miércoles, 29 de febrero de 2012

Capitulo 10.- ¡FIN!

Miley seguía en la cama cuando sonó el teléfono. Al principio lo ignoró, pero la insistencia del que llamaba ganó finalmente y asió el auricular en un arranque de irritación. Miley reconoció al instante la voz femenina que habló en italiano en tono de reprobación.
— ¿Bianca?—la interrumpió Miley directamente—. Soy Miley, no alguien del personal. Nick ha salido. ¿Quieres que le diga que te llame?
—En realidad es contigo con quien quería hablar —la informó Bianca reemplazando su irritación con una falsa dulzura—. Sé perfectamente que Nick no está en casa. ¿Te digo por qué lo sé? Porque está con Delta...
— ¿No te rindes, Bianca? —le espetó Miley poniéndose rígida—. Ya han pasado trece años y sigues jugando al mismo juego viejo y estúpido.
—Compruébalo por ti misma si no me crees. Delta se aloja en un complejo veraniego que sólo está a unos minutos en coche de la casa —dijo Bianca leyéndole la dirección con abierta satisfacción—. El Ferrari de Nick está aparcado en la puerta...
—Pierdes el tiempo —replicó Miley con furia—. Ya no soy una crédula adolescente y confío en Nick... ¿me oyes? ¡Confío en tu hermano!
—Pero lo has puesto en una situación imposible. Nick quería a su hija. ¡Ha tenido que casarse contigo! La intrusa eres tú, no Delta. Es Delta con la que quiere estar y con la que está en estos momentos.
Sin vacilación, Miley colgó con fuerza el teléfono. Estaba temblando. Con un brusco movimiento, saltó de la cama, se puso de rodillas, siguió el hilo del teléfono hasta el enganche con la pared y lo desconectó a toda prisa. Pero no pudo desconectar sus pensamientos inquietantes de la misma manera.
¿Por qué Nick se había comportado como si no tuviera la conciencia tranquila? ¿Por qué había dicho dos veces lo culpable que se sentía? Miley dio vueltas por la habitación. Nick... horrorizado por el reducido riesgo de haber dejado embarazada a su esposa. ¿Por qué? ¿Por qué era eso un desastre? Estaban casados y ya eran adultos. Adoraba a su hija y había reconocido lo mucho que le hubiera gustado compartir los primeros años de la vida de su hija... Y era ridículo pensar que pudiera estar con la modelo. No habían dado ninguna prueba de su intimidad. ¿Pero por qué iban a hacerlo si pensaban continuar su relación en secreto?
Miley se puso una falda negra de algodón y una camiseta rosa de seda. Pero estaba decidida a no salir. Se quedaría abajo, esperando a Nick. ¡Por todos los santos! Sólo llevaban casados dos días. Aunque, por otro lado, si encontraba a Nick en aquella dirección, tendría la prueba de que su hermana la había llamado para decirle dónde estaba... Dándose cuenta de que tenía la excusa perfecta para comprobar si Bianca decía la verdad, Miley no vaciló. Había un Mercedes en el garaje. Llovía a cántaros, pero no se molestó en volver a entrar para ponerse una gabardina.
El Ferrari estaba aparcado en una zona del aparcamiento bien iluminada. Miley se detuvo al otro lado de la carretera. Tan pronto como viese aparecer a Nick, saldría del coche.
No tuvo que esperar mucho. Se abrió la puerta de uno de los apartamentos y un rectángulo de luz perfiló la silueta del cuerpo delgado y atlético de Nick. Llevaba abierta la chaqueta de su traje gris perla y le faltaba la corbata. Miley salió del Mercedes.
Sólo entonces se dio cuenta de que no estaba solo. La puerta del apartamento se cerró de golpe y Delta corrió por el sendero detrás de él llamándolo a voz en grito. Los dos caminaron conversando agitadamente hasta donde estaba el Ferrari. Miley permaneció de pie viendo cómo subían al coche y se alejaban. Se quedó inmóvil. La lluvia empapó sus cabellos, se deslizó por su cara y caló su camiseta hasta que se quedó pegada a su cuerpo como una segunda piel. No era de extrañar que no tuviera la conciencia tranquila...
