miércoles, 14 de marzo de 2012

Capitulo 1.-

Había sido un semestre agotador.
Ashley Tisdale había conseguido su título en Historia, pero se sentía traicionada. Él no había acudido a la ceremonia de graduación. Vanessa sí, junto con Dawn y Brandi, sus dos hijas. Ninguna de ellas estaba emparentada con Ashley, que quedó huérfana muchos años atrás, pero se llevaban como hermanas.
La querían tanto como para estar allí, con ella, en un día tan especial. Zac Efron, no. Y sólo era una desilusión más en una larga lista de desilusiones de las que Zac era responsable. Ashley miró su habitación con tristeza, recordando lo feliz que había sido allí durante cuatro años. Una habitación que compartía con Sandy Hammock, que también estudiaba Historia.
Pero Sandy ya se había ido a Inglaterra para proseguir sus estudios de Historia Medieval. Ashley se apartó el flequillo de la cara y dejó escapar un suspiro mientras buscaba con la mirada los libros de texto que quedaban en las estanterías. Debería llevarlos a la librería del campus para venderlos. Iba a necesitar todo el dinero que pudiera conseguir para pasar el verano y, a finales de agosto, tendría que volver a pagar la matrícula para empezar el Master.
 Su objetivo era ser profesora de universidad y eso sólo podría conseguirlo completando sus estudios. Una vez había pensado que Zac se enamoraría de ella y le pediría que se casara con él. Pero esos tontos sueños habían ido desapareciendo poco a poco.
Zac Efron era el hermano de Vanessa. Y una vez, mientras estaba en una casa de acogida, la había rescatado después de que un chico intentase atacarla. Su madre había sido la esposa del capataz de Ac, que un día desapareció de la ciudad sin dejar rastro. Tras la muerte de su madre, Ashley había ido de casa de acogida en casa de acogida, a pesar de las objeciones de Vanessa.
Pero Zac decía que una viuda con dos hijas no necesitaba complicarse la vida con una adolescente que no era de su familia. Todo eso había cambiado cuando otro chico que vivía en la misma casa de acogida intentó atacarla. Zac se enteró por un policía amigo suyo y el chico, que entonces tenía trece años, fue arrestado y enviado a un reformatorio.
Ashley le había dado un puñetazo cuando intentó arrancarle la blusa y lo sujetó contra el suelo, gritando hasta que llegó la familia. Incluso de pequeña era una chica que no le tenía miedo a nada.
Claro que había ayudado un poco que el chico fuese bastante más bajito que ella y estuviera medio borracho.
Zac la había sacado de la casa de acogida la noche que el chico fue arrestado. La llevó a casa de su hermana Vanessa y, desde entonces y hasta que se fue a la universidad, había vivido allí. Desde el primer día, Ashley se sintió como en su propia casa. Aquél era su hogar. Ella solía caerle bien a la gente. Era una persona honesta, dulce y generosa y no le daba miedo el trabajo duro.
A los catorce años se hizo cargo de la cocina, de Dawn y de Brandi. Las niñas tenían nueve y diez años respectivamente y les encantaba tener una «hermana mayor». El trabajo de Vanessa como agente inmobiliario la obligaba a trabajar muchas horas, pero podía confiar en Ashley porque era una niñera nata. Ashley se había enamorado locamente de Zac desde el primer día.
Era un hombre rico y muy temperamental. El propietario de un rancho con cientos de acres de terreno en Jacobsville, donde criaba ganado de pura raza Santa Gertrudis y celebraba fiestas para los ricos y famosos. Tenía un fabuloso chef francés y un ama de llaves llamada Nell con muy mal carácter. Nell llevaba la casa y, más o menos, controlaba a su jefe.
Zac conocía a políticos importantes, estrellas de cine... incluso a príncipes europeos de sus días como estrella del rodeo. Tenía unas maneras impecables, herencia de su abuela española, y una fortuna heredada de su abuelo británico. Las raíces de Zac eran europeas, a pesar de su muy norteamericano rancho. Pero intimidaba a la gente.
Era famoso por haber echado a Ralph Barrows de Jacobsville usando una espada que era una réplica de las de El señor de los anillos. Barrows, borracho, le había pegado un tiro al pastor alemán de Zac porque le gruñó cuando intentó colarse en la caseta de los peones a las tantas de la madrugada. Pero no estaba permitido beber en el rancho y nadie podía herir a un animal sin pagar por ello.
