miércoles, 1 de febrero de 2012

Cap 3.-



—Lo he visto —adujo la voz, sin aliento—. No puedo creer que se haya tirado al coche de ese modo. Era su tía. Miley se sumió en el desconsuelo.

—¿Le duele? —preguntó el hombre con preocupación.

Le estaba tocando la muñeca derecha y sí, le dolía mucho.

Vio unas deportivas italianas y oyó la voz de su tía.

—¿Qué diablos te ha hecho abalanzarte así contra mi coche?
Miley levantó la muñeca herida y abrió,los dedos con esfuerzo. En su mano se encontraban no solo un montón de billetes sino también la tarjeta de crédito.

—Te dejaste esto —explicó ella—. Pensé que podrías necesitarlo...

Durante unos instantes se hizo el silencio mientras todos miraban la tarjeta.

—¿Conoce a esta chica? —le preguntó incisivamente el desconocido a Laura—. ¿Es la sobrina a la que ha ido a visitar esta mañana?

—Sí —asintió Laura Finley con tan mala gana, que
Miley no pudo evitar una mueca de dolor.

¿Cómo podía avergonzarse de un miembro de su familia? La joven se sintió desolada, pero aún así le alivió ver que ya no era el centro de la atención.

—Mire, señor Jonas —dijo con cierta ansiedad Laura, cosa poco frecuente en ella—. Si quiere dejar la cuestión en mis manos todavía puede alcanzar el vuelo con destino a Madrid.

Fue entonces cuando
Miley fue consciente de que el desconocido alto y moreno no era otro que el jefe de la tía Laura. Se trataba de un magnate de gran relevancia. No era algo casual, que la tía Laura se hubiera puesto nerviosa.

—Creí que le había dicho que no se moviera —le reprendió el hombre a
Miley.

—Estoy bien, de verdad... —mintió ella—. No hay motivo para que pierda usted su avión. Me voy a poner de pie ahora mismo.

—Más vale que se quede donde está hasta que venga la ambulancia y vean lo que le pasa.
Miley no tenía la mínima intención de ir al hospital. Entonces, la tía Laura se encargaría de librarse de Melanie.

—Oh, no... —recordó ella mientras trataba de ponerse de pie.

Había dejado al bebé en el apartamento.

Tenía la cabeza cargada, los hombros rígidos y sentía náuseas.

—¿Dónde cree que va? —le preguntó el desconocido, agachándose.

—Me tengo que ir —murmuró
Miley a duras penas.

Dándose cuenta de la gente que se había acercado, dio unos pasos y luego se acordó del dinero y la tarjeta de crédito. Aquello era la causa de todo lo que había ocurrido...

—Toma, es tuya —le dijo a su tía delante de todo el mundo.

Laura recogió el dinero y la tarjeta de crédito, realmente violenta.
Miley dio media vuelta y se dio cuenta de que el desconocido se dirigía a su encuentro.

—Gracias por su ayuda —le comunicó ella y luego comenzó a caminar.

Pero se dio cuenta de que el hombre iba en mangas de camisa.

No llevaba la chaqueta...

Desconcertada,
Miley vio que la prenda reposaba en plena calzada.

—Oh, lo siento —exclamó ella, intentando agacharse para recogerla.

Pero el hombre fue más rápido y en un solo movimiento se hizo con ella.

—Lo siento mucho —se excusó
Miley una vez más.

Él apenas reparó en ello.

—Así está mejor —afirmó el desconocido, poniéndole la chaqueta a Dulce sobre los hombros—. Lo necesita más que yo en estos momentos. Está temblando.

—Pero... —murmuró
Miley y después sintió un mareo.

La muñeca le dolía, apenas podía respirar y su cabeza estaba a punto de estallar. De pronto fue consciente del corro de gente que la estaba mirando.
Miley notó que un brazo la tomó por los hombros.

—Vamos —dijo con tranquilidad el jefe de su tía—. Dígame donde vive y la ayudaré a volver a casa.

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