viernes, 30 de marzo de 2012

Capitulo 7.-

LAS NAVIDADES llegaron pronto al hogar de los Cyrus.
Cinco días antes del gran día, Miley observó el palito de plástico que sostenía con manos temblorosas. Lo miró una y otra vez sin dar crédito a lo que tenía frente a sí, volvió a leer las instrucciones hasta estar segura de haberlas entendido bien. Después miró de nuevo el palito.
No había ningún error.
Estaba embarazada.
La invadió una enorme alegría. ¡Lo había conseguido! Iba a tener un hijo, ya no era un sueño, ahora era una realidad y, si todo iba bien, en menos de cuarenta semanas, tendría al pequeño en sus brazos. Y su madre podría conocer a su nieto.
Sólo le pedía a Dios que no fuera demasiado tarde para cambiar las cosas.
No, no podía ser demasiado tarde. Era un milagro, iba a tener un bebé.
Su bebé.
De pronto la alegría dejó paso a otra emoción muy diferente, al miedo. Aquél no era sólo su bebé, también era de Nick. Aquel pensamiento la hizo perder el equilibrio y tuvo que apoyarse en el lavabo, y al hacerlo tiró al suelo la pastilla de jabón con platito y todo. Con un tremendo sentimiento de culpabilidad, se dio cuenta de que no se trataba de un embarazo por fecundación in vitro, en el que el esperma había procedido de un donante anónimo. El padre del niño no era un fantasma sin nombre cuya participación en la vida del bebé había acabado con la donación. El padre de su hijo era Nick Jonas y debía saberlo.
No iba a gustarle. Un hombre que se confesaba soltero empedernido y hombre de ciudad no iba a recibir con agrado la noticia de que iba a ser padre. Pero si se enfadaba, no podría culparla a ella porque ninguno de los dos se había parado a pensar en la protección aquella noche. Ella era la que estaba embarazada, pero él no era la parte inocente precisamente.
Aunque nada de eso importaba realmente. Estaba claro que tenía que decírselo, no sería justo ocultarle la existencia de su hijo, como tampoco sería justo negarle al niño el derecho de conocer la identidad de su padre.
Y quizá, sólo quizá, al enterarse mostraba algo de interés... Meneó la cabeza tratando de deshacerse de todos aquellos sueños y esperanzas que no la llevaban a ninguna parte. Estaba embarazada y eso era más que suficiente.
Nick tendría que aceptarlo, pero para ello tendría que decírselo.
Se quedó mirándose al espejo mientras pensaba que era una suerte que la oficina cerrara dos semanas por Navidad; podría disfrutar de ese tiempo con su madre, iría al médico para que le confirmaran el resultado del test de embarazo y pediría consejo para saber cuál era el mejor momento para contárselo a su madre.

— ¿Miley? —la llamó justo en ese momento su madre—. ¿Estás bien? Me ha parecido oír un golpe —le dijo al otro lado de la puerta.
Miró a su alrededor y vio la jabonera en el suelo hecha pedazos.
—Estoy bien, un poco torpe.
Su madre estaría encantada cuando se enterara de por qué estaba tan torpe. Se agachó a recoger los trozos más grandes. Sabía que su madre no la juzgaría, aunque seguramente sí tendría curiosidad y quizá la pusiera un poco triste que no hubiera ni novio ni marido implicado en el embarazo. Al fin y al cabo, su deseo era ver a Miley feliz y con pareja.
Eso la hizo recordar lo que había pensado al solicitar la fecundación in vitro; cualquier posible decepción de su madre desaparecería al compararla con la alegría de la llegada de un bebé.
¿En cuanto a Nick? Debía decírselo cuanto antes; una cosa había sido guardar el secreto sabiendo que no había manera de que descubriera la identidad de Cleopatra, pero en ese caso era inevitable que acabara enterándose.
En cuanto el médico le confirmara la noticia, se lo diría.

