martes, 13 de marzo de 2012

Capitulo 17.-

Cuando Nick salió del restaurante en que había comido, no estaba de mejor humor que al entrar. Después de que Miley pasara ante su oficina y él hubiera comprobado cuán demacrada, delgada y pálida parecía, le había remordido tanto la conciencia que había mandado al infierno a todo el mundo durante el resto de la mañana. Se sentía solo sin ella y dolido porque Miley pensaba más en Clay que en él. Sentía celos de la ferviente defensa que hacía de su hermano y de su lealtad hacia su familia. Quería para sí esa clase de amor incondicional, pero sabía que lo había estropeado todo al forzarla a superar un escollo emocional mediante la seducción. Sabia cuán anticuada y convencional era. Si hubiera conseguido reprimir sus instintos aquella noche, las cosas quizá les irían bien. Pero la había deseado con tanta intensidad, la necesitaba tanto. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que hizo el amor con una mujer, y la respuesta de Miley había ido más allá de lo que él pudiera soportar. Sabía que eso no excusaba su comportamiento, por supuesto, pues desde entonces ella se enfrentaba a la posibilidad de un embarazo no deseado.
Se había permitido imposibles ensoñaciones al respecto. Nick siempre había estado solo. Únicamente había compartido su vida con su tío Sanderson. Había pensado muchas veces en una familia, pero nunca había encontrado a una mujer con quien quisiera formarla. Y entonces apareció Miley con su picardía, su sonrisa y su corazón generoso, y de repente se había planteado compartir las cosas en lugar de disfrutarlas solo. Reconoció que la noche en que hicieron el amor sintió más regocijo que temor ante la posibilidad de un embarazo. Estaba tan embelesado que deliberadamente había descartado la idea de tomar precauciones.
No había sido justo con Miley, pues su ignorancia acerca de los hombres la libraba de toda responsabilidad. Pero él no era un inexperto, y no había dejado a Miley otra opción. No era de la clase de mujeres que pudiera abortar sin culparse amargamente por ello, y llevar dentro de sí a un hijo ilegítimo la haría sufrir igualmente.
No le importaría casarse con ella. No, no le importaría en absoluto. La cuestión era cómo conseguir que le aceptara con el rencor que parecía sentir hacia él.
Sólo habían pasado unas cuatro semanas, y en caso de que Miley estuviera embarazada, su estado no sería evidente hasta transcurridas seis semanas. Nick pensó que esperaría su oportunidad mientras planeaba una estrategia. Deseó haberle dicho algo cuando ella pasó frente a su oficina, pero el mero hecho de verla había lacerado su conciencia. Sin embargo, su silencio había alzado un muro entre los dos que requeriría un gran esfuerzo para derribarlo.
Todavía pensaba en ello cuando entró en su oficina sin prestar demasiada atención a lo que hacía cuando abrió la puerta.
La señora Delaney le había oído acercarse y había reunido a los demás miembros del gabinete fiscal. Se cuadraron todos ante el escritorio de la secretaria de Nick y ondearon sendos pañuelos blancos cuando éste entró.
Nick soltó una carcajada. No había reído mucho desde que había dejado de ver a Miley. Negó con la cabeza. No se había percatado de que estuviera tan irritable.
—Está bien, está bien —dijo sofocando la risa—. He entendido el mensaje. Pero será mejor que volváis al trabajo, porque aunque se trate de una rendición sin condiciones no hago prisioneros.
—Sí, señor —contestó la señora Delancy con una amplia sonrisa.
Nick dispersó a los demás con un ademán y se sentó tras su escritorio. Tenía un montón de trabajo pendiente y pasó buena parte de la jornada sin pensar demasiado en el futuro. El presente era más que suficiente para mantenerle ocupado durante las semanas en que se reunía el tribunal.
Dos semanas después, Miley volvió de la consulta del médico con una mirada inexpresiva.
