miércoles, 1 de febrero de 2012
Cap 12.-
Parecía como si le acabasen de dar una paliza. El corte en la cabeza no tenía demasiado mal aspecto comparado con la hinchazón que le deformaba la cabeza. A un lado del tórax, en la parte baja de las costillas, estaba llena de cardenales.
Pero eso no era todo, desgraciadamente. El resto tenía que ver con su estado interior. Estaba en un estado lamentable, y eso lo habría podido constatar el hombre que se encontraba en el piso de abajo. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo.
¿Cuánto peso habría perdido desde que su madre murió?
Hacía dos meses tenía una figura espléndida: esbelta y musculosa y no flaca y huesuda como en ese momento. Incluso sus pechos, que habitualmente eran pequeños y turgentes, parecían caídos.
Y su pelo... Con la mano sana se tocó los mechones lacios que enmarcaban su rostro escuálido y triste.
¿Qué había hecho consigo misma? ¿Cómo había llegado a ese punto? Ella solía ser una persona feliz, alegre, siempre sonriente. Tenía un pelo y una piel llenos de vida y un cuerpo atlético y en forma. Y no ese ser ojeroso y demacrado al que parecía que le acababan de dar una paliza.
De pronto, Miley sintió la necesidad de ponerse en el rincón donde había puesto la ropa sucia.
A continuación, viéndose la camisa destrozada y los vaqueros manchados, no pudo evitar echarse a reír. Aquello era realmente cómico.
Finalmente, consiguió ducharse y lavarse el pelo, sacando el brazo escayolado por la mampara. Se encontraba limpia, fresca y olía muy bien. Estaba mucho mejor, sobre todo, porque lo había hecho ella sola.
Animada por el éxito obtenido, decidió secarse con el albornoz, en vez de rozar sus costillas con una toalla. Lo único que no pudo conseguir fue anudar el cinturón del albornoz. Al fin y al cabo aquello era algo sin importancia comparado con los obstáculos que había tenido que salvar. Por eso, tal cual, fue al dormitorio a por una toalla para secarse la cabeza. De pronto, se quedó clavada en mitad de la habitación.
—¡Oh!
La exclamación la había dejado sin respiración. Había hecho que el hombre diera media vuelta y la divisara de frente. Durante unos instantes interminables, ninguno de los dos se movió.
Entonces el hombre habló.
— ¡Por Dios santo! No tienes por qué sobresaltarte al verme llegar. No voy a violarte. Aunque no estaría mal que te cerraras el albornoz.
Dulce se quedó mirando la prenda y se deshizo de la toalla para tratar de unir desesperadamente los dos frentes de la prenda. Finalmente, los sujetó con la muñeca escayolada.
—¿Nunca te han dicho que antes de entrar hay que llamar a la puerta? —le preguntó ella, llena de malestar.
—He llamado —contestó Nick—, pero como no he recibido contestación he pasado pensando que tal vez estabas durmiendo.
—Pues todavía mejor... —comentó Miley—. ¿No te parece impropio entrar en la habitación de una invitada cuando está durmiendo?
Si la intención de Miley era hacerle sentirse incómodo, no lo consiguió. Lo que hizo Nick fue alzar arrogantemente la cabeza y mirarla como si fuera ella quien tuviera que excusarse.
Luego él lanzó un suspiro lleno de impaciencia.
—Todo esto es tan estúpido —murmuró Nick, mientras se acercaba lentamente hacia ella. Miley retrocedió con cautela.
— ¡Ya basta! —exclamó él, tomando los dos cabos del cinturón del albornoz y tirando de ellos firmemente, para hacerla avanzar.
Luego la mantuvo paralizada y se quedó observándola con la mirada turbia.
Miley concluyó que estaba lleno de cólera. Pero había algo más tras aquella expresión que había conseguido alterarla con tanta evidencia, sin saber por qué.
A continuación, el Nick se inclinó sobre ella. Miley pensó que la iba a besar y esbozó una protesta al mismo tiempo que el corazón se le aceleraba.
Lo que había hecho era hacerle un nudo al cinturón. Miley se sentía como si estuviera participando en una carrera de alta velocidad, y hubiera perdido el control de sus emociones. En vez de sentirse ligera y etérea, de pronto se sintió mareada y muy relajada.
Fue entonces cuando él la besó.
Y ella no hizo nada por evitarlo. La sensación de dejadez que había experimentado, le había impedido defenderse. De ese modo, las bocas de ambos se habían unido con una precisión que la había dejado sin aliento.
Unos labios suaves, cálidos y experimentados se habían fusionado con los de Miley. Sus ojos azules llenos de sorpresa se habían adentrado en el profundo abismo negro de los del hombre. Ella no pudo evitar sumergir todo su ser en aquel pozo insondable.
Luego, Nick se fue. Del mismo modo abrupto que había iniciado el contacto, se retiró.
—Ahora si que tienes que tener miedo —dijo él, y se dirigió a grandes zancadas al otro lado de la habitación.
Se hizo un profundo silencio.
Ella estaba atónita y él todavía furioso.
Porque, era obvio que lo que había impulsado a Nick a besarla era la cólera. Miley era consciente de ello. Había sido un beso para castigarla, no para atemorizarla. Ya le había advertido varias veces a lo largo del día que él solía reaccionar mal antes los desafíos.
—Si vuelves a hacer eso, te sacaré los ojos —dijo ella temblorosamente.
—¿Antes o después de exponer tu cuerpo a la vista?
Miley pensó que aquel hombre era el mismo diablo. Si no le temblaran tanto las piernas le sacaría los ojos en ese mismo instante.
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