— ¡ENID! — ¿dónde se había metido esa mujer?—. ¡Enid!
La mencionada apareció en la puerta de su oficina, agenda y bolígrafo en mano.
— ¿Me ha llamado? —preguntó enarcando una ceja con la mayor tranquilidad.
Nick apretó los dientes. No le gustaba nada cuando adoptaba esa actitud; a veces tener una secretaría que sabía tanto de la vida de uno era un inconveniente.
— ¿Dónde te has metido?
—Estaba rellenando la documentación que ha pedido que mandara por fax la última vez que me ha llamado a gritos hace menos de cinco minutos. Por no hablar —añadió sin darle tiempo a intervenir—… del correo de las dos últimas semanas que me ha pedido que ordenara hace diez minutos. También he contestado al teléfono mientras tanto... porque me ha pedido que hoy respondiera hasta a sus llamadas directas. Y gracias por preguntarme, he tenido unas estupendas vacaciones de Navidad, porque supongo que será para eso para lo que me ha llamado esta vez.
Por un momento, se quedó sin habla.
—Me alegro por ti —replicó igualmente sarcástico mientras se preguntaba para qué demonios la había llamado.
— ¿Y Suiza? —continuó ella mirándolo a los ojos como si pudiera verlo por dentro—. ¿Qué tal ha estado ese esquí este año? Normalmente vuelve un poco más relajado de las vacaciones.
—Bien —respondió dando golpecitos en la mesa con la yema de los dedos al tiempo que trataba de olvidar el fracaso absoluto que habían resultado las vacaciones—. El viaje ha estado bien.
—Estupendo —dijo Enid en el mismo tono en el que podía haber dicho que había un burro volando—. Entonces quizá quiera que le diga lo que tiene en la agenda para hoy.
Levantó la cabeza de golpe. Eso era.
—Sólo si has terminado con tu discurso —contestó con dignidad—. Eso era precisamente para lo que te he llamado.
—Ya —murmuró Enid claramente desconcertada—. Pues debería haberlo dicho —añadió abriendo la agenda que tenía en la mano—. A las nueve, tiene una reunión con Miley para hablar del lanzamiento de la nueva campaña, después...
Se puso rígido al oír aquel nombre y perdió la vista en el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana mientras la voz de Enid se iba convirtiendo en un murmullo.
Miley. ¿Qué tenía esa mujer que le hacía sentirse tan inquieto? ¿Cómo demonios lo hacía? Miró al reloj, las ocho y media; estaría allí en treinta minutos. No era apenas tiempo... ¿Entonces por qué de pronto treinta minutos le parecían una eternidad?
Miley se preguntó si aquéllas eran las famosas náuseas matutinas. Sabía que su embarazo era todavía muy reciente, pero hasta el momento había estado perfectamente; tanto que a veces le había resultado difícil creer que realmente estuviera esperando un hijo. Incluso después de la confirmación del médico, se había encontrado perfectamente bien.
Hasta ese día. Tenía el estómago revuelto y parecía como si sus piernas hubiesen perdido solidez, y sabía que no tenía que ver con el movimiento del tren camino al centro de Melbourne, camino a Nick. Sabía que no podía postergar el momento de darle la noticia, el problema era que no estaba segura de poder hacerlo. Pero tenía que estarlo; cuanto más lo retrasara, más duro sería.
En tren se detuvo de pronto entre estación y estación. Todo el mundo levantó la vista de los libros o los periódicos con los que trataban de matar el tiempo del trayecto y en busca de algún tipo de explicación. Los altavoces no tardaron en dar la información; había habido un leve descarrilamiento más adelante que iba a provocarles un retraso de alrededor de una hora. Se oyó el resoplido unánime de los pasajeros.
Alrededor de una hora. Otros sesenta minutos para pensar en lo que estaba a punto de hacer, una hora más de nerviosismo y náuseas. Miró al reloj y se dio cuenta de que no iba a llegar a tiempo a la reunión con Nick, así que buscó el teléfono dentro del bolso para avisar del retraso. Al menos podía avisar.