Maggie, que desde el principio sospechó lo que sucedía, la llevó hasta el servicio y cerró la puerta.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó.
Miley estaba muy pálida. Había tratado de convencerse de que los síntomas que sufría eran producto de la fatiga, pero el doctor Miller la había hecho enfrentarse a la realidad.
—Me han hecho un análisis, y los resultados no estarán hasta mañana —contestó con tono ausente.
—¿Pero? —insistió Maggie.
Miley clavó su mirada en la de la mujer menuda.
—¿No te lo imaginas?
Maggie sonrió amablemente.
—¿Lloramos o mejor lo celebramos?
—No lo sé. De verdad que no lo sé. Estoy muerta de miedo. —Cruzó los brazos a la altura del pecho, abrazándose—. No es el escándalo lo que me preocupa. Estoy asustada por la responsabilidad que supone traer un pequeño ser humano al mundo. Me hice cargo de Mack cuando mamá murió, pero esto es distinto. Este niño va a formar parte de mí.
—También es parte de alguien más —puntualizó Maggie. Aunque lo odies, tiene derecho a saberlo.
Miley enrojeció de rabia.
—Él sabía que había un riesgo, pero ni siquiera ha llamado o me ha dicho una palabra desde aquel día que vino a la oficina. Yo no le importo, nunca le importé. Tal como pensé al principio, sólo le interesaba para arrestar a Clay.
—No subestimes a Nick —aconsejó Maggie—. No es un estúpido. Apostaría lo que tengo a que sabe con exactitud el día en que tendrás una respuesta médica definitiva. Entonces o bien te llamará o te estará esperando en la puerta cuando llegues a casa.
Miley se odió a sí misma cuando su corazón dio un vuelco ante tal posibilidad. No quería que Nick la llamara o fuera a verla. "No quiero", se dijo con firmeza. Era un traidor y se alegraba de haberse librado de él.
Entonces pensó en el bebé y se preguntó a quién de los dos se parecería. ¿Tendría los ojos oscuros como él o de color zafiro como ella? Se obligó a no pensar en esas cosas. Se dijo que no podía tener ese niño, pero al considerar la posibilidad del aborto, se mareó y tuvo que sentarse. Una mujer que no era capaz de matar una mosca no parecía la candidata adecuada para tan drástica alternativa. Además, cuando se imaginó estrechando a la criatura entre sus brazos, sintió que ardía de regocijo. Tener un bebé suyo de verdad, amarlo y criarlo y educarlo era... asombroso.
Nick pensó lo mismo mientras esperaba sentado en el balancín del porche de la casa de los Cyrus. Habían transcurrido seis semanas, y con seguridad Miley debía saber algo. Además, él había llamado al doctor Miller para ver si tenía hora, y en efecto tenía visita. Fumó un purito con una placentera sensación de anticipación. Ella lo odiaba, pero para él se trataba de un obstáculo menor. Era obstinado. Esperaría a que cambiara de opinión.
El coche de Miley ascendió el camino hasta el porche, y Nick percibió la expresión de asombro en su rostro cuando lo vio esperándola. —Se apeó del vehículo, iba sola, y Nick se preguntó dónde estaba Mack.
Miley se dirigió hacia él. Llevaba un amplio vestido azul sobre una blusa rosa de manga corta y el cabello recogido. en una coleta. Su aspecto era moderno, juvenil, y radiante, a pesar de su rostro demacrado.
Se detuvo en el porche frente a él, con una mano apoyada en la desconchada barandilla.
—¿Desea algo, señor Jonas? —preguntó fríamente.
Él exhaló una nube de humo y sus ojos oscuros la recorrieron con ligero deleite.
—Lo que todos —contestó despreocupado— mucho dinero, buena comida, una isla de mi propiedad, uno o dos Rolls Royce. —Se encogió de hombros—. Pero me conformaré con café y un poco de conversación.