A la incredulidad siguió una oleada de dolor que persistió durante el trayecto de regreso a la casa de campo. Debía de estar enamorado de Delta. No podía creer que Nick pudiera traicionarla por nada menos que por amor. Estaba todo tan claro. Tenía intención de romper con ella una vez que Desty se hubiera asentado en Italia y se desharía de ella en cuanto su presencia fuese superflua.
El día que fue a su oficina, Nick había jurado que la castigaría aunque fuera lo último que hiciera en la vida. ¿Cómo podía haber olvidado una cosa así? Entró tambaleándose en la casa inundada en lágrimas, aunque tratando de recuperar el control de sus emociones.
— ¿Miley? —murmuró una voz odiosamente familiar.
Aquello fue como una sacudida y Miley giró sobre sus talones. Bianca, comportándose con el aplomo de ser la señora de la casa, salió del salón y la contempló con una sonrisa de abierta satisfacción.
—Pareces un pato mojado —comentó con soma—. Supongo que, después de enterarte de la noticia, no querrás estar aquí cuando Nick regrese.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Miley se cuadró de hombros y pasó al lado de la despreciativa morena en dirección al salón. Pero le costó más no ponerle las manos encima a Bianca y echarla físicamente de la casa.
—Quiero que te vayas —dijo Miley sin ni siquiera mirarla.
—No seas niña —la urgió Bianca con impaciencia siguiéndola al interior de la estancia.
—Y antes de irte quiero que devuelvas las llaves de esta casa. Ahora que tu hermano está casado no creo que sea adecuado que entres sin avisar siempre que te plazca.
Bianca se quedó mirando fijamente a Miley frunciendo el ceño con leve desconcierto.
—Me ofrezco a llevarte al aeropuerto —anunció ignorando su invitación de salir de allí—. No estás en estado de ir tú sola.
Sería tan fácil aprovechar aquella invitación para salir corriendo. Una rápida retirada de aquella dolorosa crisis obedeciendo a la fuerza de la costumbre. Sin embargo, por extraño que pareciese, necesitaba enfrentarse a Nick en aquella ocasión.
—No necesito que me lleves al aeropuerto, Bianca.
—Sólo hay otro vuelo a Londres esta noche —le advirtió la morena ásperamente—. No dispones de mucho tiempo.
—Tengo todo el tiempo del mundo —replicó Miley con voz tensa—, porque no me voy a ir a ninguna parte.
— ¡No hablas en serio! —exclamó Bianca mirándola con desdeñosa incredulidad—. No puedes querer estar aquí cuando Nick regrese. Si yo sorprendiese a mi marido en una cita amorosa con otra mujer, no me quedaría humillantemente sentada esperando a que volviese...
—Tu lengua viperina me pone enferma —la interrumpió Miley con fiereza.
—Lo que te pasa es que no tienes valor para enfrentarte a la verdad. Nick no te quiere, nunca te ha querido —declaró Bianca con irritada frustración—. Sólo ha querido tener a su hija. ¿Cómo puedes seguir aferrándote a él después de haberte probado que sigue manteniendo una relación con Delta?
Sin previo aviso, la puerta se cerró ruidosamente a sus espaldas. Tanto Bianca como Miley se sobre saltaron y volvieron las cabezas al unísono. Nick estaba de pie a la entrada del salón con una mirada tan dura como el diamante.
—Delta está esperándote en su apartamento, Bianca —susurró Nick con furia—. Se siente muy desgraciada por el papel dramático que le has asignado. No le gusta sentirse utilizada como un arma...
— ¡No sé de qué estás hablando! —lo interrumpió Bianca ruborizándose.
—Está avergonzada de las mentiras que le has hecho decir y piensa que tus maliciosos juegos están empezando a ser muy peligrosos... y créeme, no es la única que lo piensa.
