Miley comenzó a dar golpecitos con el lápiz sobre la agenda. Después de dos años, conocía bastante bien a su jefe y normalmente sabía lo que iba a hacer o decir en cada ocasión.
Sabía que en ese momento, por ejemplo, no debía dejarse engañar por su actitud silenciosa y su mirada reflexiva. Cuando Nick Jonas se quedaba en silencio, era cuando más peligro había. Solía significar que su cabeza, que iba encaneciendo rápidamente, estaba maquinando algo y podía estallar con un comentario totalmente inesperado y tremendo.
Comenzó a hojear las páginas de la agenda mientras esperaba. Cuando Nick estaba así, era mejor adoptar una actitud relajada. Tratar de insistirle en que firmara las cartas o hablarle del aumento de sueldo sería un tremendo error.
—La próxima semana será el cumpleaños de Beth, ¿verdad? —comentó Miley.
Tan solo era una observación. Miley se pasaba el tiempo recordando a Nick citas y asuntos de trabajo, pero no tenía que recordarle nada sobre su hija de seis años. Beth era para él la única persona que tenía prioridad sobre el trabajo.
—Así es. Te acuerdas de todo, ¿verdad?
Él se dio la vuelta y la miró con fijeza. Sus ojos oscuros se posaron en las gafas de Miley y luego en el modo en que se recogía el cabello hacia atrás. Ella estaba acostumbrada a que la mirara así, como si estuviera pensando en otra cosa.
—Sí... es que lo anoto todo. Además, es mi trabajo recordarte las cosas.
—Bien, no podemos quedarnos todo el día hablando, será mejor que firme esas cartas.
Miley sonrió para sí misma. Tenía razón. Nick estaba pensando en otra cosa y, como siempre, era en el trabajo.
—¿Le preguntaste a John Hunt para qué quería hablar conmigo?
—Sí, quiere comentar algunos problemas que han surgido en el restaurante Cuisine Jonas —respondió ella—. Quiere decirte que puede que el jefe de cocina sea un genio, pero que él opina que está loco.
Nick refunfuñó algo y se sentó en su silla, detrás del escritorio.
—John es el maldito encargado, así que le pago para que sea él quien se ocupe de esos problemas. Mándale un e—mail y le dices que lo solucione como quiera.
Nick Jonas no toleraba que nadie delegara en él sus problemas. Miley se daba cuenta de que John no tenía posibilidades de quedarse mucho tiempo en la empresa si no comenzaba a demostrar ser una persona con iniciativa. El jefe no tenía fama de ser precisamente compasivo cuando llegaba el momento de echar a alguien. De hecho, ella pensaba a veces que Nick era bastante cruel. Pero, claro, nadie consigue por sí solo llegar a ser millonario a los treinta y ocho años sin ser duro y ambicioso.
Cuando Nick terminó de firmar la última carta, se las entregó a Miley.
—¿Está todo preparado para la reunión de la semana que viene?
—Sí, he pedido algunos refrescos del restaurante Galley. También algunos sándwiches y varios tipos de tarta.
—¿No las has hecho tú misma? —él alzó la vista con un brillo de humor en los ojos.
—Si me das el lunes por la mañana libre, veré qué puedo hacer —replicó ella.
Él soltó una carcajada.
—Touché. Lo siento, Miley, no lo he dicho con mala intención. Es solo que nunca dejas de asombrarme. Siempre estás en todo, nunca se te escapa nada.
Esa era su oportunidad para pedirle un aumento de sueldo y la iba a aprovechar.
—Me alegro de que estés satisfecho con mi trabajo, Nick, Y si tienes unos segundos, me gustaría comentarte algo.
—Adelante —él dejó su pluma y le hizo un gesto para que se sentara en la silla que había frente a él—. ¿Cuál es el problema?
—No hay ningún problema —dijo ella con una sonrisa, tratando de no acordarse de las facturas que tenía sobre la mesa de su habitación y que tenía que pagar cuanto antes.
—Bien. Ha sido una época un poco dura, ¿verdad? Ha sido una pena que tengas que estar con los preparativos de la boda —mientras hablaba, Nick buscaba algo entre los papeles que tenía encima de la mesa—. ¿Cómo va eso? ¿Os queda poco para terminar de pagar la nueva casa?
—Hemos pagado un depósito...
Miley se puso nerviosa. No la sorprendía que Nick no se hubiera dado cuenta de que ya no llevaba el anillo de prometida. Quizá debería haberle dicho ya que su relación con liam había terminado y que no iban a comprarse la casa. Pero solo hablaban de cosas personales de manera muy superficial y en momentos poco adecuados.
Por otra parte, no podía contarle que su prometido había huido, dejándola con un montón de facturas de una boda que nunca tendría lugar, además de haberla dejado sin un céntimo en el banco. Lo único que a Nick le importaba de ella era el trabajo que hacía allí y a ella le parecía bien.
En ese momento, sin ir más lejos, le había hecho una pregunta, pero no parecía interesado en la respuesta de ella. Parecía más interesado en lo que estaba buscando por la mesa.
—¿Qué buscas?
—Las notas de la última reunión con Renaldo —respondió él—. ¿Las has visto?
—Están en la carpeta azul que tienes ahí debajo.
—Gracias, Miley —dijo él, esbozando una sonrisa—. ¿Dónde estábamos?
—Bien, yo...
Entonces, sonó el teléfono y Nick contestó después de disculparse con la mirada.
—Aquí Nick Jonas.
Miley trató de relajarse en su asiento. Allí siempre sucedía lo mismo. No había tiempo ni para respirar, así que mucho menos para hablar.
Se preguntó por qué estaba tan nerviosa.
Lo peor que le podía suceder era que él le negara el aumento de sueldo y, si así era, le quedaba otra alternativa. La empresa con la que había trabajado dos años antes la había llamado hacía pocos días y le había pedido que volviera, ofreciéndole un aumento de un diez por ciento sobre el salario que Nick Jonas le estuviera pagando.
Pero ella no quería volver allí. Le gustaba trabajar para Jonas. Notaba que estaba aprendiendo mucho y el salario también era bueno. Si no fuera por la situación en la que se encontraba, estaría satisfecha.
Miró el rostro de Nick.
—Necesito un poco más de información para contestar a eso —decía—. De acuerdo, consigue los datos y yo miraré el informe. Vuelve a llamarme.
—¿Quién era? —preguntó Miley de forma automática cuando él colgó.
—Nada... del departamento de contabilidad. Quieren los datos de uno de los restaurantes de Renaldo en París.
—Querrán la lista que imprimí ayer. Está en mi mesa.
—Bueno, ya me la darás luego —Nick se echó hacia atrás en su silla y miró la hora—. De todos modos, Renaldo no vendrá hasta las cinco y media.
—Sí. Así que, como te iba diciendo, Nick...
Sonó de nuevo el teléfono.
«Quizá debería enviarle una carta», pensó Miley, «o volver a mi despacho y llamarlo por teléfono». Parecía el único modo de conseguir hablar un minuto entero con él.
Se quedó mirándolo, pensando en que quizá era de nuevo el departamento de contabilidad y comenzó a ponerse nerviosa. ¿Quizá debería despedirse y aceptar la oferta de la otra compañía? Por lo menos, en Brittas podía hablar de vez en cuando con el jefe.
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