miércoles, 1 de febrero de 2012
Cap 4.-
—No es necesario, de verdad... — se resistió Miley.
—Sí lo es, se lo aseguro —insistió el hombre—. No pienso dejarla sola hasta que esté seguro de que la ha visto un médico.
¡Era realmente curioso que el desconocido se tomase tanto interés! A Miley se le llenaron los ojos de lágrimas, sin saber exactamente por qué.
—Pero si ni siquiera fue su coche el que me golpeó —exclamó ella, sollozando y emitiendo una protesta al mismo tiempo.
—No, fue mi camioneta la culpable —repuso una voz masculina—. ¿Está usted segura de que se encuentra bien?
—Sí, de verdad —sostuvo Miley con una leve sonrisa—. Solo estoy un poco aturdida. He sido una estúpida, siento mucho lo ocurrido.
—Está bien —concluyó el conductor de la camioneta, aliviado por poderse marchar sin más complicaciones.
Miley se sintió mareada de nuevo. El brazo que la estaba sosteniendo por los hombros la sujetó con más fuerza.
—Vaya usted delante, señorita Finley —ordenó el banquero con voz grave.
Callada como una muerta, Laura Finley caminó hacia el apartamento y se introdujo en él. El magnate y Miley lo hicieron tras ella. La tía iba a detestarla por mostrarle a su jefe una casa en tan malas condiciones
—No tiene por qué tomarse tantas molestias — murmuró Miley incómodamente—. Estoy bien.
—No, no lo está —repuso el hombre—. Tiene la muñeca derecha herida, una brecha en la cabeza que debe ser examinada. Y al respirar jadea, lo que indica que debe tener alguna costilla rota.
Miley cerró los ojos. ¿Cuándo iban a terminar tantas desgracias?
No era cuestión de planteárselo, porque las cosas parecían ir de mal en peor.
Cuando llegaron a su apartamento, Miley, entró primero. Allí estaba la tía Laura, puesta delante del tendedero procurando ocultarlo con verdadero celo. Aquello hizo sonreír a Mile, lo que no ocurría desde hacía varios meses.
Pero su sentido del humor desapareció al comprobar que el jefe de su tía estaba contemplando el desorden del apartamento. Él era un hombre rico y en la calle le esperaba una limusina en la que podía viajar con todo lujo . Llevaba ropa hecha a la medida y no cabía duda de que poseería una serie de residencias, a cual más señorial. Y en esos momentos, aquel hombre se encontraba en la casa más modesta que habría visto en su vida.
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