segundo latigazo. Nick le agarró de la muñeca y le arrebató el látigo mientras alrededor de ellos la gente los miraba sin dar crédito a lo que estaban viendo. Entonces, Nick arrastró bruscamente a su prometida, lejos de la asombrada concurrencia
Los estupefactos miembros de comité se llevaron a  Miley a los vestuarios, le limpiaron la sangre que le brotaba de la mejilla y fueron a buscar al médico para asegurarse de que no necesitaba puntos. Todos le dijeron que una cosa así jamás había ocurrido y se mostraron visiblemente horrorizados... tremendamente horrorizados...
Miley sentía lo mismo.
Se sentó en un banco muy aturdida, intentando averiguar de dónde salía aquel odio tan atroz que había visto en los ojos de Delta.
¿Qué había hecho ella para merecer tanto odio?  Delta la había odiado desde el primer momento.
Quizá debería marcharse de allí. No sabía si podía ver al hombre que tanto amaba casándose con una mujer como aquella.
¿Y dejar al abuelo?
La cabeza le daba vueltas.
De repente, Miley oyó una voz infantil que la llamaba desde la puerta.
—Miley...
Era Laura.
Miley levantó la cabeza, vio la mirada aterrorizada de la niña y de pronto todo se le hizo insoportable. No podía soportar que Delta fuera a ser la madre de Laura... Se levantó, dio dos tímidos pasos en dirección a Laura, y al momento la estaba abrazando con fuerza, intentando consolarla.
—Calla, Laura. No debes llorar. ¿Ves? —Miley sonrió débilmente—. Estoy bien. Solo ha sido un rasguño.
—No debería haberte golpeado. No debería...
—No, no debería haberlo hecho —respiró hondo—. Pero, Laura... Debería haberle dicho a tu tía Delta que iba a montar hoy. Tal vez... —hizo una mueca de dolor—. Si eres la mejor en todo y la gente no para de decírtelo, y de repente viene alguien que es mucho mejor que tú... Bueno, supongo que por un momento te sientes sobrecogida, y a lo mejor también muy enfadada.
—No lo suficiente como para pegar a nadie. Y Delta no es la mejor —le susurró Laura—. Se pasa el día pegando a su pobre caballo...
—Laura, tal vez cuando Delta lo piense bien se sentirá mal y avergonzada por lo que ha hecho. Pero yo no estoy herida de verdad ni nada, ¿no crees?
Laura retrocedió un poco y miró a Miley con más tranquilidad.
—¿Todavía te sangra?
—No.
—Vale —se soltó—. Iré a decírselo a Nick y a Matthew. No han podido entrar porque es el vestuario de señoras. Y Nick me ha dicho que me dé prisa porque tenemos que llevar a Delta a su casa, no a la nuestra. Pero Matt y yo hemos decidido que no vamos a hablarle. Ni una sola vez. Nunca más. Y no vamos a hacer lo que ella diga ni a vivir con ella. Tanto Matt como yo estamos seguros. ¡Jamás! —miró a Miley y consiguió sonreír—. Pero, si tú nos dices que tenemos que hacerlo, supongo que... que podremos perdonarla.

Capitulo 19.-


—Yo... siento no poder ir a por el agua. No puedo dejar la mesa del ponche... —Miley susurró y Delta los miró significativamente.
—Ya veo que no —Nick había dejado de sonreír también.
Miró con incertidumbre a Miley, que se estaba poniendo pálida, y de pronto se dio la vuelta y empezó a caminar río arriba.
—¡Nicholas!
Delta lo llamó en tono brusco y él se detuvo. Pero le costó unos segundos darse la vuelta, como si no le apeteciera hacerlo.
—¿Sí?
—Te has olvidado la jarra —Delta dijo en tono desagradable—. Y date prisa, Nicholas. Tengo sed.
Puaj...
¿Qué diablos veía Nick en esa mujer? Miley pensó en la pareja con tristeza mientras repartía ponche y buen humor a partes iguales durante toda la tarde.
Nick, desde luego, no parecía feliz.
Miley lo miraba de vez en cuando mientras trabajaba, y le dio la impresión de que él y su prometida eran los únicos que no se lo estaban pasando bien.
Tal vez se arrepentía de su compromiso. Tal vez Nick le había pedido a Delta que se casara con él por miedo a educar a los mellizos él solo. Y a lo mejor después se había arrepentido.
No importaba nada lo que pensara él. Aunque estuviera libre no se casaría con Miley. Miley no era la mujer adecuada para Nick Jonas, eso se lo había dejado bien claro.
Con dureza se reprendió a sí misma por pensar en todo eso y se dijo que se debía a sus invitados.
Aunque desde luego todos parecían estar pasándoselo en grande. El chico del cumpleaños se lo estaba pasando en grande y el resto parecía seguir su ejemplo. Solo Nick y Delta estaban serios.
A decir verdad no había allí muchas personas que Delta conociera, pero tampoco ella se esforzaba en lo más mínimo por charlar con la gente. Cualquiera que se acercaba a ella, Delta lo saludaba con monosílabos, y a Nick se le estaba haciendo muy duro.
Los mellizos estaban columpiándose de los árboles y chapoteando en el agua, pero parecía como si Delta y Nick tuvieran ganas de marcharse.
Maldito Nick. ¿Si iba a estar así, para qué había ido?
Pasada una hora, Delta ya no podía más. Miley, que había dejado la mesa del ponche para recoger platos vacíos, pasó junto a ellos en el momento justo en el que Delta se quejaba de que le dolía la cabeza.
—Llévame a casa, Nicholas—le estaba diciendo—. Tú puedes volver si crees que es tu obligación, pero, la verdad, creo que ya te has quedado el tiempo de rigor. No pueden esperar que te quedes; como si fueras a disfrutar de una fiesta así. En serio, ni siquiera hay vino.
Miley se puso colorada y apretó los puños. Pero en lugar de responderle con una grosería, sonrió forzadamente y se volvió hacia Delta.
—No podéis marcharos aún —dijo—. Al menos hasta que hayamos sacado la tarta de cumpleaños.
—¿Has encargado una tarta de cumpleaños? —le preguntó Nick y Miley levantó las cejas e hizo un mohín, como si estuviera enfadada.
—Dios mío, no oigo más que insultos —suspiró con dramatismo—. Ay, hombre de poca fe. La he hecho yo misma.
—No puedo perderme esto —Nick sonrió y Miley hizo una reverencia.
—Sus deseos son órdenes, señor. No os mováis.
Entonces se marchó, y Nick se quedó mirándola anonadado.
No fue a la casa a buscar la tarta. En lugar de eso,  Miley caminó hasta uno de los árboles y empezó a treparlo.
El árbol era fácil de trepar, de hecho muchos niños habían subido hasta la mitad, pero no hasta arriba. De haberlo hecho habrían descubierto que uno de los cartelones de Miley ocultaba una enorme caja redonda cubierta de papel de aluminio con un gran lazo rojo alrededor. Por los lados de la caja había escrito las palabras: ¡Feliz cumpleaños, Jack! en brillantes letras rojas.
Miley abrió la caja. En el centro de la tarta había una sola vela. Sin embargo, junto a esta había una bengala atada a un fino alambre. Un poco más allá había otra bengala, y después otra, y otra más, y así muchas bengalas colocadas a lo largo de un cable flexible que estaba enrollado en una rama.
El día anterior Miley se había pasado horas colocándolas y ajustando las poleas. Entonces encendió la vela central y soltó las poleas poco a poco.
Así, la caja fue bajando despacio, balanceándose lentamente entre los árboles. Las bengalas se fueron encendiendo hasta que la tarta parecía una brillante bola de luz.
Jack miraba anonadado hacia arriba mientras la gente a su alrededor se reía, aplaudía y le daba palmadas en la espalda, deseándole muchos más cumpleaños como aquel.
Y allí arriba entre las ramas, a Miley se le llenaron los ojos de lágrimas. Le hubiera gustado que su padre hubiera estado allí. Lo deseaba tanto que tenía el corazón encogido.
No era justo. Ella se sentía tan bien allí. Pero Jack debería haber tenido allí a su hijo. No era justo, desde luego que no.
Como no podía bajar tal y como se sentía, Miley se quedó allí sentada observando con los ojos empañados cómo la gente abajo atacaba la tarta de cumpleaños. Sentía nostalgia de su casa y echaba de menos a sus padres enormemente.
Y encima, el hombre que amaba estaba allí abajo de la mano de otra mujer.
Cerró los ojos, pero el dolor no remitió.
No sabría decir cómo Nick había subido tan silenciosamente, pero de repente Miley pegó un respingo al sentir que alguien le ponía la mano en el hombro.
Lo último que habría esperado había sido la compañía de Nick.
—Miley...
Miley sollozó y él le puso un pañuelo en la mano. Lo aceptó con gratitud y hundió la cara en los acogedores pliegues de algodón, intentando recuperar la compostura.
—No tenías que haber subido —consiguió decir.
Pero abajo todo el mundo estaba distraído de un modo u otro. Nadie tenía ojos para la pareja que estaba subida en el árbol.
—Es una fiesta estupenda, ¿verdad? —susurró Miley.