Nick sintió el momento exacto en el que llegó. Oyó las puertas del ascensor y supo que era ella, después escuchó sus pasos apresurados en el pasillo mientras él observaba la panorámica de la ciudad con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Ya podía imaginar el aroma de albaricoque aproximándose a él.
Era curioso, pero no podía quitarse aquel olor de la cabeza. Incluso en el chalet de Suiza, rodeado de mujeres bellas, perfumadas, perfectamente maquilladas y dispuestas a ofrecerle algo de entretenimiento después del esquí; lo que había invadido sus sueños había sido aquel aroma de albaricoque. Para un aficionado a los diferentes perfumes de mujer como él, era increíble que de pronto todos le parecieran demasiado intensos, demasiado empalagosos.
Sus vacaciones habían sido un desastre. En lugar de relajarse, no había podido hacer otra cosa que pensar y pensar. Y había dos mujeres que no podía apartar de sus pensamientos. Con una había hecho el amor de un modo increíble y después había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro sin darle opción a buscarla.
La otra era una paradoja, una extraña mezcla de inocencia y seducción. A medida que iba conociéndola, iba descubriendo una esencia atrayente y cautivadora. Era además la mujer que lo había rechazado tajantemente, sin compasión alguna.
Nadie le había hecho nunca algo así. Dos mujeres y dos experiencias tremendamente insatisfactorias. No era de extrañar que últimamente estuviera teniendo problemas para dormir.
Y ahora una de ellas ni siquiera era capaz de llegar puntual a trabajar. Las cosas iban a tener que cambiar mucho por allí.
La oyó saludar a Enid, que le aconsejó que pasara directamente, y espero hasta que escuchó el sonido de la puerta y supo que estaba en el umbral. Entonces se volvió a mirarla.
— ¡Llegas tarde!
—Lo siento, es que...
—La reunión era a las nueve en punto y son casi las diez.
—Te he llamado... Enid...
—No trabajas para Enid, trabajas para mí... cuando te molestas en venir.
—Eso no es justo...
Su protesta se vio interrumpida por el manotazo que Nick dio en la mesa.
— ¿Estas son las horas por las que quieres que te paguemos?
—No es culpa mía si un tren se retrasa.
—Tu responsabilidad es llegar a trabajar a tu hora. Eso es todo. Si el tren no te deja aquí a tiempo, tendrás que buscar un medio de transporte más fiable.
—Me quedaré trabajando durante la hora de la comida y recuperaré el tiempo perdido.
—Por supuesto.
—Muy bien —respondió ella poniéndose recta—. Al menos estamos de acuerdo en algo. Nick se quedó callado unos segundos durante los que tuvo oportunidad de mirarla de veras. Llevaba un traje de lino muy favorecedor y adecuado para el verano. Tenía los ojos enrojecidos seguramente por el enfado y sin embargo, su rostro no parecía acalorado, sino todo lo contrario. Tenía la piel tan pálida que parecía traslúcida.
— ¿Estás bien?
Algo brillaba en sus ojos, pero desapareció rápidamente.
—Perfectamente.
—Estás muy... pálida.
¿Se habría dado cuenta? ¿Tan obvio resultaba?
—Bueno... será porque he venido corriendo desde la estación y... —tenía pensado esperar hasta que hubieran hablado del lanzamiento de la campaña, pero seguramente ése era tan buen momento como cualquier otro.
— ¿Y?
—Estoy embarazada.
Se hizo el silencio, pero no por mucho tiempo.
— ¿Qué?
—Que estoy embarazada —lo cierto era que ahora que ya lo había dicho en voz alta, se sentía mejor. Era un gusto poder contárselo a alguien que no fuera médico. Una sonrisa se le dibujó en los labios sin que pudiera hacer nada por ocultarla mientras se ponía la mano en el vientre—. Voy a tener un bebé.
— ¿Cómo demonios ha ocurrido?
Se encogió de hombros incapaz de dejar de sonreír, cosa que él no hacía ni mucho menos; en realidad su actitud era más bien hostil.
—De la manera habitual —se quedó pensando en ello una décima de segundo—. Bueno, en realidad no tan habitual, supongo.
—No te tenía por una persona descuidada —respondió él enfadado—. Espero que seas más responsable en el trabajo.
— ¿Yo fui la descuidada? Resulta curioso oír eso, viniendo de t...
—Si no te importa —la interrumpió tajantemente—, se supone que estamos aquí para hablar de la campaña. Si es que estás preparada.
—Claro que estoy preparada. Pero tengo que decirte algo antes, Nick...
— ¿Qué? —preguntó poniéndose muy recto—. ¿No estarás pensando dejar la empresa ahora que te he ascendido? Confío en que te encargues de supervisar toda la campaña.
—No, no voy a dejar la empresa... a no ser que tú creas que debo hacerlo.
— ¿Por qué iba a creer algo así?
—Bueno, porque...
Se detuvo al oír algo en el pasillo, un revuelo que iba en aumento... Parecía que alguien estaba discutiendo con Enid, un segundo después se abrió la puerta de golpe.
Miley se quedó boquiabierta al ver a su ex prometido entrar en el despacho con un ramo de rosas en una mano y una botella de champagne en la otra. Enid iba tras él.
—Disculpe, señor Chalmers, pero no puede entrar aquí.
—Tranquila —dijo Bryce con una de sus deslumbrantes sonrisas—. Estoy seguro de que sea quien sea este señor —continuó haciendo un gesto de poca importancia hacia Nick—... nos disculpará. Miley y yo tenemos que hablar de un asunto muy importante.
—Señor Chalmers, váyase por favor. Este no es el despacho de Miley.
—No te preocupes, Enid —intervino Nick acomodándose en su silla ante la oportunidad de enterarse de más cosas sobre la vida secreta de Miley. Primero el embarazo y después ese personaje que no podía ser otro que el padre. ¿Sería él el motivo por el que había rechazado a Nick en Queensland?
La idea le puso los pelos de punta.
Bryce obvió la existencia de todos excepto de Miley y se sentó en la mesa, mirándola cara a cara. Ella intentó levantarse, pero él se lo impidió para después ponerle el ramo de rosas sobre las piernas.
—Esto es para ti, cariño. Por cierto, estás más guapa que nunca —comentó al tiempo que se inclinaba sobre ella y le daba un rápido beso en los labios.
—Bryce... ¿qué demonios te ocurre? ¿Qué estás haciendo aquí? —consiguió preguntar ella después de quedarse mirando las flores incapaz de hablar.
—Pensaba darte una sorpresa cuando llegaras a casa, pero luego se me ocurrió que sería más divertido venir a buscarte al trabajo y después llevarte a algún restaurante romántico. Parece que has progresado mucho, la última vez estabas muchos pisos más abajo. Sam... no sé qué... me dijo dónde podía encontrarte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario