miércoles, 1 de febrero de 2012

Cap 9.-



—Esto no es asunto tuyo —repuso Miley—. Ya nos las arreglaremos. Mi tía...

—Tu tía —la interrumpió Nick—, está fuera del país. Y además, los dos sabemos muy bien que sería capaz de romperte la otra muñeca antes de ser tu doncella. Por eso, creo que lo mejor es dejarla fuera de juego. ¿No te parece?

Fuera del país, y fuera de juego...

—Pero, ¡eres tú quien decide si va o viene! —concluyó ella confusamente.

Nick ni siquiera se dignó a darle una contestación. Dejó de interesarse por lo que aparecía en la pantalla del ordenador portátil y lo cerró de golpe. Concentró su atención en lo que estaba diciendo 
Miley.

Ella aún estaba de pie, con semblante pálido y perplejo. Nick dio un suspiro.

—Veamos... —comentó él—. ¿Por qué no nos sentamos? Y además voy a llamar a la cocina para que te traigan algo de comer y beber. Llevo toda la tarde contigo y lo único que has tomado es un par de sorbos de agua.

Pero
Miley no tenía la intención de aceptar nada de ese hombre hasta saber cuales eran sus intenciones.

Sin embargo, estaba sedienta y tenía frío y en aquel momento sería capaz de matar a alguien por llevarse algo al estómago.

—Una taza de té me sentará bien —accedió finalmente—, por favor...

Entonces, como había cedido ante un capricho, tuvo que ceder ante el siguiente. Mientras Nick hablaba por teléfono, Miley se acomodó en uno de los asientos de terciopelo rojo que estaban situados ante el fuego de la chimenea. Al sentarse le había dolido todo el cuerpo. De pronto le apeteció como nunca tomar un largo baño con sales aromáticas.

Pero eso no iba a ser posible, se dijo a sí misma mirando la escayola del brazo. Los médicos le habían aconsejado que no se mojara y que para bañarse la cubriera con un plástico.

Mientras notaba lo cómodo que era el asiento de terciopelo, se quedó pensando en que iba a necesitar ayuda para hacerlo. ¿Cómo se las arreglaría para desvestirse, lavarse y secarse? ¿Cómo iba a llevar a cabo todos esos actos cotidianos tan insignificantes hasta entonces?

Miley... — la llamó una voz grave.

Ella abrió los ojos. Puede que se hubiera quedado dormida. No estaba segura. Lo único que sabía era que por fin estaba cómoda y caliente. Cuando volvió la mirada se encontró con unos insondables ojos negros.

—Siento molestarte pero Lefka necesita saber cómo le preparas el biberón a Melanie —dijo Chris.

¿El biberón de Melanie...? ¡Cielo santo! Se había vuelto a olvidar del pobre bebé otra vez.

Sin pensárselo dos veces se puso de pie.

— ¡Aaah! —exclamó
Miley sintiendo el dolor recorrerle los huesos.

Entonces, Nick acudió en su ayuda. Con sus finos dedos ciñó la cintura de la joven y la sujetó mientras ella se recuperaba después del intenso dolor.

— ¡Cabezota! —murmuró él, furioso.

—Calla, por favor —replicó ella, quejándose por su respuesta inoportuna.

A continuación, se hizo el silencio. Lo único que se oyó fue la lucha de
Miley con su propio cuerpo. Cuando por fin se sentó, estaba exhausta como una flor marchita. Se quedó quieta unos instantes, hasta que fue consciente de otras cosas. Como la firmeza del pecho de Nick bajo su mejilla, haciendo de almohada. O lo delgada que era su cintura a la que se agarró con la mano sana. Era un hombre alto, cálido e increíblemente fuerte. Su cuerpo atlético desprendía un delicado aroma a especias, que resultaba de lo más embriagador.

—No deberías responderme —gruñó Nick. Entonces se desató la tormenta.

—Ya estoy bien —sostuvo
Miley, deshaciéndose de su ayuda.

Nick la dejó ir quedándose a la zaga por si volvía a hacer una estupidez.

—El biberón de Melanie... —repitió ella—. No tengo biberones, ni tetinas, ni leche en polvo. Necesito ir a casa.

—Aquí tenemos todo lo que necesitas —le aseguró Nick.

¿Qué quería decir con eso?
Miley vio venir otra discusión.

—No me digas que has comprado todo tipo de complementos necesarios para un bebé cuando adquiriste el asiento de coche para Melanie... —prosiguió
Miley con un profundo suspiro.

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