Zac no encontró la llave del armario de las escopetas, de modo que tomó una espada de juguete, lo primero que vio, y corrió a la caseta de los peones en cuanto su capataz le contó lo que había pasado. El perro se recuperó, aunque el pobre quedó con una cojera permanente, pero de Barrocas nunca volvió a saberse nada.
 Zac no era una persona muy sociable, a pesar de las fiestas que organizaba en su rancho. Era un hombre reservado... pero solía salir con mujeres guapísimas, todas rubias y pechugonas. Tenía muy mal carácter y la arrogancia que dan la posición y el dinero. Ashley y él siempre habían mantenido una buena relación porque, a los catorce años, lo había ayudado después de la legendaria borrachera que pilló tras la muerte de su padre.
 Fue Ashley quien hizo que Vanessa la llevara a su casa cuando Nell llamó, asustada, para decir que Zac estaba destrozando el salón. Fue Ashley quien logró calmarlo y le hizo un café para que se le pasara la borrachera.
Ashley había tolerado a regañadientes sus intervenciones durante esos años. Para Ashley, era algo de su propiedad, su hombre privado. Nadie se atrevía a decir eso en voz alta, por supuesto, ni siquiera ella misma. Pero era muy posesiva con él y cuando se hizo mayor empezó a sentir celos de sus «amiguitas». Intentaba no demostrarlo, pero era imposible disimular.
Cuando cumplió los dieciocho años, una de sus novias hizo un comentario muy poco amable sobre ella y Ashley le respondió que Zac no la conservaría a su lado mucho más tiempo si era grosera con su familia. Cuando la chica se marchó, Zac la regañó, sus ojos verdes brillando como esmeraldas, su pelo negro casi de punta por la rabia. Él no era de su propiedad, le dijo, y si no dejaba de mostrarse tan posesiva la echaría de su casa.
Ni siquiera era de la familia, había añadido, con una crueldad inusitada. No tenía ningún derecho a hablarle así a sus amigas. Ashley replicó que sus «amigas» eran todas iguales... chicas de piernas largas y buenos pechos, chicas guapas que no tenían dos dedos de frente. Zac miró sus pechos, poco desarrollados todavía, y comentó que, desde luego, ella no tenía nada que ver con esa descripción. Y Ashley le dio una bofetada.
Fue un gesto involuntario y lo lamentó de inmediato. Pero antes de que pudiera disculparse, él la atrajo hacia sí y la besó de tal forma que, cuatro años después, le seguían temblando las rodillas al recordarlo. Había querido que fuese un castigo, estaba segura, pero Ashley abrió la boca como un pajarito y ese gesto había provocado un estremecimiento en el cuerpo del hombre. Zac la tiró sobre el sofá y se tumbó sobre ella.
El beso se hizo más apasionado, más crudo, más insistente. Pero cuando empezó a acariciar sus pechos por encima de la blusa, Ashley se asustó. La sensación de angustia que experimentó hizo que lo empujara para quitárselo de encima. Ashley volvió al presente, nerviosa. Zac se había apartado de ella, incluso más enfadado que antes. La había fulminado con la mirada, como si hubiera hecho algo imperdonable. Furioso, le dijo que lo dejase en paz, que no volviese a darle la lata con sus tonterías. Ashley tenía que irse a la universidad a finales de esa semana y Zac ni siquiera se había despedido.
A partir de ese momento, parecía haberse olvidado de ella por completo. Durante las vacaciones se trataban con respeto, pero Zac y ella jamás volvieron a estar a solas. Él le hacía regalos en su cumpleaños y en Navidad, pero siempre eran objetos impersonales, como un ordenador, libros de historia que sabía que estaba buscando, cosas así.
Ella le regalaba corbatas. De hecho, le había regalado exactamente la misma corbata en cada cumpleaños y en cada Navidad durante esos cuatro años. Había encontrado una oferta y compró dos cajas de corbatas idénticas. Vanessa le había preguntado por tan extraño regalo alguna vez, pero Zac nunca dijo nada. Bueno, le daba las gracias, pero nada más. Seguramente, habría regalado las corbatas a alguien porque nunca lo vio con una puesta.
Claro que Ashley no esperaba que lo hiciera porque eran horribles: De color amarillo, con un pútrido dragón verde de ojos rojos. Y aunque le quedaban suficientes como para que le durasen una vida entera... -¿Estás lista, Ashley? -la llamó Vanessa desde la puerta. Era como su hermano, alta, de pelo oscuro. Pero sus ojos eran castaños en lugar de verdes como los de Zac y como los de ella, aunque los suyos eran más claros. Vanessa tenía un carácter muy dulce y no era en absoluto violenta. Se había quedado viuda años atrás y jamás había vuelto a mirar a otro hombre.