—La mejor. Deberías sentirte orgullosa, Miley—Nick se inclinó y le tomó la mano—. ¿Bueno, quieres decirme por qué lloras?
—Yo no... Yo nunca...
—De acuerdo. Tú nunca lloras. ¿Quieres decirme entonces por qué has necesitado utilizar mi pañuelo?
Se produjo un largo silencio. Miley cerró los ojos y balanceó las piernas. La suave brisa le acarició la cara como un bálsamo curativo.
—Solo es que... —tragó saliva—. Supongo que me siento un poco nostálgica de repente. A mi padre... le habría gustado tanto estar aquí.
—Se habría sentido orgulloso de ti —dijo Miley con mucha delicadeza—. Lo que estás haciendo, Miley, es algo muy, muy especial. No conozco a otra mujer capaz de dar un regalo de amor con tanta pasión como lo haces tú.
Un regalo de amor...
Nick estaba hablando de lo que había hecho por su abuelo, de lo que le había dado. Pero Nick no deseaba lo que ella le estaba ofreciendo.
—Yo... — Miley aspiró hondo—. Tengo que bajar. El ponche...
—Hay tres señoras sirviendo el ponche muy contentas —Nick sonrió—. Les encanta tener responsabilidades. Como los mellizos con las tartas Paulovas. Has hecho feliz a todo el mundo, Miley.
—Excepto a Delta —Miley susurró sin pensarlo—. Nick, será mejor que te bajes. A Delta no le va a gustar que estés aquí arriba.
Desde luego que no. ¿Qué pensaría Delta si viera a su futuro marido sentado en un árbol con  Miley Cyrus? Estaba claro.
—Delta sabe que eres amiga mía —dijo Nick con empeño—. Nos está costando un poco acostumbrarnos el uno al otro... y a los amigos del otro, pero lo conseguiremos.
De pronto hablaba con tristeza; en el tono de un hombre que contempla su futuro con incertidumbre.
—Mientras seáis felices... —susurró  Miley.
—Sí... Bueno, lo seremos. Delta está muy segura... —la voz de Nick se fue apagando; miró a Miley y maldijo entre dientes—. Ojalá...
—No hay sitio para eso — Miley dijo con tristeza, se descolgó de la rama y bajó a la siguiente—. ¿No crees, Nick? Como mi padre. La vida le ha desafiado y tiene que vivir con ello. A veces parece tan injusto...pero así es la vida. Y si papá puede seguir viviendo en los Estados Unidos...
No terminó la frase, pero el significado estaba más claro que el agua: Miley iba a tener que seguir viviendo allí, viviendo cerca de Nick, que solo sería su vecino, y se le iba a partir el corazón.
—Maldita sea... —soltó Nick sin miramientos—.  Miley...
—No hay nada más que decir — Miley dijo con pena—. Por favor, Nick... Baja y disfruta de lo que queda de la fiesta de Jack. Por favor...
No lo hizo.
Nick y Miley llegaron al pie del árbol y se encontraron con Delta llena de rabia contenida, con los mellizos atados por dos horrorosos collares.
Habían sido los primeros en lanzarse por el tobogán de barro con su mejor ropa de domingo. Miley se echó a reír.
—¿Por qué no dejas que se metan en el río y se laven así? —le sugirió a Delta, pero esta acogió el consejo con desdén.
Ignoró totalmente a Miley y dirigió su rabia hacia Nick.
—Y tú, trepando árboles cuando deberías haber estado vigilándolos... —miró a Nick con indignación—. Santo cielo... No voy a ser capaz de quitar nunca estas manchas de la ropa. Nicholas, tengo la cabeza a estallar. ¡Quiero que nos lleves a casa ahora mismo!
O la llevaba a casa o allí se iba a liar una muy gorda; y Nick no tenía ganas de pelear.
—De acuerdo, Delta—se volvió y le dio la mano a  Miley—. Ha sido una fiesta maravillosa, ¿verdad, niños?
—La mejor fiesta del mundo —declaró Laura, y Matt asintió con empeño.
—Gracias por venir —respondió Miley.
Solo deseaba que se marcharan. El dolor que le oprimía el corazón amenazaba con hacerse insoportable.
—Tengo una propuesta que hacerte antes de marcharnos —le dijo Nick; le echó una mirada dudosa a Delta, que estaba roja de rabia, y se encogió de hombros—. Miley, el concurso hípico local se celebra la semana próxima. Al evento viene gente de todo el país y hay exhibiciones de los campeones nacionales. Hay una comida organizada para los mejores jinetes y puedo conseguirte una invitación si lo deseas.
Era un desafío.
—No creo...
