jueves, 2 de febrero de 2012
Cap 20.-
VOLARON a Atenas en un vuelo privado y despues les trasladaron en helicóptero para finalizar el viaje. Resultó todo muy cómodo, una forma de viajar de lo más agradable.
Miley estaba impresionada aunque no quería demostrarlo. Aún no le había perdonado la fría reacción del día anterior a Nick.
Melanie iba con ellos, lo cual había sorprendido a Miley. Ella se había imaginado que el magnate le encargaría a Lefka que se ocupara del bebé. Ella y su familia se habían quedado cerrando la casa de Londres y juntos tomarían un vuelo a última hora del día. Pero lo que más había llamado la atención de Miley era que fiíese el propio Nick el que se encargara personalmente de la niña a lo largo del viaje.
A Miley le dio la impresión de que estaba más relajado que nunca. Quizá un poco callado, pero atento. Miley pensó que se estaba portando así para compensar su anterior actitud.
No obstante, no se había disculpado con ella, ni le había dado ninguna explicación a Miley. Él parecía ser tan voluble que lo mejor era mantener cautela con él.
—Déjame que te ayude... —le ofreció a Miley, tomando el bebé en brazos para que ella pudiera bajar del helicóptero.
Ella solo contaba con una mano buena y además llevaba un traje de chaqueta de lino azul pálido muy ceñido. Por eso, no pudo rechazar el ofrecimiento de Nick.
Al notar la fuerza de aquel brazo masculino, Miley se estremeció. Y lo peor de todo fue que él lo notó, y esbozó una mueca, mientras se llevaba a Melanie fuera del alcance de las hélices.
Miley lanzó un suspiro y lo siguió, sintiéndose a disgusto consigo misma y sobre todo con él. Por su culpa, Miley no había podido dormir en toda la noche y se sentía cansada...
— ¡Oh! —exclamó ella al ver la vista que tenía ante sus ojos.
Entre grandes jardines, se levantaba una mansión de gran belleza arquitectónica. Los muros estaban pintados de color crema y las ventanas de blanco. En la fachada principal, había una galería a lo largo del primer piso. Desde allí se podía disfrutar de una maravillosa vista sobre la terraza del jardín, en la que estaban dispuestos unos asientos de mimbre con almohadones de color azul.
A un lado de la casa, había una impresionante piscina que brillaba bajo el sol de mediodía. Desde donde se encontraba, Miley pudo ver que hacia la otra parte de la casa había otra piscina, pero esta era cubierta. No podía discernir si había una carretera. Pero sí pudo divisar un camino que llevaba hasta la entrada de la mansión y que estaba bordeado de cipreses.
— ¡Es precioso! —murmuró Miley.
— ¡Menudo elogio! —exclamó Nick, con cierto sarcasmo—. Estaba empezando a pensar que no te gustaba nada.
Y sin más, el magnate se alejó de ella en dirección a la casa. Con una mueca, Miley lo siguió, dispuesta a perdonarle que hubiera perdido la placidez mostrada durante todo el día.
Nick se situó en la zona sombreada de la terraza y esperó a que Miley lo alcanzara, observando su lento caminar.
Miley notó como la miraba y se sonrojó ligeramente. Enseguida, apartó la vista. ¿Qué estaría viendo en ella aquel hombre? A lo mejor era que no quería que se acercase a él.
Ella por su parte, veía a un hombre alto, moreno e increíblemente atractivo. Tenía unos ojos negros muy expresivos y una barbilla partida que parecía querer comunicarle algo a Miley.
Sin embargo, ella no tenía ni idea de qué se podía tratar. El magnate era un verdadero enigma.
Cariñoso y frío. Agradable y cortante. Cercano y distante. Miley se dedicó a enumerar los calificativos que lo definían. Mientras lo hacía, se le iba poniendo un mohín en la expresión que no le gustó en absoluto a Nick. Este se desplazó ligeramente, poniéndose tenso. El bebé se despertó y lloriqueó. Miley se apresuró a atenderlo, con verdadero instinto maternal.
Aunque en realidad su presencia no fue necesaria. Cuando Nick se acercó a verla, Melanie estaba con los ojos abiertos. Abandonando todo rastro de dureza, el hombre le puso su dedo índice en la barbilla.
Pero lo que más sorprendió a Miley fue que la niña le sonrió. ¡Ya le reconocía!
— ¡Esas sonrisas se suponen que me pertenecen a mí! —se quejó ella, mientras miraba al bebé por encima del brazo de Nick.
Cuando oyó su voz, Melanie se la quedó mirando fijamente.
—Eso está mejor —le dijo entonces Miley sonriendo, sin darse cuenta de la postura en que estaba.
Si lo hubiera hecho, habría podido comprobar lo quieto que se había quedado él. Y como sus ojos soñadores se habían puesto más soñadores aún, contemplando el cabello rubio de Miley.
— ¡Qué imagen tan seductora! —exclamó sarcásticamente una voz desconocida—. Me gustaría tener mi cámara de fotos. Así tendría una bella imagen de lo que es la armonía familiar...
Dos cabezas se volvieron al mismo tiempo. Una rubia y otra morena y cada una con una expresión distinta. Miley se quedó atónita ante tal ataque; Nick estaba. resignado.
—Desmona —la saludó —. Me alegro de verte...
Pero no era para alegrarse. Desmona no era agradable y Nick no estaba siendo agradable tampoco. El aire griego se había vuelto gélido y Miley sintió un escalofrío al ver que la mujer se acercaba a ellos.
Era realmente bella. Era alta y delgada, y tenía el cabello rubio ceniza. Debía de tener unos treinta años. Llevaba un traje de seda azul y se movía con gracia y elegancia. En su forma de caminar se veían reflejados el dinero, la clase y la certeza de sentirse alguien especial.
No obstante, lo que tenía cautivada a Miley era su mirada. Si los ojos de Nick podían recordarle a veces a trozos de hielo negro, los de aquella mujer eran de color gris plata.
La nuca de Miley se vio acogida por el mullido contacto de un hombro y notó como su cintura era entrelazada por los dedos de Nick. Ella no llegó a plantearse la idea de soltarse ni un solo momento. Los ojos de plata de aquella mujer estaban clavados en ella.
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