miércoles, 1 de febrero de 2012

Cap 13.-



A continuación, Miley se quedó pensando en la sensación que le había producido aquella mirada profunda y oscura. Se estremeció. No quería volver a caer en la trampa nunca más.

Entonces ella se puso a mirar a su alrededor, tratando de recordar lo que estaba haciendo cuando él la sorprendió.

Vio la toalla tirada en la moqueta azul, y comprendió que la había usado para secarse el pelo. Sabiendo que el hecho de recogerla estaba más allá de sus posibilidades, la dejó en el suelo. Se dirigió hacia el tocador donde había divisado antes un cepillo.

Nick estaba dándole la espalda, junto a un bello mueble que ocultaba una televisión y un sofisticado equipo de música.
Miley pensó que no faltaba de nada en aquella habitación y comenzó a cepillarse el pelo.

—¿Para qué has venido? —le preguntó ella poniendo fin a tanto silencio—. Supongo que tendrás algún motivo para estar aquí.

Él se dio la vuelta, mostrándose distante, como un hombre en lo alto de una montaña.
Miley sonrió ante lo absurdo de la imagen.

Era evidente que Nick no tenía la intención de disculparse. Entonces,
Miley  sonrió una vez más.

Nick lo vio y frunció el ceño. Aquella reacción era algo parecido al sonrojo en las mujeres. Fascinada por aquel descubrimiento,
Miley se fijó aún más en su expresión mientras trataba de guardar la compostura.

Siendo consciente de lo que estaba ocurriendo, Nick dio un suspiro.

—¿Cómo van las costillas? —le preguntó a su invitada.
Miley notó como cambiaba de tema, y le contestó.

—Me duelen.

—¿Y la muñeca? —prosiguió Nick.

—También —respondió ella con una mueca.

—Entonces, quizá esto te sirva de algo —adujo él, mostrándole un bote de analgésicos—. Venía a traértelos.

Se giró hacia el mueble de la televisión y depositó allí el medicamento.

—¿Dónde está tu cabestrillo? —continuó diciendo Nick

—Lo he debido de dejar en el cuarto de baño — contestó
Miley, dejando el cepillo y poniendo en una posición más cómoda la escayola con la mano sana. Sin decir una palabra, Nick se dirigió hacia el aseo, con el semblante lleno de dignidad. Volvió al dormitorio con una versión moderna de lo que es un cabestrillo.

—¿Puedo ponértelo? —preguntó el hombre no sin cierto sarcasmo.

Ella asintió y él se le acercó.
Miley estaba sentada en el tocador y Nick le puso el cabestrillo alrededor del cuello.

—Ni siquiera te has mojado la escayola —comentó el hombre.

—Es que soy una chica muy lista —repuso
Miley.

—Pero en algunas ocasiones puedes ser ingenua e imprudente.

—¿Cómo te atreves a hacer comentarios sobre mí si solo me conoces de un día? —le preguntó
Miley, haciendo una mueca de dolor y lanzando un gemido mientras él le colocaba la mano herida en el cabestrillo.

Luego, Nick alzó la mirada. La miró con aquellos ojos penetrantes y oscuros tan peligrosos. Pero no estaba enfadado, sino preocupado.

—¿Cuánto te duele exactamente? —le preguntó a
Miley.

Ella habría contestado que mucho pero dio una respuesta más comedida.

—Un poco.

A continuación, 
Miley no pudo evitar estremecerse.

La furia se apoderó del hombre.

—¿Dónde te duele? Dime la verdad.

—Por todas partes —confesó finalmente ella, con lágrimas en los ojos.

Maldiciendo levemente, Nick se fue al cuarto de baño y trajo un vaso lleno de agua. Tomó los analgésicos y abrió el frasco. Sacó dos cápsulas y se las ofreció en silencio a Dulce, que se las tomó con un sorbo de agua.

Una lágrima estaba resbalando por su mejilla. Iba a limpiársela, pero Nick se anticipó secándosela con el pulgar, mientras rodeaba la cabeza de
Miley con sus brazos.

Y lo peor de todo era que ella deseaba estar entre esos cálidos brazos y sollozar a gusto, apoyando la frente contra su pecho.

— ¡Ni siquiera puedo ponerme en pie! —confesó
Miley desesperadamente—. Tengo todos los huesos rígidos.

Entonces, Nick la hizo levantarse y la abrazó. Aunque aquello le dolió terriblemente, a 
Miley no le importó.

—Soy un ser de lo más patético —prosiguió ella, sollozando.

Nick la condujo hacia la cama.

—Estás herida y en estado de conmoción —dijo él—. Además, estás agotada: lo que quiere decir que tienes derecho a ser patética.

Ante ese comentario,
Miley dejó de llorar y se puso a reír.

» Con mucho cuidado,Nick la extendió en la cama y la tapo con el edredón. Aunque todavía estaba serio, a 
Miley le agradó ver su rostro.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó ella súbitamente.

Él permaneció en calma como tomando fuerza para responder. La miró a los ojos e hizo una mueca.

—Soy muy mayor... Ahora, descansa y deja que te hagan efecto los analgésicos. Cenaremos dentro de dos horas. Para entonces, Althea ya habrá traído tus cosas. Puedes cenar conmigo o sola en tu habitación, como prefieras.

Cuando terminó de hablar, se marchó. Era como si se hubiera apagado una hoguera de pronto. Aunque,
Miley tampoco sabía por qué comparaba a aquel hombre tan frío con una hoguera...
Miley bajó a cenar al comedor. Por una parte, porque no quería ser una molestia para aquella gente. Y por otra, porque estaba deseando ver a Melanie. Lefka se había encargado de darle el biberón y de bañarla mientras su hija desempaquetaba las cosas de Miley. Esta decidió ponerse unos vaqueros y una camiseta amplia de color negro, lo suficientemente cómoda como para que no le molestara la escayola al ponérsela.

Althea la guió hasta el salón: estaba decorado en tonos verdosos y dorados. En la chimenea había otro fuego encendido y sonaba música clásica.

Allí estaba Nick, vestido con una camisa azul pálido y unos pantalones de color gris que le sentaban de maravilla. Pero lo que más le sorprendió a
Miley fue que tenía a Melanie en brazos.

—Tienes mejor aspecto —le dijo él a su invitada.

—Sí, me encuentro mejor —asintió ella, mirándolo a los ojos.

De pronto, se acordó del beso que le había dado él hacía unos instantes.
Miley tuvo que desviar la mirada porque se estaba sonrojando.

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