Bianca se quedó pálida como un cadáver. Se quedó mirando a su hermano entre atónita y avergonzada.
—Nick, no lo entiendes. Sólo estaba pensando en tu felicidad.
Nick cruzó la estancia, asió a su hermana con fuerza del codo y prácticamente la arrastró fuera de la habitación con él.
Miley ya no podía sostenerse de pie. Se dejó caer como una muñeca rota en el asiento más próximo. Desde el vestíbulo llegaba la voz furiosa de Nick hablando en italiano a su hermana que se defendía con voz suplicante y finalmente llorosa. Miley no podía pensar con claridad, pero oyó perfectamente el portazo con el que Nick despidió a su hermana.
—Estás empapada, piccola mia... —musitó poniéndose de cuclillas junto a ella y mirándola con curiosa ternura pese a que en su rostro todavía había huellas de su enfado—. Tienes que quitarte la ropa antes de agarrar una neumonía.
La levantó en sus brazos y Miley se puso rígida como un soldado de juguete.
—Delta quiere disculparse pero le dije que no era el momento apropiado.
— ¿Disculparse? —dijo Miley agitándose sin poderlo creer—. ¡Nick, bájame!
En vez de hacerlo, la sujetó con más fuerza mientras subía las escaleras en dirección a su habitación.
—Miley, mi relación con Delta sólo ha sido algo casual. Un hombre prudente se lo piensa dos veces antes de intimar con la hija de unos amigos de la familia.
—No sé qué historia te has inventado, pero no he nacido ayer. Te he visto con ella esta noche —replicó Miley apartándose de él en cuanto la dejó caer de pie en el cuarto de baño.
— ¿Me seguiste? Por eso estás empapada —dijo entendiéndolo todo—. Miley, fui al apartamento de Delta a ver a Bianca. Llamé antes de salir pero, cuando llegué, Bianca se había ido —explicó Nick observando la expresión de furia acalorada de su esposa—. Cuando encontré a Delta, estaba muy disgustada.
— ¿Por eso te la llevaste contigo en el Ferrari? —interrumpió Miley en un tono de fiera acusación. Nick maldijo en voz baja.
—Estaba decidido a encontrar a Bianca y Delta pensó que sabía dónde estaba. Pero fue en balde y luego la llevé de regreso a su apartamento. Si nos viste juntos, ¿no te fijaste que estaba llorando?
—Lo siento, no llevaba los prismáticos —replicó Miley.
—Porca miseria... ¡cuánto daño ha causado Bianca! Nunca pensé que pudiera ser así.
—Contigo no se comporta así —suspiró Miley.
—Ella llamó a Jared Murillo... —dijo Nick contrayendo los músculos de la cara—. Siento que hayas tenido que soportar sus ataques maliciosos y siento aún más no haberte escuchado cuando trataste de explicarme lo que pasaba —añadió Nick, todavía horrorizado y mortificado por el comportamiento de su hermana.
—No es culpa tuya. Y además, ya está todo aclarado. Olvídalo —lo urgió Miley.
—Eres muy comprensiva —murmuró Nick con voz tensa.
Se hizo un palpitante silencio.
—Ahora vete. Quiero darme un baño —declaró Miley.

Tiritando de frío, se desnudó e introdujo el pie en un baño de agua templada. De modo que por fin Nick era consciente de lo mucho que su hermana la odiaba. Miley se sintió aliviada, aunque por poco tiempo. Nada había cambiado realmente entre Nick y ella. Tal vez Nick no estuviera enamorado de Delta, pero tampoco lo estaba de ella. Y había reaccionado a la posibilidad de otro bebé igual que a una amenaza de muerte.
La puerta del baño se abrió. Miley se puso tensa, sintiéndose acorralada.
— ¿Qué?
—Tienes tres segundos para salir de la bañera —murmuró Nick con peligrosa suavidad—. Uno...
— ¡No voy a moverme!
—Dos...