—Cariño, la comida es para los caballistas del Gran Premio, los organizadores locales y los recaudadores de fondos —dijo Delta en tono dulzón—. ¿No te parece que quizá Miley pueda sentirse algo fuera de lugar?
— Miley sabe montar...
—Bueno, por supuesto que sí —Delta sonrió—. Pero si yo no estuviera en el comité social ni siquiera me invitarían a mí. A esa gente... no les gustan mucho los de fuera.
—Delta... —dijo Nick indignado, pero Miley negó con la cabeza.
—Delta tiene razón. Soy forastera aquí —dijo en voz baja—. Gracias por la invitación, pero no voy a ir, gracias. Ahora, si me excusáis, debo volver con mis invitados.
Quería alejarse de Nick Jonas antes de echarse a llorar y de Delta Podger antes de decirle lo que pensaba de ella.
—Pero no podemos irnos —los mellizos gimieron al unísono—. No queremos...
—Nick, los niños están tan sucios que un poco más no les hará daño. ¿Si te prometo cuidar de ellos, puedo enviártelos más tarde?
—¡No! —explotó Delta, pero Nick negó con la cabeza.
—Los mellizos no tienen por qué sufrir las consecuencias de tu dolor de cabeza —dijo con tristeza—. Te llevaré a casa, Delta, pero los niños pueden quedarse. Gracias, Miley—dijo con brusquedad, como si se estuviera castigando a sí mismo.
—¡Viva! —gritaron los mellizos y Laura abrazó a Miley  con fuerza, manchándola de barro al hacerlo—. Miley, eres la mejor.
No, no lo era, pensaba con pena mientras observaba a Nick y a Delta alejarse agarrados de la mano. Era la segunda. Solo la segunda.
La fiesta continuó hasta la puesta del sol, y después  Miley tuvo que pasar horas y horas limpiando. Trabajó hasta que lo limpió todo minuciosamente y el río volvió a estar igual que siempre, limpio y brillante bajo la luz de la luna.
Al final los adultos no habían podido resistirse y se habían unido a los niños en el tobogán de barro, y casi todos los invitados habían terminado en el río. Incluidas las remilgadas señoras de la iglesia, que tras mucho parloteo habían cedido a la tentación. Miley jamás había despedido a unos invitados tan sucios como los de aquella fiesta, y sabía que el ochenta cumpleaños de Jack sería muy comentado durante años.
Una buena fiesta. Una fiesta maravillosa.
¿Entonces por qué ella se sentía tan desdichada?
Cuando volvió a casa, Jack la estaba esperando. Le había enviado a la cama horas atrás. El viejo estaba agotado y a esas horas esperaba que estuviera profundamente dormido, pero se lo encontró meciéndose muy contento en el porche, mirando sus dominios con el aspecto de un hombre satisfecho y en paz consigo mismo.
Cuando apareció  Miley, el abuelo le sonrió y le indicó que se sentara.
—Sé que estás cansada, niña —dijo—. Pero te hará bien contemplar las estrellas y pensar en un día tan perfecto.
—¿Un día tan perfecto?
—Sí —se estiró—. Solo faltaba tu padre.
—Mmm...
Se quedaron un momento en silencio, cada uno perdido en sus propias cavilaciones, y entonces Miley estiró el brazo y le dio la mano al abuelo.
—Abuelo, he visto un par de videocámaras filmando la fiesta de hoy. Le enviaremos una copia a papá para que al menos vea lo bien que nos lo hemos pasado.
—Lo haremos —Jack salió de la melancolía—.  Miley, esta noche, mientras estabas en el río, he recibido una llamada de teléfono de una muchacha llamada Wendy Reynolds.
Wendy Reynolds...  Miley frunció el ceño, intentando recordar. Al momento se le encendió la luz.
Conocía a Wendy. Wendy era la campeona de caballos de exhibición en la categoría femenina.  Miley la había conocido en los Estados Unidos.
—¿Cómo diablos... ?
—Wendy se enteró de que estabas en esta zona de Australia —Jack sonrió—. Ha llamado a veintitrés Cyrus buscándote, y nosotros hemos sido el número veinticuatro. Le dije que la llamarías, pero ahora es un poco tarde.
—Es cierto —eran casi las doce de la noche—. ¿Ha dicho lo que quería?
—Pues sí —dijo Jack pensativo—. Quiere que montes en la función del sábado que viene.
—Que monte... — Miley arrugó el entrecejo—. Pero ella sabe que no puedo competir. Ni siquiera aunque tuviera la ciudadanía...
—Sería injusto —dijo Jack con satisfacción— que una campeona olímpica midiera sus fuerzas con un talento local... No, eso no es lo que te está pidiendo Wendy. Parece ser que accedió a participar en la exhibición con maniobras al son de la música. Paddy y tú trabajáis con música, ¿verdad?