—No tengo café y no quiero conversar contigo —dijo ella con tono beligerante—. La última vez que nos vimos me dijiste algunas cosas horribles, y cuando pasé ante tu oficina el día de la vista de Clay me humillaste
—Tenías muy mal aspecto y me sentí culpable —dijo tratando de justificarse—. De hecho, el sentimiento de culpabilidad me corroe.
—Gracias, pero no tienes por qué seguir sintiéndote culpable. Clay ha conseguido un buen abogado, el abuelo está en una agradable residencia donde recibe cuidados y atenciones a cuenta del gobierno, y a Mack y a mí nos va bien.
—¿Dónde está Mack? —preguntó mirando hacia el coche vacío.
—Ha ido a pasar el día al lago Lanier con unos amigos. Tienen una barca.
 
A pesar de su corpulencia, se levantó con agilidad de la mecedora con el cigarro encendido entre los dedos. Era un día laborable y todavía llevaba un traje tostado con una bonita corbata de tonos marrones. Su cabello oscuro parecía recién cortado. Se le veía elegante y amenazador y cuando se acercó a Miley, ésta percibió el aroma de su colonia que la hizo evocar recuerdos tan dolorosos que no fue capaz de mirarle a los ojos.
—¿Para qué has venido?
Él le tomó el mentón y alzó su rostro buscando sus ojos azules.
—Hoy has ido a ver al doctor Miller, quiero saber qué te ha dicho.
—No has estado muy interesado hasta ahora —comentó Miley con amargura.
—No tenía sentido preguntar nada hasta ahora —replicó él. La mirada de sus ojos oscuros descendió hasta su vientre plano y volvió a clavarse en sus ojos. Ella apartó la mirada, y el hecho constituyó en sí respuesta suficiente.
Miley se volvió y abrió la puerta, incapaz de impedir que él la siguiera hasta el interior. Encendió las luces, pues casi había oscurecido, y se dirigió directamente a la cocina para preparar café; pero sólo porque ella deseaba una taza, se dijo.
Nick buscó un cenicero antes de coger una silla y sentarse a horcajadas. Permaneció sentado, observando a Miley moverse de un lado a otro, sintiéndose más animado de lo que lo había estado esas semanas que habían pasado separados. De repente descubrió lo solo que se había sentido sin ella.
—No me has respondido, Mi —dijo cuando ella puso la cafetera al fuego.
—Me han hecho algunos análisis —contestó tratando de mostrarse despreocupada—, pero aún no me han dado los resultados.
—¡Dios mío, qué obstinada eres! —Nick suspiró y negó con la cabeza—. Ambos sabemos que esos análisis son sólo una formalidad a estas alturas. Hay síntomas inconfundibles. ¿Tengo que nombrártelos? fatiga, náuseas, hinchazón, dificultad para mantenerse despierta por las noches...
—¿Cuántas veces has estado embarazado? —ironizó Miley irritada.
Él rió y sus blancos dientes contrastaron con su piel morena.
—Ésta es mi primera vez —murmuró secamente—. Pero he comprado un libro sobre el embarazo que facilita una lista de los síntomas.
—Si estoy embarazada, es mío —concluyó Miley.
—Si estás embarazada, es de los dos —corrigió él imperturbable—. Yo te ayudé a hacerlo.
Miley enrojeció hasta las orejas.
—Es muy posible que no lo esté —murmuró apartando la mirada—. Hay un montón de cosas que producen síntomas parecidos a los del embarazo, entre ellas el agotamiento, el exceso de trabajo, las preocupaciones...
—Claro —Se llevó el cigarro a los labios y sonrió con presunción—. ¿Cuándo tuviste el último período?
—¡Eres un ... ! —Asió una taza y se la tiró a la cabeza, errando por sólo unos milímetros. La loza se hizo pedazos contra la pared de tabique y el estrépito reverberó en la habitación de techo alto.
—Por lo que veo, hace más de seis semanas —murmuró Miley, y chasqueó la lengua ante los pedazos esparcidos por doquier—. ¡Vaya desastre!