—Te estás volviendo un tirano —chilló Miley, y estuvo a punto de caerse con las prisas por taparse con una toalla.
Cuando salió del cuarto de baño Nick estaba sentado en el borde de la cama. Posó sus ojos brillantes como diamantes en el rostro acalorado de Miley.
—He estado comportándome como un celoso irracional desde que vi aquellas fotos en tus álbumes
—reconoció Nick—. Cuando descubrí hoy que... bueno, que nunca había habido nadie más, me avergoncé mucho de mi comportamiento. No tenía ningún derecho a cuestionar tu pasado.
Miley frotó la alfombra distraídamente con los dedos de los pies.
—Yo también he sido muy posesiva contigo —murmuró.
—Nunca habría actuado así si no hubiera tenido tanto miedo a perderte otra vez —repuso Nick echando hacia atrás su hermosa cabeza.
—Pensé que de lo que tenías miedo era de perder a Dest —susurró Miley con suavidad.
—Pese a lo mucho que amo a mi hija, piccola mia, tengo que confesar que la utilicé como una excusa para volverme a casar contigo. La semana pasada, yo era un hombre con una misión —masculló Nick con voz irregular—. Y mi misión era ganar, con cualquier medio que tuviera en mi poder, una segunda oportunidad con la joven que amé y perdí en la adolescencia. Si sólo hubiese querido a Dest, no te habría obligado a casarte conmigo.
Los ojos violetas de Miley se abrieron de par en par y se quedó sin saber qué decir. Nick salvó la distancia entre ellos con decisión y la asió mirándola con ardientes ojos dorados.
—Este matrimonio puede funcionar. Te amo lo bastante por los dos.
Miley le rodeó los hombros con manos trémulas y lo estrechó.
—Nick —dijo con voz ronca—. Yo también te amo. Nunca he dejado de amarte, pero pensé que sólo querías a la niña y tenía miedo de que me volvieses a herir.
Nick se quedó mirándola fijamente y la apretó contra su cuerpo. Luego la levantó del suelo para besarla con desesperada avidez al tiempo que la depositaba sobre la cama. Una intensa excitación y felicidad invadieron a Miley dejándola sin aliento. Nick se inclinó sobre ella y acarició suavemente sus cabellos mientras la contemplaba con adoración. Luego, de repente, su rostro se ensombreció.
—Dio... me volví loco por la necesidad de hacerte el amor, pero no tengo excusa por mi falta de precaución. Si te he vuelto a dejar embarazada, me vas a odiar.
— ¿Odiarte? —inquirió Miley mirándolo perpleja.
—Eras tan desgraciada cuando estabas esperando a Dest... Sé que es imposible que tengamos otro hijo y nunca te pediría que volvieras a pasar por eso sólo por mí, pero...
—Por aquel entonces, nuestra relación estaba naufragando —lo interrumpió Miley con una sonrisa lenta pero radiante—. Ahora que todo está arreglado... la verdad es que... me gustaría tener otro bebé.
Nick pareció atónito. Permaneció diez segundos sin hacer otra cosa que mirarla. Miley sonrió, regocijándose en la idea de que por una vez, se había adelantado a él.
—Quiero decir que esta vez podría disfrutar de verdad con la experiencia —señaló animadamente...

Envuelta en un diáfano salto de cama, Miley dejó el balcón y entró en el dormitorio, donde observó cómo Nick se ponía unos vaqueros. Era uno de sus pasatiempos favoritos, aparte del de verlo cómo se los quitaba. Cada uno de los movimientos de aquellos miembros largos, bronceados y surcados de vello la extasiaban. ¿Realmente había pasado un año desde que se habían casado?
Contempló el elegante dormitorio de su casa de Roma. Después del almuerzo irían en coche a la casa de campo para pasar el fin de semana. La noche anterior habían asistido a una fiesta sorpresa organizada por los padres de Nick para celebrar su primer aniversario de boda. Los Jonas habían invitado a Ashhley a ir en avión desde Londres e iba a pasar con ellos unos días. Incluso Bianca había hecho una pequeña aparición y Miley había acabado compadeciéndose de su cuñada.
