jueves, 2 de febrero de 2012
Cap 28.-
Aquellas palabras eran órdenes, pensó Miley mientras Althea le servía el té.
Tras el desayuno, las dos mujeres se desenvolvieron en una armoniosa rutina, puesta a punto a lo largo de la convalecencia de Miley en Londres. Una vez duchada y vestida con unos pantalones azul pálido y una camisa blanca, la joven fue a cumplir con los requisitos de la anciana.
Miley llamó a la puerta y entró en sus habitaciones junto a Althea, como le había rogado la vieja dama.
Aquella mañana, el cuarto tenía un aspecto distinto. El biombo ya no estaba delante de la ventana..La luz entraba a raudales iluminando los objetos que el día anterior parecían pasados de moda, otorgándoles un aspecto mucho más interesante.
—¿Qué hora crees que es? —le preguntó la anciana a Miley —. En este país nos levantamos al alba y no al acabar el día.
Sabiendo que eran las nueve de la mañana y ante la exageración, Miley sonrió.
—Por lo menos he venido directamente, en vez de haber ido a ver al bebé... —repuso la joven, decidiendo
tratar a la abuela como lo había hecho su nieto el día anterior.
—¿Qué bebé?
Miley guardó silencio, recordando que se trataba de un tema prohibido.
La anciana asintió y luego se dirigió a Althea.
—Por favor, tráeme el vestido que está colgado en mi vestidor.
Con eficiencia, Althea obedeció mientras Miley se sentaba al lado de la vieja dama.
—Ahora, explícame lo que le has hecho a mi nieto —le dijo la abuela a Miley—. Ha estado aquí hace una hora y estaba de muy mal humor. ¿Habéis discutido?
Miley pensó pesarosamente que no: solo se habían besado. Y luego ella lo había empujado y había desaparecido.
—No lo he visto desde que salimos de aquí ayer — respondió Miley.
Estaba evitando una contestación directa.
—Sin duda, le mencionaste a su primera esposa — afirmó la anciana.
—No lo hice —se defendió Miley, poniéndose rígida.
—Pues, hazme caso, jovencita —dijo la abuela—. Si te importa Nick, no le hables nunca de ella, ¿de acuerdo?
Miley estaba atónita por lo seria que se había puesto la anciana. Aunque la había oído, no comprendía sus palabras. Tampoco recibió una explicación.
—No necesita que le hagan sufrir —prosiguió la vieja dama—. Y menos aún una joven casadera de origen inglés, con costumbres licenciosas y unas piernas increíblemente largas.
Y cuando vio que volvía Althea, la abuela cambió de tema.
— ¡Esto es lo que quiero que veas!
Y sin más abandonó el otro tema, dejando a Miley llena de curiosidad.
Pero, ¿por qué habría dicho la anciana que Miley era una joven casadera? En boca de aquella mujer tan crítica, le sonó a cumplido.
—¿Por qué pones esa mueca? —preguntó la vieja dama—. ¿No te gusta mi vestido? ¿Qué es lo que te hace reír?
¡Oh, sí! El vestido que sujetaba Althea
— ¡Es precioso! —exclamó Miley poniéndose de pie.
—Te gusta —asintió la anciana con un suspiro—. Fue mi vestido de novia. Ahora es tuyo.
—Oh, pero yo no puedo...
—Por supuesto que puedes —la interrumpió la abuela—. Ese es mi deseo y quiero que te lo pongas. Así veremos si eras más delgada que yo entonces.
Miley no se atrevió a protestar más, viendo lo animada que estaba la vieja dama. Sin embargo, al volver a mirar el vestido de novia volvió a pensar que todo aquello era un puro engaño.
Ella era una embustera, y estaba mintiendo a una decrépita y vulnerable anciana.
Pero cuando salió de detrás del biombo con el vestido puesto, ya estaba irremediablemente enamorada de él.
Estaba hecho a mano con encaje sobre un cuerpo de seda y se adaptaba a la figura de Miley como si se lo hubieran hecho a la medida. Tenía un escote que destacaba el busto, y en las mangas botones de perlas. Por la escayola estaría obligada a llevar uno desabrochado.
Le estaba ligeramente corto pero no importaba.
Se trataba de un modelo de los años veinte realmente exquisito.
—Vas a estar muy guapa, ya lo verás —le dijo la mujer—. Te lo pondrás la semana que viene cuando te cases con mi nieto y él bendecirá el día en que te conoció, porque este vestido trae suerte.
Pero Miley se había quedado atontada al oír la fecha de la boda. No obstante, la anciana siguió hablando.
—Pude compartir cincuenta maravillosos años con mi marido hasta que se murió de cáncer. Espero que tengas la misma suerte que yo. Ya verás, el vestido trae suerte...
— ¡Pero todo esto se nos está escapando de las manos, Nick! —exclamó Miley apoyada contra la mesa de despacho del magnate.
Había ido a buscar a Nick, nada más hablar con la anciana.
— ¡Quiere que lleve su traje de boda! —prosiguió Miley.
—¿Y acaso no te gusta? —preguntó Nick.
—¿Que si no me gusta? —repitió Miley—. Es antiguo, está hecho a mano y es maravilloso. Pero ella adora ese vestido y te adora a ti. Y la vamos a engañar... ¿Te das cuenta?
Nick solo contestó dejando bajar los párpados. De inmediato, su semblante se volvió frío y distante.
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