—Sí, pero...
— Miley, el caballo de Wendy se ha quedado cojo. No podrá actuar durante un mes o más y ya han anunciado la presencia de Wendy como reclamo. Lo recaudado va para los minusválidos, así que se siente muy mal por no poder participar. Por eso quiere saber si Paddy y tú podréis ocupar su lugar.
—Abuelo... Yo no puedo...
—Porque no montas en Australia —Jack dijo con delicadeza—. Porque te duele mucho.
—Yo no...
—Espera, no creas que no entiendo lo que estás pasando —Jack gruñó—. Lo único que estoy diciéndote es que... Bueno, Paddy es un caballo maravilloso, y es una pena jubilarlo así sin más. Tal vez si hicieras alguna que otra exhibición, te juntaras con compañeros y mantuvieras tu talento a punto, entonces la ruptura con la vida que llevabas en los Estados Unidos no sería tan brusca y no te dolería tanto.
—No me duele.
—Eso no es cierto —dijo Jack con delicadeza—. ¿Verdad, Miley?
—Supongo que no.
—Paddy y tú hacéis un equipo estupendo —le dijo Jack—. Y nunca te he visto actuar en directo. Me sentiré muy orgulloso de ti si participas el próximo sábado. Además, de ese modo me sentiría menos culpable por tenerte aquí encerrada.
—No me tienes encerrada.
—Lo sé. Tú estás aquí porque quieres. Bueno, pues demuéstrame que no quieres desperdiciar tu talento —se puso de pie, las piernas le temblaban con los años—. Piénsatelo, niña —sonrió y se inclinó a darle un beso en la mejilla—. Piénsatelo. Y gracias por una fiesta tan maravillosa. Me has dado el mejor regalo del mundo solo con estar junto a mí. Y si empiezas a montar de nuevo... A lo mejor eso te ayudaría a superar el trauma de ver a Nick casándose con otra.
Miley no se movió.
Jack Cyrus y ella eran almas gemelas. ¡Cómo no iba a saber Jack lo que le pasaba!
Había tres cosas que le estaban haciendo sufrir. La primera, lo mucho que echaba de menos a sus padres y su hogar; la segunda, lo mucho que echaba de menos montar. Y la tercera...
Jack la sabía.
Miley se mordió el labio, intentando no pensar en Nick Jonas, y tomó una decisión sensata y práctica.
Miley había pensado que podía dejar de montar a nivel de competición, pero no era cierto. Tanto ella como Paddy echaban ya de menos participar a nivel internacional.
Y aquel era el evento al que Nick la había invitado a asistir.
Él estaría allí, y Delta también.

sábado, 25 de agosto de 2012

Capitulo 18.-


—¿Nos estás diciendo que nos vayamos a casa? —Nick le preguntó en voz baja, mirándola de un modo que Miley no comprendió, y apretó los dientes para obligarse a sí misma a contestar.
—Sí, Nick —consiguió decir—. Te estoy tremendamente agradecida por el trabajo que has hecho. Pero de momento... de momento quiero que te vayas a casa.
Cinco minutos después Miley estaba libre para preparar la cena. Pero estaba que echaba humo.
Nick Jonas pensaba que era un cero a la izquierda solo porque no sabía cocinar.
Pero sabía cocinar, pensó con amargura, si seguía las instrucciones de los libros de cocina despacio y cuidadosamente. Lo malo era que se despistaba continuamente.
Pero decidió intentarlo, y para cuando Jack Cyrus volvió del río, sobre la mesa había un pastel de atún bastante pasable acompañado de ensalada.
Jack se detuvo a la puerta y olisqueó el aire con gusto.
—Oye...
—No soy tan inútil como piensas —dijo Miley con empeño y lo desafió con la mirada—. Sé cocinar.
Jack frunció el ceño.
—Yo nunca he dicho que fueras inútil, Miley, niña —gruñó—. Y jamás lo diría. Nunca en la vida.
—Sí, bueno, anoche se me quemaron las chuletas...
—Pues a Sadie le encantaron tus chuletas. Además, los huevos fritos que acabamos comiendo estaban perfectamente —Jack se acercó a su nieta y le dio un gran abrazo—. ¿Qué te ha pasado para que te pongas a cocinar? —miró hacia la mesa cargada de comida.
—Solo es que... ¿Por qué Delta Podger tiene que ser tan endiabladamente competente?
—No lo es.
—Pues desde luego ha engañado a todo el mundo de maravilla —susurró  Miley; abrazó a su abuelo—. Lo siento, abuelo. Solo es que...