—Estás preciosa, piccola mia...
Sacada de su ensueño por aquella voz sexy por naturaleza, Miley se encontró con la mirada de profunda apreciación de Nick y se ruborizó como una adolescente. Habían hecho el amor hasta el amanecer pero todavía tenía las sensaciones a flor de piel.
—Es una mañana tan hermosa.
Había salido al balcón a revivir los momentos mágicos de la noche anterior cuando Nick se había presentado con una alianza de diamantes afirmando que aquél había sido el año más feliz de toda su vida.
Nick la rodeó con brazos posesivos y besó suavemente la piel de su nuca.
—Todavía es pronto. ¿Te apetecería desayunar en la cama? —murmuró con voz traviesa.
Sintiendo una deliciosa tensión, Miley se recostó sobre su férreo cuerpo y luego se oyeron tres golpes en la puerta capaces de resucitar a un muerto. Destiny asomó la cabeza con un cuidado exagerado.
—De verdad, lo vuestro es demasiado... ¡Son sólo las diez de la mañana! —exclamó adentrándose en la habitación y llevando de la mano a una niña extrañamente vestida—. La niñera está haciendo las maletas, así que yo he vestido a Jen.
Dejándose caer sobre la cama con una sonrisa, Miley abrió los brazos para acoger a su hija de dos meses, Jenny. Unos expresivos ojos de color castaño oscuro miraron a su madre por debajo de una gorra de béisbol de color verde lima virulento.
— ¿Qué lleva puesto? —inquirió Nick, aparentemente transfigurado al ver el color lima chillón y el diminuto mono de color púrpura y naranja.
—Papá, créeme, así es como visten los niños que están a la última esta temporada... no con esos horribles vestidos de encaje y esos extraños calcetines de volantes que le encantan a mamá. Sentí pena de Jen cuando salí de compras ayer con mis amigos.
—Es muy considerado por tu parte —dijo Miley tratando de no reír. Nick se había sentado a su lado sobre la cama y le había robado hábilmente a la niña para levantarle suavemente la gorra de béisbol con la esperanza de encontrar el rostro diminuto de su hija.
—Está bien —dijo Dest con firmeza inclinándose para levantar en brazos a su hermanita—. Jen necesita dormir un poco. No queremos que se ponga irritable durante el viaje, ¿verdad? No hace falta que os deis prisa para bajar...
— ¿No? —inquirió Miley con sorpresa.
—Claro que no. Falta mucho para el almuerzo, e incluso Ashley está acostada todavía —dijo Dest despreocupadamente mientras se dirigía hacia la puerta—. Sabéis, tres es un número perfecto...
— ¿Cómo dices?
Dest volvió a asomar la cabeza por la puerta con una sonrisa de diablilla.
—Quiero decir que podéis retomar lo que estabais haciendo cuando entré. Solicito un hermano pequeño. Jen es un encanto, pero necesita compañía de su misma edad.
— ¡Jenny sólo tiene diez semanas! —jadeó Miley cuando la puerta se cerró.
Con una sonrisa vibrante en sus labios sensuales, Nick inclinó la cabeza sobre la suya con expresión divertida. Rodeó a Miley por los hombros para que volviera a tenderse sobre la colcha.
—Como excusa para pasar mucho tiempo en la cama, parece una idea muy seductora —confesó con ronca satisfacción.
—Lo pensaré... dentro de unos seis meses —murmuró sin aliento, ahogándose en su mirada de un color dorado oscuro.
—Dio, piccola mia, te amo tanto. ¿Cómo pude sobrevivir trece años sin ti?
Miley deslizó una mano insinuante a lo largo de su muslo enfundado en tela vaquera.
—Yo también te amo —suspiró—. Te pusiste los vaqueros sólo para que pudiera volvértelos a quitar, ¿verdad?
                             Fin


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