miércoles, 1 de febrero de 2012
Cap 2.-
—Estoy embarazada —le había anunciado su madre.
Y ocho meses después nació la pequeña Melanie. Era menuda, de piel morena y tenía los cabellos negros.
La diferencia entre los suyos y los de su madre y Miley que eran tan pálidos, era realmente cómica. Sin embargo, ambas se enamoraron del bebé a primera vista.
Enseguida, se llevaron a Melanie al apartamento de dos habitaciones, cocina empotrada y un único cuarto de baño. Un par de semanas después, Victoria volvió al trabajo. Era el mes de agosto y Miley estaba de vacaciones en la Universidad; por eso era ella quien se ocupaba del bebé. Ya se encargarían de encontrar a un canguro más adelante. De momento, estaban disfrutando de lo bella que era la vida.
Pero la tragedia se cernió de nuevo sobre sus vidas. Victoria Cyrus sufrió una hemorragia muy grave de la que no se recuperaría. Miley se quedó no solo completamente conmocionada, sino sin medios económicos.
En el exterior, sonó el claxon de un coche. La tía Laura consultó su reloj y frunció el ceño.
—Tengo que marcharme —dijo ella—. Santo cielo, ¿no puedes dejar a esa niña quieta y escucharme un rato?
Como quejándose de su reproche, la niña lanzó un gemido. Miley le acarició instintivamente la mejilla sonrosada y una ola de cariño la inundó por completo.
Aquello no era justo. No podía ser justo que le ocurrieran tantas tragedias. Quería conservar a Melanie. Quería que su madre estuviese de nuevo con ella. Y su padre también. Ojalá que su vida volviera a ser como cuando era más joven.
—¿Qué opciones tengo? —preguntó Miley al borde de las lágrimas.
A su espalda, la tía sonrió pensando que por fin estaba entrando en razón.
—Existen listas de espera llenas de padres que te estarían muy agradecidos si tú...
— ¡No quiero que nadie me agradezca nada! —exclamó Miley, fulminándola con la mirada.
— No —contestó Laura, comprendiendo que era mejor cambiar de estrategia—. Es gente que quiere darle un hogar a la niña. Una familia que la colmará de cariño, seguridad y todo lo que eso implica.
«Pero yo no tendría lugar en esa vida», pensó Miley llena de desolación. Trató de imaginarse unos brazos extraños que acunasen, alimentasen y quisiesen a su hermana.
Miley sintió que le invadía la desesperación y a continuación se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Se puede hacer de forma muy discreta —continuó la tía Laura—. Algunas agencias privadas solo aceptan a lo mejor de la sociedad. Sería el tipo de familia que le daría a Melanie todo lo necesario para hacerla feliz el resto de su vida. Vale la pena planteárselo, al menos en beneficio de la niña.
En beneficio de la niña..., la astuta ejecutiva del mayor banco europeo estaba jugando su baza.
—Podrías volver a la Universidad y terminar la carrera —prosiguió Laura—. Estaría dispuesta a ayudarte para ello, pero no para esto.
Y la tía dirigió una mirada por el apartamento destartalado.
—No permitiré que destroces dos vidas, cuando las dos os merecéis mucho más... —siguió diciendo la ejecutiva.
—Pensaré en ello —murmuró Miley. Pero nada más pronunciar esas palabras notó como se le desgarraba el corazón.
—Está bien —respondió la tía—. Mientras tanto, me pondré en contacto con varias agencias...
El claxon del coche sonó otra vez, interrumpiéndola. Laura miró a su sobrina y se impacientó viendo la desolación que se revelaba ya en su rostro. Abrió el bolso y sacó una billetera de piel.
—Mira, te dejo esto —dijo ella poniendo un fajo de billetes sobre el brazo del sofá—. Te resultará útil hasta que nos volvamos a ver dentro de dos días. Espero que para entonces, hayas tomado una decisión.
—Gracias —repuso Miley, mirando el dinero. Sin embargo, las dos sabían que no estaba siendo sincera.
— Miley, trata de pensar con la cabeza y no con el corazón —le sugirió Laura, al despedirse.
Por fin, la tía salió del apartamento, dejando a Miley atónita ante la cantidad de dinero que le había dejado.
Eran las monedas de Judas. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Porque eso era lo que significaba el dinero: el precio de la traición a nuestros seres queridos.
Con el corazón latiéndole dolorosamente, Mileyextendió y alcanzó el manojo de billetes. Trató de averiguar a cuánto ascendía la traición en aquellos momentos.
Pero no había terminado de contar los billetes cuando cayó al suelo algo que la hizo abrir la puerta de inmediato.
El apartamento estaba en el primer piso. Se lanzó escaleras abajo y atravesó el portal. Soltó un par de juramentos que habrían hecho sonrojar a su madre de estar viva. Miley iba persiguiendo a la tía Laura con el fajo de billetes y una tarjeta de crédito oro apretados en el puño de la mano.
Al salir a la calle, notó como el viento frío del norte le azotaba la cara. Solo llevaba la blusa y por eso tenía frío, pero se quedó mirando por donde se había ido su tía.
Se trataba de una calle estrecha pero con mucho tráfico. Las casas eran de estilo Victoriano y en sus días de apogeo fueron sin duda muy elegantes. Pero ahora, se habían convertido en viviendas compartidas por varios inquilinos.
Había coches aparcados en ambas aceras. Eran viejos y baratos y definían perfectamente a sus propietarios. Por eso, el lujoso automóvil de la tía Laura destacaba tanto. Estaba a punto de arrancar, justo enfrente de Miley.
— ¡Tía Laura! —exclamó ella, tratando de captar su
atención.
Pero el viento acalló su voz y, a continuación, la tía entró en el coche y este aceleró.
Sin pensarlo dos veces, Miley se abalanzó sobre el automóvil para interceptarlo antes de que fuera demasiado tarde.
Lo que ocurrió luego pasó tan deprisa que todo quedó sumido en un mar de ruido y confusión. Miley fue consciente del sonido de un insistente claxon, situación que recordaría hasta el último día de su vida. Del mismo modo que recordaría la camioneta que se lanzó contra ella sin lograr frenar a tiempo.
Sonó un frenazo y luego se esparció un olor a neumáticos chamuscados por todas partes. La gente que pasaba por allí comenzó a gritar para advertirla de lo que ocurriría a continuación.
Notó un porrazo, pero no sintió dolor en absoluto.
Inmediatamente después, se vio tumbada en el suelo y un desconocido se inclinó sobre ella. Mientras tanto, por detrás alguien balbuceaba algo de modo insistentemente.
—Se tiró encima de la camioneta —decía otro hombre—. No pude hacer otra cosa. Se tiró encima de mí...
¿Acaso se refería a ella? Miley se quedó desconcertada.
—No se mueva —le ordenó una voz pausada.
Miley detectó un acento extranjero, notó su tono aterciopelado y sonrió.
—De acuerdo —accedió ella.
Parecía tan fácil. Seguía sin sentir dolor. Solo tenía la sensación de estar flotando.
—¿Voy a morir? —preguntó Miley con curiosidad.
—No, mientras yo esté aquí para evitarlo —contestó el extraño.
De nuevo, ella sonrió. ¡Qué arrogante era aquel tipo! De pronto, Miley notó como le ponía la mano sobre su hombro, mientras le pasaba la otra por el resto del cuerpo, como si tuviera perfecto derecho a hacerlo.
—Me duele el pecho —confesó ella, tratando de calmarse a sí misma.
Pero él no pareció entenderla.
—¿Alguien ha llamado a una ambulancia? —gritó el hombre.
Miley no sabía a quien se dirigía pero tampoco le importaba mucho. De pronto, oyó unos pasos apresurados.
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