jueves, 2 de febrero de 2012

Cap 27.-



Al contrario, nada más notar los labios del hombre, Miley entreabrió los suyos y se dejó llevar por el saber hacer de Nick. Se vieron envueltos en las llamas ardientes de la pasión, algo que era totalmente nuevo para ella.
Miley se sentía acalorada y sin aliento. La oscuridad del corredor la aturdió de un modo que no hizo más que facilitarle las cosas a Nick.

Este desplazó la mano hacia la parte inferior de la espalda de
Miley, acercándola aún más y haciendo que el contacto con la zona que más deseo sentía por ella fuera total. Nick estaba tenso y excitado y acalló el grito de asombro de Miley con su boca. Con la otra mano se dedicó a acariciar rítmicamente el cuerpo de la mujer, estimulando sus sentidos y emborrachándola con ellos.

Permanecieron así durante unos instantes, viendo crecer la intimidad que surgía entre ellos. De pronto, Nick desplazó la mano hacia uno de los muslos de Miley, enfundado en la media de seda. Los dedos sensibles del hombre palparon la piel desnuda en contacto con el elástico de encaje. Entonces,
Miley se unió más aún al cuerpo de Nick con la espalda arqueada.

Jamás había sentido nada parecido. Era algo tan sensual que la inundaba de placer haciendo que le corriera fuego por las venas.

Súbitamente, en el pasillo alguien abrió una puerta. Los dos se separaron avergonzados como si fueran dos adolescentes en apuros.

Nick comenzó a lanzar maldiciones ocultando el cuerpo de
Miley  tras el suyo. Se oyeron unos pasos rápidos hasta que se abrió otra puerta.
Miley se había cobijado en una esquina y había cerrado los ojos tratando de recuperar el control.

«¡Parece que le gusta arrinconarme contra las paredes!» pensó ella con humor.

Pero, ¡como podía pensar cosas tan banales en aquellos instantes!

—No... —repuso Nick, cuando volvieron a unirse, mientras le pasaba el pulgar por los labios sensuales.

«¿Qué quiere: que no me ría, que no llore, que no me sorprenda?», se preguntó
Miley.

—No pienses en ti como si fueras culpable —prosiguió finalmente Nick.

¿Acaso creía que ella se estaba culpando?

Tras unos segundos de silencio, en los que
Miley se negó a responderlo, Nick lanzó un suspiro y dejó de presionarle los labios con el pulgar.

—Soy yo el culpable —adujo él—. Me resultas muy atractiva... Pero, no voy a dejar que la situación se me vaya de las manos. Puedes confiar en mí.

¿De verdad podía confiar en él? Finalmente,
Miley reunió fuerzas para alejarse de la pared. Hacía unos instantes, acababan de perder el control. ¡Y cada vez que se daban un beso la cosa se ponía más complicada!

—No suelo seducir a vírgenes inocentes —acabó diciendo Nick, para reafirmarse a sí mismo.
Miley no supo por qué reaccionó así, pero de pronto, se irguió como una cobra para atacar y le dio un empujón a Nick. Luego, se dirigió hacia sus habitaciones, temblando y sintiéndose llena de deseo por aquel diablo presuntuoso.

Era la palabra inocente la que había desencadenado aquel comportamiento en
Miley. Aún le retumbaba en el cerebro el tono burlón de las palabras de Nick.

Porque lo último que se consideraba en aquellos momentos era inocente. Al contrario, se sentía excitada y acalorada.

Si no hubiera sido por Lissa que se ofreció a enseñarle el cuarto de los niños, habría comenzado a tirar cosas al suelo para librarse de su frustración.
Miley pasó las siguientes dos horas ocupándose de las cosas de Melanie. Mientras tanto se repetía:

«Odio a Nick, lo detesto».

Seguía pensando en ello mientras trataba de tomar fuerzas para enfrentarse a él durante la cena. Sin embargo, Nick no acudió: estaba ocupado por motivos de negocios.

Pero
Miley sabía que no era cierto. Conocía las tácticas que empleaba: primero hacía una avanzada y lúego se retiraba. Después del beso, le tocaba ausentarse. Temía que si permanecía cerca de su futura esposa, ella anulase el compromiso.

Al día siguiente se despertó cuando Althea le llevó el desayuno a la cama. En la bandeja había una tetera y unas tostadas.

—Hola, Althea —la saludó
Miley somonolienta—. ¿Cuándo has llegado?

—Ayer por la noche —respondió la doncella—. El señor quería que la dejásemos dormir... Pero su abuela nos ha ordenado que fuera usted a verla. Por eso...

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