—Es que sigues enamorada de Nick Jonas. ¿No es así, niña? —Jack Cyrus suspiró—. No sirve de nada, Miley. En esa dirección no encontrarás la felicidad —fue hacia el aparador y le pasó a Miley una tarjeta color marfil de bordes dorados y con caligrafía dorada en relieve.
Miley la leyó con los ojos empañados. Sabía ya lo que diría.

...la boda de Delta Alison Podger y Nicholas Jerry Jonas...

Miley se quedó mirando la invitación un buen rato, intentando controlar el deseo de echarse a llorar desconsoladamente.
—¿Vamos... a ir? —susurró.
—Creo que deberíamos —dijo Jack con tristeza—. Tendré que sacar el traje de la naftalina. Pero vamos a ser vecinos durante mucho tiempo, niña —miró a su nieta con nerviosismo—. Parece que tendremos que apechugar y hacer lo que se pueda.
—Supongo... — Miley se dejó caer sobre una silla; se le había quitado el apetito.
—Yo no disfrutaré de la boda más que tú —Jack le dijo con desasosiego—. Será una ocasión formal y por todo lo alto. Conozco a los Podger. Como esa maldita comida, solo que diez veces peor —hizo una mueca de disgusto—. La gente se ha olvidado de cómo divertirse, por amor de Dios...
—Eso es lo único que me enseñaron mis padres — Miley murmuró, e intentó ahuyentar el dolor recordando algo agradable—. Siempre hemos celebrado unas fiestas fantásticas.
—Tu madre organizó una aquí una vez —dijo Jack en tono nostálgico—. Era la mejor organizadora de fiestas de este lado del Atlántico.
—Y del otro — Miley sonrió. —Ella también me enseñó a mí. He organizado un par de buenas fiestas yo sola, y salieron muy bien.
—Entonces no eres tan inútil como dices ser —Jack sonrió dulcemente y miró a su nieta.
—En casa no, quiero decir, en los Estados Unidos. Pero aquí...
—La gente es igual en todas partes —Jack dijo rotundamente—, ¿Miley, sabes que dentro de dos semanas cumplo ochenta años?
—Sí... — Miley se lo quedó mirando—. Es verdad, abuelo. Con lo del heno se me había olvidado.
—No digas eso —le suplicó su abuelo—. Esperaba que me estuvieras organizando una buena fiesta.
—¿Quieres que te dé una fiesta?
—Desde luego.
—¿Qué clase de fiesta? —Miley dijo con cautela, y Jack se echó a reír—. Primero me dices lo bien que se te da organizar fiestas, y ahora quieres que lo disponga yo todo. Ahora que podemos vender un poco de heno vamos a tener algo de dinero de sobra, ¿no?
—Sí.
—De acuerdo, chica —anunció Jack—. Adelante entonces. Te diré a quién quiero que invites, y tú me montas una buena fiesta de cumpleaños.
Parecía que el abuelo quería invitar a medio valle.
A la mañana siguiente, el abuelo le presentó a Miley dos folios llenos de nombres.
—Son todos amigos. Los chicos del equipo de cricket, la gente de la iglesia, cualquier vecino que merezca la pena.
—Aquí hay más de cien nombres... y hay que añadir a los familiares.
Jack sonrió a su nieta.
—Sí, bueno... ¿Quién sabe, niña? Tal vez esta sea la última fiesta de mi vida.
—Sí, claro. Abuelo, esto es chantaje. Con suerte vivirás hasta los cien años y tendré que invitar a toda esta gente cada año —leyó los primeros nombres y entonces miró a su abuelo—. Abuelo, Nick Jonas y  Delta Podger están los primeros de la lista. Y los mellizos.
—Quiero que vengan niños —Jack dijo con determinación—. Una fiesta sin niños no es una fiesta.
—Pero Delta...
—Como te he dicho, vamos a ser vecinos durante mucho tiempo —le dijo Jack—. Debemos aprender a llevarnos bien. Además... —miró a Miley con picardía—. A Delta no le vendrá mal ver cómo se celebra una fiesta de verdad. Es hora de que vea lo que tiene que hacer una buena anfitriona.
Como ni ella ni Jack tenían medios para contratar a camareros y cocineros, ni para colocar una marquesina, la fiesta tendría que ser a su manera.
Pensarían que era una paleta de pueblo. Pero entonces miró de nuevo la lista y vio que la mayoría de los invitados era gente mayor, amigos de toda la vida y vecinos con niños pequeños. Muchos niños.
Les haría pasar un día inolvidable.
Sin saber cómo, fue paseando hasta el río.
De acuerdo. Montaría una fiesta donde la gente no se dedicaría a degustar comida elegante o a mirarse los unos a los otros con ojo crítico. Daría una fiesta como debía ser.