—¡Ojalá tu cabeza también estuviera hecha añicos! —exclamó Miley con rabia.
—Ésta no es forma de hablar al padre de tu hijo. ¿Cuándo nos casamos?
—¡No pienso casarme contigo! —exclamó furiosa porque tratara un tema tan trascendente con tanta ligereza. No se le ocurrió que pudiera decirlo en serio, pues Nick trataba de que ella no percibiera lo asombrado y encantado que se sentía en realidad.
—Sí, lo harás —aseguró él—. Ser hijo ilegítimo no es nada fácil. Yo lo sé muy bien. He cargado con ello toda mi vida.
—¡Me casaré con algún otro!
—¿De veras? ¿Con quién? —preguntó. Parecía genuinamente interesado.
Miley llenó dos tazas de café. Estaba tan alterada que casi las volcó al colocarlas sobre la estropeada superficie de madera de la mesa.
—Gracias. Preparas un café muy bueno.
Ella no contestó. Sorbió su café tratando de no mirarle. Al cabo de unos segundos alzó los ojos.
—Casarte conmigo no es muy conveniente para tu carrera  política. Además, seríamos de nuevo el centro de la atención pública. Tengo que pensar en mi familia. Debo cuidar de Mack y el abuelo.
Los ojos de él brillaron de rabia.
—Tu familia cuidaría de sí misma si la dejaras. No permites que sean independientes, pretendes que se apoyen en ti. La verdad, es que eso es infinitamente más fácil que dejar que tú dependas de alguien por una vez ¿verdad?
—Nunca he tenido a nadie en quien apoyarme —explicó ella nerviosa. Su rostro estaba enrojecido por la rabia y las pecas de su nariz resaltaban vívidamente—. ¡Y no hay nadie sobre la tierra en quien confíe lo suficiente para depender de él! ¡Y mucho menos tú! Confié en ti una vez y ya has visto qué ocurrió.
Él clavó su penetrante mirada en el rostro atribulado de Miley.
—Dime que tú no lo deseabas —le pidió—. Dime que te forcé a hacerlo.
—Podrías haber tomado precauciones —dijo tratando de responsabilizarlo por lo ocurrido.
Ahí sí le tenía cogido. No podía negar que tenía razón.
—Siempre cabe la posibilidad de que exista algún accidente —dijo él compungido—. Cometimos un error y ahora tenemos que vivir con ello.
Esto no era lo que Miley quería oír. Quería que le dijera que la amaba, que quería un hijo suyo, que se sentía feliz ante esa perspectiva. Términos como "accidente"  o "error" o "vivir con ello" no eran lo que necesitaba escuchar.
—No tienes por qué "vivir con ello" —replicó ella con altivez—. Puedo ocuparme de un bebé. No es necesario que te sacrifiques por mí.
Nick arqueó las cejas.
—Al menos podrías sentirte orgullosa de que esté interesado en mi hijo.
Ella bajó la mirada.
—Lo siento. Sí, me enorgullece que trates de sacar el mejor partido de una situación difícil. Me figuro que en realidad deseas a este niño tan poco como yo —mintió.
Nick palideció. Apretó los dientes.
—Muy bien, pues sí, lo deseo. Si tú no, yo mismo cuidaré de él. Todo lo que tienes que hacer es llevar el embarazo a término.
Mileu se arrepintió de sus palabras nada más decirlas. Se arrepintió aún más cuando vio la expresión dolida del rostro de Nick.
—No, no me refería a...
Él se levantó y su elevada estatura resultó imponente.