El amor, solía decirle, para algunas personas no moría nunca, aunque tu esposo o esposa hubieran desaparecido. Ella nunca encontraría a nadie tan maravilloso como su difunto marido. Y no tenía ningún interés en buscarlo
-Sólo me queda guardar un par de blusas -sonrió Ashley. Dawn y Brandi empezaron a curiosear por la habitación-. Un día vosotras tendréis que pasar por esto.
 -Yo no -contestó Dawn, la más joven, de dieciséis años-. Yo quiero trabajar en el rancho, como el tío J.B., cuando termine mis estudios de perito agrónomo. Pero para eso no tendré que irme de casa.
-Yo quiero ser abogado -dijo Brandi, que tenía diecisiete años-. Quiero ayudar a la gente pobre.
 -No sé si podrá ayudar a la gente pobre, pero a mí es capaz de convencerme de lo que quiera -le aseguró Vanessa con una sonrisa.
-A mí también -admitió Ashley-. Sigue teniendo mi chaqueta favorita... y yo aún no la he estrenado.
-A mí me queda mucho mejor -dijo Brandi-. El rojo no te queda bien.
 Pues no tenía ni idea, pensó Ashley, porque cada vez que pensaba en Zac lo veía todo rojo.
-Cómo que no le queda bien? Tiene el pelo castaño y los ojos verdes, así que el color rojo le sienta de maravilla -la defendió Vanessa, que la observaba mientras guardaba unas blusas en la maleta con expresión sombría.
-Gracias, Vanessa. Eres un cielo.
Zac ha tenido una emergencia en el rancho, de verdad. Por lo visto, el establo se incendió y tuvieron que echar mano de todos los peones para apagar el fuego.
-Estoy segura de que, si pudiera, habría venido -asintió Ashley amablemente.
Pero no lo creía porque Zac no había mostrado el menor interés por ella durante los últimos años.
La había evitado en lo posible. Quizá las corbatas lo habían vuelto loco y él mismo había prendido fuego al establo, pensando que era un dragón gigante de ojos rojos, como el de la corbata. Esa idea la hizo reír.
-¿De qué te ríes? -le preguntó Vanessa.
-Estaba pensando que a lo mejor Zac ha perdido la cabeza y ha empezado a ver dragones amarillos por todas partes...
Vanessa soltó una risita. -No me sorprendería nada. Esas corbatas son como para volver loco a cualquiera. ¡Ashley, por favor!
-Pues yo creo que le sientan bien -replicó ella-. Y seguro que algún día se las pondrá.
Vanessa iba a decir algo, pero pareció pensárselo mejor.
-En fin, yo que tú esperaría sentada.
-¿Con quién está saliendo ahora? -preguntó Ashley.
Vanessa levantó una ceja. Sabía a qué se refería, naturalmente. Ya había perdido la esperanza de que su hermano tuviera una relación seria con nadie.
-Está saliendo con una de las Kingston, de Fort Worth. Se presentó al concurso de Miss Texas.
A Ashley no le sorprendió en absoluto. Zac sentía pasión por las rubias guapas. Durante aquellos años, había salido con muchas actrices de tres al cuarto. Ashley, con una cara y una figura de lo más normal, no podía compararse con esas bellezas. -
Siempre sale con modelos... y cada vez son más tontas -le confió Vanessa entonces. Ashley soltó una carcajada.
-Oh, Vanessa, ¿qué haría yo sin ti?
Ella se encogió de hombros
-Somos nosotras contra los hombres. Incluso mi hermano es un enemigo de vez en cuando. ¿No os dan, un DVD después de la ceremonia de graduación, por cierto?
-Sí, junto con el diploma. ¿Por qué?
-Pues yo digo que atemos a Zac en el salón y le hagamos ver el DVD durante veinticuatro horas seguidas. ¡La venganza se sirve en plato frío!
-Se quedaría dormido durante el discurso de bienvenida -suspiró Ashley-. Y es normal. No hay quien lo aguante.
-¿No te da vergüenza decir eso? ¡El orador era un político famoso!
-Famoso por lo aburrido que es -intervino Brandi, con una sonrisa traviesa.
 -¿No os disteis cuenta de cómo aplaudía la gente cuando terminó de hablar? -añadió Dawn.