Faltaban dos semanas para el cumpleaños del abuelo. Y seis para la boda de Nick.
A Miley le perseguía la tristeza a todas partes, pero al menos tenía la fiesta del abuelo en qué pensar.
Y centrarse en otra cosa distinta a la boda de Nick Jonas era el único modo de mantenerse cuerda.
El día del cumpleaños de Jack amaneció claro y soleado. Los mellizos llegaron a la granja de los Cyrus a media mañana con la fuerza de un pequeño tornado.
—Hoy es el cumpleaños del abuelo, hoy es el cumpleaños del abuelo —iban cantando mientras subían las escaleras del porche; entraron a toda prisa en la cocina y se quedaron de piedra.
—Vaya... —dijo Matt.
—Dios mío... —susurró Laura.
—Hola, mellizos —Miley los saludó desde detrás de un montón de globos—. Os necesito. ¿Tenéis la mañana libre?
—Sí... —Matt dijo en tono dudoso—. Miley dijo que teníamos que volver a las doce para vestirnos para la fiesta; pero también dijo que si no te molestábamos podíamos quedarnos a ver cómo lo preparabas todo.
—Podéis hacer algo más que eso —dijo Miley emergiendo del montón de globos; señaló hacia el suelo del vestíbulo—. ¿Veis esas cajas? En cada una de ellas hay una enorme base de tarta Paulova, una base de merengue. Las cambié por cincuenta balas de paja, así que id con cuidado. Hay diez platos en el salón y un bol de nata montada sobre la mesa. ¿Podréis colocar una base de merengue en cada plato y después cubrirla con una capa de nata? —separó los dedos unos dos centímetros—. De este grosor.
Matt y Laura se quedaron mirando a Miley boquiabiertos.
—¿Quieres decir ayudarte de verdad?
—Sí, ayudarme de verdad —contestó Miley .
—Pero es una fiesta en toda regla —dijo Laura con duda—. Quiero decir... Delta nos ha dicho que no tenemos que meternos en medio porque lo estropearíamos todo.
Miley puso las manos en jarras y los miró pensativamente.
—¿Vais a estropear mis tartas? —sonrió—. Mientras las preparáis yo podré ir a buscar unas fresas para adornarlas. El abuelo y unos amigos suyos van a llevar unas mesas plegables al río, así que os quedaréis solos. ¿Podré confiar en vosotros?
Los mellizos se miraron asombrados y juntos se volvieron a mirar el enorme cuenco de nata que había en el salón. Entonces los dos sonrieron.
—Desde luego que sí —dijo Matt.
Desde ese momento la fiesta de Jack Cyrus fue todo un éxito.
Los mellizos no querían irse a casa a cambiarse; y de no haber sido por la llamada telefónica de Deltaordenándoles que volvieran, se habrían quedado allí cubiertos de nata.
Eran casi las dos de la tarde cuando Nick Jonas apareció en lo alto de la loma que bajaba hasta el río acompañado de la elegante Delta y de dos mellizos muy limpios.
Miley había estado intentando no buscarlos con la mirada cada cinco minutos, pero había fallado irremediablemente. Estaba sirviéndoles unas copas de ponche a dos señoras cuando los vio aparecer, y le costó mucho trabajo seguir charlando con normalidad.
Nick se detuvo y se quedó mirando hacia la fiesta maravillado. Desde luego no era para menos, pensaba  Miley con satisfacción mientras ella miraba también a su alrededor intentando verlo todo con los ojos de Nick.
Había globos por todas partes. La noche anterior se había pasado cuatro horas inflando unos mil globos con la vieja bomba de la bicicleta del abuelo. En ese momento colgaban de todos los árboles que había alrededor, verdes, blancos y plateados, mezclándose con las hojas de los altos eucaliptos y haciendo que el lugar pareciera mágico.

Había cavado dos hoyos enormes y preparado unas fogatas dentro, bien alejados de los arbustos. Y después había llamado a un amigo del abuelo que era bombero para que los vigilase durante la noche. Media res por una noche de vigilancia le había parecido un trato justo. El carnicero local le había preparado la carne y en ese momento estaba terminando de cocinarse a la perfección. Además, la gente estaba colaborando para cortar más carne de la que los más de cien invitados podrían comerse.
Miley vio que Nick miraba todo con fascinación.
No había ensaladas preparadas. En lugar de eso Miley se había limitado a proporcionar los ingredientes. Las mesas plegables que Jack había bajado al río estaban repletas de cuencos de lechuga, tomates, rábanos, apio, aguacates, piñones, pepinos, nata líquida y quesos. Había también un montón de productos frescos de la huerta con un cartel que decía: Utiliza la imaginación y botes de aliño ya preparado al final de la mesa junto con otros de mostaza, y otras salsas.