—No soy una persona insensible como crees —dijo con rudeza—. Ya sé que tienes suficientes responsabilidades con tus hermanos y tu abuelo y que un bebé es lo último que necesitas. —Introdujo las manos en los bolsillos y la fulminó con la mirada. No quería decirlo, pero también ella tenía sus derechos, y él estaba anteponiendo los suyos. Debía ser justo, a pesar de sus propios prejuicios. Apretó los dientes y se obligó a añadir con firmeza—: Tu cuerpo te pertenece. De modo que si piensas que un aborto es la única solución sensata, si de verdad lo deseas, yo lo pagaré. —Dentro de los bolsillos, apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en la palma.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Miley sin poder creerlo. Inspiró temblorosa y bajó la mirada hasta la mesa. No había pretendido causarle esa impresión. Comprendía que sólo trataba de ser justo con ella, pero la forma en que la había mirado al decirlo le había encogido el corazón.
—Hazme saber tu decisión —concluyó él, creyendo erróneamente que la exclamación de Miley era de alivio, y se volvió hacia la puerta—. En cualquier caso, asumiré la responsabilidad económica. Como has dicho, no tomé precauciones, de modo que soy el único responsable.
Se había marchado antes de que ella pudiera articular una palabra o rectificar la errónea impresión que le había causado su pobre explicación. Enterró el rostro entre las manos. Se había equivocado desde el principio, pero sí que quería a ese niño. Lo deseaba con toda su alma. Si pudiera hacerle comprender lo que sentía.
La había mirado con odio, lo que haría que le resultara aún más difícil enfrentarse a él en el futuro. Entretanto, tenía otra responsabilidad que añadir a su lista creciente. Al día siguiente llegaron los resultados de los análisis y eran concluyentes. Estaba embarazada.
Las revisiones periódicas eran caras, así como los complejos vitamínicos prescritos por el ginecólogo. Tenía una mutua médica en el trabajo, pero no cubría los embarazos. Ella misma había pedido que fuera así porque no creyó que este supuesto se diera nunca en su vida. Qué ironía. El pequeño incremento mensual que hubiera significado esta cobertura en el pago de la mutua hubiera sido ridículo. Desde que Mack había acabado el curso, pagaba a una vecina para que se quedara con él, el coche necesitaba una revisión, y gracias a su falta de previsión, a partir de ese momento, debía pagar las facturas médicas.
Presa de desesperación, aceptó un trabajo de repartidora de periódicos. Tenía que levantarse antes del alba para echar los diarios en los buzones y llegar a tiempo a la oficina. Mack puso el grito en el cielo cuando se enteró, pero no estaba en situación de oponerse.
El abuelo había perdido todo interés en la vida o eso le parecía a Miley cuando acudía a visitarlo. El anciano se dejaba ir lánguidamente.
Clay, por su parte, inundaba de información al señor Davis para ayudar con su defensa. Sin embargo, aún le hacía sentirse nervioso la idea de refutar las pruebas de la acusación y no había tomado una decisión firme al respecto. Miley, en su estado, se sentía más insegura que nunca sobre si debía hacerlo. No le importaba arriesgar su seguridad, pero temía que algo malo le ocurriera al bebé.
A medida que pasaban los días, el pequeño ser se convirtió en su razón de vivir. Le encantaba la idea de tener un hijo y estaba radiante. Si no hubiera sido por sus dos empleos y la preocupación por Clay y el abuelo, los tres primeros meses hubieran sido una delicia. Pero el esfuerzo hizo verdadera mella en sus fuerzas. Perdió peso y se sentía peor por las noches de lo que nunca se había sentido por las mañanas.
Nick se presentó en la granja un viernes por la noche con el aspecto de una nube que anuncia una tormenta de verano. Estaba desgreñado y llevaba unos vaqueros y un jersey blanco de cuello redondo manchado de grasa. El cabello le cubría los ojos y se le veía sudoroso, tenso e irritable.
Cuando vio a Miley tendida en el sofá con el rostro demacrado y contraído por las náuseas, su mal humor desapareció.
Puso los brazos en jarras y miró el rostro sorprendido de la muchacha.
—¡Dios mío, tienes muy mal aspecto! ¿Te sientes con fuerzas, de comer una tortilla?
—¡No! —gimió Miley enterrando el rostro en el trapo húmedo que le había traído Mack.