-Creo que nos vemos demasiado -suspiró Ashley-. Estáis copiando mis malas costumbres.
Las dos la abrazaron.
-Te queremos, con malas costumbres y todo. ¡Y felicidades por el título!
-¡Magna beep laude ni más ni menos! -asintió Vanessa-. Estoy muy orgullosa de ti. -
Las personas que se gradúan Magna beep laude no tienen vida social, mamá -señaló Brandi-. Ahora entiendo por qué Ashley sacó tan buenas notas. Porque se pasaba los fines de semana en la habitación, estudiando.
-No todos los fines de semana -protestó ella-. Hicimos una excursión de arqueología...
-Con el escuadrón de empollones -la interrumpió Dawn.
-No todos eran empollones -protestó Ashley-. Además, a mí me fusta desenterrar cosas antiguas.
-Pues entonces deberías haber estudiado arqueología y no historia.
-No te preocupes, me dedicaré a desenterrar viejo documentos en lugar de reliquias. Al menos, será un trabajo más limpio.
-¿Cuándo empiezas el Master? -preguntó Vanessa.
-En septiembre -contestó Ashley, con una sonrisa en los labios-. Pero no pienso estudiar nada este verano. Voy a divertirme con vosotras y a olvidarme de los libros durante unos meses.
-¡Bien! -gritaron las chicas.
-Ya he encontrado un trabajo en el establo de los hermanos Ballenger, mientras Calhoun y Abby hacen un crucero por Grecia con los niños. Supongo que todos esos veranos siguiendo a Zac y al veterinario por todo el rancho me habrán venido bien. Al menos, ahora sé cómo dar de comer al ganado.
-Lucy Calhoun y Abby en Grecia -suspiró Dawn-. A mí también me encantaría tener tres meses de vacaciones.
-Y a todos -asintió Ashley-. Pero en mi caso, un trabajo es como unas vacaciones después de tanto estudiar. La biología en el instituto era horrible, por ejemplo. -Nosotras ya no diseccionamos nada -protestó Brandi-. A todo el mundo le da miedo contagiarse de algo. -Y es normal -dijo Vanessa.
-Nosotros tampoco diseccionábamos mucho que se diga -sonrió Ashley-. Una vez tuvimos una rata en el laboratorio y casi nos morimos del susto.
-Hablando de laboratorios -la interrumpió Vanessa-. ¿A quién le apetece una hamburguesa?
-Nadie disecciona una vaca, mamá -le informó Brandi.
-Pero podemos diseccionar una hamburguesa -sugirió Ashley -. E identificar la parte de la vaca de la que ha salido.
-Es carne de ternera, no de vaca -explicó Vanessa, dándole un golpecito en el brazo. Te vendría bien hacer un curso de refresco sobre cómo llevar un rancho, bonita.
Pero todas sabían quién daría ese curso en el rancho y ése era un tema espinoso. La sonrisa de Ashley desapareció.
-Supongo que Justin me dará la información que necesito.
 -Creo que tienen peones nuevos -dijo Vanessa entonces, con los ojos brillantes-. Uno de ellos es un ex boina verde que creció en un rancho al oeste de Texas.
Ashley se encogió de hombros. -No me apetece conocer a nadie. Aún me quedan tres años de estudios para terminar el Master y para empezar a dar clases de historia en la universidad.
-Pero ahora ya podrías dar clases, ¿no? -preguntó Dawn.
-Puedo dar clases de educación para adultos o para niños, nada más. Para ser profesora universitaria tengo que hacer el Master. Y, si es posible, el doctorado.
-Por qué no das clases a niños? -preguntó Brandi.
Ashley sonrió.
-Porque vosotras habéis destrozado todas mis ilusiones sobre lo dulces que son los niños -contestó, apartándose cuando Brandi le tiró un almohadón.
-Nosotras éramos dos niñas muy dulces -protestó Dawn-.
¡Y será mejor que lo reconozcas ahora mismo! -¿Y si no qué?
Dawn empezó a mover cómicamente las cejas.
-Y si no quemaré las patatas. Esta noche me toca cocinar.
-No le hagas ni caso -intervino Vanessa-. Siempre quema las patatas de todas formas.
-¡Mamá! -protestó la niña.
Las cuatro se echaron a reír, pero el corazón de Ashley no estaba en la conversación. Se sentía triste porque Zac se había perdido su ceremonia de graduación y nada podía compensarla.

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