Y pan...
El panadero no había querido el heno, pero él y su esposa acababan de tener un hijo, de modo que Miley le había prometido sus servicios como niñera a cambio del pan. En ese momento él, su esposa y su bebé contemplaban con orgullo como todo el distrito engullía sus productos.
Más allá estaban las mesas con las tartas Paulovas. Llenos de orgullo, los mellizos tiraron de Nick y lo llevaron para que las viera. Miley les había llevado las fresas y ellos mismos habían decorado las tartas, así que en realidad todo había sido obra de los dos niños.
La música resonaba entre las cúpulas umbrosas de los árboles, y Miley vio cómo Nick abría los ojos como platos al reconocer a uno de sus hombres tocando el violín. Miley había descubierto la pasión del peón mientras la ayudaba a colocar los montones de heno, y cuando le había enviado una invitación, él le había sugerido la idea de la banda de música.
—En realidad estamos empezando —le había dicho tímidamente—. Tocamos música country. Y sé que esto va a ser algo grande... Además, los chicos y yo haríamos cualquier cosa por tu abuelo. Si estuvieras dispuesta a decirle a todo el mundo quiénes somos...
Miley desde luego lo había hecho. Había colocado grandes canelones colgando de un árbol a otro en los que decía: ¡Música a cargo de los Hayboy Hicks! Algunos viejos miraban con asombro los carteles, preguntándose cómo había conseguido Miley colgarlos tan arriba.
La banda era muy buena. Los niños y algunos adultos habían empezado a bailar; claro estaba, aquellos niños que no se habían metido a bañarse en el río.
Junto a la orilla del río habían colocado el barril de cerveza. Un muchacho que tenía más espinillas en la cara que años hacía las veces de barman y socorrista.
El día anterior se había presentado en la granja intentando venderle a Miley una enciclopedia. El muchacho era un estudiante intentando sacar algo de dinero para el curso siguiente. A Miley le había parecido que estaba aburrido y demasiado delgado. Así que le había ofrecido algo de dinero y todo lo que quisiera comer por un día de trabajo.
El chico no dejaba de sonreír, y la hija de uno de los vecinos estaba haciéndole caídas de ojos al chico desde donde estaba con su familia.
Miley sonrió al verlos. El amor estaba en el aire. Entonces se volvió por fin a recibir a Delta y a Nick. Y en ese mismo momento el romance se desvaneció.
Ellos no parecían enamorados, desde luego.
Delta estaba horrorizada... y Nick sencillamente cautivado.
También iban demasiado arreglados para la ocasión. En la invitación, Miley había dejado claro que era una fiesta informal, y la mayoría de los invitados había seguido el consejo. Ella misma iba vestida con vaqueros y una camisa de cuadros. Nick también llevaba vaqueros, pero Delta vestía otro precioso traje de lino, que encima era de color blanco.
—Bienvenidos... Bienvenidos a la fiesta —a Miley le costó mucho sonreírles, sobre todo porque iban agarrados de la mano—. ¿Os apetece cerveza o ponche? Si es cerveza, id a ver a Eric, pero si preferís ponche entonces yo soy la persona a la que estáis buscando.
—¿Esto... tiene alcohol el ponche? —Delta preguntó débilmente, y Miley negó con la cabeza.
—Hay demasiados niños aquí —dijo—. Además, hace demasiado calor. La gente bebe más de lo debido y después se tira al agua y vienen los problemas. Eric dice que tiene el diploma de salvavidas, pero yo prefiero no poner a prueba sus conocimientos.
—Entonces... Entonces tomaré agua —Delta frunció el ceño y Miley hizo lo mismo.
Se volvió hacia la mesa donde estaba el ponche y le pasó a Delta un vaso de plástico vacío.
—Tenemos todo el agua que quieras, y es más pura que el agua corriente, pero aún está en el río —le dijo a su invitada—. Tendrás que caminar un poco río arriba para que los bañistas no te manchen el traje de arena. Si fueras tan amable, podrías llevarte una jarra y traerla llena; por si acaso a alguien se le ocurre la misma idea que a ti.
Delta retrocedió un paso y entrecerró los ojos; como si pensara que Miley se estaba burlando de ella.
—Creo que no me voy a molestar...
—Yo te traeré un poco —dijo Nick y sonrió a Miley—. Vaya fiesta...
—Aún no has visto nada — Miley le sonrió con picardía y sus miradas se encontraron.
El entusiasmo en sus miradas los unió con un nudo invisible. Alegría compartida. Tan fuerte era el vínculo entre ellos que sin duda Delta se daría cuenta.