—Entonces no has tenido suerte, porque es lo único que soy capaz de cocinar. Mack dice que tampoco has almorzado.
Ella miró a Mack, que simulaba estar distraído viendo un partido en la televisión.
—Traidor —le acusó.
—No me acordé de nadie más a quien le importara si te morías —contestó simplemente el niño.
Miley se ruborizó y no fue capaz de alzar la mirada.
—¿Qué te hace creer que al señor fiscal del distrito sí le importa?
—Bueno, después de todo, Miles, se trata de su hijo —respondió Mack.
Miley se sentó ofendida y emitió un suspiro a causa de la sorpresa.
—¿Qué has dicho?
—El otro día vi un programa sobre bebés —explicó Mack con impaciencia, y se levantó para unirse a ella y al fascinado Nick. Hablaba de cómo se comportan las mujeres cuando están embarazadas. Fuiste al doctor y te mandó al ginecólogo, y el señor Nick es el único con quien has estado saliendo. —Se encogió de hombros—. Era fácil imaginárselo.
Miley, avergonzada, escondió el rostro entre las manos.
—¿En qué clase de mundo vivimos?
—No lo sé —dijo Nick brevemente dirigiéndole una mirada ceñuda—. Pero si una mujer no quiere casarse con el padre de su hijo, yo diría que es bastante asqueroso.
—¿Miley no quiere casarse con usted? —intervino Mack.
—¿Lo ves? —la acusó Nick—. Le has dado un disgusto a tu inocente hermanito, mujer perversa.
Miley enrojeció.
—Deja de hablar así delante de él.
—El bebé no tendrá apellido —dijo Mack con un suspiro.
—Claro que lo tendrá —aseguró Nick pasando afectuosamente un brazo por los hombros del muchacho—. Esperaremos a que dé a luz y colaremos un cura en la sala de partos. —Esbozó una amplia sonrisa—. Se casará conmigo.
—¡Nunca! —protestó Miley con fervor. De repente palideció intensamente—. ¡Oh, no! —exclamó.
Nick la tomó entre sus brazos, la alzó con suavidad y atravesó el vestíbulo hasta el baño. Miley se quedó atónita al comprobar que él sabía exactamente lo que debía hacer. La sostuvo hasta que la oleada de náusea pasó y la ayudó a incorporarse y enjuagarse la boca. La llevó a su habitación y la tendió con suavidad sobre el gastado cubrecama.
—Necesitas descansar. Mack me contó lo de los periódicos. —Negó con la cabeza—. Lo siento, querida, pero te han despedido. Le he dicho a tu jefe que no podías arriesgar al bebé.
—¡No! —exclamó débilmente Miley.
—Sí,me haré cargo de las facturas del ginecólogo y la farmacia. He contratado a un hombre para que recoja el heno y cuide regularmente de los animales. El huerto tendrá que esperar al otoño, pero me ocuparé de ararlo y fertilizarlo para que esté preparado. —Paseó la irada alrededor, sin hacer caso de las protestas de Miley— La casa también necesita algunos arreglos, quizá también me ocupe de ello.  
—Nick, quieres escucharme —empezó ella
Él la miró y sonrió con dulzura.
—Me alegra que recuerdes mi nombre.
—No puedes hacer eso —se lamentó ella.
—Sí, sí que puedo. —Se inclinó y cerró suavemente sus párpados con un beso—. Prepararé algo de cenar para Mack. Intenta dormir un poco. Vendré a verte más tarde.
—No puedes hacerte cargo de todo —insistió.
—¿No? —se burló él sin malicia—. Buenas noches.
Apagó la luz, salió y cerró la puerta suavemente tras él.
—Sólo lo haces por el bebé —Murmuró Ash en voz alta. Luego cerró los ojos—. En realidad yo no te importo. Sólo quieres al bebé. Bueno, pues no conseguirás que me abandone a mis instintos por segunda vez.
Y después de convencerse de ello, se durmió.

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